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6月17日 Bitácora: el alumbramiento de un libro IIIPacientes amig@s:
978-1-4092-0567-8 no es mi número de cuenta, ya le gustaría a alguno, ni un número de teléfono de Vladivostok. Sí, lo habeis adivinado, es el código ISBN de "Ardillas y eucaliptos". Por fin di por buena la edición y pedí el dichoso código. Dentro de tres días, recibiré la copia con la divisa del código de barras en la contraportada. La cosa va concretándose, tras la recepción debo bendecir el libro y ponerlo a la venta. Y ahí empieza otro trabajón. Me tocará promocionar en la medida que pueda las ardillitas. El boca a boca es maravillioso y alguno de vosotros sois de lengua fácil así que ahora nada de timideces. El precio final será de 13 euros a través de Lulu.com, la editora del libro, más gastos de envío. Se podrá adquirir en cualquier punto del mundo mundial. Lulu imprime los libros en una modalidad llamada libros a demanda, venden un libro impimen un libro. Tienen acuerdos con imprentas de todo el globo y, tras la petición, se fabrica en la más cercana al punto de venta. Miraré de colocar el libro en diferentes librerías, al menos de alguna de por aquí cerca, Cataluña y alrededores, y en todas aquellas que vosotros me digais. Alguno preguntais sobre presentaciones y firmas glamurosas de ejemplares. Creo que a mediados de Julio podré invitaros a todos a esa presentación que también servirá de inaguración de un negocio en Tarragona ciudad. De eso no puedo contaros mucho más, por cierta superstición, aunque prometo será un local de provecho (buen).
YA ESTÁ PRÓXIMO EL MOMENTO. 6月10日 Bitácora: el alumbramiento de un libro IIQueridos amig@s:
Esto es más largo que el parto de la burra. Cuatro son las revisiones que llevo de "Ardillas y eucaliptos". La última, la tercera, era casi la definitiva. No me gustaron los márgenes inferiores del paginado. Tras corregirlos, pensé en pedir el ISBN y poner en marcha el asunto. Luego, en frío, reflexioné y es que esto de publicar un libro no se hace todos los días. Ayer, otra vez en horario nocturno, pedí una muestra nueva, la cuarta y, espero, última.
La vida se enreda y esto del libro se ha juntado con otros proyectos que parecen van sacando la cabecita. En los límites de la razón y de las fuerzas, lo uno, lo del libro, si la huelga lo permite, debe ser cuestión de una semana o diez días a lo sumo. Lo otro, en un mes listo. Mira que es juguetona la vida.
Voy acostumbrando la vista al libro o, tal vez, he aprendido a mirar la cosa con ojos de editor, olvidando al escritor hasta que esta avalancha pase ( sigo, porfío, en lo de un mes a tope y luego...)
Debo disculparme con todos vosotros por la ausencia, chic@s, de verdad no puedo más.
Espero recompensaros como mereceis.
5月29日 BÍTACORA: El alumbramiento de un libro IQueridos amig@s:
El viernes pasado, recibí de la editorial la primera copia impresa de "Ardillas y eucaliptos".
INDI, a quien debo la experiencia editorial, me advirtió de la mezcla de sensaciones ante ese tener en brazos al niño. La ilusión de ver el trabajo materializado se convirtió en decepción, y caóticos pensamientos. Nunca me gusta leerme, pero esa parte forma parte del ejercicio creativo. Me parecía un sinsentido cuanto leía, mediocre. La narración andaba a trompicones, en muletas. Lo hubiese cambiado todo, lo hubiera tirado al mar o a una pira incendiaria. Por suerte, intervinieron Lucia, a quien debo su estar y mis madrinas y mentoras. El sábado, hecho una piltrafa humana, volví al trabajo. La cosa había cambiado o, casi con seguridad, veía el libro con otros ojos. En un ejercicio maratoniano, rehice cuanto creí necesario y realicé algún reajuste de formato. El lunes a las 11:30 de la noche, con el regusto de lo furtivo, envié la revisión a la imprenta y hoy he recibido el segundo intento.
