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August 01 El contador de palabras
El contador de palabras
Aarónico, -a adj. De Aarón
El despacho destilará ese olor a orden enfermizo. La enorme mesa de roble servirá de burladero al buen doctor. Allá, al otro lado, con esas gafas retro de pasta negra, lo verás seguro, confortable con la distancia. No lo juzgues. Aunque esa sensación que ahora te embarga sea cierta, es parte de la profesión. Escrutar, desmenuzar, ingerir desdichas sin sales de fruta, una tras otra, paciente a paciente, requiere de esa mesa en medio y de esa mirada de avispa con la que ahora nos escruta tras sus gafas de mod eterno. Es su forma de protegerse aunque lo nuestro no sea contagioso. Verás a la izquierda, a la tuya, el cubilote de cuero de los dados usado de lapicero. Ahí recuperaremos nuestro temple y anularemos la protección del doctor. Cuántas timbas corrimos los tres en casa de sus padres aquellos viernes por la tarde cuando heredaba el reino tras la marcha del Doctor Alonso padre, doña Emilia y Julita, su hermana, a la torre de Begur. La niña esa nos torturó. Un día la sorprendimos mujer y ella nos castigó por ser descubierta. Siempre tan próxima, sugerente y casi en actitud de ofrenda pero, pese al tira y afloja, inalcanzable. La verás sobre la mesa, en una de las fotos, junto al marido aquel tan rancio y dos niños. Sí, ésa es, la del vestido verde de Carolina Herrera aunque tiene la virtud de hacer elegante cualquier trapo. No ocurrió nada entre nosotros, ya nos hubiese gustado. La mujer flaca del otro retrato es María, la mujer del doctor Alonso hijo. La conocemos de hace..., esto de perder las referencias del tiempo no es tan raro, no lo tomes como un síntoma. La vida tiene ritmos de vaivén. Corre, se ralentiza, queda congelada como la flaca en el retrato con veinte años perennes. Tienes o tenemos sesenta años y la foto es de la época en que ella empezó a salir con el doctor, casi cuarenta años de mutuo conocimiento. La delgadez le viene del puro nervio, nunca conociste nadie igual.
Baba (del sup. lat. <<baba>>)*Saliva que escurre de la boca. Los títulos de la pared son excesivos, orlas sin fin en varios idiomas, ostentación del conocimiento, conoce de sobra nuestra aversión hacia ese despliegue, no hace falta que volvamos a recordárselo. Su memoria no es la nuestra, está sana. Verás la orla del colegio de jesuitas, promoción de 1980-81 a su derecha, arriba, casi en el centro del cuadro, entre las numerosas cabecitas de niños repeinados, encontrarás la nuestra. El buen doctor está más abajo, a la derecha. Tampoco antes me reconocía en esa imagen, ahora no le daremos más vueltas, no es un síntoma. No te preocupes, yo apenas guardo recuerdos infantiles, creo que nunca los guardamos. Nuestro neurólogo te explicará, con una prudencia que por momentos creerás oscurantismo, los mecanismos protectores del cerebro. Su miedo al dolor prolongado, el click del bloqueo mental. Aquella cabeza desnuda, por dentro, sobre la parte izquierda de la mesa, con los pliegues y despliegues del pensamiento coloreados, te ha estado mirando desde que entraste al despacho. En ella, te indicará el doctor Alonso cómo funciona ese dolor interior y por qué desaparece el recuerdo que daña. Así sabrás que nuestra infancia fue vivida por otro y cuanto de ella puedas recibir lo sentirás extraño. Tal vez guardes aún la voz de nuestro padre los domingos por la mañana mientras, perezosos, remoloneábamos en la cama hasta que llegaba el olor a churros calientes. Pegábamos un bote antes de que se enfriaran y peleábamos con nuestra hermana por la porra deslizada por error de tumultos en la bolsa grasienta.
Caaminí (del guaraní caá, hierba, y mirí, pequeña) Variedad de hierba mate bien molida y limpia.
