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10月13日 TofulLos silencios no amparan ningún tipo de justificación, aunque en algún caso como es el origen del mío, sí requieren explicación.
En Junio apareció el libro, mi nene. Fue sobre San Juan, tiempo de fogatas y días largos. Esa misma semana, las cosas tienden al caos, inauguramos un restaurante en Tarragona. Los primeros meses del local han sido difíciles; el follón del verano y sus terracitas y el apogeo de Santa Tecla, patrona de la ciudad y fiestas por todo lo grande, la codicia y envidia humana han sumado el resto. Todo eso nos mete en este mes de Octubre donde las cosas parecen buscar su tiempo de rutina, en el buen sentido de la palabra.
El nombre del bar-restaurante es Tóful y es uno de los locales más emblemáticos de la Imperial Tarraco. Nuestra labor ha consistido en redibujar las formas sin perder ese poso a "cosa de siempre". Los fines de semana presto alguna manita al negocio (la pela es la pela), así que al traste el poco tiempo libre... Si alguno desea conocer el lugar y compartir conmigo la experiencia del conocimiento mutuo, allí os espero (vale, la copita de cava corre de mi cuenta, la cambio por vuestra presencia).
Para los afines al tontón y otros buscadores, la dirección es:
c/ Arc de Sant Bernat nº 4- Tarragona
Está junto al la plaza del Fórum en pleno casco histórico. Todo el mundo lo conoce en la ciudad así que no hay pérdida.
Os dejo 4 fotos para que valoreis el resultado. Me emocionaría que este medio parecido a la botella con mensaje tirada al mar, siga milagreando respuestas...
8月1日 El contador de palabras
El contador de palabras
Aarónico, -a adj. De Aarón
El despacho destilará ese olor a orden enfermizo. La enorme mesa de roble servirá de burladero al buen doctor. Allá, al otro lado, con esas gafas retro de pasta negra, lo verás seguro, confortable con la distancia. No lo juzgues. Aunque esa sensación que ahora te embarga sea cierta, es parte de la profesión. Escrutar, desmenuzar, ingerir desdichas sin sales de fruta, una tras otra, paciente a paciente, requiere de esa mesa en medio y de esa mirada de avispa con la que ahora nos escruta tras sus gafas de mod eterno. Es su forma de protegerse aunque lo nuestro no sea contagioso. Verás a la izquierda, a la tuya, el cubilote de cuero de los dados usado de lapicero. Ahí recuperaremos nuestro temple y anularemos la protección del doctor. Cuántas timbas corrimos los tres en casa de sus padres aquellos viernes por la tarde cuando heredaba el reino tras la marcha del Doctor Alonso padre, doña Emilia y Julita, su hermana, a la torre de Begur. La niña esa nos torturó. Un día la sorprendimos mujer y ella nos castigó por ser descubierta. Siempre tan próxima, sugerente y casi en actitud de ofrenda pero, pese al tira y afloja, inalcanzable. La verás sobre la mesa, en una de las fotos, junto al marido aquel tan rancio y dos niños. Sí, ésa es, la del vestido verde de Carolina Herrera aunque tiene la virtud de hacer elegante cualquier trapo. No ocurrió nada entre nosotros, ya nos hubiese gustado. La mujer flaca del otro retrato es María, la mujer del doctor Alonso hijo. La conocemos de hace..., esto de perder las referencias del tiempo no es tan raro, no lo tomes como un síntoma. La vida tiene ritmos de vaivén. Corre, se ralentiza, queda congelada como la flaca en el retrato con veinte años perennes. Tienes o tenemos sesenta años y la foto es de la época en que ella empezó a salir con el doctor, casi cuarenta años de mutuo conocimiento. La delgadez le viene del puro nervio, nunca conociste nadie igual.
Baba (del sup. lat. <<baba>>)*Saliva que escurre de la boca. Los títulos de la pared son excesivos, orlas sin fin en varios idiomas, ostentación del conocimiento, conoce de sobra nuestra aversión hacia ese despliegue, no hace falta que volvamos a recordárselo. Su memoria no es la nuestra, está sana. Verás la orla del colegio de jesuitas, promoción de 1980-81 a su derecha, arriba, casi en el centro del cuadro, entre las numerosas cabecitas de niños repeinados, encontrarás la nuestra. El buen doctor está más abajo, a la derecha. Tampoco antes me reconocía en esa imagen, ahora no le daremos más vueltas, no es un síntoma. No te preocupes, yo apenas guardo recuerdos infantiles, creo que nunca los guardamos. Nuestro neurólogo te explicará, con una prudencia que por momentos creerás oscurantismo, los mecanismos protectores del cerebro. Su miedo al dolor prolongado, el click del bloqueo mental. Aquella cabeza desnuda, por dentro, sobre la parte izquierda de la mesa, con los pliegues y despliegues del pensamiento coloreados, te ha estado mirando desde que entraste al despacho. En ella, te indicará el doctor Alonso cómo funciona ese dolor interior y por qué desaparece el recuerdo que daña. Así sabrás que nuestra infancia fue vivida por otro y cuanto de ella puedas recibir lo sentirás extraño. Tal vez guardes aún la voz de nuestro padre los domingos por la mañana mientras, perezosos, remoloneábamos en la cama hasta que llegaba el olor a churros calientes. Pegábamos un bote antes de que se enfriaran y peleábamos con nuestra hermana por la porra deslizada por error de tumultos en la bolsa grasienta.
Caaminí (del guaraní caá, hierba, y mirí, pequeña) Variedad de hierba mate bien molida y limpia.
A mamá la verás en la cocina, limpiando el polvo o cosiendo bajo la luz de cañón del flexo. Si vienen imágenes de mujer golpeada trátalas como lo que son, un recuerdo vago, un gusano royendo la manzana. Si la voz de domingo de nuestro padre grita y nos somete, aprende a olvidar. Pese al dinero, recuerda nunca nuestro, ella trabajó hasta devorar toda energía. Las casas, los fondos de inversión, las acciones tenían dueño antes y no fue nuestro ni de mamá. Él regía nuestro destino sí, los dos, papá y el afán de usura que le gobernaba. Qué curioso que eso permanezca. Papá sucumbió a los años, su mandato fue derogado por el tiempo. Jubilado, sin empresas que dirigir, sin amigos aduladores, sin amantes, dedicó los últimos años a vagar sin rumbo y a una reconciliación familiar que llegó tardía. No supimos perdonar, ni nosotros ni el resto de la familia. Si tú sólo acaricias su voz mágica, timbre armonioso, de las mañanas de domingo, dormirás sin cargas.
Dabitis m. Lóg. Voz mnemotécnica con que se presenta determinado modo silogístico
Quién es aquella la chica tan guapa, la que posa junto a María en el retrato de la esquina del mueble. La creemos familiar, próxima y cada vez más de ese otro, uno de tantos de los que fuimos. El primer amor, para muchos el único. No para nosotros. Acusados de huidos por ella, nunca fuimos cobardes y, ahora que perdemos cuanto se supuso que éramos, menos. En una cura de distancias donde mediaron los océanos por nosotros, logramos renacer, inventarnos un personaje, otro yo, otro nosotros. Entonces, éramos inmortales, estábamos al amparo de la locura, del descubrimiento, sin reglas ni razones aprehendidas. Fuimos mercantes, guerrilleros de paz, misioneros en causas perdidas. Que el doctor no te vea o volverás a ser llamado tonto por dejarla escapar. Y tendrás que escuchar una vez más las causas de los locos, el abandono del futuro, el fin de carreras prometedoras de sus labios. Imponte, es el momento de regresar al que somos, corta al neurólogo con ese no me jodas carlitos tan nuestro. En ese momento, es él el que es otro o retorna al personaje de este lado de la mesa, el que se emborrachaba a media noche mientras nosotros seguíamos jugando a seductores con la chica de la barra.
Easonense adj. y, aplicado a personas, también natural de San Sebastián.
En la consulta, no todos colgados de un cáncamo en la pared, habitan algunos muertos. El retrato del difunto doctor Alonso padre y su también difunta esposa. Nuestros propios padres relegados al sector secundario, ése que ahora está a tu espalda, junto a la puerta de entrada al despacho. Profesores y maestros, eruditos y otros santos de la carcoma, por eso, en medio de las necrológicas, deben descansar aquellos personajes que fuimos en marcos de plata. Somos, y hablo más por mí, el resultado de todos ellos; el niño estudiante de la orla, el amigo de desmanes, el novio huidizo y el ser extraño de la fotografía de estudio de la editorial. Carlos forma parte del deceso ornamental, al menos para mí. Tú puedes empezar un nuevo juego sin reglas ni rencores. Una vez estuvimos muertos, desde el punto de vista clínico. Aquella bala pasó casi de largo, ella tampoco nos quiso. Entró y salió como tantas cosas lo hicieron a lo largo de nuestras vidas. De visita, sin espíritu de permanencia. Fue mes y medio aunque el tiempo de la "no vida" haya que descontarlo. No recordamos nada del hospital centro americano, tampoco del roce envenenado del proyectil en la cabeza, no gastes energías en ello, desapareció como cientos de cosas dejamos atrás, tampoco es un síntoma. Despertamos en la cama de un hospital de Barcelona casi dos meses más tarde. Ese tiempo fue la única tregua que el tiempo nos ha concedido. Ahí perdimos a Carlitos, nos orilló como hace el mar con los restos del naufragio.
Faba f. Haba
La mano de Carlitos reposa sobre un gran libro, el rey y el presidente están observándolo mientras una serie de señoras con vestidos de corte clásico y señores con el oscuro del protocolo cantan en el coro. Él estaba a otras cosas, asuntos del Ministerio de Salud Pública. Fue un encargo personal del presidente, jamás militó nuestro antes amigo y ahora médico en el partido. Simpatías sí, las del poder. De ahí, el marco dorado de la fotografía. Aconsejó e hizo ciertas gestiones para ocupar una habitación privada en el hospital y mandó al doctor Carazo, un alumno aventajado, a velar por nuestra suerte. Esa estancia hospitalaria la vivimos entre brumas y lo que allí ocurrió es otro sueño de palabras. Tampoco es, por lo tanto, un síntoma. La casa donde nos criamos una vez, nos recogió tras la agonía del momento. Otra vez la necesidad de inventarnos, crear un personaje adecuado a tanta inquietud. Los otros, los de antes, nos han acompañado todo el rato. Caímos en la indecisión, descartamos sitios y máscaras, pero no hallábamos respuestas. No busques caras en esos momentos, las dejamos al otro lado del océano. Del lado de acá, sólo nuestros padres. Carlos y María en Madrid, nuestra hermana con Sebastián, su marido y mayordomo, gobernando la empresa familiar, ésa que nunca fue nuestra. Fue travesía de maratón, punch de fuerza interior, mares de soledad. En la constante búsqueda una constante, la palabra. La dada, la recibida, la aprendida, la robada. Con todas ellas escribimos esta gran farsa. Por qué una identidad si podíamos elegir todas. Retomamos los cuadernos, los apuntes y esbozos de los otros y compusimos una sinfonía disonante. Todavía es nuestro mejor libro aunque fuera acusado de primerizo por los críticos.
Gabacha f. Mantoncillo o chal de paño que usan las aldeanas.
No te reconoces en el retrato que nos hizo Julia para la editorial. Conocerás tu rostro en el espejo a fuerza de canas y ese tipo de la pared no se parece a ti. Ella hizo un trabajo excelente, creó su personaje a base de artificios. No estuvimos a su altura. Éramos corredores de fondo y Julia una velocista. Seis vidas más pidió la expectativa y sólo disponíamos de una, la tuya. Sucumbimos ante su experiencia, quisimos sus vidas sin dar la nuestra. Pero seguimos embustando letra a letra mientras ella buscaba al autor de la instantánea, al receptor de los premios, al verbo brillante de las entrevistas. Compartimos una casa sin crear hogar. Un lecho de paso, un revolcón de necesidad. Nos descubrió, un brindis a su inteligencia. Escrutadora de rostros y perfiladora de almas, profesional del desnudo y, así, dónde esconderse. Es el momento más cercano a algo parecido a la felicidad. Si crees haberla perdido, la felicidad, con Julia no hay dudas, no te preocupes, nadie sabe cómo es. No es un síntoma. Te puede llamar la atención esta casi soledad en la que habitamos, es la herencia transmitida de padre a hijo y de mí a ti. Una vez acostumbrado, es confortable. La ausencia de variables es la mejor forma de control. No te engañes. Hemos amado y nos han amado aunque nosotros a nuestra manera. Si echas en falta el hombro amigo, la curva donde brotan los senos o el giro de vértigo de caderas femeninas no es por esa idea pavorosa que alguna vez nos persiguió sobre cierta incapacidad de sentir y querer, todavía quiero a algunas ausencias, es por no haber sabido hacerlo. Por eso, en el último instante de convivencia, Julia desentrañó nuestra mentira. Palabras, palabras, palabras, sólo eres eso.
Haba f. Planta de huerta que produce una legumbre comestible.
