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    January 27

    No tan locos

    NO TAN LOCOS

     

     

    loco

    El camillero que empujaba la silla de ruedas adherida por persistencia a mis posaderas era un muchacho joven, de mi edad. Por la jovialidad evidente con que desempeñaba su trabajo, éste debía resultarle grato. Izó el artilugio rodador en el que me hallaba acomodado al vehículo ambulancia utilizando la plataforma hidráulica dispuesta en la parte trasera de la furgoneta. Por medio de unos ganchos dispuestos en el suelo del vehículo, ancló la silla asegurándose de que ésta quedaba adecuadamente inmovilizada. Pregunté si todas estas maniobras eran necesarias para un trayecto de apenas un par de minutos entre el edificio de medicina general y el de traumatología, también cuestioné lo inapropiado del sistema de traslados entre las distintas dependencias del centro.

    - Mira tío cuando lleguemos permanece callado, no voy a permitir a ningún tarado que me joda este curro de puta madre. Tengo colegas en craneoencefálicos y, creemé, pueden hacer de tu estancia con todos esos pirados un verdadero infierno.-

    Mi tía me había acompañado durante la mañana, los parientes del enfermo no estaban autorizados a realizar el desplazamiento con la ambulancia. Nada más bajar en el embarcadero de ese edificio anexo me recibió con el entusiasmo propio del regreso de los astronautas tras una misión espacial. La efusividad del recibimiento fue el primer augurio del desastre. Pese al carácter pusilánime de la hermana de mi padre, era imposible llorar por un viaje de dos minutos. Pensé que se había asustado por el tiempo empleado en recorrer el centenar de metros teniendo en cuenta mi propensión a los accidentes. Pero sus lágrimas estaban provocadas por lo visto en la unidad a la que me dirigía junto a ella empujado por el simpático conductor. Estaba a punto de someterme a la misma tortura y el camillero, sabedor de lo que allí me esperaba, disfrutaba ampliamente llevándome a ese reducto, confín fortificado de la desgracia humana. Dentro del enorme edificio de diez plantas destinado a traumatogía, era la última planta la elegida para las cabezas, de esta forma se dificultaba tanto la entrada como, sobretodo, la salida. El ascensor ascendía parsimonioso desde el sótano donde se encontraba el acceso de las ambulancias hasta la décima planta. A mi tía los nervios le desataban la lengua.

    - Sobrino, piensa que vas a estar poco tiempo en este sitio y los médicos dicen que es el mejor lugar para tu recuperación.-

    El mosqueo también crecía en mi interior junto a la socarronería de uno y la inquietud de la otra. La puerta se abrió al iluminarse el número diez en el panel interior y sonó la inefable campanilla como rúbrica. Una enfermera salió del mostrador para recibirme y, pese a su poca gracia, me gustó la bienvenida besucona con la que se hizo cargo de mi destino. Todavía pude ver una gran sonrisa antes de cerrarse la puerta y dejar encerrado al conductor de la ambulancia. El ¡Ding! fue en esta ocasión de despedida. Pensé para mí: hasta nunca capullo. La enfermera cariñosa empujó la silla hasta el despacho de la jefe médico de la unidad y mi tía nos seguía compungida unos metros atrás. Antes de que la enfermera tuviese tiempo de llamar a la puerta, ésta se abrió dejando al descubierto una bata blanca con el pelo cortado a lo “garzón”. La bata también se humilló para asestarme sendos besos, a mí el lugar me parecía ciertamente agradable, quizás por eso estaba un poco más cerca del cielo en una planta décima, protector como nunca lo había sido. Aquella tela blanca resultó ser la doctora Amivilia, médico jefe de la unidad de traumatismos craneoencefálicos, esa mujer se convertiría en mi verdadero ángel de la guardia. Percibí en sus ademanes la misma intención protectora que en las mujeres de mi familia, era ella quien después de tallarme estilo mili y examinarme asistida por la auxiliar que empujaba la silla de ruedas. La comitiva avanzaba por el pasillo. Siempre son iguales esos pasadizos en todos los hospitales, y fue en ese recorrido donde empezó la derrota del ánimo. También fue en esos pasillos donde creí internarme en la antesala de los fogones de Pedro Botero. Unos seres espumantes se balanceaban en sus sillas con una cadencia constante, los individuos libres del baile de San Vito emitían unos ruidos de origen gutural mientras mostraban una deteriorada dentadura y mecían las manos con las muñecas dobladas hacia abajo a modo de saludo. La médico me llevó hasta una habitación amplia con seis enormes jaulas de hierro en su interior, me acercó a uno de esos tinglados férreos y me lo presentó como mi cama. En efecto, sobre un colchón de liliputienses se alzaban una serie de tubos metálicos y dos cancelas del mismo material flanqueaban ambos costados del somier.

    Las tres mujeres colaboraron para incorporarme y depositarme sobre esa cama singular. Mi cuerpo, impulsado por un resorte oculto, adoptó la forma del ovillo fetal. Desde ese momento sólo recuerdo los gritos de la doctora Amilivia a su auxiliar.

    - Rápido, llama a la doctora Hidalgo y que suba pitando.-

    No tardaría en conocer a esa doctora, era el psicólogo del hospital encargada de asistir a los enfermos. Me suministró un calmante y tras recuperar la posición normal de un yaciente me soltó una serie de frases tópicas deleznables sobre la fortuna que, según ella, había tenido por lo aparatoso del accidente. Terminaría por convivir con esa suerte maldita el resto de mi estancia en el hospital pero sólo después de varios meses aceptaría de buen grado ese golpe de fortuna, más bien se trató de un encontronazo. Cansado, narcotizado y con la sensación espantosa de estar sufriendo una humillación gratuita, comencé a despertar de lo uno y de lo otro quedando lo último como única prueba de lo sufrido. La habitación se había llenado con los ocupantes de las jaulas colindantes y las visitas de sus familiares y amigos. Con el recato oportuno de la prudencia, le decía a mi tía en un tono de voz que no llenase el resto de la estancia que llamara a mi padre y me sacara de allí. Creía, todavía tengo dudas al respecto, que aquello era otra de sus maniobras de confirmación de la posición, mucho más elevada, desde la que contemplaba a sus hijos. 

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    Las camas estaban ocupadas por seis historias desafortunadas; la primera de ellas, tomando como referencia la puerta de entrada, era un morito de las pateras. Un grupo de no se sabe cuántos se jugaron la vida cruzando el estrecho en una precaria barquita de remos y ganaron la costa y la vida. Una vez en tierra, se metieron de polizones en la caja vacía de un camión de transporte internacional con la esperanza del Norte próspero en sus brújulas. El camionero atraído por su influjo magnético enfiló su nave en esa dirección ignorando la carga de ganado humano que transportaba. La hora se le echaba encima, el reloj volaba y sus agujas rompían con estrépito la barrera del sonido. El ruido incesante de ese avanzar enfermizo apenas lograba sujetar sus párpados, éstos amenazaban con cegar el buen hacer del conductor. De aquella carnicería sólo sobrevivieron el conductor y una parte de la primera cama de la habitación del hospital. El muchacho no respondía ni al castellano, ni al francés con que las solícitas enfermeras trataban de comunicarse inútilmente, incluso probaron con el cónsul marroquí pero fue en vano. Del desafortunado polizón únicamente sacaba una estúpida sonrisa babosa por respuesta. Como carecía de cualquier tipo de documentación que revelara algún dato sobre su persona las enfermeras le pusieron un ridículo nombre canino, Skiby. Usaron suero fisiológico a modo de agua bautismal.

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    Siguiendo el orden impuesto por la puerta y frente al morito encontrábamos a la cama llamada Xavi. Éramos quintos y ambos teníamos ojos verdes aunque los suyos eran casi su único medio para la comunicación y los míos han sido condenados a la inexpresividad. El chico era de un pueblo de interior en la provincia de Girona y le gustaba la playa. Un día de verano salió dirección a la costa para aplacar la furia solar con un baño salado. Llegó a la playa e inmediatamente se despojó de la ropa arrojándola a la arena ávido del ganado refresco marino. Apenas se había alejado unos metros de la orilla cuando un extraño ataque le dejó paralizado. Los amigos que le acompañaban en ese día de playa pensaron: “ ya está Xavier haciendo el payaso, no se cansa nunca.” Cuando llegaron junto a su cuerpo la falta de oxígeno había dañado fatalmente el cerebro  de la segunda cama.

    Entre la cama Xavi y la mía, esta vez en dirección a la ventana, se hallaba la jaula señor Antonio, un hombre mayor aunque no anciano. Su historia era la de un derrame cerebral caprichoso, sus consecuencias una demencia senil madrugadora. El hombre se escapaba al menos un par de veces a la semana porque, según él, llegaba tarde al trabajo de donde se había jubilado cinco años atrás. Su otra obsesión era irse al piso de arriba, lo más curioso es que no había piso de arriba, estábamos en el décimo piso de un edificio de diez plantas. El señor Antonio decía escuchar la música de baile sobre nuestras cabezas y oía el roce de los zapatos marcándose un chotis chulapón.

    Frente al abuelo bailón estaba la cama José. Como casi todos los encofradores de la construcción era gallego y más serio que el demonio. Se relacionaba poco con el resto de las camas, sólo se mostraba accesible por la tarde cuando al despertar de la siesta obligatoria llegaba la hora de las visitas. Casi siempre venía su mujer acompañada de una vecina, el trío es mala combinación para los naipes y José buscaba entre los que se enteraban de algo el cuarto jugador. Sólo participé en una de esas partidas y a través de ella me percaté del mal perder del gallego. Desde aquel día no volvió a dirigirme la palabra. El encofrador gallego subió por el andamio sin la precaución molesta del arnés de seguridad, cayó de espaldas desde una altura de seis metros golpeándose la cabeza contra el suelo. José supo que nunca volvería a trepar por una de esas estructuras metálicas donde se ganaba la vida con medio cuerpo inútil. Pero no se sentía desgraciado por ello, ahora con una buena paga podía regresar a su Pontevedra natal y ahogar en sus rías tanta morriña acumulada. Junto a esa cama gallega estaba la mía. De la sexta jaula inquisitorial voy a decir que era simplemente el señor Emilio, con esto digo mucho del mismo modo que digo muy poco. Él era el más lúcido de los seis despojos repartidos en jaulas-camas en la habitación ciento tres del hospital.

    Pregunté muchas veces a la doctora Hidalgo, psicólogo del centro, si toda esa gente era consciente de su transformación, de lo que habían sido y en lo que se habían convertido. Para mí esa era la auténtica tragedia, ella no sólo desconocía la respuesta sino que parecía no darle mucha importancia. Ese caballero de recio pelo blanco al que nunca apearé el tratamiento, señor Emilio y de usted, por mucho que se enfurezca y por todos las blasfemias que el cabreo expulse por su boca, era dolorosamente consciente del cambio sufrido. Como gran luchador se revelaba combatiendo furiosamente contra su poca suerte. El usted apenas reflejaba el respeto y la admiración que ese espíritu combativo me causaba y continua causándome.