A mamá la verás en la cocina, limpiando el polvo o cosiendo bajo la luz de cañón del flexo. Si vienen imágenes de mujer golpeada trátalas como lo que son, un recuerdo vago, un gusano royendo la manzana. Si la voz de domingo de nuestro padre grita y nos somete, aprende a olvidar. Pese al dinero, recuerda nunca nuestro, ella trabajó hasta devorar toda energía. Las casas, los fondos de inversión, las acciones tenían dueño antes y no fue nuestro ni de mamá. Él regía nuestro destino sí, los dos, papá y el afán de usura que le gobernaba. Qué curioso que eso permanezca. Papá sucumbió a los años, su mandato fue derogado por el tiempo. Jubilado, sin empresas que dirigir, sin amigos aduladores, sin amantes, dedicó los últimos años a vagar sin rumbo y a una reconciliación familiar que llegó tardía. No supimos perdonar, ni nosotros ni el resto de la familia. Si tú sólo acaricias su voz mágica, timbre armonioso, de las mañanas de domingo, dormirás sin cargas.
Dabitis m. Lóg. Voz mnemotécnica con que se presenta determinado modo silogístico
Quién es aquella la chica tan guapa, la que posa junto a María en el retrato de la esquina del mueble. La creemos familiar, próxima y cada vez más de ese otro, uno de tantos de los que fuimos. El primer amor, para muchos el único. No para nosotros. Acusados de huidos por ella, nunca fuimos cobardes y, ahora que perdemos cuanto se supuso que éramos, menos. En una cura de distancias donde mediaron los océanos por nosotros, logramos renacer, inventarnos un personaje, otro yo, otro nosotros. Entonces, éramos inmortales, estábamos al amparo de la locura, del descubrimiento, sin reglas ni razones aprehendidas. Fuimos mercantes, guerrilleros de paz, misioneros en causas perdidas. Que el doctor no te vea o volverás a ser llamado tonto por dejarla escapar. Y tendrás que escuchar una vez más las causas de los locos, el abandono del futuro, el fin de carreras prometedoras de sus labios. Imponte, es el momento de regresar al que somos, corta al neurólogo con ese no me jodas carlitos tan nuestro. En ese momento, es él el que es otro o retorna al personaje de este lado de la mesa, el que se emborrachaba a media noche mientras nosotros seguíamos jugando a seductores con la chica de la barra.
Easonense adj. y, aplicado a personas, también natural de San Sebastián.
En la consulta, no todos colgados de un cáncamo en la pared, habitan algunos muertos. El retrato del difunto doctor Alonso padre y su también difunta esposa. Nuestros propios padres relegados al sector secundario, ése que ahora está a tu espalda, junto a la puerta de entrada al despacho. Profesores y maestros, eruditos y otros santos de la carcoma, por eso, en medio de las necrológicas, deben descansar aquellos personajes que fuimos en marcos de plata. Somos, y hablo más por mí, el resultado de todos ellos; el niño estudiante de la orla, el amigo de desmanes, el novio huidizo y el ser extraño de la fotografía de estudio de la editorial. Carlos forma parte del deceso ornamental, al menos para mí. Tú puedes empezar un nuevo juego sin reglas ni rencores. Una vez estuvimos muertos, desde el punto de vista clínico. Aquella bala pasó casi de largo, ella tampoco nos quiso. Entró y salió como tantas cosas lo hicieron a lo largo de nuestras vidas. De visita, sin espíritu de permanencia. Fue mes y medio aunque el tiempo de la "no vida" haya que descontarlo. No recordamos nada del hospital centro americano, tampoco del roce envenenado del proyectil en la cabeza, no gastes energías en ello, desapareció como cientos de cosas dejamos atrás, tampoco es un síntoma. Despertamos en la cama de un hospital de Barcelona casi dos meses más tarde. Ese tiempo fue la única tregua que el tiempo nos ha concedido. Ahí perdimos a Carlitos, nos orilló como hace el mar con los restos del naufragio.