La consulta está en uno de esos edificios modernistas del ensanche. En el gran vestíbulo de la planta baja habilitado para carruajes y transformado con alfombras, madera y vidrios plomados en honores reales, te habrás cruzado con la mujer flaca de la foto. Sentirás en el abrazo y el beso sobre la mejilla una humedad cercana. Nunca la encontraremos junto al doctor, su marido, sería un trance para ella, un deber de elección. Nos reencontramos en un momento de complicidad obligada. Madrid y todo aquel mundo de recepciones y viajes oficiales le venía grande. Para Carlos, el olor del poder era cuanto necesitaba y María sólo distinguía el dulzón de la naftalina. Pertenecía al fondo de armario del ministerio, un complemento adecuado. Demasiado remilgo para un puro nervio como ella. Volvió a Barcelona y nos encontró en una firma de libros. Por un volver afortunado escribimos sobre el lomo interior de la portada. Durante aquel café eterno de la tarde en las Ramblas, los platos llenos de recuerdos de la cena y aquella habitación discreta del hotel sellamos un pacto de intereses mutuos. Descubrimos en ella una vagina de fuego, una lengua insurgente, manos expertas en puntos lejanos. No creas que fuimos unos canallas, no mires con pena al marido engañado de la mirada de avispa del otro lado de la mesa, él tampoco supo querer. Todas aquellas noches, nunca en su casa y, por orden suya, nunca en la nuestra, tuvieron el sabor extremo de la furtividad. Nunca llegábamos juntos al hotel y nunca salimos juntos por la mañana. A veces, reservábamos una habitación cada uno y fingíamos encuentros casuales de viejos amigos. Si en esos besos del vestíbulo no recibes señales de amor no te sorprendas. Ella, incluso en las noches en que la pasión nos empujaba a inventar manuales de sexo, siempre ha estado enamorada de Carlos. En ello, por lo tanto, tampoco busques síntomas. Lo nuestro duró una legislatura, con el regreso del ya ex ministro, Maria volvió al raciocinio conyugal.
Iátrico adj, del médico o de la medicina.
La vida interior plena era cuanto nos quedaba, eso y las palabras. Fueron cinco años de creación demente. Tres novelas, dos ensayos y un artículo semanal en prensa. Desapareció cuanto nos rodeaba, perdimos el poco interés que nos suscitaba lo cotidiano. Dejaron de interesarnos las conversaciones robadas a vecinos y las confidencias de dos amigas en la mesa de al lado, en el bar. No nos dimos cuenta. Cuando María y Carlos se presentaron en casa apenas fuimos capaces de saber quienes eran y qué hacían allí. De lo segundo es normal, eran años de mutua ignorancia con encuentros esporádicos en algún acto literario donde la presencia de un antiguo ministro aumentaba el prestigio del evento. La editorial se había puesto en contacto con ellos, sabía de nuestra vieja amistad, la de Carlitos con nosotros, la otra sólo la conoce María. Nunca sabré si la llamada fue motivada por un interés humano o por el temor a perder un filón prolijo. Nos encontraron en un estado de mudanza, la casa alborotada, el pijama adherido a la piel por persistencia, una maraña gris de barba en la cara y el pelo alborotado y sucio del desarreglo. Por lo que me contó el doctor Alonso hijo días después en su consulta, preguntábamos insistentes por nuestra hija, sí, ésa que nunca tuvimos. No me preguntes por qué, lo desconozco, aunque la hija inventada pertenece a la categoría de síntoma. La llamábamos y llorábamos por su pérdida. Ella es el personaje que ha permanecido flotando en el recuerdo todo este tiempo. El nombre es otra palabra, una nueva invención. El diagnóstico no era necesario. Fue nuestra pesadilla recurrente, perder la memoria, acabar viviendo en aquello que tanto anhelamos, la vida imaginada.
Jaba f. cesta de junco o yagua.
Esta carta que estás leyendo, dibuja cuatro pinceladas de lo que hemos sido. Se la dejaré a Carlos porque, aparte de ser nuestro médico y un especialista en alzheimer, sabe cual es el precio de la desmemoria. Cada noche, los cuartos separados donde duermen María y él se lo recuerdan. Desde hace una hora conozco el diagnóstico y hacia dónde puede evolucionar la enfermedad. Me apresuro a escribirte, nadie conoce los plazos de la cabeza. La sentencia fue dictada en esa misma sala y por eso quiero que sepas de nuestra historia en ella. Es tu paritorio. Te has convertido en mí o yo en ti. Ahora somos uno. No importa perder una identidad mientras tengamos la palabra. Ellas nos permitirán crear la nueva farsa, ésa que nos toca interpretar en este momento. Por eso te las dejo ordenadas en la carta, cada una encabezando su letra del diccionario. No las pierdas nunca. Si olvidas las palabras estaré muerto.
Kabuki, Lab, Mabolo, N...
7月19日 Por el placer de lecturaPOR EL PLACER DE LA LECTURA
La SGA (Sociedad General de Autores) ataca de nuevo. Escrito y firmado por José Luis Sampedro, escritor, filósofo y buena gente.
POR LA LECTURA:
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May. Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro. Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque: a) obtiene algo a cambio. b) es objeto de una sanción. Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura? Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?. ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña. ¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS! José Luis Sampedro Si estas de acuerdo, pásalo. Por el placer de la lectura. 7月5日 Los primeros pasosLos primeros pasos del libro están siendo difíciles, trastabillados y no exentos de torpeza. Agradeceros a todos vuestras muestras de afecto y enhorabuenas. Ese apoyo es una de las muchas sorpresas que brinda este medio. No voy a hablar de ventas, sería una ordinariez, aunque los 100 ejemplares de "Ardillas y eucaliptos" adquiridos por un centro de formación deben ser reseñados. A los que ya tengais el nene en vuestros brazos, a disfrutarlo (eso espero). Ahora, ya perdí la peternidad sobre él. Cada lector se apodera y hace suya la historia y ésta se multiplica proporcionalmente al número de lectores. Es el aspecto más interesante de la literatura, estuve a punto de decir arte pero me da corte. Me encantaría conocer vuestra opinión para contrastar esa multiplicidad.
Anotar el número de targeta bancaria en internet aún nos da cosilla a muchos y así me lo habeis hecho saber alguno de vosotros. Lo entiendo pues a mí también me provoca cierta aprensión. El viernes envié dos ejemplares via correo en modalidad contra reembolso. No es una opción barata pero ajusté al máximo los costes para, al menos, respetar el precio más gastos de la editorial. Si alguien está interesado en esta forma de envío debe escribirme anotando sus datos: nombre y apellidos (los verdaderos), dirección, código postal, población y provincia. De momento, esta opción sólo la utilicé para España y para paises sudamericanos no está disponible en correos.
Quiero escuchr en breve los primeros balbuceos de boca del nene aunque eso lo haré a través de vuestras palabras que, no lo olvideis, son las más importantes de esta historia.
Poneros a la sombra que la cosa está apretando...
6月25日 Por fin: "Ardillas y eucaliptos"Querid@s amigos: En este mundo todo llega, aunque cueste más de la cuenta. Con el puenting de Sant Joan de por medio, se ha retrasado unos días. Esta mañana he tenido al niño en las manos, con su código de barras en el la contra y la sonrisa en el lomo. No sé si salió a mamá o a papá o me puedo considerar tan asexuado como hermafrodita. Hace apenas un año poco podía imagnar que hoy podría mecer su llanto en mis manos, ni proyecto era. Vosotr@s pusisteis la semillita de la publicación. Por lo tanto sois "culpables" del evento. Supongo que a alguno empezaba a resultar un poco varas esto del proceso de publicación pero es de recibo, después de sorportar el tostón, conocer el resultado. Alguno me habeis ido preguntando en qué librería se iba a vender y cómo hacerse con él. La editorial se llama lulu.com y podeis entrar en ella y haceros con un ejemplar. El servicio es internacional y sirven en cualquier rincón del planeta. Os dejo un enlace directo a lulu desde este botón (soy un inútil tecnológico, aviso por sino funciona):; Visita mi tienda para leer más >>
El libro está dentro de lulu en la sección literatura de ficción. Ahí teneis un cómodo buscador y escribís el título del libro. Sois muchos, un montón, a los que debo agradecer vuestro estar, insistir, aguantar, así que para no olvidar, daré las grasias a tod@s. Gaby es la autora de la portada, un trabajo magnífico que os vuelvo a enseñar:
Sobre presentaciones, celebraciones, firmas (jajaja, perdonar pero me da la risa) si hubiese alguna os mantendría informados. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS 6月17日 Bitácora: el alumbramiento de un libro IIIPacientes amig@s:
978-1-4092-0567-8 no es mi número de cuenta, ya le gustaría a alguno, ni un número de teléfono de Vladivostok. Sí, lo habeis adivinado, es el código ISBN de "Ardillas y eucaliptos". Por fin di por buena la edición y pedí el dichoso código. Dentro de tres días, recibiré la copia con la divisa del código de barras en la contraportada. La cosa va concretándose, tras la recepción debo bendecir el libro y ponerlo a la venta. Y ahí empieza otro trabajón. Me tocará promocionar en la medida que pueda las ardillitas. El boca a boca es maravillioso y alguno de vosotros sois de lengua fácil así que ahora nada de timideces. El precio final será de 13 euros a través de Lulu.com, la editora del libro, más gastos de envío. Se podrá adquirir en cualquier punto del mundo mundial. Lulu imprime los libros en una modalidad llamada libros a demanda, venden un libro impimen un libro. Tienen acuerdos con imprentas de todo el globo y, tras la petición, se fabrica en la más cercana al punto de venta. Miraré de colocar el libro en diferentes librerías, al menos de alguna de por aquí cerca, Cataluña y alrededores, y en todas aquellas que vosotros me digais. Alguno preguntais sobre presentaciones y firmas glamurosas de ejemplares. Creo que a mediados de Julio podré invitaros a todos a esa presentación que también servirá de inaguración de un negocio en Tarragona ciudad. De eso no puedo contaros mucho más, por cierta superstición, aunque prometo será un local de provecho (buen).
YA ESTÁ PRÓXIMO EL MOMENTO. 6月10日 Bitácora: el alumbramiento de un libro IIQueridos amig@s:
Esto es más largo que el parto de la burra. Cuatro son las revisiones que llevo de "Ardillas y eucaliptos". La última, la tercera, era casi la definitiva. No me gustaron los márgenes inferiores del paginado. Tras corregirlos, pensé en pedir el ISBN y poner en marcha el asunto. Luego, en frío, reflexioné y es que esto de publicar un libro no se hace todos los días. Ayer, otra vez en horario nocturno, pedí una muestra nueva, la cuarta y, espero, última.
La vida se enreda y esto del libro se ha juntado con otros proyectos que parecen van sacando la cabecita. En los límites de la razón y de las fuerzas, lo uno, lo del libro, si la huelga lo permite, debe ser cuestión de una semana o diez días a lo sumo. Lo otro, en un mes listo. Mira que es juguetona la vida.
Voy acostumbrando la vista al libro o, tal vez, he aprendido a mirar la cosa con ojos de editor, olvidando al escritor hasta que esta avalancha pase ( sigo, porfío, en lo de un mes a tope y luego...)
Debo disculparme con todos vosotros por la ausencia, chic@s, de verdad no puedo más.
Espero recompensaros como mereceis.
5月29日 BÍTACORA: El alumbramiento de un libro IQueridos amig@s:
El viernes pasado, recibí de la editorial la primera copia impresa de "Ardillas y eucaliptos".
INDI, a quien debo la experiencia editorial, me advirtió de la mezcla de sensaciones ante ese tener en brazos al niño. La ilusión de ver el trabajo materializado se convirtió en decepción, y caóticos pensamientos. Nunca me gusta leerme, pero esa parte forma parte del ejercicio creativo. Me parecía un sinsentido cuanto leía, mediocre. La narración andaba a trompicones, en muletas. Lo hubiese cambiado todo, lo hubiera tirado al mar o a una pira incendiaria. Por suerte, intervinieron Lucia, a quien debo su estar y mis madrinas y mentoras. El sábado, hecho una piltrafa humana, volví al trabajo. La cosa había cambiado o, casi con seguridad, veía el libro con otros ojos. En un ejercicio maratoniano, rehice cuanto creí necesario y realicé algún reajuste de formato. El lunes a las 11:30 de la noche, con el regusto de lo furtivo, envié la revisión a la imprenta y hoy he recibido el segundo intento.
Esta segunda experiencia ha sido diferente. También llevaba calzada la coraza protectora y la revisión de la revisión dejó de tener dimensiones gigantescas. Vamos, que recibí el niño con ojos de papá.El fin de semana, uno más, servirá para pulir al vástago y, si los cambios no son significativos, solicitar el código ISBN y ponerlo a disposición de los lectores.
Desde luego, si se debe rehacer de nuevo muchos aspectos, volveré a realizar otra revisión y volver a empezar con el proceso. Pese a mis paranoias, cada día el momento está más cercano...
Os mantendré al día de los avances, o no. 5月19日 " Ardillas y eucaliptos", el libro...Gracias a tod@s
Sé que llevo un mes sin mucho que decir, perdón, con mucho que decir pero sin hacerlo. En Mayo de 2007 puse la primera piedra del blog, quien dice piedra dice entrada. Sólo puedo calificar este año de experiencia o de vida como espectacular. La expectativa es peligrosa pero abrí este espacio sin ninguna, sólo por aquello de probar la experiencia, curiosón que es uno. Puede que a alguien 6000 pinchazos le parezcan una minucia, para mí es una barbaridad, mucho más de lo imaginable. Claro que de este tiempo me quedo con todos vosotros. Comencé con cierta timidez, colgando pequeños escritos y algún relatillo. Poco a poco fue extendiéndose la red de amigos y lectores, a modo de mancha de aceite. IMPARABLE.