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    Al nacer, su llanto quedó ahogado por el estruendo de la guerra. Los servicios burocráticos de la Nueva España impulsados por su fiebre reguladora tuvieron a bien registrarlo, unos años después de su nacimiento, como ciudadano de Una, Grande y Libre. El señor Emilio nunca celebró su cumpleaños, el determinar una fecha concreta para la conmemoración del aniversario constituía una seria amenaza de desencadenar otra guerra civil, al menos en su casa. Por un lado estaban los partidarios de su padre defensor de tal día y, en el bando contrario, la madre con sus aliados abogaban por una mancha diferente del calendario. A él no le preocupaba el transcurrir de los años sin esa celebración aleatoria, en aquella época la diferencia podía consistir en recibir una naranja o no, le desagradaba el sabor ácido del cítrico por lo que prefería seguir sin sumar números. En su carné de identificación, desde luego, figuraba una fecha impresa, por supuesto era un requisito imprescindible para la implacable burocracia de la época. El funcionario, miembro destacado del partido, harto de las discusiones familiares optó por la tercera vía. En la casilla correspondiente a la fecha del alumbramiento, decidió poner el día catorce de Junio por ser ese día el escogido por la iglesia para santificar a Félix de Córdoba, mártir y obispo, el escribiente sentía una fervorosa devoción hacia esa figura del santoral católico, apostólico y romano. Al señor Emilio le pareció bien aunque, debido a su corta edad, no se le consultó. Siendo como era cordobés, le parecía una elección de lo más acertada. Toda esta historia barrunto que era una estratagema para desviar la pregunta impertinente sobre su edad. Había nacido en una aldea próxima a Palma del Río, cuna de grandes toreros, cuando comenzaba a ennegrecerse la piel próxima del labio superior la familia se vio obligada a emigrar como tantas otras en aquellos tiempos de penuria. Fueron a Brasil como pudieron acabar en Argentina, Chile o Venezuela, no fue una elección predeterminada. Al llegar al puerto andaluz desde donde partían los barcos hacia las Américas la primera nave en zarpar tenía ese destino y no otro.

    Él se hizo hombre en ese país, se casó con su negra, se refería siempre así cuando hablaba de su difunta esposa, y formó una familia en lengua portuguesa.

    - ¡Ay! Amigo ¡qué gran país!.-

    Llegado a este punto mostraba una gran sonrisa pícara más explícita que las largas horas de relatos con que amenizaba el tedio hospitalario. El caso es que acabó instalado en Sao Paulo, una de las ciudades principales del continente sudamericano. Trabajó duro, como él decía, para sacar adelante a los suyos aunque nunca dejó claro cual era el oficio al que se dedicaba. Presumía del beneficio obtenido, supongo que era una forma de aderezar la coquetería con un halo de misterio. Mi inocencia me llevaba a nunca poner en duda ninguna de sus historias. Aún tengo serias dudas sobre si me contaba esas aventuras como muestra de una sincera amistad o, por el contrario, me eligió por ser el único de esa habitación con la cabeza adecuadamente despejada como para enterarme de algo. Ahora, con la perspectiva del tiempo transcurrido he llegado a la conclusión, espero que errónea, de que el motivo primordial para esa elección estaba relacionado por mi cara de pardillo.

    En ocasiones especiales recurríamos al personal sanitario para constatar alguno de los cuentos de Don Emilio. Nadie dudaba, fuera por sus canas o por su simpatía contagiosa era un personaje respetado por todos.

    Los ingresados en esa unidad disfrutábamos del privilegio increíble de confeccionar un pasado inventado por nuestros delirios. Con el escudo infalible de una mente perturbada, nadie osaba a llevarnos la contraria. Entre nosotros convivían varios miembros de la realeza, futbolistas de renombre y un auténtico gigoló beneficiario de algunas de las mejores potras nacionales. Desde luego, contábamos con la presencia imperturbable del emperador francés. La mayoría estaba más “payá” que “pacá”, pero al menos el cordobés tenía la gracia del ingenio.

    Don Emilio en ese país de mulatas sabrosonas sólo echaba en falta una cosa de su España: los toros. Ahora que tenía sus años, no decía cuantos, y disponía de recursos económicos, tampoco ofrecía detalles sobre ese tema, decidió tomarse unas vacaciones y regresar a su tierra. Eligió la Semana Santa andaluza pues recordaba con emoción el respeto, la admiración, y sobre todo, la pasión, con que esa tierra rendía homenaje al sacrificio que Nuestro Señor Todopoderoso sufrió para salvarnos a todos de las garras del mal. Brasil era un país básicamente católico pero aquellos negros, siempre según Don Emilio, sólo entendían de mover el culo, bien en vertical, bien en horizontal, después del carnaval en que tanto lo meneaban en un sentido y en otro, era necesario un periodo de descanso. El año elegido por el emigrante cordobés para su regreso, la Pasión de Cristo coincidía con el principio del mes de Abril, podía extender su estancia y disfrutar de la feria sevillana y, por encima de todo, visitar la Maestranza de sus amores en pleno apogeo. Dejó a sus numerosos hijos a cargo de los negocios familiares, inútil indagar sobre este tema, y partió hacia la tierra extraña en que su país de origen se había transformado tras tantos años de ausencia.

    - Mi país, chico,- me llamaba así – es Brasil. De España sólo conservo el pasaporte y mi amor por los toros.-

    Su otro amor, su negra, había fallecido dos años atrás y ése era otro motivo para realizar el viaje aplazado sine die durante tanto tiempo. Asistió a las procesiones sevillanas en una ciudad tan abarrotada como su Sao Paulo, escuchó las saetas con lágrimas en los ojos y compró el abono para la feria taurina, una contrabarrera de postín, aseguraba el bueno de Don Emilio. También regateó con un reventa el precio de una entrada para la corrida del Domingo de Resurrección.

    - Eso es un lujo en Sevilla, chico, y mucho más si torea Curro Romero.-

    Emocionado acudió a la Maestranza ese Domingo tres veces santo, dos por Dios y la tercera por Curro. Era tal su excitación tras tantos años alejado del albero y teniendo en cuenta que toreaba quien toreaba, que poco después de completado el paseíllo por parte de los diestros de aquella tarde, Don Emilio no soportó tanta alegría y sufrió un ataque de apoplejía que había de dar con sus huesos en esa habitación del hospital de Barcelona donde lo conocí.

    - Sabes una cosa chico, el ataque me ha dejado medio cuerpo de corcho y jamás podré hacer mover el culo a ninguna negra. Pero lo que nunca le perdonaré a Él – aquí señalaba con su dedo índice hacia arriba – es que no pudiese esperar a dejarme ver torear a Curro Romero en la Maestranza un Domingo de Resurrección.-Creative Commons License
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    January 20

    El viento

                                                                    

    wind

     

     

    Los aires de la meseta eran tímidos aunque de muchos contrastes. La ira de aquel viento fue una sorpresa. Había escuchado aquello de que en las zonas ventosas el índice de suicidios era superior a la media. Como si aquella agitación del ambiente tuviera actitudes empáticas sobre el organismo, zarandeara entrañas y hurgase en memorias renqueantes. Recordaba, aún podía, y sentía retornar contra él, en su rostro, el impacto del propio suicidio. El aire estepario era seco y cortante, nada llevaba del sabor húmedo del mar. El final era el mismo para todos los hombres, no así el número de veces. El renacimiento cíclico era una carga progresiva, se le antojó excesiva. Sería la última vez, tenía el propósito de perdurar en aquella farsa de defunción y olvidar el olor salobre de otros aires. El nombre aplazado volvió a él enseguida, pocos días después de la mudanza. La tramontana fustigó los oídos con un susurro mezclado de añoranzas. Dar pábulo a aquel sonido era admitir la certeza estadística. Coro contaba a su hijo, cuando le hablaba de él, que aquel compañero de trabajo misantrópico era la excepción a la mayoría de normas. Una anomalía en la base de los recuentos.Antes de ella, otros habían pronunciado la misma frase, con palabras distintas, con finales diferentes. Más peso en la mochila. Sin pretender estar a la altura de lo que ellos esperaban, obrando según el pico del gallo, al son de sus aires, sentía la presión de la respuesta. Nunca fue pose, lo que ellos pensaran eran naderías para él, pero tropezó en la trampa más de una vez. Recorrió la frase de Coro como si sobrevolara con un dedo el mapamundi colgado en la pared y no podía dejar de pensar que cierta verdad escondía. La verdad está construida sobre numerosas mentiras.

    El mar hizo de lápida muda y la fuerte brisa fue su epitafio. Asomado en la punta del pantalán, podía ver como se iban posando los enseres, ropas, retratos, su propia vida, contra la arena ondulada del fondo. Lástima que sus recuerdos supieran nadar como penas de borracho. El tránsito hacia sus muertes fue acumulando objetos y cajas de embalaje, inútil equipaje para quien no olvida. La cara sorprendida de la vendedora de la inmobiliaria por la ausencia de todo y aquella petición suya de una cama, una silla y el mapa de pared como complemento fue otra y la misma contemplada con anterioridad tantas veces. Las manos en los bolsillos serían su último equipaje. Los entierros son poco dados a la decoración de interiores. Enseguida distribuyó apliques, colgó cuadros, desplazó la cómoda al rincón sur de la habitación y desplegó sobre la cama el edredón impregnado de aquel perfume. Sintió retorcer su espinazo mientras la pituitaria lloraba. El rímel perfecto de la mujer de la agencia se hubiera estirado aprobando la distribución. En cambio, giró sobre sus zapatos de tacón alto y vio en la puerta la salvación. Pero, claro, ella no podía ver aquel imaginado orden geométrico.

    Equilibrista sobre una pata de la silla. Viajero con muescas en las cachas de cartón del mundo de pared. Música de tambor rítmica, obsesiva, contra la ventana. Empujaba y empujaba contra los cuarterones entreabiertos y se colaba dentro. El aire acariciaba con tacto de barba los resquicios de la tarima del suelo. Se filtraba a través de ellos revolviendo el polvo en remolinos invisibles. Aquel roce silbaba la estancia y convertía en voz lo que apenas era susurro. El hombre retuvo el tiempo entre sus dedos apretando con fuerza los puños. Luchando contra un recuerdo casi muerto, devolviendo una vida olvidada, pasada, propiedad de aquel otro, el que un día fue. Pero el nombre rebotaba contra la cola del polvo levantado, contra la cascarilla de la pintura desgarrada, contra la silla huérfana del centro de la estancia. El nombre, aquel nombre, su nombre...