Faba f. Haba
La mano de Carlitos reposa sobre un gran libro, el rey y el presidente están observándolo mientras una serie de señoras con vestidos de corte clásico y señores con el oscuro del protocolo cantan en el coro. Él estaba a otras cosas, asuntos del Ministerio de Salud Pública. Fue un encargo personal del presidente, jamás militó nuestro antes amigo y ahora médico en el partido. Simpatías sí, las del poder. De ahí, el marco dorado de la fotografía. Aconsejó e hizo ciertas gestiones para ocupar una habitación privada en el hospital y mandó al doctor Carazo, un alumno aventajado, a velar por nuestra suerte. Esa estancia hospitalaria la vivimos entre brumas y lo que allí ocurrió es otro sueño de palabras. Tampoco es, por lo tanto, un síntoma. La casa donde nos criamos una vez, nos recogió tras la agonía del momento. Otra vez la necesidad de inventarnos, crear un personaje adecuado a tanta inquietud. Los otros, los de antes, nos han acompañado todo el rato. Caímos en la indecisión, descartamos sitios y máscaras, pero no hallábamos respuestas. No busques caras en esos momentos, las dejamos al otro lado del océano. Del lado de acá, sólo nuestros padres. Carlos y María en Madrid, nuestra hermana con Sebastián, su marido y mayordomo, gobernando la empresa familiar, ésa que nunca fue nuestra. Fue travesía de maratón, punch de fuerza interior, mares de soledad. En la constante búsqueda una constante, la palabra. La dada, la recibida, la aprendida, la robada. Con todas ellas escribimos esta gran farsa. Por qué una identidad si podíamos elegir todas. Retomamos los cuadernos, los apuntes y esbozos de los otros y compusimos una sinfonía disonante. Todavía es nuestro mejor libro aunque fuera acusado de primerizo por los críticos.
Gabacha f. Mantoncillo o chal de paño que usan las aldeanas.
No te reconoces en el retrato que nos hizo Julia para la editorial. Conocerás tu rostro en el espejo a fuerza de canas y ese tipo de la pared no se parece a ti. Ella hizo un trabajo excelente, creó su personaje a base de artificios. No estuvimos a su altura. Éramos corredores de fondo y Julia una velocista. Seis vidas más pidió la expectativa y sólo disponíamos de una, la tuya. Sucumbimos ante su experiencia, quisimos sus vidas sin dar la nuestra. Pero seguimos embustando letra a letra mientras ella buscaba al autor de la instantánea, al receptor de los premios, al verbo brillante de las entrevistas. Compartimos una casa sin crear hogar. Un lecho de paso, un revolcón de necesidad. Nos descubrió, un brindis a su inteligencia. Escrutadora de rostros y perfiladora de almas, profesional del desnudo y, así, dónde esconderse. Es el momento más cercano a algo parecido a la felicidad. Si crees haberla perdido, la felicidad, con Julia no hay dudas, no te preocupes, nadie sabe cómo es. No es un síntoma. Te puede llamar la atención esta casi soledad en la que habitamos, es la herencia transmitida de padre a hijo y de mí a ti. Una vez acostumbrado, es confortable. La ausencia de variables es la mejor forma de control. No te engañes. Hemos amado y nos han amado aunque nosotros a nuestra manera. Si echas en falta el hombro amigo, la curva donde brotan los senos o el giro de vértigo de caderas femeninas no es por esa idea pavorosa que alguna vez nos persiguió sobre cierta incapacidad de sentir y querer, todavía quiero a algunas ausencias, es por no haber sabido hacerlo. Por eso, en el último instante de convivencia, Julia desentrañó nuestra mentira. Palabras, palabras, palabras, sólo eres eso.
Haba f. Planta de huerta que produce una legumbre comestible.