A lo que iba. Explicar este medio silencio o cierta falta de actividad en las visitas a esa maravilla de blogs que teneis por ahí, en el ciberespacio, palabro raro. Durante este añito de vida, a parte de algún diente y balbuceo, muchos de vosotros me habeis pedido más. Más relatos, novelas, escritos. Mira que sois insaciables. Mis madrinas, ellas saben, me han indicado el camino. Como ahijado entrañable ( por tirarse flores), he sido obediente. Este mes, día arriba día abajo, he estado ultimando la publicación de un libro.
De título "Ardillas y eucaliptos" recopila los relatos del blog con alguna sorpresa más.
La portada es obra de Gaby, un pedazo artista uruguaya, que ha captado sorprendentemente la astucia del roedor. También llegué a ella a través de los blogs en una más que encantadora relación amistosa.
Aquí os dejo sus señas para que podais admirar su obra:
'Espíritu de Utopía y Evasión'
Luego vino Gloria Om con sus collejas (cariñosas) para que no perdiera más tiempo y me decidiera a publicar y ella me llevó a INDI. Esta moza de la plana me indicó cómo hacerlo, lo de publicar porque se ha de apostillar todo. Así descibrí lulu.com una editorial que ofrece la oportunidad a los profanos y neófitos. Esta semana tendré en mis manos el libro para una primera revisión. Aún se me hace extraño hablar de un libro.
Empecé a escribir hace bastantes años. Siempre para mí, por satisfacer una necesidad creadora y una inquietud intelectual. El trabajo permite pocas alegrías y menos tiempo si cabe. Por eso, tras escribir casi dos novelas nonatas, vamos sin publicar, colgué las historias en el blog. Algunas están extraídas de aquel proyecto primerizo que una baja médica de dos años me permitió escribir. Otros son de factura reciente.
Me decían que pusiera una dedicatoria. Tras pensarlo con cariño decidí dejaros aquí mi agradecimiento pues vosotros sois artífices de este sueño. Además, a quién nombrar y a quién no, y si te olvidas de alguien. En fin, que es vuestro.
En este mes estará ya disponible en la red pues la editorial comercializa las ventas en este medio. Luego el autor debe currarse los temas de promoción. Espero que me hagais buenas críticas por esos pueblos vuestros, menudo morro que tengo. No, en serio, sois de las mejores cosas que le pueden pasar a alguien. Ya os iré informando de cómo progresa el asunto y de qué forma se puede adquirir el libro, aunque sea por el maravilloso trabajo de Gaby.
GRACIAS
5月8日 Más brillantesPremios Brillante Weblog 2008
Si el pasado y largo fin de semana era sorprendido con tres premios Brillante de otras tantas amigas, esta semana me siento aún más perplejo al sumar dos pedruscos más y de los buenos. A este paso voy a dejarme trenzas, vestiré toga negra y competiré en el mercado holandés. No sé cómo calififar este hecho. Sobretodo cuando uno escribe en este pequeño rincón por higiene mental. Llevo años escribiendo para satisfacer un afán creador que el día a día no permite. Hace un año que subí la primera entrada sin otro fin que el de compartir la experiencia.Y de este tiempo, con mucha diferencia, me quedo con los lazos tejidos en estas amistades peculiares. Vosotros sois la leche, entrar en el blog y tener la paciencia de leer los relatos y comentarlos con un cariño impagable. Qué decir de ella. De mi madrina, mentora, incitadora, la que me enseñó un camino afortunado y me adoptó como naúfrago que soy. Difícil reflejar el inmenso cariño que siento por ella. De cabeza alejandrina, fue capaz de acongojarme (por ser finos) con su silencio y casi brota la lágrima en sus mensajes. Tendrá un martes afortunado porque lo merece. Indómita y atemporal, compartimos el destino del salmón. Para ella le dedico una piedra de criptonita, seguro que se ríe de ella y sin calzones. GLORIA OM: http://shidarta47.spaces.live.com
Ella llegó con los aires de marzo que sacan a las damas de sus palacios. Alcanzó el blog con aire de preguntas sin respuesta y con la curiosidad sana de quíen necesita saber. En eso somos clavaditos. También en la variedad de los nombres. Merece el mejor engarce para la gran piedra. MIMI: http://xqsabes.spaces.live.com
En junio y por un equívoco afortunado se inició una amistad con Lucía, una de las primeras y la más longeba. Todos sabemos, cierres forzosos a parte, los altibajos que sufrimos los posedores de un espacio. Los tiempos de silencio, los descansos higiénicos o los hartazgos definitivos. Por eso Lucia merece una gargantilla de miles de estos brillantes que ella me ha regalado. Nunca me sentí muy cómodo en el terreno de la rima y ella lo borda. Su prosa es muy potente aunque, y ella lo sabe, echo de menos sus composiciones. Mi pequeña mariquita, este es el placer de las pequeñas cosas. LUCÍA: http://huellasenlatierra.spaces.live.com
También fruto del equívoco podemos situar la amistad con Huellas. En su concepción intervino de forma destacada Carmen, espero volver a verla pronto por estos mundos. La verdad es que fue un principio raro marcado por el desconcierto, con ese inicio la cosa debía salir muy especial. Y así ha sido. Ella es un poeta del optimismo y de la fe en eL ser humano y otras divinidades. Como escéptico recalcitante no puedo sino admirar esa permenencia del espíritu. Nunca vi a nadie tan enamorada de la vida. Eso si merece un pedrusco de muchos quilates.
HUELLAS: http://huellas-de-namaste.spaces.live.com
No sé quién llegó a quién y no me importa. La nuestra es una relación reciente pero su intensidad la hace eterna. Compartimos proyectos paralelos y amor por las palabras. La exquisitez es una constante en sus trabajos. Creo que ambos somos de lo más exigentes con nosotros mismos. Ella es un baluarte de nuestro amado idioma, ese que nos une, en tierra extraña y eso merece la piedra que más brilla.
NORHA: http://santiagudelo1.spaces.live.com
Gracias a todas vosotras por estar ahí... 5月4日 Premios Brillante Weblog 2008
Premios Brillante Weblog 2008
Este largo fin de semana he sido sorprendido con tres premios Brillante de otras tantas amigas. Nohttp://huellasenlatierra.spaces.live.com sé cómo calififar este hecho. Sobretodo cuando uno escribe en este pequeño rincón por higiene mental. Llevo años escribiendo para satisfacer un afán creador que el día a día no permite. Hace un año que subí la primera entrada sin otro fin que el de compartir la experiencia.Y de este tiempo, con mucha diferencia, me quedo con los lazos tejidos en estas amistades peculiares. Vosotros sois la leche, entrar en el blog y tener la paciencia de leer los relatos y comentarlos con un cariño impagable. En junio y por un equívoco afortunado se inició una amistad con Lucía, una de las primeras y la más longeba. Todos sabemos, cierres forzosos a parte, los altibajos que sufrimos los posedores de un espacio. Los tiempos de silencio, los descansos higiénicos o los hartazgos definitivos. Por eso Lucia merece una gargantilla de miles de estos brillantes que ella me ha regalado. Nunca me sentí muy cómodo en el terreno de la rima y ella lo borda. Su prosa es muy potente aunque, y ella lo sabe, echo de menos sus composiciones. Mi pequeña mariquita, este es el placer de las pequeñas cosas. LUCÍA: http://huellasenlatierra.spaces.live.com
También fruto del equívoco podemos situar la amistad con Huellas. En su concepción intervino de forma destacada Carmen, espero volver a verla pronto por estos mundos. La verdad es que fue un principio raro marcado por el desconcierto, con ese inicio la cosa debía salir muy especial. Y así ha sido. Ella es un poeta del optimismo y de la fe en eL ser humano y otras divinidades. Como escéptico recalcitante no puedo sino admirar esa permenencia del espíritu. Nunca vi a nadie tan enamorada de la vida. Eso si merece un pedrusco de muchos quilates.
HUELLAS: http://huellas-de-namaste.spaces.live.com
No sé quién llegó a quién y no me importa. La nuestra es una relación reciente pero su intensidad la hace eterna. Compartimos proyectos paralelos y amor por las palabras. La exquisitez es una constante en sus trabajos. Creo que ambos somos de lo más exigentes con nosotros mismos. Ella es un baluarte de nuestro amado idioma, ese que nos une, en tierra extraña y eso merece la piedra que más brilla.
NORHA: http://santiagudelo1.spaces.live.com
Gracias a todas vosotras por estar ahí... 4月20日 El último eucaliptoEl último eucalipto
Arrogante y majestuoso imponía su tamaño sobre la altura regular de los Pinos. Rompía la monótona sucesión de los árboles irguiéndose por encima de ellos como un falo erecto sobre el perfil curvilíneo del campo de Venus. Coronaba Montemayor como esas cruces colocadas en un pico para recordar que Dios vigila. Nunca vi en él la presencia insidiosa de un ser superior, era el mástil de un barco corsario surcando la planicie de un mar verde en busca de aventuras. El valle menguaba de tamaño desde esa atalaya pero, al mismo tiempo, se mostraba magnífico cubierto por una alfombra persa de hierba fresca adornada por la línea azul del río que partía sus entrañas en dos. Observado y rodeado por montes que veían el valle como algo pequeño, diminuto, sentían la obligación de protegerlo del viento porque sabían que pertenecía a un plano diferente de la misma realidad, quizá la única importante, la Naturaleza. Las casas del pueblo aparecían como un archipiélago de islotes insignificantes bañados por las olas del viento sobre los tallos verdes de la hierba. Como una mano deslizándose con suavidad por una tela aterciopelada, dejaba impresos los surcos del roce de las yemas de sus dedos sobre la superficie acogedora al tacto. Desde ese punto elevado, recordaba la geografía del Océano Pacífico donde una isla es un país y dos un continente. El asfalto de las carreteras ponía el punto gris al paisaje, un escarnio para el esplendor, una rúbrica a la condición humana. Su eucalipto estaba ubicado junto a la pista forestal que, curiosa y serpenteante, escalaba la montaña empeñada en descubrir cada rincón del bosque a través de constantes giros a derecha e izquierda. Por el lado umbrío, estaba protegido por el talud formado por el arañar del cortafuego en su caminar precipitado hacia el valle. Contemplando esas heridas abiertas a la vida, uno se plantea si el beneficio puede compensar el vacío dejado o si los actos loables deben permanecer impunes por los fines que persiguen.Solo, siempre solo, oteando el horizonte de puntillas por si logra ver tierra. Su aliento balsámico destruye todo rastro de vida vegetal al amparo de su sombra y la lengua aborigen de sus ancestros aleja a los animales. Condena de vida inventada, recuerdos de tierras ignotas y sueños prestados de otros árboles que no suyos. Al superar al roble, su destino se unió al de todos aquellos desplazados de su espacio o de su tiempo. Una historia de amistades estériles donde languidece la vida entre adioses y silencio. El autocar devolvía a Miguel al mismo pueblo, aquél del que una vez se despidiera para siempre en abrazos insinuados de apatía. Tras pasar el puerto de montaña, el autobús enfiló hacia el valle. El tiempo de la distancia le devolvió negro por verde, mostrando los efectos devastadores del apetito voraz del fuego malintencionado. El traje festivo del monte con su falda verde esperanza se había vestido de luto riguroso, de negra ignorancia. Sus ojos recorrieron toda aquella montaña de cenizas, partiendo de la base y siguiendo en sentido ascendente, hasta detenerse en la silueta del eucalipto recortada contra el cielo azul rabioso del estío. Su árbol había sobrevivido aferrado a una decisión, ajena a su voluntad, que le obligaba a sobrevivir pese a sus pocas ganas de hacerlo. Un temblor se deslizó por su espalda. Sintió con fuerza que algo le unía al árbol. Un vínculo secreto entre náufragos, una providencia compartida, un fin deseado, un sueño sostenido, todo para empezar cada día en el mismo punto. Se había propuesto no regresar jamás y, si ahora rompía la promesa, era por su hermana. Tras el accidente, se lo debía. Ella vivía allí y fue ella quien recogió los restos de Miguel esparcidos por el asfalto de la carretera y fue ella quien llamó a sus padres y vio al Miguel de antes de la cirugía. El camino hacia sus nuevas tribulaciones pasaba sin detenerse por aquel trozo de tierra con nombre. Pero ese viaje es otra historia y ahora la atención está acaparada por el héroe austral. El fuego avanzó impasible a la belleza devorándolo todo y convirtiendo en un amasijo de cenizas y rescoldos apagados el escenario de la huida de Miguel. Recordó como fue a parar allí en su día tras agotar la vida en innumerables porqués. Estancado en el límite del precipicio, aquel lugar le pareció un abismo adecuado. En aquella época, sólo el deporte le hacía sentir vivo, era una forma de demostrar que la mente prevalecía sobre los límites del cuerpo y de devorar aquel hálito de energía remanente. A través de aquel ejercicio físico extremo, escapaba a la barrera que había interpuesto entre él y la felicidad. Más lejos, más rápido, más fuerte, pero solo, siempre solo. Había recorrido muchas tardes partes del bosque extendido a lo largo de la superficie empinada de la montaña, en todas las direcciones posibles, con todos los sentidos imaginables. Las carreras mantenían un único denominador común, un justo medio permanente: aquel eucalipto, su árbol. Una vez alcanzado su refugio y al amparo de la sombra rectilínea del tronco, contemplaba embelesado el espectáculo dibujado a sus pies. El Gran agente forestal, por ensalmo, convertía lo contemplado en cadena perpetua. A su lado, inhalando los humores balsámicos de sus bayas junto al aroma a resina de los pinos, Miguel devoraba aquel aire cargado de medicina contra las afecciones respiratorias mientras divisaba el valle y emprendía el camino de regreso. Volver atrás es siempre descender menos cuando se utiliza la memoria. El árbol era un símbolo a medio camino, en tierra de nadie, entre la calma del espíritu de aquel instante y la realidad. También representaba la culminación del esfuerzo, el punto de no retorno. Junto al eucalipto, el camino discurría en un apacible descenso hacia el valle. La zancada se estiraba mientras el cuerpo compensaba la inercia de la velocidad en busca de equilibrio. Los minutos de subida se olvidaban con los segundos de la bajada, la pupila se acostumbraba a las sombras de la civilización mientras el eucalipto continuaba atrapado en la luz de las alturas. Miguel pudo sentirlo al poner el pie en el andén de la estación de autobuses. El pueblo aún conservaba el olor del desastre en sus calles. Las motas de ceniza se arremolinaban en las esquinas de los edificios y ascendían sostenidas por corrientes de aire para caer formando parte del asfalto. Aquella lluvia de plata, poco a poco, cubría toda la extensión del municipio de oscuros augurios. Escuchó la llamada dolorosa del monte en las carnes y, después de saludar a la hermana, partió hacia los restos del incendio consciente de lo que no volvería a ver. El fuego había descendido hasta la carretera, desde ese punto cogió la senda que escalaba la ladera hasta llegar a la altura del eucalipto. Las zapatillas iban adoptando el tono mediocre del entorno devastado por las llamas, del blanco al gris en un proceso patético de asimilación. Por suerte o por desgracia el resto de Miguel estaba en consonancia con el ambiente y, por todo cambio, acentuó un poco más su color. La hermana le puso al corriente sobre una sospechosa relación entre las demandas de madera del floreciente sector inmobiliario con la proliferación de los incendios durante todo el año. - Miguel, sabes de sobra que aquí señalar y callar se hace al mismo tiempo.