     

     

    ( entrada dedicada a Aire, por su casa pasaron mis reyes magos.)Creative Commons License
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    January 13

    La cosa

    LA COSA

     

    RastroDeMadrid

     

    Los domingos siempre tenían aquel aire de resaca y preludio que convertían la población en territorio de fantasmas. La cafetería Madrid era de las pocas que abrían a primera hora el día del Señor. También estaría abierto el bar de la estación de autobuses pero ese aire a alto en el camino lo convertía en último recurso. El café era vulgar y el sitio más funcional que acogedor. Los dueños hicieron sus dineros en la capital, montaron aquel negocio para mantenerse activos y rentabilizar el capital mientras llegaba la jubilación. De la ciudad, trajeron aquel hábito extraño entre los suyos de dejar hacer a los demás, de no intervenir ni querer saber todo. Por eso me gustaba el lugar. Podía sentarme con el café con leche y la prensa dominical y leer tranquilo sin interrupciones hasta que el sol desentumecía la niebla matutina. Qué si sabía la última de fulanito o me había fijado en lo raro que andaba menganito últimamente, dos semanas a lo sumo, ése está hecho de madera recia ya verás cómo nos entierra a todos. Siempre rehuía ese tipo de apuesta sobre la esperanza de vida de los ahora mis vecinos.

    El pueblo, siempre lo vi como tal, lo había convertido en villa el capricho de algún monarca y sus gentes rivalizaban sin muchos argumentos con los méritos de la capital de provincia para serlo. Nosotros somos villa desde el siglo trece cuando la capital eran tres pordioseros que arrancaban nabos de aquella tierra mala y se alimentaban del agua sucia en que los cocían. Supongo que el desprecio de no ser nombrados capital de provincia los había convertido en rencorosos y hasta cierto punto hostiles con el forastero. Los sábados se entregaban con furia a todo tipo de excesos, beodos, carnales y de otros tipos que son más para callarlos que para dejarlos escritos. Supongo que lo hacían para borrar las afrentas. Por eso las mañanas de domingo tenían un sabor a naufragio. Sólo los devotos rompían el silencio de las calles con sus mudas de domingo.

    Las autoridades municipales también estaban tocadas del aire de grandeza. Organizaban todo tipo de eventos de categoría a los que apenas iban los tres incondicionales, aparte de los obligados claro. Entre los actos absurdos que agrandaba el prestigio local estaba la feria de antigüedades. Cada tercer domingo de mes buhoneros y traperos de más o menos dudosas mañas vendían, al menos lo intentaban, mercancías históricas esquilmadas en las aldeas de la montaña a cambio de modernos colchones de muelles o el último ingenio para abrir latas. Los soportales de la plaza mayor recogían a los distinguidos profesionales.

    Tras pagar la cuenta y despedirme de los dueños, recogía la prensa bajo la tela del sobaquillo y me acercaba paseando hasta la plaza. Nunca compraba nada pero la mañana no brindaba vistas alternativas hasta que fueran pasadas las doce y resacosos vecinos fueran a curar sus males en las terrazas de la alameda a la hora del vermú. Del amasijo de zarrios, enseres y muebles mastodontitos sólo me llamaba la atención algunos de los objetos apilados en los anaqueles. Eran restos de otra época a los que había que imaginar su utilidad. Eso me distraía mientras esperaba que las terrazas abrieran.

    Estaba escondido, tapado por la talla de una virgen que el trapero decía era prerrománica y debía serlo dado su estado de conservación y una custodia oxidada. Ahora no sabría decir porqué llamó mi atención, porqué tuve aquel deseo de posesión o qué propósito sobre él desarrolló mi desmantelada cabeza. Debía tenerlo, el impulso era superior al propio deseo. El comerciante intentó distraer mi interés con no se qué joya traída allende los mares por un tío suyo indiano recién regresado. Enceguecido por el objeto, quité del medio al charlatán y cogí la pieza entre mis manos. Cuánto, era la forma de empezar el cortejo, la transacción económica, treinta mil, veinte respondí. Es suyo. Algo no iba bien. Aunque nunca hubiera comprado nada en la feria conocía el lenguaje internacional del regateo, del tira y afloja, por eso me extrañaba la facilidad del acuerdo, la docilidad del rival. Desde luego no iba a insistir en una pugna que había de costarme dinero pero me fui compra en mano con más mosqueo que satisfacción por mis dotes de avezado comprador.

    Tenía alquilada una casa de dos plantas que no era gran cosa pero el tiempo la había convertido en hogar. Me costó encontrar acomodo para la compra que aún llevaba en brazos entre los muebles pasados de moda que la casera almacenaba en aquella casa por un afán de no tirar nada. Probé varias posibilidades, sobre la repisa del hogar, junto al reloj de la entrada, en lo alto del mueble bar, no encajaba en ningún sitio. Empezaba a darme cuenta de lo inútil de la compra y de la habilidad del trapero para quitar de en medio un artículo sin salida alguna. Al final, ante la falta de perspectiva y la nulidad decorativa de compra y comprador terminó asentada en la balda superior que encajonaba un televisor a color de primera generación, o sea viejo, de imágenes desvaídas y sin mando a distancia.

    El primer indicio del infortunio que me esperaba lo tuve al día siguiente de mi excursión por la feria de antigüedades. Ocupaba una plaza interina de secretario en el ayuntamiento de tan excelsa villa. El titular, Don Cándido, venerable anciano, había caído enfermo y derrotado por los años de servicio a la localidad. En una de mis visitas a mi antecesor, éste confesó sin pena ni lágrimas que sólo esperaba que la muerte fuera rápida y pusiera fin a tanto aguantar. Los caprichos de los ediles y la escasez de recursos llevaban por un mal vivir a quien ocupara la plaza que ahora suplantaba mi persona. Pero el sueldo era bueno y mi juventud y falta de experiencia sólo calificaban la desdicha del anciano de manía senil. Además, llegué muy recomendado al pueblo, perdón villa, y el alcalde aseguraba que tras el fallecimiento inminente de Don Cándido cada día peor y medio ido de la cabeza, la plaza de secretario era mía, que él en Madrid tenía mucha mano. Repentinamente Don Cándido estaba del todo repuesto y al entrar en el ayuntamiento y abrir la puerta del despacho allí estaba ocupando el asiento que había imaginado mío para siempre. El asunto se solucionó más por la recomendación que por el deseo del alcalde en un recorte horario de mis servicios al municipio. Así que allí estaba, enterrado en aquel pueblo por un salario de media jornada que por estar donde estaba aún me permitía sobrevivir con cierta holgura.

    El siguiente paso de la catástrofe ocurrió a los pocos días. Entré en casa y me dirigí al salón cuando una figura oculta en la penumbra de la sala casi me da el empujón definitivo tras sufrir un patatús de padre y muy señor mío. Al recobrar el conocimiento, tenía a mi casera sobre mí, agitando una revista pasada de fecha para darme aire. Después de tomar un fermento que la mujer tenía recluido en el fondo del mueble bar, que no acabó conmigo como temía pero sí me despejó de una patada certera en el estómago, la casera anunció con voz solemne que debería abandonar la casa cuanto antes. La hija, de cuya existencia sólo conocía algunos comentarios de vieja escuchados en el despacho del ayuntamiento cuando venían a solucionar asuntos del catastro y no eran, para decirlo suave, nada a favor de la desconocida, se había separado del marido y volvía al pueblo con una carga de tres niños, qué veríamos ahora cómo iba a alimentar una pobre viuda como ella. Porque ella era vieja pero honrada y en su casa no quería a una divorciada, así que sentía mucho desprenderse de su inquilino que aparte de secretario del ayuntamiento era tan buen chico y no sé cuantas lisonjas más. Pero estaba en la calle.

    Instalado en un cuarto frío y mal ventilado de la única pensión de la villa llegaría el tercer aviso del desastre. La verdad es que los pocos enseres personales cabían de sobra en la habitación pero costó dios y ayuda emplazar el objeto pese a las escuetas dimensiones y distracciones de la pieza. María era una chica con un encanto cantarín que vivía en una de las pedanías perdidas entre los castaños de la montaña. La conocí en uno de los bailes de la fiesta mayor, en verano, más bien ella se dio a conocer. Tenía desparpajo y a la vista estaba experiencia con los hombres. Mi madre siempre me prevenía contra las chicas de los pueblos, mira que esas zorrillas sólo quieren cazar un muchacho lelo como tú y salir del pueblo. Nunca hice mucho caso a los consejos de mis progenitores. Tras unos meses de cortejo y algún escarceo de cama la relación parecía consolidarse. La noticia me la dio Doña Puri, regente de la pensión y mujer con mucho calor humano, una amiga suya pariente de la Enriqueta y prima a su vez de Toñi la vecina de mi María le había contado que ésta se había fugado con el Tomás, agente de ganado y mujeriego como él sólo, que ése mucho sabía de carne.

    Con medio trabajo, sin casa y ahora sin novia el asunto empezaba a preocuparme y tuve ciertas debilidades con el alcohol. Doña Puri me cogió una tarde por banda y se puso seria conmigo, me veía durmiendo en los sótanos municipales junto a los borrachos pasados de jarana detenidos por las fuerzas del orden público, es decir, Carlos el tartamudo único agente de la villa. Ante el panorama que me esperaba me derrumbé ante la posadera y le conté todos mis pesares entre sollozos y lágrimas. La mujer me consoló acariciando mi cabeza junto a unos pechos desbordados que casi pasan a formar parte de mis abatimientos por asfixia. Chico alguien te echó mal de ojo y para estos casos nadie como la bruixa Toxa, a mi ya me apañó algún asunto y siempre con tiento.

    La bruixa Toxa prestaba servicios en una cabaña escondida entre matorrales y setos reconstruidos Doña Puri me puso en contacto con la bruja que visitaba, sí como los médicos, martes y jueves y ya me había tomado cita. Del precio, que barata no era la muy bruja ya me arreglaría con ella, hasta facilidades de pago ofrecía aquella señora de lo oculto, quizás por ello. La posadera me puso al corriente de algunos chismes sobre la bruixa Toxa, no me dejara impresionar por la choza ni por la pose, que de todos era sabido que la bruja era una señora de las bien vistas allá en la capital, que buenas perras se llevaba y aquello sólo era puesta en escena, pero lo que era su trabajo lo hacía bien. Llegué a un claro del bosque siguiendo las indicaciones de Doña Puri, un grupo de aldeanos esperaban a la puerta, pedí vez y esperé. Entré en la choza apestada de humo con una mesa desvencijada y dos sillas de pino por todo mobiliario, esperaba encontrar raíces, bayas, potes con lagartijas y dientes de escorpión y un caldero al fuego. Sólo había una señora bien vestida, a la moda de la capital, que me ofreció acomodo en la silla libre. ¡Shhhh ¡ me hizo callar aunque no había abierto la boca. Sin mediar palabra entre nosotros echó las cartas, no las del tarot, baraja española. La mujer palideció, sólo alcancé a escuchar un “deshazte de la cosa” entre un balbuceo sin sentido antes que poco menos me echara de la choza a patadas, ni pagar me dejó.