Esta segunda experiencia ha sido diferente. También llevaba calzada la coraza protectora y la revisión de la revisión dejó de tener dimensiones gigantescas. Vamos, que recibí el niño con ojos de papá.El fin de semana, uno más, servirá para pulir al vástago y, si los cambios no son significativos, solicitar el código ISBN y ponerlo a disposición de los lectores.
Desde luego, si se debe rehacer de nuevo muchos aspectos, volveré a realizar otra revisión y volver a empezar con el proceso. Pese a mis paranoias, cada día el momento está más cercano...
Os mantendré al día de los avances, o no. 5月19日 " Ardillas y eucaliptos", el libro...Gracias a tod@s
Sé que llevo un mes sin mucho que decir, perdón, con mucho que decir pero sin hacerlo. En Mayo de 2007 puse la primera piedra del blog, quien dice piedra dice entrada. Sólo puedo calificar este año de experiencia o de vida como espectacular. La expectativa es peligrosa pero abrí este espacio sin ninguna, sólo por aquello de probar la experiencia, curiosón que es uno. Puede que a alguien 6000 pinchazos le parezcan una minucia, para mí es una barbaridad, mucho más de lo imaginable. Claro que de este tiempo me quedo con todos vosotros. Comencé con cierta timidez, colgando pequeños escritos y algún relatillo. Poco a poco fue extendiéndose la red de amigos y lectores, a modo de mancha de aceite. IMPARABLE.
A lo que iba. Explicar este medio silencio o cierta falta de actividad en las visitas a esa maravilla de blogs que teneis por ahí, en el ciberespacio, palabro raro. Durante este añito de vida, a parte de algún diente y balbuceo, muchos de vosotros me habeis pedido más. Más relatos, novelas, escritos. Mira que sois insaciables. Mis madrinas, ellas saben, me han indicado el camino. Como ahijado entrañable ( por tirarse flores), he sido obediente. Este mes, día arriba día abajo, he estado ultimando la publicación de un libro.
De título "Ardillas y eucaliptos" recopila los relatos del blog con alguna sorpresa más.
La portada es obra de Gaby, un pedazo artista uruguaya, que ha captado sorprendentemente la astucia del roedor. También llegué a ella a través de los blogs en una más que encantadora relación amistosa.
Aquí os dejo sus señas para que podais admirar su obra:
'Espíritu de Utopía y Evasión'
Luego vino Gloria Om con sus collejas (cariñosas) para que no perdiera más tiempo y me decidiera a publicar y ella me llevó a INDI. Esta moza de la plana me indicó cómo hacerlo, lo de publicar porque se ha de apostillar todo. Así descibrí lulu.com una editorial que ofrece la oportunidad a los profanos y neófitos. Esta semana tendré en mis manos el libro para una primera revisión. Aún se me hace extraño hablar de un libro.
Empecé a escribir hace bastantes años. Siempre para mí, por satisfacer una necesidad creadora y una inquietud intelectual. El trabajo permite pocas alegrías y menos tiempo si cabe. Por eso, tras escribir casi dos novelas nonatas, vamos sin publicar, colgué las historias en el blog. Algunas están extraídas de aquel proyecto primerizo que una baja médica de dos años me permitió escribir. Otros son de factura reciente.
Me decían que pusiera una dedicatoria. Tras pensarlo con cariño decidí dejaros aquí mi agradecimiento pues vosotros sois artífices de este sueño. Además, a quién nombrar y a quién no, y si te olvidas de alguien. En fin, que es vuestro.
En este mes estará ya disponible en la red pues la editorial comercializa las ventas en este medio. Luego el autor debe currarse los temas de promoción. Espero que me hagais buenas críticas por esos pueblos vuestros, menudo morro que tengo. No, en serio, sois de las mejores cosas que le pueden pasar a alguien. Ya os iré informando de cómo progresa el asunto y de qué forma se puede adquirir el libro, aunque sea por el maravilloso trabajo de Gaby.