- Pinos, castaños y eucaliptos sucumbieron ante la ambición de quien es incapaz de ver más allá de su propia nariz. Miguel vio al hombre asir la tea incendiaria y actuar de cuarto jinete en un baile de máscaras. Pero los árboles sólo fueron una víctima más; ardillas, conejos, corzos, jabalíes y mil animales formaron parte de la barbacoa macabra. Vio como eran asados a fuego lento. Percibió el resonar de los ecos de la agonía entre huesos y piel quemada. Conocía a las gentes del pueblo. Eran ellas quienes alentaban este tipo de suicidio favoreciendo el hoy para empequeñecer el mañana. El pastor tenía pastos para los animales, el carpintero madera para construir muebles, el tendero clientes para el negocio, el resto participa de los beneficios de la venta de la madera del bosque comunal y todos callaban. Los vecinos de aquel pueblo devoraban la vida como el fuego lo hacía con el monte y se aferraban a ella como si cada día fuera el último. Por eso él decidió ir a ese lugar la primera vez, para borrar cualquier vestigio pasado. El accidente había confirmado su error porque ese animal al cual maltrataba constantemente era el más viejo de todos. Sobreviviría mucho después del último vestigio de existencia humana en el pueblo, del mismo modo que existió miles de años antes de su primer habitante. El tiempo y cientos de batallas perdidas hicieron sabio a ese ser moribundo y sabía cuidar la memoria para conservar la vida: la Tierra perdona pero no olvida, otro código no escrito pero asumido por todos. El eucalipto se mantenía firme sobre su tronco pero estaba herido de muerte. Su aspecto recordaba a un bistec a la inglesa: vuelta y vuelta. Su aislado emplazamiento entre la pista forestal y el cortafuego, la distancia entre el árbol más próximo y la ausencia de sotobosque bajo su copa le había salvado la vida o prolongado su muerte. Empujado por la ira, Miguel miró hacia el cielo aunque, con certeza, debió bajar la vista al valle, para gritar con voz de serrín ahumado: - ¿ACASO, NO ERA SUFICIENTE CASTIGO?- Crecer en tierra extraña, alejado de los suyos, soportar el desprecio de los lugareños. Sentir como exhala la tierra a sus pies. Solo, siempre solo. Pero la maldición incrementaba sus desmanes forzando a las llamas a olvidar su camino, a sortearle entre humos. Fue testigo mudo de como moría la vida, como moría su muerte. Todo había retornado al polvo original menos él que, empalado en la corona del monte, debía dar testimonio de la gran venganza del hombre sobre el hombre. Abandonaba Miguel aquello que una vez, recordaba, fue un bosque cuando topó con una de las inoperantes aunque voluntariosas brigadas contra incendios. Entre los rostros tiznados descifró los rasgos conocidos del filósofo anarquista. En su desprecio por las instituciones, volvía a participar de una de ellas, según él, para esquilmar al estado opresor pero aquel era un momento trágico y los muertos merecían respeto. Miguel se abstuvo esta vez de discusiones idealistas para preguntar sobre el destino del árbol. Ricardo, el anarquista, detalló toda la política forestal de la Xunta y el triunfo de la raza sobre la moda. Pensaban retirar todos los eucaliptos invasores sustituyéndolos por especies autóctonas en un proceso dilatado y costoso que devolvería al pueblo parte de su patrimonio. Las máquinas empleadas en arar la tierra yerma del fuego darían buena cuenta de él, lo derribarían y trocearían para luego venderlo al intermediario de turno junto a los restos del incendio. - Terminará dónde la mayoría de ellos, en la papelera de Pontevedra. Allí nos darán sus buenos duros por el arbolito.- Tal vez, habré emborronado de desvaríos tintados las entrañas empastadas del último eucalipto.
4月8日 el carruselel carrusel
Repasando papeles viejos y fotografías archivadas con mimo en cajas de zapatos, encontré la imagen retratada del tío vivo. De esa chistera de cartón y frente al majestuoso carrusel, patizambo, surgió Enrique García García con su sonrisa mellada. Enseguida pasó ese otro, el que fue yo, a contar con voz de arrullo dentro de mi cabeza la historia de ese hombre. Durante año y medio trabajé en el parque de atracciones pobre de la ciudad. Frente a él, en la otra gran montaña, competía contra nosotros el parque rico, el de la parte alta, el del consorcio del poder. Aún estudiaba cuando empecé a trabajar en la feria y, de lunes a sábado, por las mañanas, sacaba unos dinerillos en el supermercado de unos grandes almacenes, las tardes eran para el estudio. El problema estaba los sábados cuando salía a las diez de la mañana del centro comercial y debía incorporarme al parque a las once y media. Las carreras locas por los pasillos del metro y a base de empujones ganaban aquella carrera contra el reloj. La memoria está lejos de ser una máquina infalible de alta precisión, quien piense en este sentido sin duda cae en un error, la memoria sólo es el filtro de los recuerdos. Así que los errores u omisiones de esta historia acháquenlos a un error de diseñó. En invierno, las atracciones sólo se abrían en fin de semana y jornadas feriadas. Subir hasta la montaña y pasar frío era demasiado sacrificio para la recompensa final. En verano, el parque abría todos los días y la plantilla se triplicaba. Conocí allí a Enrique y su nombre se ha grabado en mi cabeza con tanto detalle por tener, en el orden dictado por el abecedario, el primer apellido pegado al mío. Su tarjeta de fichaje estaba junto a la casilla donde residía la mía. Una cartulina colorada con nombre y apellidos, números y fechas que el calendario iba completando con los borrones ilegibles de la máquina selladora, unas manchas de tinta azulada que certificaban a la empresa tanto nuestra asistencia como existencia, aunque no la naturaleza de la misma. Todas las mañanas en que el parque abría las puertas para regocijo de los pequeños y no tan pequeños, Enrique y yo coincidíamos en el ritual sagrado de sellar nuestra entrada en la empresa. Aquel artilugio de relojero malvado devoraba la cartulina encarnada para devolverla, instantes después, herida de muerte vertiendo la sangre azul de la tinta. El compañero debía rondar la cuarentena aunque la cabeza despoblada y unos andares peculiares contribuían a no acertar de lleno con sus años. La referencia heráldica, nos llevó a compartir el puesto de trabajo. Enrique era el señor del mágico carrusel. Plaza ganada por los muchos años de servicio y por los pocos, como fue mi caso, de tantos otros en aquel ir y venir de estudiantes y buscadores de primer empleo. Con sus corceles negros y blancos de crines mecidas por la velocidad del cabalgar redondo y la fuerza de un viento paralizante, el cochecito de bomberos con sus campanas doradas tocadas insistentemente por los niños y que nosotros intentábamos ignorar, las carrozas recién salidas de un cuento cursi de princesas enamoradas y la caravana beduina con sus camellos y dromedarios, según lo jorobados que estuvieran, todos giraban y giraban con nosotros en un deambular tan absurdo en resultado como persistente en el error. Aquella era la atracción central de la zona infantil del parque de atracciones y, como el astro rey, desplegaba entorno suyo los otros mecanismos y cachivaches de diversión, siempre bajo el influjo vigilante del carrusel. Aquella zona del recinto lúdico, estaba poblada por operarios “g”: Garcías, Gallardos, González, Gómez, Garridos y se completaba con algún que otro Hernández. El jefe de personal debía tener ancestros nibelungos por su tendencia desmesurada, rayando la paranoia, por el orden, con una aquiescencia especial por el alfabético. Las taquillas, los vestuarios, las tarjetas de fichar, las nóminas, los puestos de trabajo, las vacaciones, todo se regía y debía amoldar a la estructura rígida, inflexible y permanente del abecedario. Resulta obvio apuntar que ese sistema férreo acarreaba más problemas que supuestos beneficios organizadores. Así, todas las “g” marchábamos de golpe de vacaciones dejando la zona infantil, también llamada gifantil, huérfana de manos expertas. Como amantes despechadas, las máquinas padecían la ausencia negándose a trabajar aduciendo jaquecas en forma de mil averías diferentes y ruidos descoyuntados. Aquella parte del parque era la más antigua del recinto, procedía en su mayoría de un complejo caduco desmantelado en Nueva York y vendido a la empresa catalana a precio de chatarra. Great Mountain, New York, esa era la divisa marcada en el lomo de toda la ganadería del carrusel. Ahora existen otro tipo de camellos dando vueltas en las calles de la gran metrópoli americana. Nuestra primera labor, antes de la apertura de puertas al público, era desenfundar de sus lonas cada caballo, camello o vehículo. Después, con trapo en mano y limpia todo, lustrar las crines de la yeguada pródiga en efectivos. Pasábamos la inspección técnica al coche de bomberos arrancando un brillo mate de sus campanas exhaustas y a las carrozas reales. Por fortuna disponíamos de un cierto margen desde la señal que indicaba la puesta en funcionamiento de toda la maquinaria y la llegada de los primeros clientes a esa parte dedicada a los pequeños. La avalancha del primer momento la sufrían los operarios encargados de manejar la montaña rusa con dos giros completos y tirabuzón central, auténtica atracción estrella de aquel espacio dedicado al esparcimiento lúdico. Los compañeros de la atracción central, la de las vueltas de campana, no habían sido seleccionados por ser expertos en lenguas eslavas, su mérito radicaba en apellidarse Sánchez, Serranos o Segarras. Esa elección tenía un atisbo de lógica, por lo menos la letra agraciada compartía con el cacharro mecánico la sinuosidad en su morfología. Nuestro tío, así llamábamos cariñosamente al carrusel, era cosa de nostálgicos a los que, poco a poco, se les incorporaba en goteo continuo un rosario de extraños seres de color verde, provenientes con seguridad del doble giro con tirabuzón central. Esto ocurría regularmente con el Sol ya bien alto sobre nuestra cabeza, cuando la gente se cansaba de ver el mundo del revés, las colas superaban la hora de espera, e intentaban poner un punto de coherencia en sus vidas invertidas. El número de jinetes crecía en las horas siguientes al momento de la comida, el motivo parecía estar claro. El tío vivo giraba con una rotación grácil, muy aconsejable contra las digestiones difíciles de los fritos y bocadillos grasientos de las cantinas del parque. La media de edad de nuestro público era avanzada. A los niños de hoy eso del tío vivo les parece un rollo de otro tiempo y sólo acudían arrastrados por la ensoñación infantil de sus padres. - ¡Jo! Papá ya hemos montado dos veces en este cacharro, subamos a los jets espaciales.- Pero el progenitor ensimismado en sus fantasías recuperadas exclamaba: - Venga, corred, que no nos quiten el coche de bomberos. Podremos tocar la campana durante todo el viaje. ¡Qué divertido! Verdad.- A Enrique aquellas escenas de felicidad familiar le afectaban de un modo singular: quedaba paralizado contemplando fijamente la escena hasta que el sonido escandaloso de la sirena deshacía el hechizo anunciando el final del trayecto. Nuestros corceles tenían unas proporciones gigantescas para cualquier niño. Un temporizador detenía el motor, los engranajes perdían la inercia del movimiento y terminaban por detener el giro del aparato. Sonaba la señal y entonces, como fieles escuderos, salíamos de nuestro escondite para rescatar a los pasajeros más jóvenes apeándolos de sus cabalgaduras. Él se colocaba estratégicamente. Sabía de memoria en qué lugar se detendría tal caballo y dónde la carroza de cenicienta. Siempre acudía al socorro de alguna princesita de bucles dorados retenidos por una diadema fina de colores chillones y se entretenía en exceso con las niñas obsequiándolas con un repertorio amplio de mimos y carantoñas inocentes. Pero los padres no siempre interpretaban de ese modo las atenciones prodigadas por Enrique a sus hijas. Tuvimos serios problemas al respecto pero mi cara de buen chico solía apaciguar las iras de los adultos. Un día, la cosa pasó a mayores y adquirió tintes dramáticos en los que abundaban las palabras vicioso, cerdo y pederasta, un bonito epíteto aprehendido de la televisión. El asunto se apaciguó por sí solo y mi compañero me hizo partícipe de su gran secreto. Todo el mundo guarda celosamente un pedazo de vida oculto en un rincón oscuro de la geografía humana. Si con el tiempo esta ocultación no se libera comienza a expandirse, como un cáncer, por todo el organismo atenazando al individuo. Asistí impertérrito a la historia desgarradora del secreto de Enrique: Era padre de dos niñas. Por supuesto, acto seguido sacó la cartera del bolsillo posterior del pantalón para mostrarme las fotografías de unos querubines rubios de pelo rizado, muy guapas para lo feo y calvo que resultaba mi compañero. Esa exhibición paternal me deja frío aunque sé qué debo decir, ¡Qué monada de criaturas! El padre queda satisfecho y, en mi caso, paso el trámite sin invertir mucho tiempo en la búsqueda de parecidos. El departamento de bienestar social, sólo el nombre da escalofríos, había retirado a Enrique y su señora la custodia de las niñas. Esa información, contaminada por el influjo televisivo, disparó mi imaginación hacia abusos sexuales aberrantes y otras marranadas por el estilo y daba veracidad a los improperios lanzados por los padres en el parque. Pero no, esa no era la razón