    De nuevo en la habitación de la pensión reflexioné sin encontrar sentido a las palabras de la bruixa creyendo ser víctima de la ocurrencia local. Alcé la cabeza y mi vista tropezó con ella, allí estaba la cosa, supe que aquel objeto que nunca llegó a tener nombre era la cosa y en cierto modo había modificado mi vida hacia la catástrofe. El tercer domingo de mes era el de la semana entrante, así que espere con pánico que la cosa se estuviera quietecita hasta el séptimo día. La desgracia no se detiene nunca y Don Cándido, muy recuperado el viejo, me informó que el municipio se veía obligado a realizar un ajuste de plantilla, no sabía porqué el alcalde me tenía tanto aprecio pues él, Don Cándido, no veía en mi persona demasiado celo profesional y en lo personal me veía paradito, sin sustancia dijo el cretino. Pero el edil me ofrecía tres meses por adelantado de despido dilapidando una vez más las diezmadas arcas municipales.

    El domingo me levanté como siempre dando gracias a la cosa por permitirme estar vivo y realicé mi ritual dominical. Busqué entre los soportales al trapero que casi termina conmigo y no lo encontré. Pregunté al charlatán que ocupaba la parada de al lado, el Fulgencio no volverá, siempre lo habían tenido por un desgraciado, ni una acertaba el condenado, la suerte es extraña siempre esquiva hasta que te abraza. Había escuchado aquella historia que siempre explicaba de el tío de las américas, nadie le creía, pues resultó verdad. Ahora el desgraciado vivía a cuerpo de rey en uno de aquellos países llenos de mulatas y frutas raras. El tío había muerto y el Fulgencio era único heredero de una fortuna variopinta. Parece, que del cierto no lo sé, que el pariente se dedicaba a negocios de todo tipo pero que de fulanas tenía un rato. Que el Fulgencio que en su vida se había comido un colín salvo pago previo vivía ahora en un burdel lleno de negras zumbonas y además le pagaban un tributo diario y derecho de pernada. Dejé a un lado las hazañas de mi verdugo y enseñé al buhonero la cosa que me vendió el Fulgencio. Un tío suyo, el tío supongo, lo trajo de las indias pero circunstancias económicas me obligaban a venderlo. Cinco mil pesetas me dio el infeliz.

    El lunes dormía a pierna suelta en la pensión cuando Doña Pura entró como un vendaval en la habitación. Un telegrama, pensé en la cosa pero ya no la tenía y mi suerte debería cambiar, quizá fueran efectos colaterales y no una purga como la de Benito. Tuve miedo, una muerte o tal vez algo peor. Algún bendito en Madrid había leído mi tesis doctoral y ofrecían una beca más que generosa por profundizar en mis estudios e insinuaban una futura cátedra ante la jubilación próxima del catedrático que había sido mi mentor.

    Vi alejarse el pueblo, villa perdón, desde el cristal trasero del autobús, pese a la desgracia que había asolado mi vida en aquel último mes no guardaba rencor a aquel sitio. Tampoco pensaba volver a él. Sólo me quedaba clara una cosa, después de aquella experiencia siempre compraría en grandes almacenes.Creative Commons License
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    January 06

    Enoc en el paraíso

    Enoc en el paraíso

    Paradiso

    Serían cosas de la divinidad que la poblaba pero el suelo de aquel terreno se movía, y con él también lo hacía la inundación de luz y aquel derroche de colores imposibles que pintaban árboles de frutos exuberantes, pájaros con colas de fuego y seres traídos de nanas y demás cuentos de cama. Las escrituras hablaban del lugar sin acertar, aún por asomo, las diferencias entre lo terreno y lo guardado por Dios para justos, buenos y arrepentidos. Es facultad grandísima aquella del perdón y Enoc, hombre de muchas virtudes, no siempre encontró facilidad en ella, muestra está de su condición humana contra otras prebendas que discursaran lo contrario. Sin soles que surcaran cielos inexistentes, sin tímidas lunas alumbrando oscuridades, recuerden que era aquél templo de Luz, el tiempo carecía de sentido. Vivió tantos años entre los hombres antes de aparecer en el Paraíso que aprendió a medir los años con la desaparición de seres queridos. La longevidad fue por momentos tremenda en dolor porque nunca un amor sustituyó otro. Dios le puso pruebas difíciles y él, con sus momentos de duda, las debió superar, pensaba admirado ante la belleza que lo rodeaba. Tampoco había allí muerte para tensar el tiempo pues era aquella una consecuencia de esta realidad y no un fin. Con tanta novedad y sin otro referente que el para siempre jamás, estaba aturdido. A veces, intentaba pisar fuerte sobre el suelo pero la tierra del paraíso no admitía golpes. Otras, clavaba la vista al frente buscando un punto para devolverle la referencia de la distancia, pero el horizonte era plano y sinfín. Así, sólo podía tomar el vaivén como parte de aquella navegación extraña. Recordó a su madre, le había sido entregado junto a la mucha vida otro tanto de memoria, y aquellos desmayos que empezaban en simple mareo y habrían de acabar con su vida. Sobre la muerte de su madre, dijo nuestro patriarca que fue la suya suma de los males de muchas Evas. Es raro, aunque en aquella lejana época jamás hubiese mantenido una versión contraria a la de los sabios, de su madre sólo recordaba dulzura y una bondad sin quebrantos. Con la sensación hostil de la falta de permanencia en la cabeza y el revuelto en las tripas, le vienen a la cabeza las palabras que ella pronunciaba ante aquella maldición de los mareos. Decía que sentía en su cabeza la coz de quien, en un instante, percibe la totalidad del mundo por el embudo del ojo de una cerradura.

    Pasmado, dedicó el primer tiempo de aquel desconcierto paradisíaco a recorrer el paraje. Falto de referencias geográficos asumió su papel errante. Cada flor, cada árbol, la más insignificante brizna de hierba conjuntaba con armonía el entorno. El paisaje había sido creado con escrupuloso cuidado. No podía tachar a la paupérrima brizna de tal pues su papel en el equilibrio del cuadro era fundamental. Andaba con un cuidado de anciano, despacio, asegurando cada paso sobre aquella tierra sagrada pues sabía de la mano que diseñara aquella maravilla y sentía pesados sus pies y aniquiladores de esa belleza. Sorteaba los guijarros del camino por miedo a alterar la conjunción de aquella perfección. No tardó mucho en dar con otros privilegiados del paraíso. Sintió alivio pues el peso de la sensación se le antoja excesivo para un solo hombre. Vio y conversó con hombres y mujeres. Conservaban todos el momento álgido de su existencia terrenal, la plenitud del cuerpo y alma mortal en su forma adulta. La ausencia de formas infantiles, siendo esa primera etapa la más íntegra en recuerdos felices, estaba reservada al limbo. Echó en falta la risa del niño, el desorden de su inocencia y el desconsuelo del llanto párvulo. No puede decirse que desluciera la creación pues era ésta perfecta. Las charlas empezaban todas por la admiración a la obra divina para desembocar en historias personales. Cómo y cuándo habían resultados agraciados con el goce eterno. Todos cuantos intercambiaron con Enoc el camino de sus vidas, mostraban una actitud despreocupada, libre de toda atadura. Daba la sensación que aquellos hechos que relataran fueran por bocas de otros y ellos sólo disfrutaran de la felicidad del relato y no del contenido.

    No podría precisar, en calidad de tiempo, cuándo empezó a arrastrar aquella triste zozobra que le asaltó sin previo aviso. Entre los hombres, habiendo vivido tantísimos años, conoció que era el estado de decaimiento moral propio del pecador oculto en cada uno. Sólo la certeza de una fuerza superior y de la recompensa al final del camino llenaba aquella existencia terrenal de un gozo interior. Extrañaba en él la pesadez que le producía tanta maravilla y el lastre exprimido de aquellas conversaciones. Podía sentir como todos los habitantes de aquel premio disfrutaban de él, se sabían elegidos, disfrutaban la recompensa de la vía correcta. Por qué él no llegaba a ese estado de exaltación, dónde residía aquella extraña tristeza que le embargaba.

    Empezó a deambular sin tregua por aquel mundo de ensueño. Todo aquello se tiñó ante sus ojos de caricaturas. Encontró frío el aire y gélida la composición. Y por primera vez en su existencia, supo no ser temeroso de Dios. Creyó que sería aquella reacción propia de quien ya anduvo su camino y ya nada deparaba el mañana. Había entre aquellos que encontrara grandes pecadores que pusieron en paz sus cuentas al final de sus días. Hombres y mujeres licenciosos que en algún momento supieron corregir comportamientos y muchos otros que reverenciaran el perdón del Grandísimo a tiempo de penitencias. Halló en aquellos conversos verdadera gracia y loa por el lugar, sinceras muestras de final feliz. Tan henchidos estaban de pertenecer al paraíso que sus caras reflejaban espejos de felicidad. También había buenos hombres, personas que siempre habían sido temerosos, se daba cuenta que por primera vez sometía a juicio a sus semejantes, pero estos eran partícipes del bien de los otros mientras él no. Las andanzas relatadas eran variopintas, de pelajes palaciegos o de ruinosas chozas, de concubinas y de amores eternos, de respetos y de extravíos aunque todas en algún momento de la narración admitían momentos de flaqueza en su Fe. Desviaciones concretas de sus vidas que les llevaran a tomar sendas erróneas. Unos iniciaron apenas ese camino, otros se adentraron hasta confines lejanos. Él jamás desvió su rumbo, permaneció entre las lindes por las que serpenteaba el sendero. No le despistó el gorjeo de las aves de vivos colores ni el rumor del agua cristalina de la fuente. Tuvo sed pero siguió recto. Por qué ahora, cuando el trayecto mostraba su fin, tenía sed de aquella fuente y volvía a él el poder cromático del ave. No podía desandar el trazo de sus pasos pues era un camino sin retorno.

    ( Enoc, antecedentes)Creative Commons License
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    January 01

    La taberna del inglés

    UCI 1 

    Hoy, después de los años, sigo sin poder catalogar aquel hecho. Aplicando la lógica, me atrevo a atribuirlo a las lesiones cerebrales sufridas después de que mi cabeza se estampara sobre la superficie fría del volante. De ese intento por ver las cosas de cerca, saqué una dentadura millonaria en prótesis y escaso sentido del humor. La pérdida de conciencia dio vía libre al otro animal agazapado tras uno, desdoblamiento de personalidad, algo que está sin ser, llamado subconsciente.