GRACIAS
5月8日 Más brillantesPremios Brillante Weblog 2008
Si el pasado y largo fin de semana era sorprendido con tres premios Brillante de otras tantas amigas, esta semana me siento aún más perplejo al sumar dos pedruscos más y de los buenos. A este paso voy a dejarme trenzas, vestiré toga negra y competiré en el mercado holandés. No sé cómo calififar este hecho. Sobretodo cuando uno escribe en este pequeño rincón por higiene mental. Llevo años escribiendo para satisfacer un afán creador que el día a día no permite. Hace un año que subí la primera entrada sin otro fin que el de compartir la experiencia.Y de este tiempo, con mucha diferencia, me quedo con los lazos tejidos en estas amistades peculiares. Vosotros sois la leche, entrar en el blog y tener la paciencia de leer los relatos y comentarlos con un cariño impagable. Qué decir de ella. De mi madrina, mentora, incitadora, la que me enseñó un camino afortunado y me adoptó como naúfrago que soy. Difícil reflejar el inmenso cariño que siento por ella. De cabeza alejandrina, fue capaz de acongojarme (por ser finos) con su silencio y casi brota la lágrima en sus mensajes. Tendrá un martes afortunado porque lo merece. Indómita y atemporal, compartimos el destino del salmón. Para ella le dedico una piedra de criptonita, seguro que se ríe de ella y sin calzones. GLORIA OM: http://shidarta47.spaces.live.com
Ella llegó con los aires de marzo que sacan a las damas de sus palacios. Alcanzó el blog con aire de preguntas sin respuesta y con la curiosidad sana de quíen necesita saber. En eso somos clavaditos. También en la variedad de los nombres. Merece el mejor engarce para la gran piedra. MIMI: http://xqsabes.spaces.live.com
En junio y por un equívoco afortunado se inició una amistad con Lucía, una de las primeras y la más longeba. Todos sabemos, cierres forzosos a parte, los altibajos que sufrimos los posedores de un espacio. Los tiempos de silencio, los descansos higiénicos o los hartazgos definitivos. Por eso Lucia merece una gargantilla de miles de estos brillantes que ella me ha regalado. Nunca me sentí muy cómodo en el terreno de la rima y ella lo borda. Su prosa es muy potente aunque, y ella lo sabe, echo de menos sus composiciones. Mi pequeña mariquita, este es el placer de las pequeñas cosas. LUCÍA: http://huellasenlatierra.spaces.live.com
También fruto del equívoco podemos situar la amistad con Huellas. En su concepción intervino de forma destacada Carmen, espero volver a verla pronto por estos mundos. La verdad es que fue un principio raro marcado por el desconcierto, con ese inicio la cosa debía salir muy especial. Y así ha sido. Ella es un poeta del optimismo y de la fe en eL ser humano y otras divinidades. Como escéptico recalcitante no puedo sino admirar esa permenencia del espíritu. Nunca vi a nadie tan enamorada de la vida. Eso si merece un pedrusco de muchos quilates.
HUELLAS: http://huellas-de-namaste.spaces.live.com
No sé quién llegó a quién y no me importa. La nuestra es una relación reciente pero su intensidad la hace eterna. Compartimos proyectos paralelos y amor por las palabras. La exquisitez es una constante en sus trabajos. Creo que ambos somos de lo más exigentes con nosotros mismos. Ella es un baluarte de nuestro amado idioma, ese que nos une, en tierra extraña y eso merece la piedra que más brilla.