del desmembramiento de esa familia. Enrique era un poco lento. Lento, poco espabilado, corto, llámenlo como quieran pero puedo afirmar que era un buen tipo. Unos días después al incidente que motivó la confesión del relato, Enrique apareció muy excitado, descartados ciertos gustos sexuales, me interesé por su estado. Con una profunda vergüenza me rogó que le llevase a casa en coche. Los dos trabajos me permitieron adquirir a un buhonero poco recomendable un corsa color oliva de sexta mano. Cuando las estancias en talleres de la periferia me lo permitían, acudía al trabajo en mi flamante bólido evitando así las agresiones del metro. La Administración que tutelaba a sus hijas había concedido un permiso especial a Enrique permitiendo a las niñas gozar de los placeres del hogar durante el fin de semana. Si no era mucha molestia y sorteando agradecimientos de por viva, llevarlo en coche le permitiría ese domingo pasar un rato más con sus hijas antes de que el lunes a primera hora fueran devueltas al centro de acogida. Vivía en un edificio humilde y destartalado del barrio del Carmelo. Subimos caminando al tercer piso por una escalera angosta descascarillada y nos detuvimos frente a la puerta “g”, esta circunstancia me hizo sospechar de una conexión entre la adquisición de la vivienda y las manías de la empresa. El piso era pequeño y oscuro, de unos cuarenta metros cuadrados, estaba impregnado de la misma esencia de col cocida que inundaba la escalera y se apoderaba de todos los rincones del edificio. Salió su esposa a recibirnos. Tras poder liberarme de su abrazo, y bien encajados sendos besos ásperos en mi cara, observé en ella ciertos rasgos asiáticos en la penumbra del pasillo. En el salón, con la ventana que daba al exterior, pude añadir más características a ese rostro. Primero pasé por el burocrático trámite de saludar y besar a las hijas del matrimonio. Puse, también por hábitos de observación, mi mano sobre la cabeza de la pequeña en un disimulo de caricia. Pensé que la mujer sería del sur y tendría una de esa cara planas que redondeaban los ojos. La sala era una ensoñación del arte kitsch. Miles de esas figuritas que uno se pregunta quién demonios comprará en las tiendas de recuerdos para turistas y guiris despistados abarrotaban el mueble de pared y el resto de estanterías. La parte superior del televisor estaba presidida por una sevillana con toro bragado con el nombre de Sevilla. No faltaba ni una referencia geográfica; las casas colgantes de cuenca, el torico turolense, el naranjito, el cobi egipcio con su Barcelona, los herculinos coruñeses, etc. No quedaba ahí la cosa pues también referían presencia monas lisas, arcos de triunfo y estatuas de la libertad. Hasta tenían junto a un teléfono rojo modelo góndola las torres gemelas, supongo que por un perturbador ejercicio premonitorio. Cada vez que en mi recorrido alucinado tocaba alguna de esas joyas del mal gusto, la mujer se apresuraba a recolocarla con cuidado de relojero en su posición original. No pude estarme de coger la rana con calavera salmantina por motivos familiares y ella se lanzó hacia mi mano con rudeza y me la arrebató para depositarla con celo en la sombra de la figura que el tiempo había dibujado sobre la madera de la balda. La situación era desconcertante aunque a ellos parecía resultarles cotidiana. Pregunté a Enrique si habían estado en todos esos sitios. Él se rió complacido. Apenas se habían movido de la ciudad, Roquetas de Mar para la luna de miel y poca cosa más. No quedó más remedio, ellos, los cuatro, permanecían callados, que preguntar por la colección del souvenir del salón. La señora trabajaba en un taller de inserción social de Cáritas, me explicó mi compañero. Además de seleccionar ropa recogían todo tipo de enseres y desechos del consumismo y aquellas figuritas iban en el contenedor de rechazo, todo aquello que, sin utilidad aparente, terminaba por ser arrojado a la basura. A su esposa le encandilaban aquellos recuerdos pues en casa de sus padres, siendo ella niña, tenía unas muñecas rusas que encajaban una dentro de otra y todas en la más grande con las que jugaba. Cada muñeca, dibujado en oro, exhibía el nombre de una ciudad de la Unión Soviética. A él tampoco le importaba la particular colección pues le hacia sentir como el Fox león de la vuelta al mundo animada. Tema aparte, aunque dentro del estilo ornamental, era el vestuario de las niñas. Desde luego no desencajaban con el conjunto pero de salir a la calle vestidas de ese modo tenían números suficientes para terminar lapidadas. La ropa, según relató Enrique, también provenía del taller de Cáritas. La doña combinaba la ropa y los colores de los vestidos de las hijas. Quedé paralizado en los calcetines de las criaturas, cada una llevaba una pieza de un color. Si una hermana lucía rojo en el pie derecho y verde en el izquierdo la otra lo alternaba al revés. Volví a preguntar por lo que creí mera extravagancia. Esta vez fue ella quien explicó la disparidad cromática. Tenía un balbuceo gutural difícil de descifrar pero la imaginación completó los vacíos. De cualquier modo, y pese a que mis dudas estaban casi disipadas, su discurso me pareció de lo más lógico. Aquella madre no quería vestir a sus hijas con la misma ropa de otro niño pues ellas tenían su propia personalidad y alternaba piezas provenientes de lotes distintos para reafirmar la autenticidad del carácter de las criaturas. Desde luego que eran únicas. La lentitud de sus movimientos, los tics nerviosos, las manos cortas con grandes dedos, las gafas de pasta gorda y lentes muy graduadas confirmaban la disminución psíquica de la mujer. El destino le había otorgado una mente rica en interiores pero escasa en recursos. Según me contó el bueno de Enrique, el estado permitía y exigía a las personas menos afortunadas el pago religioso de tasas e impuestos, para eso sí eran aptos y útiles a la sociedad pero, amigo, ser padres era diferente a estar al día con las obligaciones del contribuyente. Las niñas debían vivir aquella casa como una vacación continua. Dejando de lado el tema de las figuritas, sólo cuando interpretamos de turistas y nadie nos conoce sacamos la faceta carnavalesca. Las criaturas irradiaban felicidad en sus caras angelicales y le decían, rogando e implorando a su padre con la voz de la candidez: - Por favor, papi, no nos hagas ir mañana al cole. Déjanos quedarnos en casa con mami y contigo.- Enrique, con un esfuerzo que apenas podía contener las lágrimas, soltó una letanía a modo de lamento que sonaba a discurso bien aprendido. - Debéis ir al colegio y, así, el día de mañana os permitirán tener una familia para toda la vida. Si sacáis buenas notas será una vida plena de lunes a domingo.-
3月24日 Punto de encuentropunto de encuentro
La pelea de mamá y papá me cogió aún muy pequeño. Mi hermana empezaba a gatear mientras, en mi caso, descubría los libros y fichas de primaria. No entendí las razones de mis padres. Cada uno tenía las suyas mientras yo, siempre me dijeron que era un cabezón, batallaba con o contra mis propias convicciones. Un niño de seis años las posee y, en ocasiones, son más fuertes a las de años posteriores pues están limpias y no se adaptan convenientemente a las circunstancias. A mi hermana y a mí nos inculcaron la política del perdón y el diálogo, por eso me costaba tanto entender aquel fin de todo. Patricia balbuceaba desde su posición en el suelo así que no le pregunté. Violant, esa niña tan odiosa del colegio, me sacaba de mis casillas. Nos peleábamos, hacíamos las paces, éramos amigos, nos peleábamos. Así desde infantil. Hoy seguimos con esa extraña amistad y nos peleamos. Mamá nos recogía a mi hermana y a mí a la salida del colegio y me hacía besar, !puagg!, a la niña. De ese modo besucón poníamos fin a la trifulca y las madres de ambos nos miraban con cara de deber cumplido. Mientras Patricia se resistía a la cuchara de la cena, mamá ponía al día a papá sobre los avances académicos de sus hijos. Era un momento de invisibilidad, hablaban de nosotros como si no estuviésemos presentes, en el caso de mi hermana algo había de eso. A mí me reventaba el repaso, no me decían ellos que no debía ser acusica. ¿ Y ellos, los adultos? Qué ganas tenía de ser mayor para hacer lo contradicho. Más tarde, él subiría a la habitación y me contaría un cuento de hadas y querubines donde todos acabarían con besos en las caras. Prefería sus historias de piratas, ésas que mamá no dejaba que me contara pues luego, decía ella, me provocaban pesadillas y sueños nerviosos. No sé a qué se refería con lo último pues soy de los que, cuando duermo, duermo. Seguí regañando con Violant y sigo aunque ella está de los más raro. Cada día nos cuesta más encontrar juegos divertidos para ambos. Hasta saltar sobre los charcos de lluvia le ha dejado de gustar. Sus nuevos juegos no me divierten así que estamos algo distanciados. Mis padres se peleaban. Creían que no lo sabíamos porque nunca lo hacían delante nuestro. Instalados en nuestras camas, después de los cuentos, cuando nos hacían dormidos, oíamos los gritos acompañados a veces de palabras prohibidas. Nunca se lo dije pero cuando preguntaban dónde habría escuchado tal o cuál palabra era en la cama de donde venían muchas de ellas. Al día siguiente, mientras papá preparaba las meriendas y mamá repasaba con nosotros las lecciones del día, entre magdalena y magdalena, todo había vuelto a la normalidad. Creo que de noche, después de las discusiones, debía haber besos de por medio. Me encantaba verlos despedirse en la puerta de casa. Papá nos empujaba hacia el coche con la chaqueta colgando de una de sus mangas y nuestras carteras escolares al hombro, mamá ponía las cosas en su sitio, entonces él pasaba el brazo por su cuello y se besaban en la boca. A Patricia también le gustaba ese momento aunque a veces hiciéramos el burro con besos mano sobre boca imitando a nuestros padres. A medida que crecemos, nuestra capacidad de gritar y dar golpes cada vez más fuertes lo hace al mismo ritmo. Por eso aquella noche no pudimos dormir y Patricia lloró hasta quedar rendida en mi cuarto. Yo estaba asustado pero me hacía el valiente delante de mi hermana que vino a dormir a mi cama hasta que cesaron los cristales rotos y las palabras prohibidas. Primero subió papá a despedirse. Llevaba la gabardina del trabajo por eso supe que aquello era una despedida. Nos quería mucho, muchísimo, repetía una y otra vez con lágrimas en los ojos. Fue algo desconcertante porque mamá, después de que sonara la puerta de casa al cerrarse, apareció con una gasa manchada de sangre sobre la mejilla y un ojo muy hinchado y resultó querernos mucho, muchísimo también. Con todas aquellas cuerdas alrededor, me sentía como los señores del furgón de la policía. Las del carrito aprendí a burlarlas pronto, me deslizaba bajo la de arriba, la que rozaban los puntos cuadrados de mis tetas, y con las manos libres era fácil soltar las citas de las piernas. Mamá decía que iba para escapista, que es un señor muy de escaparse aunque esté con las piernas dentro de un bloque de hormigón. Patricia era un poco tonta entonces y ni se movía de la silla. Aunque, ahora pienso que era lista y por eso siempre iba sentada mientras a mí me tocaba ir colgado de la mano de mi madre por las galerías interminables del centro comercial. La niña del cochecito nunca se quejaba de los cuadrados de las tetas, dice la profesora que cuando sean mayores las niñas de clase tendrán bonitos pechos como los de nuestras mamás. Veo a mi hermana en la ducha y no imagino como cabrán esas cosas en su cuerpo por mucho que crezca. A Patricia le encantaba viajar en el coche subida en su sillita y no parecía que las cintas le molestaran. Decía mamá que en unos años podría viajar en coche subido en un cojín especial. Algunos hermanos mayores de los niños de la clase lo usaban y parecían muy orgullosos de poder montar en ellos. A mí la silla del vehículo me molestaba pero está construida contra escapistas o, al menos, eso decía mamá. El único día en que toleraba someterme a tanta ligadura era cuando íbamos a casa de Carmen, una canguro especial. Mamá nos lo contaba así y yo le dejaba contar porque sabía la verdad. Era un secreto y no podía decirle nada. Punto de encuentro se llamaba la casa de Carmen aunque en realidad ella no vivía allí. Una vez al mes, mamá nos dejaba en aquel edificio gris del ensanche. Había una placa en la fachada donde eso que llaman " logos", y que para mí son dibujos hechos por algún niño, colgaba sobre una placa blanca. Una figura de persona mayor rodeaba a un bebé pero todo dibujado por un alumno de infantil. La canguro era simpática y, además, participaba en aquel juego. Siempre nos recibía con una sonrisa y un caramelo blando que se pegaba en los dientes. Mamá nos decía lo mismo de siempre, portaros bien y haced caso a la canguro. No sé por qué, en ese momento, guiñaba el ojo a Carmen y ésta le devolví el guiño. Nunca se me dio bien eso de cerrar un solo ojo así que aquel saludo me maravillaba. No era mucho más de una sala grande con un sofá, una mesita y cuatro sillas pero la cantidad de juguetes sí era importante. Aunque se trataba de juegos perdidos, de esos a los que les faltan piezas o un brazo o una rueda si se trata de un coche. Carmen debía ser un buen canguro y por su casa, que no era su casa, pasar muchos niños. Nosotros ya lo sabíamos y por eso no prestábamos demasiada atención a los juegos rotos, mirábamos hacia la puerta. Papá aparecía pasado un rato aunque no demasiado. Traía aquella gabardina a la que ya le faltaban dos botones y las gafas caídas sobre la nariz. Mamá diría que iba hecho un desastre como siempre pero no podíamos contar nada de lo que sucediera en aquella sala, era un secreto. Cerca de la casa en la que vivíamos todos juntos y luego lo hicimos sólo con mamá, había un bar que se llamaba igual a la casa de Carmen. Papá nos lo contó a Patricia y a mí, en las primeras veces en que lo vimos en la sala de los juguetes. Era como un Mcdonald, una cadena de locales pero, en estos, no servían hamburguesas ni hacían fiestas de cumpleaños con payaso incluido. Se trataba de una cadena de canguros especiales donde los padres dejaban a sus hijos mientras iban a realizar gestiones. Lo de las gestiones tiene que ver con papeles y dinero y son cosas de adultos porque, incluso a ellos, les cuesta entenderlas y otro señor más listo se las explica. Por eso van sin los hijos, para no pasar vergüenza. Y aunque el bar aquel no se parecía en nada a la supuesta casa de Carmen