    En el hospital, tras el accidente, los médicos tuvieron que suministrarme una dosis triple a la correspondiente a mi sexo y peso para sedarme. Dosis de caballo, ¡menudo colocón! Aplicando la lógica infalible de las circunstancias concretas, eliminamos la opción romántica de las visiones extracorpóreas, los opiáceos o no, me llevaron por tierras ignotas. De esos dos momentos que, por pereza o quizá por miedo, llamo sueños éste es el más inquietante:

    El mar estaba bravo de agitación, arremetía con furia contra los acantilados. Yo nadaba en medio de la rebeldía adolescente de las aguas y mi cuerpo era mecido por el ímpetu del oleaje. A modo de pelele, subía y bajaba según el capricho ondulante de una mecedora descompasada. La noche, cerrada sobre ese mar negro de amargura, me sumergía en el todo infinito. Cielo y horizonte fundidos en una complicidad oscura que ocultaba cualquier vestigio de realidad, ni costa, ni más allá. Tan perdido como siempre, más extraviado que nunca. En pleno desconcierto de desasosiego, comencé a escuchar el tañido lejano de una campana. ¡Dong! ¡Dong! Dirigí el nado errante hacia ese lamento sonoro del badajo metálico. El recuerdo devuelve la sal a mi boca, retorna el tacto viscoso de las algas enredadas en mis piernas y nuevamente siento la ingravidez del vaivén de las olas como en la noche tras el primer baño de verano. La cámara adopta la posición cenital para mostrarme dos edificaciones en el borde superior del acantilado. Una construcción alargada de dos alturas con pinta de posada, tras ella, cegada su visión del precipicio se erguía una pequeña ermita. Ahora veo en el interior de esa iglesia a una señora de edad, era ella quien tocaba la campana guiándome en la ceguera negra de la noche. Volvía al plano subjetivo para contemplar el desfallecimiento de mis fuerzas y cómo el mar me acogía en sus profundidades. Todo parecía una película empeñada en su discurso narrativo, el plano subjetivaba su discurso mostrándome la visión clásica de un ahogamiento en aguas turbias de verde repletas de plantas marinas gigantescas que tienden los tentáculos vegetales hacia el cuerpo de la víctima que soy yo.

    Debía de estar cerca de la orilla, la mujer de la campana entró en el mar y me arrastró hasta la arena cálida de la playa. Aquí termina el sueño, si verdaderamente creemos que éstos tienen principio y fin. Debió coincidir con la descarga eléctrica del desfibrilador, despertador de corazones vagos, enfermos de la pereza de la vida. También me practicaron una traqueotomía de urgencias. Los médicos, incapaces de encontrar causas lógicas a ese conato de muerte, explicarían a mis padres que sencillamente dejé de respirar por voluntad propia: “le dio la gana y ya está”. Parada cardiorrespiratoria que dejaba el perfil del cuello como una montaña rusa; la protuberancia de la nuez y un poco más hacia abajo la hondonada de la urgencia. La visión es por sí misma espeluznante. Pasado el tiempo vi en el suplemento dominical de un diario la fotografía del lugar de mi naufragio. Existe en un recodo apartado de la costa de la muerte, en mis años gallegos jamás visité ese sitio y no recuerdo ver ningún documental sobre el mismo. Pero espero que se trate de un remanente archivado en la memoria remisa. El texto narraba la historia del lugar: la ermita la construyeron unos ingleses tras el naufragio de un barco británico en esas aguas traidoras de intenciones. Todos los años se conmemora el hecho con una misa en honor a los muertos de aquella tragedia. En el pueblo, a cuyo término municipal pertenece el emplazamiento de mis sueños, se haya el único cementerio de ahogados del mundo. Sin tumbas, ni lápidas, ni cuerpos, sólo las almas de unos cuerpos propiedad del mar.

     

    mujer de noche y mar

    LA TABERNA DEL INGLES

    El camino serpentea polvoriento y plagado de requiebros a través de un terreno desolado salpicado de raquíticos matorrales verde ocre, únicos vestigios de vida en territorio lunar. Las rocas acaparan el paisaje que vierte su extensión en el precipicio de los acantilados. Disipada la nube de polvo se esclarecen los edificios como en un sueño despertado, los había visto en las fotografías del diario pero antes los atisbé en las nieblas febriles del hospital. Los edificios alzan sus piedras sobre un balcón privilegiado con vistas a un Atlántico remansado e infinito. La construcción es de tiempo pretérito, piedra sobre piedra desafiando la ley de la gravedad con remiendos de factura moderna. El techado impecable coronado por la paella parabólica, el entorno cuidado de poyos y balaustradas metálicas que impide la caída a las aguas espumosas del Océano pero otorga posibilidades al suicida abundante en las zonas abiertas al viento azote de caracteres volubles y perturbados por borrascas de alta presión. Aparco el coche junto a otros dos que ocupan el aparcamiento de la taberna reconvertida en alojamiento de turismo rural. El salitre ensancha mis fosas nasales con la corrosión propia del cloruro. Una fuerza misteriosa me ha perseguido empujándome a este lugar para ahora preguntarme ¿para qué? Un estrecho camino recién engravillado, aún sin asentar, afila sus piedras en las suelas del calzado que transmite sensaciones de faquir. Una decena de pasos separa los vehículos estacionados de la entrada del establecimiento hotelero. Tras la puerta, se abre el universo marinero patroneado por un adusto personaje con el rostro ajado propio de sus orígenes profesionales. Detrás de la barra de bar en forma de quilla vigila mis movimientos como lo haría con un escualo. El recinto es escaso en espacio y dos mesas completan el mobiliario. Una puerta corredera da paso al pequeño comedor donde una familia de pareja con dos niños se dispone a dar cuenta de los alimentos del almuerzo. Me aproximo al patrón para informarme por la posibilidad de coger habitación para esa noche. El hombre, con un gesto entre aburrido y despectivo, señala a la familia como únicos huéspedes, parece que esa época del año no es propicia para el negocio. Después de rellenar las fichas con la desgana de los actos protocolarios, me conduce por una empinadísima escalera al piso superior reservado a las cuatro habitaciones del hostal. Los muebles han sido acomodados con calzador; la cama justa, el armario mínimo y la cómoda, son el mobiliario de ese camarote donde he de hacer noche.

    - Humilde pero limpio- es toda la conversación del individuo.

    Deshago la bolsa y me pliego para entrar en el aseo escondido tras la puerta situada entre el armario y la cómoda. Ya adecentado bajo con la intención de satisfacer la algarabía de mis tripas. Paso delante del bar para dirigirme al comedor. La estancia es sorprendentemente acogedora desentonando con la sobriedad general. El hogar alberga un fuego que vuelve cálido el comedor, las paredes están cubiertas de maderas multicolores quebradas irregularmente con nombres variopintos escritos en ellas. La familia ha abandonado el cuarto lo cual es un aliciente para tener una buena digestión. Tomo asiento en la mesa resguardada junto al calor de la chimenea y espero. De la puerta del otro extremo del comedor sale una mujer de rostro afable y carnes generosas maquillada por la vida natural. Sólo hay una opción para comer, no tardo en decidirme y la mujer desanda el camino para regresar de inmediato con mi comida. Termino y pido un café a la cocinera, le ruego que tome asiento, la tertulia es el momento indispensable de la comida, las palabras son el mejor digestivo conocido y la curiosidad el apetito más voraz. Insto a mi interlocutora a que relate la historia del lugar, cosa que parece agradarle intensamente. La casa la construyó su bisabuela que era inglesa. El bisabuelo era un marinero inglés, su barco naufragó en esas aguas traidoras infestadas de muerte. Su mujer decidió coger a su hija de corta edad para partir tras la estela dejada por su marido en su último y más largo viaje. Jamás se recuperó ningún cuerpo de la tripulación y la bisabuela decidió construir aquella casa junto a la ermita con la esperanza de que el mar le devolviera a su esposo. Durante muchos años se dedicó a recorrer los acantilados en esa búsqueda inútil del desamparo. De esa época son las tablas que tapizan la pared, trozos de barcas arrojadas por el mar contra las rocas del destino. También la mujer, la antepasada, auxiliaba a las víctimas de nuevos naufragios creando una leyenda todavía viva entre los marineros de la zona. En este momento de la historia apasionante de aquella inglesa desdichada su descendencia bajó el tono de voz y arrimó su silla a la mía para susurrarme:

    - Muchos años después de muerta ha habido víctimas de naufragios que han jurado que una mujer les rescataba de las aguas del océano. Yo ni entro ni salgo pero es lo que cuentan.-

    La mujer de rostro afable terminó su historia contando como la inglesa utilizaba la campana de la ermita los días de fuerte temporal para alertar a los barcos de la cercanía del acantilado. Evité confundir a la señora con la historia de mi sueño, aunque a una buena historia es necesario responder con la recíproca. La libertad del aire apaciguó el ánimo despistado ante la extrañeza del relato. Erré mis pasos por la senda esculpida, a modo de escalera, sobre la roca viva del desfiladero que en su descenso peligroso conducía a la arena blanca de la playa, donde el mar rizaba su vómito efervescente. Tumbado en el lecho de la piedra miniaturizada pasé el resto de la tarde, amodorrado con la luz decaída del ocaso. Las primeras luces de la noche me arrancaron de la ensoñación voluntaria del alma errante. Las respuestas se multiplicaban en preguntas cero de nada y la risa malévola del relojero solapaba cualquier otro pensamiento yermo en contenido. Tuve que subir gateando el camino por falta de luz y temor al traspiés traspié que me obligaría a comenzar el camino, el de ascenso o el de la vida-muerte. El bar parecía preñado de conversaciones humanas, salía de sus ventanas la luz acogedora de los tránsfugos de las tinieblas. Las mesas estaban ocupadas por botellas de cervezas aliviadas de su contenido, una decena de tipos conversaban alentados por el espíritu etílico. Algo de extraño había en el ambiente, no era capaz de atrapar al duende nacido para confundir las conciencias atribuladas. Con una cerveza en la manos me incorporé a las palabras de aquellos individuos, contaban una historia que era la mía, la de todos. Ellos también fueron empujados por la necesidad curiosa del conocimiento, eran excesos de tiempo. Sus rostros carecían de rasgos definitorios y la expresión anodina del tedio parecía emparentarles genéticamente como miembros de una misma familia. Yo tenía la cara parecida a las suyas, la mía siempre fue igual de irreal y ellos bromeaban con su nueva fisonomía. Todos llevaban años vagando por la zona presos de la inglesa que un día les rescató. Se reunían cada anochecer en la taberna para buscar respuestas. Nunca llegaban a ninguna solución y perjuraban como aquella era la última vez que tomaban cerveza en la taberna pero, al día siguiente, regresaban para asistir, otra vez, a la última puesta de Sol en la casa de la inglesa. En la zona todo el mundo la conocía así, aunque su verdadero nombre era...del inglés pues fue construida en memoria de éste. Me miraba y me veía en ellos, recorriendo cada día el mismo bucle del tiempo. Aquel viaje por fin me daba respuestas, al menos una, yo tenía la rueda que mueve las agujas de mi destino y era el único receptor del mensaje susurrado por la inglesa en una noche de fuerte temporal. Ellos prefieren apurar sus vidas encerrados en sueños, cárceles de oro, vivir así es morir la vida cada día.Creative Commons License
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    December 27