La consulta está en uno de esos edificios modernistas del ensanche. En el gran vestíbulo de la planta baja habilitado para carruajes y transformado con alfombras, madera y vidrios plomados en honores reales, te habrás cruzado con la mujer flaca de la foto. Sentirás en el abrazo y el beso sobre la mejilla una humedad cercana. Nunca la encontraremos junto al doctor, su marido, sería un trance para ella, un deber de elección. Nos reencontramos en un momento de complicidad obligada. Madrid y todo aquel mundo de recepciones y viajes oficiales le venía grande. Para Carlos, el olor del poder era cuanto necesitaba y María sólo distinguía el dulzón de la naftalina. Pertenecía al fondo de armario del ministerio, un complemento adecuado. Demasiado remilgo para un puro nervio como ella. Volvió a Barcelona y nos encontró en una firma de libros. Por un volver afortunado escribimos sobre el lomo interior de la portada. Durante aquel café eterno de la tarde en las Ramblas, los platos llenos de recuerdos de la cena y aquella habitación discreta del hotel sellamos un pacto de intereses mutuos. Descubrimos en ella una vagina de fuego, una lengua insurgente, manos expertas en puntos lejanos. No creas que fuimos unos canallas, no mires con pena al marido engañado de la mirada de avispa del otro lado de la mesa, él tampoco supo querer. Todas aquellas noches, nunca en su casa y, por orden suya, nunca en la nuestra, tuvieron el sabor extremo de la furtividad. Nunca llegábamos juntos al hotel y nunca salimos juntos por la mañana. A veces, reservábamos una habitación cada uno y fingíamos encuentros casuales de viejos amigos. Si en esos besos del vestíbulo no recibes señales de amor no te sorprendas. Ella, incluso en las noches en que la pasión nos empujaba a inventar manuales de sexo, siempre ha estado enamorada de Carlos. En ello, por lo tanto, tampoco busques síntomas. Lo nuestro duró una legislatura, con el regreso del ya ex ministro, Maria volvió al raciocinio conyugal.
Iátrico adj, del médico o de la medicina.
La vida interior plena era cuanto nos quedaba, eso y las palabras. Fueron cinco años de creación demente. Tres novelas, dos ensayos y un artículo semanal en prensa. Desapareció cuanto nos rodeaba, perdimos el poco interés que nos suscitaba lo cotidiano. Dejaron de interesarnos las conversaciones robadas a vecinos y las confidencias de dos amigas en la mesa de al lado, en el bar. No nos dimos cuenta. Cuando María y Carlos se presentaron en casa apenas fuimos capaces de saber quienes eran y qué hacían allí. De lo segundo es normal, eran años de mutua ignorancia con encuentros esporádicos en algún acto literario donde la presencia de un antiguo ministro aumentaba el prestigio del evento. La editorial se había puesto en contacto con ellos, sabía de nuestra vieja amistad, la de Carlitos con nosotros, la otra sólo la conoce María. Nunca sabré si la llamada fue motivada por un interés humano o por el temor a perder un filón prolijo. Nos encontraron en un estado de mudanza, la casa alborotada, el pijama adherido a la piel por persistencia, una maraña gris de barba en la cara y el pelo alborotado y sucio del desarreglo. Por lo que me contó el doctor Alonso hijo días después en su consulta, preguntábamos insistentes por nuestra hija, sí, ésa que nunca tuvimos. No me preguntes por qué, lo desconozco, aunque la hija inventada pertenece a la categoría de síntoma. La llamábamos y llorábamos por su pérdida. Ella es el personaje que ha permanecido flotando en el recuerdo todo este tiempo. El nombre es otra palabra, una nueva invención. El diagnóstico no era necesario. Fue nuestra pesadilla recurrente, perder la memoria, acabar viviendo en aquello que tanto anhelamos, la vida imaginada.
Jaba f. cesta de junco o yagua.
Esta carta que estás leyendo, dibuja cuatro pinceladas de lo que hemos sido. Se la dejaré a Carlos porque, aparte de ser nuestro médico y un especialista en alzheimer, sabe cual es el precio de la desmemoria. Cada noche, los cuartos separados donde duermen María y él se lo recuerdan. Desde hace una hora conozco el diagnóstico y hacia dónde puede evolucionar la enfermedad. Me apresuro a escribirte, nadie conoce los plazos de la cabeza. La sentencia fue dictada en esa misma sala y por eso quiero que sepas de nuestra historia en ella. Es tu paritorio. Te has convertido en mí o yo en ti. Ahora somos uno. No importa perder una identidad mientras tengamos la palabra. Ellas nos permitirán crear la nueva farsa, ésa que nos toca interpretar en este momento. Por eso te las dejo ordenadas en la carta, cada una encabezando su letra del diccionario. No las pierdas nunca. Si olvidas las palabras estaré muerto.
Kabuki, Lab, Mabolo, N...
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