la explicación de papá tenía lógica. Pasábamos dos horas a tope con los cuentos de piratas y los juegos imposibles de él. Nos lanzaba sobre sus piernas y hacíamos el avión, reíamos cada vez que lo hacía Patricia pues tenía una forma de hacerlo curiosa y contagiosa. Carmen entraba a las dos horas justas y señalaba el reloj. Al principio, protestábamos porque queríamos estar más tiempo pero papá ya nos explicó que era como los papeles de los coches y sólo se podía estar dos horas aparcado. Él nos explicó todo, desde las reglas del juego hasta el por qué del tiempo y el lugar. Aunque sea un secreto hoy ya puedo contarlo, ni papá ni mamá pueden decirme nada, o eso creo. Mis padres seguían enfadados entre ellos y no querían verse ni que nos viéramos juntos los cuatro. Así, el juego secreto que nos contó papá consistía en verle en ese sitio y sólo allí. Tampoco a mamá podíamos contarle lo de papá, si ella descubría nuestra cita el juego acababa y nuestros encuentros también. Ella no sabía que aquella casa de la cadena de canguros servía para ver a papá. Era una especie de juego del escondite para padres y madres. Carmen estaba metida en el ajo y era la responsable de velar por las normas. A nosotros, las reglas nos obligaban a mantener el secreto y a nunca hablar de papá a mamá ni a mamá de papá o perdíamos el juego. La misión de papá era vernos sin que mamá se enterara. Nunca me quedó clara la misión de madre en todo este jaleo de normas y estrategias secretas. Parecía que, a toda costa, las reglas evitaban juntar a nuestros padres. Ellos no podían verse o perderían el juego y nosotros no podíamos decir que lo veíamos en aquella casa o acabaría la partida. En aquel juego del escondite, todos veían a todos menos los papás que no podían hacerlo. Nosotros, mi hermana y yo, tal vez por estar más acostumbrados a jugar, nunca hicimos trampas y nunca nos salimos del guión. Así, cuando Carmen señalaba su reloj papá salía por la puerta. Patricia y yo nos quedábamos esperando hasta que mamá volvía a recogernos. En el camino de vuelta a casa, íbamos callados pues nadie quería perder por hablar más de la cuenta. Por lo que luego pude rescatar de alguna conversación entre adultos, cuando usan palabras raras y bajan la voz porque así piensan que los niños no se enteran, mis papás no respetaron las normas y acabaron viéndose. Ahora vivimos con Quico y María porque su casa está cerca de nuestro colegio. Los fines de semana y parte de las vacaciones lo hacemos con Ana y Antonio. Ellos son los abuelos, los padres de mamá y papá. Cuando nos mudamos a la casa nueva, ellos nos contaron que nuestros padres estaban en el cielo. Mamá nos decía que el cielo estaba arriba, junto a las nubes y el infierno abajo, en el centro de la tierra donde hace mucho calor. Papá nos contaba que el cielo y el infierno estaban aquí, en nuestro pueblo, en nuestra casa o en el colegio y que dependía de cómo nos portáramos para sentirnos en uno u otro lugar. Por eso siempre que llueve miro al cielo y me quedo en medio de la calle sin paraguas sintiendo como cada gota de agua va mojando la ropa, hasta notar en la piel la caricia de mamá. Y por eso sigo buscando detrás de cada esquina la silueta de papá aunque no pueda verlo porque si lo hiciera él perdería la partida.
3月12日 La muerte de Lupitala muerte de Lupita
Su nombre, Lupita Margarita, es bastante improbable que tuviese alguna relación con Moctezuma y de hecho no lo tenía. Para buscar el origen de ese nombre sólo alcanzo a decir: “ el secreto está en la salsa”. Era un cumplido homenaje a la comida picante del país azteca; tacos, burritos, quesadillas y, por supuesto, nachos, por compadraje mi bocado preferido, la autofagia culminada. Ambos éramos grandes aficionados a ese tipo de manjares capaces de hacer subir los colores al rostro más pálido o al carácter más frío. Cuanto mayor era la sensación de picor más aumentaba la necesidad de cerveza para aplacar al monstruo colorao. Entre la lengua de esparto y los litros de cebada salías de la taberna cocido de verdad. Aprendimos a elaborar algunos de nuestros platos favoritos pero con toques especiales, “la nouvelle cuisine mejicana”, una forma de hacerlo todo mal con la excusa del a modo mío. Pero la casa se llenaba de gente y alegría porque ese tipo de comida incandescente invita a los grandes placeres de la vida: alcohol, sexo, buena compañía y los litúrgicos efectos laxantes. Las equis, las coronitas, los soles y las negritas circulaban a raudales mientras el tequila y el mezcal esperaban pacientemente su turno con el gusano retorcido de puro gusto “no más”. Los dos trabajábamos en el supermercado del Corte Inglés y teníamos un acceso sencillo a toda una batería de productos de esa especialidad en una época en que su consumo aún no se había popularizado ni las mareas inmigrantes habían abierto nuevas vías de negocio. Ella era cajera, yo me encargaba de los productos congelados, quizá por mi carácter, y los dos juntos formamos la pareja de moda del centro entre todos los trabajadores. Ese es un título honorífico, se accede a él de modo tácito y durante el reinado debes soportar un nutrido grupo de acólitos. Otras parejas, estimuladas por las ventajas discutibles de nuestro éxito, intentaron desbancarnos del número uno en la lista de popularidad pero mantuvimos la hegemonía hasta que los dos dejamos el empleo en los grandes almacenes y poco después nuestros caminos se separaran. Ese momento de fama propició el fin de la invisibilidad, de la mía. Los rasgos de belleza genuina y una simpatía magnética la hacían una de las chicas uniformadas más codiciadas en los grandes almacenes. La cola de su caja siempre albergaba miembros masculinos del comercio interior. Como efecto inmediato a nuestra relación, apareció desde una nada profunda mi faceta visible para el resto de compañeras de trabajo y recibí la lisonja de la presa. Esa es una experiencia que los feos tendemos a imaginar. La historia le ocurrió a ella pero, fiel a mis malos hábitos, terminé apropiándome de ella. Estaba, como solía hacerlo durante las seis horas cuarenta minutos de su jornada laboral, sentada frente a la caja registradora, concentrada en el teclado. Atendía a un caballero en ese momento. Entre el quilo de naranjas y una botella de anís del mono observó un movimiento extraño en la ropa del cliente y desvió su atención hacia él. Descansaron los números negros sobre las teclas blancas. Fue una ondulación impetuosa en el bolsillo superior de la cazadora del cliente, o eso creía, pero después de varias horas con la vista fija en los números verdes del panel digital era normal comenzar con las visiones de todo tipo y las cajeras aprendían a convivir con ellas. El segundo movimiento fue más violento, el corazón de aquel tipo daba, literalmente, brincos de alegría y en cualquier momento iba a salir disparado de su pecho para impactar directamente en la cara anonadada de la dependienta. El señor se emocionaba de verdad al verla pese a que la reacción estuviese por encima de la cintura. Ella, pese a lo halagador de la situación, temía por la vida del hombre, lo veía caer a cámara lenta fulminado sobre la cinta transportadora, pasar por el escáner y divisar el panel de precios iluminado por un descomunal “ game over”. Intentó relajar al caballero con la melosidad espontánea de su voz. Con educación y buenas palabras se dirigió al señor cuyo pelo empezaba a encanecer por las sienes. - Disculpe caballero, ¿ se encuentra usted bien?.- El hombre sonrió mostrando una dentadura blanca fruto de un trabajo excelente de ortodoncia y se limitó a responder a la gallega. - Perdone señorita ¿ por qué pregunta por mi salud, tengo aspecto enfermizo? Si me he compuesto con esmero para esta cita.- La galantería trasnochada de aquel señor mayor apenas pudo enmendar la parálisis que se había apoderado de todo su cuerpo. Ella, como una Venus cualquiera, extendió su dedo índice hacia el bolsillo de las convulsiones, el que arropa al corazón, como única respuesta y nueva pregunta. El individuo soltó una sonora carcajada, un tanto histriónica, y descontrolada. La diva, ante ese acceso de felicidad, pensó: “ ahora, el tío seguro que palma”. - No te preocupes guapetona, te voy a enseñar una cosa. Mira...- El hombre se desabrochó el bolsillo animado y de allí salió un curioso animalito con aspecto de ardilla y tamaño de ratón. - ¡Ssshhhhhh! No digas nada o descubrirán a Leonor y no podremos volver. – Ella guardó silencio siguiendo las indicaciones del cliente y contraviniendo el reglamento sobre la manipulación de alimentos que prohibía la entrada de animales a cualquier recinto de ese tipo. La consigna del supermercado, algunos días, se transformaba en zoológico improvisado. Los perritos falderos era normal verlos atados a una de las perchas reservadas a los bolsos. La dueña dejaba al perro en el mostrador y la chica le entregaba un número para recogerlo a la salida. Los gatos también formaban parte habitual del proceso y la cosa se complicaba sobremanera cuando coincidían un ejemplar de cada especie al mismo tiempo. Otros animales desfilaron por la consigna en el tiempo que trabajamos en los grandes almacenes; pájaros enjaulados, algún loro con argolla, ratones domésticos, peces, tortugas, animales de los cuales sus dueños eran incapaces de separarse, los llevaban a todas partes y participaban en todas sus actividades. El caso más curioso eran las visitas de una famosa pareja de hermanos humoristas acompañados de su mono Jaimito. El primate superaba en gracia y desparpajo a sus dueños, sus carantoñas, saltos y demás monerías convocaban a casi la totalidad de trabajadores del supermercado en la consigna. Pero nuestro caballero no podía superar el trance de separarse de su ser querido ni un solo minuto, camuflando a su pequeño amigo podía comprar comida sin tener que pasar por el trauma de la separación. A continuación el hombre relató a la dependienta su historia con el roedor. - Es una ardilla coreana, son tremendamente cariñosas y es que desde la muerte de mi esposa me he sentido tan solo... la vida sin Leonor es imposible.- Naturalmente ella quedó prendada del roedor al instante. Cuando algo le producía placer arrugaba la nariz en un gesto que derribaba castillos, destruía defensas y te dejaba con el culo al aire. - Si la hubieses visto, era tan suave. Subió por mi brazo hasta el hombro se detuvo y con sus manitas delanteras se atusó el bigote toda presumida.- Me contó ella horas después con chiribitas en los ojos. Ella nunca pedía nada pero las palabras no pronunciadas son las que más dicen. En ese momento, yo pasaba a vivir para esos silencios. Me desvivía por complacer sus deseos pero no con la idea de retenerla por medio de una vida regalada, hacerla feliz era el único objetivo. Dependía completamente de ella, sólo a través de su alegría encontraba mi propia felicidad, error de juventud supongo. Como es fácil imaginar, salí al mundo en pos del maldito roedor. Desde la Plaza de Cataluña, la tienda de animales más a mano es esa que se extiende desde la plaza hasta morir entregada a los pies de Colón. Ramblas abajo fui preguntando en todos los quioscos dedicados a la venta de la vida cautiva, si miras a esos presos en sus celdas o jaulas de cristal sólo se me ocurre una cosa : born to run. Hasta el séptimo chiringuito donde pregunté, nada sabían de esos animales. El tendero de ese puesto parecía conocerlos bastante bien y me introdujo en el apasionante mundo de Chip y Chop, versión coreana. Según me contó es una raza de temporada con nula tolerancia al frío, bestias exóticas de difícil salida comercial, menos en esa temporada de cuenta atrás de la Navidad. El amable vendedor me indicó una especie de zoológico de animales singulares en un pueblo del Maresme, su especialidad, los animales exóticos, seguramente allí encontraría lo que buscaba aunque me advirtió que la extravagancia es un lujo caro. Llegué a los alrededores de Mataró para encontrar el más curioso conclave de animales variopintos, un auténtico zoo donde todos los presos estaban en venta. << Señora, ¿ el cocodrilo se lo lleva puesto o se lo envuelvo para regalo?.>> Menos mal que las ardillas tenían una pinta menos fiera que la de los anfibios antediluvianos. Un dependiente atendió a mis preguntas y me condujo a un receptáculo donde había un nutrido grupo de esos animalitos orientales trepando por un bosque simulado de corchos y árboles de plástico. Pedí al empleado que eligiese una ardilla por mí, demasiada responsabilidad para la que no estaba preparado. La responsabilidad de seleccionar un ejemplar era algo sencillo, el problema consistía en rechazar al resto. La bestia se vendía con todo un equipo de complementos; jaula enorme, nido de piel de alcornoque hueca, centrifugadora de ratas y un surtido inverosímil de comida para un estómago del tamaño de una uña. Los centímetros escapan a las leyes que relacionan directamente las proporciones con el precio y en muchas ocasiones las invierten. Tuve que desembolsar una fuerte cantidad. El vendedor había elegido una hembra y como suele pasar éstas salían más caras que los machos. Según él, en las ardillas coreanas el carácter de las hembras resulta de mayor docilidad al de los machos. Estuvo en mi casa varios días, hasta la víspera de Navidad. En aquella época, apenas paraba en casa con otra intención distinta a la de dormir y no todas las noches; las mañanas eran para la obligación, las tardes para la devoción. Bueno, jamás vi al emigrante asiático fuera del tronco de aglomerado que hacía las veces de nido, ni de noche ni de día. La presencia de alguna cáscara de pipa de girasol o de una avellana roída inducían a pensar en aquel ser peludo como en un ser todavía vivo. Llegó Nochebuena y ella recibió su regalo. Sigo conservando esa capacidad innata para la sorpresa. Después del turrón y los brindis comenzó el agasajo. Todos deseaban ver al animal pero éste continuaba refugiado en su guarida ajeno a los deseos de la familia. Introduje la mano en la jaula hasta alcanzar el nido prefabricado, lo destapé para mostrar un ovillo de lana con los colores del frente atlético. El animal permanecía acurrucado en posición fetal. Las ardillas coreanas son fieles seguidores del conjunto del Manzanares, visten un uniforme idéntico al del “pupas”. Un traje de franjas blancas y rojas adornan sus cuerpos, recorriendo a los animales desde la cabeza a la cola. Las mismas indicaciones sobre su cuidado que me había dado el vendedor se las transmití a mi compañera insistiendo en la poca disposición del roedor hacia el frío. La jaula inmensa con todos los aditamentos imaginables recordaba a la prisión lujosa de algún dictador sudamericano, se instaló frente a la estufa encendida con carácter permanente. Pero Lupita era desgraciada, nunca se le vio girar en el tambor, ni trepar por las ramas del decorado, ni roer los frutos secos desperdigados por toda la superficie, para verla tuvimos que retirar la parte superior del nido pero ella continuaba inmutable formando una bola de pelo. Estábamos fuera, de fin de semana, y la intuición femenina o alguna de esas hipersensibilidades femeninas o, por qué no, la casualidad le obligó a llamar por teléfono. Su madre, mujer de extraordinaria fortaleza, le comunicó fríamente el fallecimiento de Lupita. El animal le resultaba antipático, harta del comportamiento hermético de la ardilla decidió destapar el nido, la encontró abolillada como siempre pero fría y tiesa como un palo. Lupita yacía cadáver. La madre apagó la estufa, recogió y desinfectó la jaula, la limpió de desperdicios, rellenó las cajas de comida con los restos del comedero y guardó todo junto a la comida de los pájaros. La mano derecha asió el cuerpo sin vida, con paso decidido se dirigió a la cocina con Lupita entre sus manos. El pie presionó el pedal y la tapa se levantó por efecto del resorte. El ¡Clok! seco de la tapa del cubo de basura al cerrarse pone fin al triste y maloliente destino de Lupita, una ardilla coreana en un reino a orillas del Mediterráneo donde las crónicas cuentan que sus parientes recorrían la piel de toro en cualquier sentido saltando de rama en rama, sin tocar tierra.