    Luz de invierno

     

    luz de invierno

    sol de invierno

     

     

    Los rayos de Sol llegaban tenues, debilitados por el tamiz de las nubes bajas, apenas gasa invisible de aquel cielo tan azul. La hora situaba la esfera solar enfrente del parabrisas. Sin gafas oscuras, cuando el rumbo del camino apuntaba directo al sur oeste, la inclinación estacional de la luz mantenía el día frío pese a su insistencia y lograba torcer la vista deslumbrada. El coche penetraba del mismo modo insinuado por el aire de la autopista. Era raro encontrar aquella vía casi desierta a las cinco de la tarde de un día cualquiera. Sí, no era aquel cualquier día, aunque me costara encontrar diferencias. Un día de Navidad a esa hora, con el invierno recién nacido, tenía aquel efecto sobre la circulación. El horizonte límpido del azul intenso, artificial cielo de lienzo, y la luz mágica reconfortaban el tono insatisfecho de aquellas fechas. Me había visto inmerso durante dos días en las celebraciones propias de las fechas persiguiendo aquel momento en que podía volver a sumergirme entre mis nadas. Era una sensación viva de regreso. Conducía admirado por la estampa cruzando miradas inoportunas con los escasos vehículos que viajaban a esas horas. La libertad de poseer tres carriles para uno, las luces del túnel luciendo en sesión privada y la barrera del peaje inclinándose a mi paso me devolvían aquella intimidad perdida durante las fiestas. Nunca fueron buenas fechas, la memoria las devolvía así, con cierto reproche. Este año también las viví aquejado de bilis. Durante años, la sombra de rencores ocultos había presidido la mesa navideña. Cuñadas dolidas, cuentas sin saldar, recelos de padres duros e hijos implacables, sonrisas forzadas, ánimos de vino y champán. Guardaba aquella navidad que año tras año iba repitiéndose como un argumento febril. Febril porque estaba en mi cabeza sólo en ella. Las cuñadas compartían la paz de la vejez conciliadora y el dolor de los muertos. Y todo lo demás era parte de un recuerdo persistente.  Las conversaciones con mi padre tienen siempre ese tono de desafío, de promesa rota. No es posible la felicidad sin perdón pero nosotros, los hermanos, sus hijos, tenemos esa semilla impresa en los genes. Mi hermana superó aquellos años gracias a esa doble piel que parece protegerla. Las navidades atesoran todas las cosas pendientes y la suma de todas termina en desengaño.

    El ruido mecánico del intermitente acompaña la salida de la autopista. Dejo aquella vía vacía y me interno por las calles de un pueblo fantasma. Mejor, no soportaría coincidir en el callejón de la casa con un vecino y sonreír. Tampoco este año conseguí sentarme al lado de mi padre y que de mi voz surgiera un tono conciliador. La vejez le alcanzó hace unos años con dureza. Igual que él lamenta la falta de amigos, el olvido de sus amantes, aquel pacto de vida conyugal con mi madre, del mismo modo lamento yo esta incapacidad de compartir con él sus últimos años. Ya me duele ver en su entierro, cuando al fin llegue, la rabia por no haber conseguido recortar  las distancias. Ya sé, la promesa de enmienda, esa próxima vez distinta que espero cada vez que voy a casa de mis padres, está ahí, esperando. Ya no hablo de perdón pues sé que en todo esto hay una parte sustancial sólo mía. Miro a mi madre encogida por los años, cada vez más lenta y torpe, con las huellas de mil batallas libradas, y siento romper los huesos por dentro. Tengo un alma ósea como el caparazón de un molusco. Cómo voy a hablar de pareja, vida en común, compartir, si todo esto me enseñó a contar hasta uno. Un uno que va repitiéndose pues, como parece claro, es único. La misma navidad, la misma pelea, la misma ingratitud.

    Desde la terraza del solarium contemplo el ocaso. El Sol, en estas tierras, se vuelve tímido en invierno.  Viene a mi cabeza la imagen de un coche y la de su conductor. Pude recordar el rostro de todos los conductores que deshacían mi camino, hasta contar los vehículos uno a uno en aquella autopista desierta pero veía el rostro de aquel hombre. Debía tener la edad de mi padre y volvía, iba tal vez, solo en aquella berlina gris plata. No sé por qué retuve su imagen en aquel cruzarse veloz pero su cara aparecía de nuevo. Durante aquel trayecto en coche, antes de emparejarme al vehículo gris del hombre, tuve la percepción clara de que aquella había sido mi última navidad, aunque sólo aprendí a contar hasta uno. Empieza a hacer frío en la terraza, este maldito sol de invierno nunca calentará mis huesos. 

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    December 23

    Las dos puertas

                                "LAS DOS PUERTAS"


    puertas La casa de Tomás Requejo era igual que las demás. Un conjunto uniforme y compacto de terrones de azúcar que daban forma propia al barrio en medio del café con leche del resto de la ciudad. Aquellas casitas blancas con el color tierra por sombrero vertiendo a dos aguas habían sobrevivido al hormigón, al asfalto, al hombre y hasta al tiempo. Había que buscar las causas de ese resistir en varios factores: la capilla antigua que daba eje a los radios del barrio y sobretodo a la diminuta talla románica albergada en su interior. Popularmente conocida por la virgen chica, aquel trozo de madera pinturrajeado por los trazos rotundos de un párvulo, procesaba de un fervor desproporcionado a tan escaso tamaño. De esa fe podemos extraer distintas conclusiones.  Primero, que la fe no responde a  razones de proporciones e incluso de belleza, porque lo que se dice bonita pues, para que nos vamos a engañar, nunca lo había sido. Pero cada año como atraídos por una cualidad magnética que escapaba a un primer ojo, también al segundo, una muchedumbre encolerizada se reunía en torno a la imagen con muestras de demencia colectiva. el caso es que "la chica" como se la conociía en la intimidad había obrado el milagro y conservaba el barrio muy próximo a sus orígenes, algún alcalde osado colocó en su día farolas de alumbrado público, y la expansión inmobiliaria había frenado su apetito ante aquel territorio sagrado. Para ser justos, y este es un caso de justicia, muchas de las casitas blancas pertenecían a lo más granado de la sociedad urbanita y tener una posesión aunque pequeña tan cercana a "la chica" daba mucho prestigio. Desde luego no eran los ricos los habitantes habituales del vecindario pues habían emigrado a las lujosas urbanizaciones del extraradio. La familia Requejo pertenecía al exclusivo club de los que parten el bacalao y conservaba su casita desde no se sabe cuantas generaciones como testimonio del rancio abolengo del que tanto se pavoneaban ante el común de los mortales. Tomás Requejo nació un 22 de julio, pero no uno cualquiera. El día en que venía al mundo, un hombre muy raro con cabeza de peces de colores y cuerpo de saltamontes daba un pequeño paso para un solo hombre pero un enorme avance para la humanidad. Un Jesús Hermida casi imberbe se lo contaba desde Giuston al resto del país y la gente se agolpaba ante los todavía contados televisores frente a los escaparates de las tiendas de electrodomésticos. Aunque los conocidos siempre decían que Tomás, desde pequeño, tenía un carácter un poco lunático, este sólo acertaba a aquella coincidencia en el calendario para justificar semejante afirmación. En todas las familias hay voces discordantes, individuos que escapan al guión ya escrito o prescrito por Don dinero que fue siempre poderosos caballero. Así que cuando "el rana", como era conocido Tomás desde los tiempos de la primera enseñanza entre sus compañeros de mocos, el señor Requejo gustaba de decir con tono resignado en las reuniones de padres del colegio: - qué le vamos a hacer: el niño nos ha salido rana -. Pues bien cuando el rana comunicó a la familia su intención de mudarse a la casita blanca los parientes  no puudieron menos que respirar con una gran sensación de alivio. En cierto modo apartaban a aquel especímen atrapado entre los eslabones evolutivos del escogido círculo de amistades entre los que discurrían sus vidas. Tomás no era retrasado, al menos en su más estricto significado, como mucho se le podría calificar como rezagado, tonto  o lelo.
    Tomás se consideraba un artista polifacético, poeta pintor y músico. La casita le daba oportunidad de desarrollar todo su genio creativo lejos de miradas curiosas y de oídos poco educados que no soportaban todo el aluvión de sonidos extridentes que el rana arrancaba cada tarde a su violín de segunda mano porque a Tomás, ¡qué curioso!, le volaban sus instrumentos para gran sorpresa suya y descanso de los demás.

                                                                                                            

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    Al estar la casa casi todo el año cerrada, la familia la había aprovechado de trastero o desván, el pozo de las cosas inútiles. El rana vio en todo el cachibacheo una oportunidad a dar rienda suelta a su potencial creativo y se negó en rotundo a que le acondicionaran la casita para - hacerle la vida más cómoda -. Sólo exigió al patrimonio familiar que colocaran una segunda puerta en la fachada principal y única del inmueble. Como estaban bastantes hartos de él y deseosos de quitárselo de en medio la familia accedió sin rechistar. Hay que decir que para ampliar la capacidad del improvisado trastero y a modo de garaje  se habían eliminado los tabiques interiores por lo cual la segunda puerta conduciría exactamente al mismo lugar que la primera. Por lo de tonto, no discutieron con él ni intentaron hacerle entrar en razón, tampoco preguntaron el motivo de tan extraña petición.