2月29日 Cosas de hombresCosas de hombres
![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. 2月17日 Leche maternizadaLeche maternizada
La ejecución del plan se llevó a cabo a mediados de los sesenta, del mil novecientos que los siglos pasan de su centena, aunque el proyecto se gestó después de la Segunda guerra mundial. Muchos nazis buscaron refugio en la neutral y ambigua Suiza. Con el zurrón repleto del oro esquilmado a judíos y otras minorías proscritas, fueron bien acogidos y mejor tratados. La sociedad helvética presume de convicciones morales y como siempre es de lo que carece. La dispensa es cara pero ya conocemos las gracias del todopoderoso caballero. Los alemanes, derrotados y huidos, construyeron una cárcel de cinco estrellas entre los altos picos alpinos. Al principio, fueron discretos en sus pretensiones, como la hormiga laboriosa engordaron sus reservas invernales y después de unos años habían conseguido un modesto imperio asentado en diversas actividades industriales. Entre todas las empresas, empezó a destacar en sus dividendos una dedicada a esa deliciosa mezcla de cacao, manteca y azúcar, con sutiles toques de vainilla, llamada chocolate. Bajo esa careta golosa escondieron los objetivos pérfidos de sus intenciones: la dominación del mundo. Con la misma prudencia, ampliaron el negocio de las tentaciones grasas a otros productos de la alimentación más saludables para lavar la imagen de un carácter dulzón en exceso, casi empalagoso. Pero no dejaron la principal fuente de ingresos, esa empresa todavía es hoy el rey del chocolate. A finales de los años sesenta, lanzaron la ofensiva final: la alimentación infantil. Radio, televisión, prensa escrita, acapararon todos los medios con las excelencias de su leche maternizada. Unas nibelungas, estupendas hembras de rasgos puros y generosos, lucían sus rollizos retoños alimentados, según ellas, con los productos de la multinacional suiza; leches, papillas, potitos, etc. Coparon el mercado hasta convertirse en el número uno del sector. Esas mujeres saludables aparecían en las horas de máxima audiencia apoyadas por los supuestos sabios consejos de profesionales de la pediatría, también en el ajo de la conspiración. Así surgió la primera generación de huérfanos de teta. Surgimos de un polvo y crecimos con otro, fuimos nutridos con la falacia de la leche maternizada y precisamente ésa era la pieza clave para alcanzar sus fines. El resultado es claro; una generación aborregada, fácilmente manipulable, carente de convicciones y exenta de objetivos. En esos preparados lácteos se escondían la semilla de la sumisión. Los discípulos de Mengele crearon una fórmula casi infalible, sólo el alcohol anulaba los efectos maravillosos de su creación y no es normal que la infancia tenga acceso a los jugos mágicos de Baco cuando ni tan siquiera se ha aprendido a andar. De esa carencia de ubre debe nacer mi fascinación por esos apéndices femeninos.
2月10日 La fábrica de hieloLa fábrica de hielo
Abajo, cuando el pliegue de la montaña y el valle unían sus mantos como amantes ocasionales, el suelo se alfombraba con losas planas de pizarra gris. El ascenso dejaba descarnada la piedra que iba fracturándose en un universo de chinitas sueltas y filos cortantes. Con la lluvia y el sudor del deshielo, las navajas de la pizarra redondeaban su fiereza con panzas de persona mayor. Las puntas romas, ennegrecidas por el agua precipitada en regatos hacia el río que fracturaba el valle en dos, convertía el sendero en una pista resbaladiza y difícil. Juan, Pedro y este humilde labrador de palabras éramos unos avezados artistas del resbalón, la contorsión y el arte del caer que nunca acaba de perfeccionarse por mucho golpearse contra los abismos del camino. Aunque los verdaderos héroes de esta historia se llamaron Rufo, Rocín y Mulo, nuestros burros y compañeros. Como suele ocurrir en asuntos de negocios, la idea fue una herencia del tiempo. En el pueblo siempre existió el oficio de helador, nosotros continuamos una tradición local y, a falta de documentos de consulta, hemos de suponer que algún señorito de Barcelona traspasó la idea al papel moneda. Llevar el frío y su herencia conservadora desde la montaña hasta la capital mediterránea. Nunca el pueblo albergó mente capaz de tan prodigioso ingenio, aunque a base de resbalones y esquilmaciones de patrimonios breves, fuimos nosotros, rudos, toscos pero pertinaces como nuestros mulos quienes hicimos prosperar el negocio. Como buenos convecinos del frío, aprendimos de él a guardar sus bienes. Así supimos que la paja aguantaba el hielo como protegía nuestras casas de sus durezas. Aquel señorito avispado, supo por mis antepasados de ello y diseñó un modo de traslado. Cabe suponer en el lector, al menos por su condición de tal, que imagine las menguas que el camino inflingía en tan perecedero producto. Las pérdidas sólo eran apreciadas en su justa medida o peso por nuestros castigados percherones que aliviaban el tiro de la carreta a cada milla recorrida. El camino salía del pueblo cuesta abajo, siempre buscando la compañía del río entre los arañazos practicados por vaya usted a saber quién en las paredes de aquellas fabulosas gargantas. De este modo, con la pendiente a favor, los percherones transportaban la mayor carga camino a favor. A los animales, ni a unos ni a otros, el ruido creciente del río a principios de la primavera les dejaba indiferentes. Unos tenían un comportamiento cada vez más ariscos, sobretodo los burros destinados a ascender a las cumbres, al son del aumento de caudal, había que ir engañando y distrayendo para no terminar coceado o mordido. Cuanto mayor era el rugir del agua, más intratables se volvían las fieras pues en ellas se albergaba una proporcionalidad directa entre el ruido del estruendo y el trepar más empinado. Era con los calores estivales el momento de mayor peligro. La nieve se acumulaba en perdidos vericuetos de las cumbres de difícil acceso. No era extraño que la temporada terminara con algún burro dando de comer a lobos y buitres al quedar el animal reducido a puntos imaginados en el fondo del precipicio. Nosotros, los otros animales, tampoco éramos indiferentes a ese rumor constante del agua. También a Juan y a Pedro aquel volverse largos los días como a mí les producía el cosquilleo típico de la aventura. Imagínese el lector a unos mocosos aldeanos de candil y alpargata la impresión de atravesar el territorio hasta dar con una tierra de botín, alumbrado público y retretes de loza. Era aquel ir y venir a la capital parte de nuestra iniciación a la vida o como nos sermoneaba Don Jacinto, el párroco del pueblo, la antesala del infierno que nos esperaba. Siempre imaginaba a aquel Pedro Botero, que tanta afición nos cogió según el cura, afilando su tridente mientras nosotros, los tres juntos por aquel perdido camino, sentíamos los primeros calores de su caldera. Nunca en el primer viaje de apertura de temporada, siempre solíamos aprovechar los últimos, cuando habíamos apañado lo suficiente después de rendir cuentas a los mayores, sabedores también ellos que antes recorrieron los mismos caminos, para rendir visita a la señora Engracia. A horas convenidas, eso sí, pues su clientela era fija aunque no muy distinguida, pasábamos algunos ratos entretenidos con alguna de sus chicas. Debo añadir con la experiencia del tiempo que aquellas que en un tiempo fueron nuestras damas de cabecera no pasaban de ser simples profesionales del desaliento y que hoy no daría ni un real ni por su compañía ni por sus placeres. Teníamos una lista fija de clientes a los cuales proporcionábamos el hielo. Eran de toda la vida. Generación a generación, pasaba la tradición de servidor y servido. En ocasiones, los padres pasaban a abuelos y los hijos a padres entre los señores, parece que era costumbre entre ellos vivir tantos años. El nuestro era un negocio de quintos que sólo la soltería aconsejaba mantener, más por ellas que por ellos, por nosotros perdón, que ya dicen las escrituras aquello de “quién esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Era el nuestro un negocio nocturno, no de aquellos asociados a la mala vida, de los otros, los unidos al desorden horario. Las cuevas y oquedades nos cobijaban por el día, evitando de este modo oscuro faltas de capital. Las primeras horas, hasta el mediodía el sueño y el cansar del camino mecían el sueño. El problema eran las eternas tardes estivales. Ya padres y abuelos dejaron señalada una senda de rincones sombríos junto a ríos o regatos. Matábamos así el tedio caluroso de tardes eternas, entre chapuzones y guerras de ahogados, también así nuestros percherones saciaban sed y panza. La vuelta, todavía medio borrachos por confundir día y noche, nos permitía aproximarnos a fondas de buen puchero. Era natural comer caliente una de tantas jornadas y las otras, el resto, tirar de embutidos casados entre hogazas. La fonda Europa era entre todas la preferida. Allí merendábamos los agraciados de la paja. Ubicada esta casa en población grande y alertados por los mayores de la pillería de aquellas tierras, sin posibles para dispendios de cuadras o postas, uno guardaba las caballerías, carro y fruslerías que aquel viajar cargaba de encargos del pueblo, mientras los otros dos gozaban de cuantos miedos y goces daba aquello de la gula. Siempre obrando con paso de compañeros, nos hateaba la dueña del mesón vituallas para aquél de nosotros que sacara entre las tres pajitas la más corta. Tenía esta mujer un conocer a primera vista pareceres de sangre. Nos decía quién era padre de cuál, incluso más allá del libro de familia. Siendo el pueblo lugar difícil para esconder secretos y traiciones, aquel señalar de la mesera trajo más de un problema. Creo yo, ahora desde la perspectiva del tiempo, que algún padre guardó con aquella señora otros asuntos además del gastronómico. Si la ida llevaba el frío de la conserva y el refrigerio a los señoritos, la vuelta traía a la montaña artículos jamás soñados entre berzas, estiércol y alpargatas. Las señoras hacían raros encargos que alguna de las criadas de las casas bien ayudaban a encontrar, suerte que aprendí rápido el arte del leer y escribir porque aquellas sirvientas, algunas que siempre hay quién rompe la norma, ni a contar con traza alcanzaban. De haber pronunciado en alto alguno de aquellos encargos íntimos, alguno de nosotros hubiese regresado en forma de estatua salina. Los señores, más recatados ellos o más dados a que fueran ellas las pecaminosas, encargaban útiles de difícil conseguir, mezclas de tabaco para pipa, libros de cuentas y alguna publicación de esas de adivinar el mundo. El párroco nos requería hostias sin consagrar, rosarios y catecismos de cuarta mano de las tiendas de viejo. También a él, pese a la amenaza del fuego eterno, cargábamos alguna plusvalía más por fastidiar que por el medrar del negociante. Poco o nada, por aquel entonces imaginar era cosa de holgazanes, presentía aquel otro abismo que la vuelta aguardaba. El regreso nos traía una mezcla contradictoria de sensaciones. Por un lado, el calor del hogar y el cariño familiar, las risas conocidas y las riñas tradicionales, por el otro, el poso amargo de aquel mundo de espejismos dejado atrás. Las últimas cuestas eran mudas, en silencio sacramental afrontábamos el empinado trecho que precedía a la curva de la peña rota donde asomaban las primeras casas del pueblo con el campanario de la iglesia de otero, Dios siempre vigía. La punta de la veleta en forma de tridente mágico indicaba el fin de nuestras aventuras, licencias y libertades, aunque existe en todo lugar sitio para el desvío. Los mulos expresaban con relinchos y rebuznos una alegría no compartida. Las bestias sabían cercano el descanso pues las expediciones salían semana sí, semana no. Era nuestro cura el último en recibir la mercancía encargada pues era el suyo un negociar convicto: “no se puede engañar al Señor, ladronzuelos”. De aquella casa, salíamos con remordimientos después de la transacción. Siendo fiel a los hechos añadiré que éstos eran de corta durada, justo hasta traspasar la puerta de la taberna de Alfredo y regar nuestros buches con aquel tinto recio y espeso fruto de unas viñas con arrojos. Aquel día el ritual fue diferente como lo serían mis siguientes días y meses. Mandome Don Jacinto esperar en la iglesia mientras él salía a cosas de curas. Dejadas algunos años atrás las obligaciones de monaguillo y sin dar muestras nunca de una devoción en ciernes ni tampoco marchita, obedecí con fastidio aquella ocurrencia. Contaba los tragos de ventaja que llevarían mis compañeros en la taberna pues era costumbre regar cada maravilla contada a un público entregado con un convite de Alfredo. Decir he, que las hazañas relatabas se volvían descabelladas con el vaivén de las jarras. Licencia había en aquella casa para el pecado aunque fura éste de pura inocencia.