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    puerta
    El día en que Tomás Requejo se mudó a la casita blanca junto a la virgen chica, aquel era el único terrón en todo el barrio que contaba con dos puertas. Una, la primigenia, la auténtica, era de contrachapado con alma de cartón ondulado y estaba pintada de color verde como todas en el vecindario. La otra, la segunda, Tomás exigió que fuera de las blindadas con láminas de acero tras la piel de madera, con aldaba y pomo dorado y además de color rojo.
    Cuando el cerrajero terminó de instalar la puerta ya no pudo más y reventó por la boca toda su curiosidad ante lo que para él era una insensatez mayúscula y se dirigió a Tomás para preguntar:
    - Perdone señor - empezó prudente el cerrajero desconocedor de las peculiaridades del rana- no habría sido más normal colocar la puerta blindada donde estaba la verde y ahorrarse buena parte de todo este dispendio.
    - Mire buen hombre, las cosas acaban por coger parte de la forma de ser de sus dueños y yo como me conozco que ya van siendo muchos años la quiero adaptar desde un principio a mi forma de ser.
    - Pero dos puertas que conducen a un mismo sitio es cosa de tontos - parecía que el operario empezaba a adivinar algo de aquel embrollo.
    - Para nada caballero. - Tomás resopló haciendo un gran esfuerzo.- la puerta verde es para entrar y salir, para el día a día. La otra, la roja, es la más importante porque es para quedarse dentro.
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    December 13

    el funambulista

                                       funambulista

    El primer paso es el más difícil. Dejar atrás la plataforma de madera e internarse por el girado horizonte lineal de la cuerda. El pie de avance recibe el tacto curvo de las venas del acero entrelazado. El segundo movimiento es el más peligroso. El otro pie abandona el confort de la madera y vuela hacia el cable. Es en ese momento cuando saboreo el sabor metálico del miedo. Por un instante noto el estremecimiento de cada uno de mis músculos. Ya estoy en el aire. Soy el Moisés de un pueblo sin referencias. Dos o tres pasos hacia el centro, el tambaleo es sólo parte del espectáculo. Es allá arriba donde siento la seguridad del riesgo. No hay red. Alcanzo el centro y la cuerda vence su rectitud, saca barriga. Y viene la imagen del cuadro, de su cuadro. El abrazo de otro ángel. No soy yo, sé que nunca tendré alas y ella vuela a demasiada altura. Un salto sin cabriola. El impacto del cuero ajado de la zapatilla me devuelve a la realidad del equilibrio. El cable vibra recuperando la panza. Los pies castigados aún son capaces de transmitir las ondas del movimiento. El susto del público va diluyendo el eco de los gritos. Ahora veo la foto del salón, el mismo sofá, el mismo sillón. Las dos eligieron los mismos muebles y yo a las dos. Siento el vértigo del demiurgo juguetón que se empeña en tirar de mi cuerpo hacia abajo. La genuflexión sirve para recuperar el aliento entre saltos. La tela toca el acero a la altura de la rodilla. Veo el anillo que sostiene el puente entre las dos. Fue de gira en Aquitania cuando ella gritó entre las cabezas chafadas del público: “todo es una farsa, el equilibrio es imposible…” Y ella desde el anillo oculto por las sombras del foco le replicaba a ella: “¡Viva la entelequia!”. Este es el momento crucial del espectáculo. El movimiento lento, recuperar la posición de firme combinando el impulso final de la pirueta.
    Y mientras veo como se aleja el cable y lamento cada salto que no di, antes de impactar contra el suelo, cada vez más pequeñas, continuo viéndolas.
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    December 06

    Letra y fuego

     

    mar de noche

     
     
     
    Letra y fuego
     
     
    El círculo de arena y fuego apenas dibujaba una minúscula aureola de luz entre la oscuridad cerrada de la noche y la playa desierta. Al fondo, un mar de ida y vuelta. Reflejos de luces de la ciudad escondida sobre la espalda de espuma. Las casas iluminadas, las farolas encendidas del paseo, el resplandor lejano de la gavia del campanario de la iglesia y los recuerdos, todos mecidos y desencajados en el azogue nervioso del horizonte marino. En la arena, de espaldas al paseo, una figura recortada por la fogata. En el envés, una cara que no existe porque nadie la mira juega con las sombras chinescas de la oscuridad.

    La idea fue de ella. Ahora era mía, ella ya no estaba. De hecho, en el momento de llegar se estaba yendo como la lengua blanca del oleaje en la orilla. Otra noche, no ésta que es sólo mía, en medio de una de sus vueltas, aunque ahora pienso que quizás fuera ida, volvió a mí con una carta en la mano y lágrimas en la sonrisa. Le advertí sobre aquella manía tan mía de poner en el papel aquello que debía permanecer libre en el aire, y sus funestas consecuencias, antes de leer. Ella me miró con ojos bizcos, reflexionó, lanzó mil sapos por hacer más difícil aquel echarse para atrás, orgullo herido. Lo que esté aquí escrito ahora te pertenece a ti, pero cuando lo abra ya no será de nadie y el papel será su cárcel, y de algún modo también la tuya, le dije. Ella sonrió con cierto enigma, escondía algo, me lanzó una patada a la espinilla, comprendí. Luego, cuando hayas leído, si acaso la quemamos. ¡Oh¡, no la carta es mía y yo haré, respondí. Me moría de ganas de abrazarla, de volver a estar junto a ella, de acariciar sus silencios e imaginar, pero me hacía el difícil. Deshice el sello de su saliva seca, creí que volvía a juntarla con la mía, y leí.
    Malditas sean las palabras porque ahora son las cadenas de mis sentimientos, habría de sermonearme una morena fiera hace pocos días, muchos desde que leyera la maldita carta. La verdad es que yo quería, amaba si esta palabra pasada de moda se me permite decir, cuando ella apareció sobre en mano. La guardé con la excusa de tener un trazo real de memoria y olvidé. Ella se fue de nuevo meses más tarde, o volvió vaya usted a saber.

    Esta noche, sólo mía, de arena y fuego, playa desierta, frío mes de noviembre, los veraneantes de vuelta en sus casas pensando en navidades y montañas nevadas y yo consumido por un tiempo también de ida y vuelta, también solo pues es playa desierta, desnuda. Junto las dos cartas con una mano y en la otra adivino el mechero. Noche cerrada, reflejos lejanos bailando entre las olas, la llama del mechero indecisa por el viento salado de la brisa marina. Enciendo un cigarrillo.

    Noche nerviosa de esperanzas y sueños cumplidos, los niños se agitan por un día remolón que tarda demasiado en llegar. Padres vigilando el silencio de los cuartos infantiles, asomándose a las puertas con mañas de ladrón. Noche de reyes magos, ilusión y felicidad dibujada en caras de niños, los que son  y los que fueron y ya no volverán a ser. Otra vez solo, ahora en casa, escribo aquello que debe permanecer en el aire. Unos zapatos viejos junto a la ventana, un cuenco con agua para los camellos y polvorones para pajes y reyes. La carta acaba sostenida entre ambos zapatos mientras intento conciliar un sueño tardío. Pero no despierto. No, aún no. Sigo dormido mientras me asomo al salón y veo el cuenco lleno de agua, los alfajores revenidos y el sobre amarillento de la carta inclinada entre los zapatos cubiertos de polvo. Todo junto a la ventana.

    Y ahora, en la noche fría, entierro el cigarrillo en la arena. Sostengo dos cartas en una mano y el mechero en la otra. Enciendo. La llama ilumina, el papel se ennegrece, primero con sabor a pergamino, a tiempo pasado, luego es lumbre, fuego que devora letras, tiempo que borra todos los fuegos, fuegos que son memoria. El papel se arruga y vuelve negro. La noche negra acoge al negro papel y se funden junto al vaivén del mar. Aquello que debe permanecer en el aire vuelve al aire.
     
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    November 30

    Ícaro

     
     
    alas
    Era pleno, era fuerte , todo era posible. El fulgor,
    la calidez  de su promesa, tejió un laberinto de
    caminos difíciles.
    Nada podía frenar mis alas. Y volé hacia el resplandor.
     
     
     
     
     

    sol

     
                             Y llegué pues entonces podía. Quemé las alas  en aquel calor que fue llama. Y caí , fui ceniza.                            

     

     fenix
     
    el viento arrastró  las cenizas y me volví fuerte.
    Y sentí el calor de su promesa...
     
     
     
     
     
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    November 25

    el ciclo de la vida

    el ciclo de la vida
     
    montaña rusa
     
     
     
    arriba , abajo,
    arriba, abajo,
     
    he aquí el verdadero ciclo de la vida:
     
    arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo, arriba...
     
     
     
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    November 23

    De cómo acabó el corazón en la cartera

                                                cerebro                                                    corazón 

     

    Domingo, 20 de Septiembre, luna nueva y San Eustaquio.

    Los griegos fueron los primeros en nombrar al corazón como principal generador de sentimientos. De un músculo tan ambiguo como ése; estriado mas involuntario, es imposible que surjan las lágrimas, las risas, el amor, el dolor de la pérdida, el odio o la miseria. Incluso la ciencia reemplaza esas pequeñas bombas por otras de plástico, o de mono, ¡joder! Hasta pueden ser de un cerdo. Entonces, cómo es posible que exista gente convencida en las bondades del músculo en cuestión y continúen dándole atribuciones fantásticas.

    Una vez fuera del hospital, los médicos seguían controlando mi vida. Raro era el día libre de citas médicas. Las visitas y las pruebas ocupaban la parte más importante de mi tiempo; resonancias magnéticas, electroencefalogramas, análisis de sanre, audiometrías, eran algunas de las pruebas a las que me sometían y neurólogos, oftalmólogos, traumatólogos, psicólogos o psiquiatras, las caras humanas del proceso. La sanidad pública cubría prácticamente todas las necesidades pero las visitas se alargaban con segundas opiniones que satisfacían la desconfianza propia de las compañías de seguros. La mía, por celo profesional, intentaba darme el mejor servicio imaginable, de todas forman iban a cubrir con creces todas las atenciones. La aseguradora del individuo que interceptara mi camino, velaba por reducir una más que segura y cuantiosa factura. Me sentía como un automóvil con su vida prescrita en una libreta de mantenimiento; la revisión de los cinco mil, la de los diez mil, a tantos quilómetros correa de distribución, a  tantos otros amortiguadores, el tema del cambio de aceite mejor dejarlo aparte. En esa cartulina donde iban apuntando el calendario de mantenimiento estaba escrito el nombre de un neurólogo de la parte contraria, el enemigo, encargado de supervisar el estado de las heridas. Prefiero llamarlo el impronunciable, su nombre no esconde ninguna maldición satánica ni mucho menos. El tipo era Sirio y al pronunciar aquel nombre, o al intentarlo, se corría el riesgo de anudarse la lengua. Pertenecía a la comunidad sirio-cristiana y el antiguo régimen tenía con esa comunidad un acuerdo de intercambio cultural. Una vez con el título universitario en el bolsillo sacado aquí, era absurdo volver a un hogar sin oportunidades. Por los diplomas de la sala de espera del consultorio, se veía claro que el impronunciable había aprovechado aquel programa; el tipo estaba doctorado en neurología y en pediatría por una universidad navarra. Pensé que el tío era judío en nuestro primer encuentro, respondía a todos los tópicos; estatura media-baja, cráneo apepinado con escasa cabellera, gafas de montura metálica redonda, perilla de chivo y ojos de ratón.

    Las prieras visitas resultaron bastante aburridas. Pasé por una serie de tests que parece ser medían la inteligencia y pérdida de facultades intelectules del individuo. Durante los meses de hospital, ya pasé por las mismas pruebas antes de recibir el alta hospitalaria y eran los mismos que me presentaba el judío. El de cultura general lo sabía de memoria, se lo dije al hombrecillo preguntándole por la validez de un examen del que previamente conocía las repuestas, la primera vez que pasé por él, fallé algunas cuestiones y me preocupé por conocer las respuestas. Eludió el tema con anbigüedades, sólo le interesaba la minuta de la visita. Supongo que a mejor puntación menor indemnización. Después era el turno de las matemáicas y geometrías. Eran una serie de papeles llenos de rallas y símbolos, cada apartado se componía de cinco figuras de las cuales una desecajaba en la sucesión de dibujos. Era una prueba horrible y muy extensa. La primera hora intenté concentrarme en las respuestas, en la segunda las rayas, rombos, cuadrados, puntos y asteriscos bailaban ante mis ojos ya precpitados hacia el llanto. Mareado y aburrido empecé a contestar al azar, sólo me importaba salir de esa habitación aunque quedase como un auténtico borrico en plan oligofrénico.