Volvió el cura acompañado de Don Tomás, el maestro, y aquel dúo de pocas afinidades empezó a inquietarme. Padre había muerto durante nuestro viaje. Desde la muerte de madre nuestra relación apenas superaba el monosílabo, más por mi parte pues toca al hijo la parte del acatamiento y éste es parco en palabras. Entre los dos relataron un final sin estridencias, tan modesto y callado como fueron sus últimos años. Madre era quien mantenía a aquel hombre en el redil de lo social, sin excesos eso sí. También ella nos unía y comunicaba a los dos. Tal vez por ese recuerdo con intermediarios, acepté casi sin sorpresa el destino que padre y aquellos dos hombres trazaran para mí. En aquellos años, Dios mandaba mucho y todo era voluntad suya. Quiso apartar de mí a madre todavía andando yo en pantalón corto y morado de sabañones, y también llevarse a padre cuando a un chico comienza a sombrearle la nariz y necesita espejo para guiar. Quiso también, pensaba yo por mala conciencia por su parte, compensar tanto arrebatar con aquello que Don Jacinto llamaría don y el maestro aptitudes inteligentes. Vime ante la puerta cerrada en las bruces y la ventana entreabierta. Para los prohombres del pueblo era ese momento el que Dios reservaba al libre albedrío, pues era yo, apenas un niño crecido, quien debía tomar la opción de culebrear y colarme por la rendija de la ventana o asumir la mendicidad y caridad cristiana como sustento. De aquella conversación descubrí que madre seguía presente comenzando a entender aquel dicho de rudos campesinos de que las mujeres mandaban mucho. Con la venia de Don Jacinto, al conocer la influencia de madre en aquel trajín en fraguas en contra o junto a designios divinos sonó a cariño materno en mis oídos. Fue ella quien en el lecho de muerte hizo jurar a padre bajo no sé qué amenaza de fuego eterno que me haría hombre entre libros, lejos del arado, el estiércol y los duros fríos del invierno de la montaña. Don Tomás puso en la cabeza de mi difunta madre, en vida de ésta por supuesto, unas cualidades referentes a mí que en aquel momento caía en la cuenta de poseer. El cura era, pese a su oficio, más tendente a lo práctico y contable. La donación testamentaria del huerto del abuelo separado por muros del cementerio, permitía a la humilde parroquia ampliar su valor patrimonial, la muerte fue siempre negocio seguro. Cierta cantidad resultante de la venta de la casa, enseres incluidos, las tierras subastadas con los animales y la magnanimidad de la institución cristiana a la cual representaba, hacían posible aquel milagro que para Don Jacinto revelaba el Altísimo llevándose a un zote aldeano, picarón y ladronzuelo, a nada más y nada menos que a la senda seminarista. Debía doler al religioso aquel igualar por debajo de la divinidad. Las primeras tormentas del verano, avanzado agosto, marcaban el fin de la temporada en el negocio del hielo. Las pocas heladeras supervivientes al rigor estival, expiraban con la lluvia recalentada de la agónica estación. Con apenas dos mudas y algo de queso de las cabras montañesas en el zurrón, cogía la diligencia camino de la capital comarcal y su adusto seminario. El vértigo de aquel abismo heredado cruzó la vista con el grupo de heladores que regresaban a casa por el mismo camino en sentido opuesto poniendo fin a la temporada. Les esperaban a ellos los trabajos junto a sus padres y hermanos del invierno y aquel ver pasar los días sin prisas de quien conoce qué hará mañana. Era mi camino más oscuro y lleno de interrogantes pero eso ya es otra historia y bastante tienen vuesas mercedes con terminar ésta. Un último pensamiento previo a dejar las montañas, ya que en ese momento pasaba por ciertos designios el emplear la mente en esos menesteres, trajo unas palabras de Padre el último día que había de verlo en vida. Ahora, en este inventariar sin propósito alguno, empiezo a encontrar sentido, aunque aún en aquel instante de tanta muda sonaba a misterio insondable: “Hijo, de todas las muertes posibles, la de madre, la de los abuelos, la más dolorosa de largo es ésta. Es muerte lenta la soledad.
2月3日 A destiempo
A destiempo
- ¿Me puedes decir qué ves en este dibujo?- - Un sombrero.-
En Méjico existe una flor efímera llamada Trigridia o flor de tigre. De forma popular y muy enraizado con su acerbo y con esos personajes refraneros de filosofías prestadas, es conocida como flor de un día. Florece con la puesta de sol, al amparo de las sombras. Despierta herida de muerte al día siguiente. Sus vivos colores rojos perduran el tiempo de vivir un sueño, tiene una vida plena por tanto. La convicción de un niño de siete años tiene un recorrido parecido, tan firme como efímera en su estar. El niño que entonces era, veía en aquel señor serio de bata blanca la sabiduría sumada de la enciclopedia del salón de la casa de mis padres. Aún conservan aquellos tomos de lomos de piel perfumada con arabescos de oro. Años más tarde, desentrañada la burda manipulación, desarrollaría el mismo odio hacia él que siempre guardé hacia aquellos libros del mueble de mi infancia. Preguntar el significado de cualquier palabra era salir directo hacia los estantes y cargar con el mordisco del saber mundial comprendido entre "cla" y "eho", por mandato paterno. Cuando aquel tipo empezó a mover la cabeza de lado a lado con cara de decepción, creí que sería enviado a casa a por uno de los tomos. Por mucho que girara el dibujo en mi cabeza seguía viendo un sombrero gris. Tampoco es cierto del todo, en aquella cartulina olvidó el abuelo Pepe media cabeza. Hombre acostumbrado al mando conservó hasta la tumba la chaqueta gris, su chaleco negro abrazando el blanco de la camisa, un reloj de bolsillo con cadena de plata que guardaba en el compartimento secreto del chaleco y aquel tocado gris de fieltro con una cinta de seda negra sobre el ala. Nunca quiso abandonar el uniforme de la jerarquía impuesta por sus amos los marqueses. El hombre insistía y el niño porfiaba, " es un sombrero". La negativa del hombre guardaba la sospecha de que, a veces, es mejor no saber. El conocimiento no siempre satisface al sediento. Ni más libres, ni más interesantes, ni siquiera listos, sólo una puerta abierta a un nuevo desierto. Más sed. Sentado frente a su reluciente bata, balanceaba con nerviosismo los pies que colgaban de la silla sin tocar el suelo y repasaba la sala de espera de aquel extraño edificio. Ahora encajaban las caras de asombro de los niños que esperaban al otro lado de la puerta turno junto a sus padres. Los ojos redondísimos como platos, los labios muy gruesos entreabiertos, hilillos de saliva colgaban de algunos de ellos y una voz gutural fuerte, sin duda producto del susto. A mis siete años algo sabía de esa raza. Hasta tenían un enorme país estepario que recorrían sobre caballos peludos, eran los mejores jinetes del mundo. Aunque no llegaba a entender por qué en su gentilicio había insulto. A Pedro se le resistía la tabla del tres, pasó directamente a la del cinco que tiene truco. Cuando se enredaba en los treses tristes, el resto de la clase coreábamos aquello de "mongui, mongui, mongui...", hasta que Juana, la profe, nos mandaba callar. Vamos que ser de aquel lugar lejano era poco menos que ser tonto de remate. Pero yo veía un sombrero y aquel hombre sabio decía que no lo era y me habían puesto en la sala junto a ellos. ¿ Sería yo también un excelente jinete y me cantarían a mí el "mongui, mongui" de Pedro? Los pies del altímetro de la cabina marcaban su aparición. Con larga capa y con aquel ensortijado pelo rubio aparecía en el límite de la conciencia. Antoine de Saint-Exupéry, desde la posición elevada del avión, esperaba ese momento. Sabía que él aparecería con sus aires principescos. Era un acuerdo entre ambos, la simbiosis del parásito. La forma lógica del personaje cobraba vida sólo a través de Antoine, y el piloto necesitaba de la magia del niño para escribir su mejor obra. La fuerza magnética de la tierra absorbía la creación. Del mismo modo en que sentía el peso del cuerpo, la imaginación, allí abajo, permanecía agazapada dentro de él. Arriba, justo cuando la escasez del oxígeno hacia explotar su cabeza, el pensamiento escapaba de la cárcel cerebral. El principito llegó a susurrarle tantas historias que lo creyó real y un día decidió entrar en ese otro mundo que le brindaba. La tripulación de un vuelo de reconocimiento enemigo, tras ser capturada después de ser derribado el avión en que viajaban, comentó haber visto en extraño espejismo un niño raro acompañado de un piloto aliado andando por encima de las nubes. El impacto contra el suelo provocó aquel delirio, dirían los médicos que los reconocieron cumpliendo con la convención de Ginebra. Jamás imaginó Antoine ni su personaje que alguna de sus historias fuera a utilizarse como instrumento de tortura infantil. ¿ De verdad no ves la boa constrictor que se ha comido al elefante? Me dijo el hombre de la bata blanca mientras el niño que entonces era, perplejo, añadía, un sombreo, es un sombrero. Ahora, no recuerdo por qué surgió aquel recuerdo infantil en la conversación con mi madre. Ella comenzó a llorar. No guardaban mis palabras reproche alguno y me sorprendí ante su reacción. Mi única intención era saber el dictamen médico tras aquella zafia valoración psicológica. Creía ella que no recordaba nada de todo aquello, que la visita a la extraña clínica y la sala de espera llena de niños subnormales, término de la época, habían desaparecido en el limbo de la infancia. Dio sin pedirlas y sin querer escucharlas unas explicaciones con sabor a disculpa entre lágrimas. Hablaba mal con siete años, mal y poco, cuatro palabras prácticas para la supervivencia y, además, mojaba la cama todas las noches. La idea fue de mi padre y ella acató debido al complejo que le causaba su propia incultura cuando él le recordaba su destino entre fogones. El hombrecillo de la bata les recomendó paciencia. A su hijo no le pasaba nada y, por supuesto, no era deficiente. Habló de los ritmos de desarrollo, de parámetros comunes en la mayoría de niños y de un pequeño grupo que, sin causa que la ciencia pudiera explicar, hacían las cosas a destiempo.
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