    La vestmenta del neurólogo correspondía con la seriedad exigida por la profesión; trajes grises de corte clásico que apenas deisimulaban la delgadez extrema. Tan seco como carente de gracia. Las consultas reiterada, sin llegara forjar un vínculo amistoso, construyeron un clima confortable. Contestaba a todas sus preguntas con la sinceridad de quien nada teme. Intentaba el doctor aleccionarme con el discurso de la fe critiana. Nuestros temas favoritos versaban sobre el bien y el mal, el valor de la familia, la educación de los hijos o las relaciones prematrimoniales. Su discurso era de un fiero materialiso. viendo del pie que cojeaba, hacía todo lo posible por escandalizarlo. El atoramiento del neurólogo ante mis respuestas me producía gran regocijo. En ese contexto distendido, formulé la gran pregunta. Para un neurólogo la madre de todas las palabras. Antes, expuse los antecedentes; cómo cualquier recuerdo de máxima intimidad había huído de mi cabeza tras el accidente y mi gran cuita de esos dás al creer que a consecuencia del golpe mi cerebro era incapaz de generar sentimientos. Puesto en situación respiré con fuerza y ataqué la cuestión: ¿dónde se ubica eso que llamamos "CORAZÓN"? El hombre desconociendo la intuición de la pregunta empezó con ese rollo del mediastino, en el vértice inferior del pulmón derecho... ¡No!, contesté, no hablo de ese corazón, me refiero a la zona del cerebro encargada de regular y generar los sentimientos.

    Por un instante el hombre quedó perplejo tras sus gafas de intelectual trasnochado. Tomó su tiempo de recuperación antes de pasar a explicarme el origen de la expresión "CORAZÓN": los griegos pensaban que ese órgano vital regia el mundo emocional porque las alegrías, las penas, el amor, el odio, todas las manifestaciones del sentimiento epercutían en el ritmo cardíaco. Cuando se les acercaba una joven y bella mujer sufrían una ligera taquicardia, pensaba yo en erecciones. Aquí introdujo un espacio a la sorpresa dadas sus convicciones religiosas porque añadió: - lo mismo ocurría si el que se aproximaba era un apuesto efebo.- Continuó con las explicaciones para añadir que, en efecto, ese motor de la vida nada tiene que ver con los sentimientos humanos. La zona del cerebro reguladora de todos los sentimientos humanos, el verdadero “CORAZÓN” está conformado por la zona límbica... - espere, me lo puede escribir.- Yo no quería olvidar tan vital información. El perplejo doctor arrancó la hoja corespondiente al 20 de Septiembre de un almanaque de sobremesa y escribió:

     

    ZONA LÍMBICA

    HIPOCAMPO

    HIPOTÁLAMO

    2/3 SUPERIORES DEL TRONCO CEREBRAL

     

    Y de ese modo tan inverosímil como sólo la realidad puede fabricar, acabó el corazón dentro de mi cartera. Todavía lo guardo. Dirán algunos que es para compensar la frialdad. Otros verán un gesto de extravagancia. Y, por mi parte, no tengo nada más que decir.

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    November 16

    La muñeca de Kafka

    La Muñeca de Kafka
    ( Brooklyn Follies. Paul Auster)
     
    "... Estamos en los últimos años de la vida de Kafka, que se ha enamorado de Dora Diamant, una chica polaca de diecinueve o veinte años de familia hasiádica que se ha fugado de casa y ahora vive en Berlín. Tiene la mitad de años que él, pero es quien le infunde valor para salir de Praga, algo que Kafka desea hacer desde hace mucho, y se convierte en a primera y única mujer con quien Kafka vivirá jamás. Llega a Berlín en el otoño de 1923 y muere la primavera siguiente, pero esos últimos meses son probablemente los más felices de su vida. A pesar de su deteriorada salud. A pesar de las condiciones sociales de Berlín: escasez de alimentos, disturbios, la peor inflación en la historia de Alemania. Pese a ser plenamente consciente de que tiene los días contados.
    Todas las tardes, kafka sale a darun paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentran con una niña pequeña que llora a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. " Tu muñeca ha salido de viaje", le dice. " ¿Y tú cómo lo sabes?", le pregunta la niña. "Porque me ha escrito una carta", responde Kafka. La niña parece recelosa. "¿ Tiene ahí la carta?", pregunta ella. "No, lo siento", dice él, "me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo." Es  tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar . ¿ Es posible que este hombre misterioso esté diciendo la verdad?
    Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, obseva la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacelo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las lyes de la ficción.
    A día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse una temporada. La muñeca propone entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.
    (...) y a lo largo de tres semanas, Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momente en que la muñeca desaparezca de su vida para siempre. Procura buscar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hachizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casr a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñaca se despide de su antigua y querida amiga.
    Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado  otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginaro, las penas de este mundo desaparecen.
     

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    November 12

    FUTUROS

    El futuro tiene muchos nombres.
    Para los débiles es lo inalcanzable.
    Para los temerosos, lo desconocido.
    Para los valientes es la oportunidad
     
    Víctor Hugo
     
     
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    November 09

    Simplicidad


    Pierre de Coubertin, exalta el espíritu de lucha como constancia vital, "La vida es simple - decía - porque la lucha es simple. El buen luchador retrocede pero no abandona. Se doblega, pero no renuncia. Si lo imposible se levanta ante él, se desvía y va más lejos. Si le falta aliento, descansa y espera. Si es puesto fuera de combate, anima a sus hermanos con la palabra y su presencia. Y hasta cuando todo parece derrumbarse ante él, la desesperación nunca le afectará."

    coubertain

    November 02

    Enoc (antecedentes)

    (Griego Enoch)

    Es el nombre del hijo de Caín (Gén 4, 17-18), el de un sobrino de Abraham (Gén 24, 4), del primogénito de Rubén (Gén 46, 9), y del hijo de Jared y padre de Matusalén (Gén 5, 18). El último llamado patriarca es él más ilustre portador del nombre. En tiempos del nacimiento de Matusalén, Enoc tenía sesenta y cinco años de edad, "Fueron todos los días de la vida de Enoc trescientos sesenta y cinco años," (Gén 5, 23). Contrario a la expresión "y murió" utilizada en los perfiles de los demás patriarcas, el texto dice de Enoc: "y anduvo constantemente en la presencia de Dios, y desapareció, pues se lo llevó Dios." (Gén 5, 24). El inspirado autor de la epístola a los Hebreos añade; "Por la fe fue tasladado Enoc sin pasar por la muerte" (Heb 11, 5). En el libro del Eclesiástico 44, 16 y 49, 16 se expone la misma verdad del patriarca. En la epístola de San Judas versículos 14 y15), nos muestran a Enoc como un profeta, anunciando el juicio de Dios sobre los pecadores impíos. Algunos escritores han supuesto que San Judas citara tales palabras del así titulado apócrifo Libro de Enoc (ver APÓCRIFOS); pero, ya que no se circunscriben dentro de su contexto (Etiópico), es más razonable asumir que fueron interpuestos dentro del apócrifo del texto de San Judas. El apóstol debió de haber tomado las palabras de la tradición judaica.

    October 07

    seres felices

    ella: cuando estoy contigo me siento plena, feliz.
     
    yo: también yo me siento muy a gusto contigo.
     
    ella: ¿a gusto? ¿ Pero qué demonios significa eso?
     
    yo: cariño, ya sabes... satisfechas las necesidades primarias saltan las otras
     
    ella: vamos que soy esa primaria, el polvo ese que echas cada semana.
     
    yo: eso es verdad pero también lo es tu compañía, tu conversación, la ternura, saber que estás ahí en alguna parte pensado en mí como yo lo hago en ti.
     
    ella: qué demonios necesitas entonces.
     
    yo: rellenar los huecos, la necesidad cognitiva, la emoción del aprendizaje.
     
    ella: siempre pensé que el saber no ocupaba lugar.
     
    yo: y así es cuanto más sé más necesidad tengo de saber.
     
    ella: pues ahora sé que sí ocupa lugar y cada vez me deja menos...
     
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    September 20

    Odisea 2007

    ella: se puede saber qué demonios te pasa ahora.
     
    yo: no lo sé, a veces me siento ahogado, sin aire...
     
    ella: define ahogado.
     
    yo: necesito espacio, tiempo para mis cosas.
     
    ella: resumiendo, ya no me quieres o no como al principio. Que previsible eres.
     
    yo: no seas simplista.
     
    ella: y tú no me vengas con cuentos. Sé claro por una vez en la vida.
     
    yo: dialogar contigo es imposible lo reduces todo a lo mismo.
     
    ella: tiempo, espacio, ¡ qué sideral!. 
     
    yo: por no hablar de distancia porque en ocasiones estamos a años luz.
     
    ella: de ese universo tuyo sólo conozco el vacío y las estrellas fugaces. 
    August 27

    Teta y sopa

    yo: el protagonista me parece un egoísta.

    ella: pues yo lo encuentro muy mono.

    yo: una cara bonita no lo justifica todo.

    ella: no, pero al menos es algo.

    yo: él lo quiere todo sin estar dispuesto a renunciar a nada.

    ella: como todos, quereis teta y sopa.

    yo: y ella va de mojigata. Justifica la actitud de él con eso de: necesita su libertad, sus viajes hasta sus escarceos con otras mujeres. Va de víctima en plan lo sacrifico todo por él.

    ella: eso mismo diría mi madre. 

     

     

                                                             

     

     

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    August 15

    los domingos por la tarde...

     ella: otra vez con el maldito fútbol
     
    yo: es la final...
     
    ella: hoy la final, mañana la liga, la cuestión es ver fútbol.
     
    yo: oye, te digo algo de esa obsesión por los zapatos.
     
    ella: ahora mismo sin ir más lejos.
     
    yo: cuánto tiempo inviertes en ellos?
     
    ella: oh! es lo mismo. Los zapatos quedan y el partido siempre acaba.
     
    yo: pues no des la murga y dejamelo ver en paz.
     
    ella: claro, prdone el señor. Y, ¿ Mañana qué será, formula 1, motos, carreras de caracoles?
     
    yo: y qué quieres hacer.
     
    ella: hablar, por ejemplo.
     
    yo: para qué, contigo siempre pasa lo mismo. O digo que sí o ya está organizada. Eso no es hablar.
     
    ella: pues quedate ahí con tu fútbol, ya encontraré a alguien interesante.
     
    yo: sabes cuál es vuestro problema con los deportes?
     
    ella: ¿ qué los dan a todas horas?
     
    yo: no, el problema está en que el deporte es parte de un sentimiento.
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