NORHA: http://santiagudelo1.spaces.live.com
Gracias a todas vosotras por estar ahí... 5月4日 Premios Brillante Weblog 2008
Premios Brillante Weblog 2008
Este largo fin de semana he sido sorprendido con tres premios Brillante de otras tantas amigas. Nohttp://huellasenlatierra.spaces.live.com sé cómo calififar este hecho. Sobretodo cuando uno escribe en este pequeño rincón por higiene mental. Llevo años escribiendo para satisfacer un afán creador que el día a día no permite. Hace un año que subí la primera entrada sin otro fin que el de compartir la experiencia.Y de este tiempo, con mucha diferencia, me quedo con los lazos tejidos en estas amistades peculiares. Vosotros sois la leche, entrar en el blog y tener la paciencia de leer los relatos y comentarlos con un cariño impagable. En junio y por un equívoco afortunado se inició una amistad con Lucía, una de las primeras y la más longeba. Todos sabemos, cierres forzosos a parte, los altibajos que sufrimos los posedores de un espacio. Los tiempos de silencio, los descansos higiénicos o los hartazgos definitivos. Por eso Lucia merece una gargantilla de miles de estos brillantes que ella me ha regalado. Nunca me sentí muy cómodo en el terreno de la rima y ella lo borda. Su prosa es muy potente aunque, y ella lo sabe, echo de menos sus composiciones. Mi pequeña mariquita, este es el placer de las pequeñas cosas. LUCÍA: http://huellasenlatierra.spaces.live.com
También fruto del equívoco podemos situar la amistad con Huellas. En su concepción intervino de forma destacada Carmen, espero volver a verla pronto por estos mundos. La verdad es que fue un principio raro marcado por el desconcierto, con ese inicio la cosa debía salir muy especial. Y así ha sido. Ella es un poeta del optimismo y de la fe en eL ser humano y otras divinidades. Como escéptico recalcitante no puedo sino admirar esa permenencia del espíritu. Nunca vi a nadie tan enamorada de la vida. Eso si merece un pedrusco de muchos quilates.
HUELLAS: http://huellas-de-namaste.spaces.live.com
No sé quién llegó a quién y no me importa. La nuestra es una relación reciente pero su intensidad la hace eterna. Compartimos proyectos paralelos y amor por las palabras. La exquisitez es una constante en sus trabajos. Creo que ambos somos de lo más exigentes con nosotros mismos. Ella es un baluarte de nuestro amado idioma, ese que nos une, en tierra extraña y eso merece la piedra que más brilla.
NORHA: http://santiagudelo1.spaces.live.com
Gracias a todas vosotras por estar ahí... 4月20日 El último eucaliptoEl último eucalipto
Arrogante y majestuoso imponía su tamaño sobre la altura regular de los Pinos. Rompía la monótona sucesión de los árboles irguiéndose por encima de ellos como un falo erecto sobre el perfil curvilíneo del campo de Venus. Coronaba Montemayor como esas cruces colocadas en un pico para recordar que Dios vigila. Nunca vi en él la presencia insidiosa de un ser superior, era el mástil de un barco corsario surcando la planicie de un mar verde en busca de aventuras. El valle menguaba de tamaño desde esa atalaya pero, al mismo tiempo, se mostraba magnífico cubierto por una alfombra persa de hierba fresca adornada por la línea azul del río que partía sus entrañas en dos. Observado y rodeado por montes que veían el valle como algo pequeño, diminuto, sentían la obligación de protegerlo del viento porque sabían que pertenecía a un plano diferente de la misma realidad, quizá la única importante, la Naturaleza. Las casas del pueblo aparecían como un archipiélago de islotes insignificantes bañados por las olas del viento sobre los tallos verdes de la hierba. Como una mano deslizándose con suavidad por una tela aterciopelada, dejaba impresos los surcos del roce de las yemas de sus dedos sobre la superficie acogedora al tacto. Desde ese punto elevado, recordaba la geografía del Océano Pacífico donde una isla es un país y dos un continente. El asfalto de las carreteras ponía el punto gris al paisaje, un escarnio para el esplendor, una rúbrica a la condición humana. Su eucalipto estaba ubicado junto a la pista forestal que, curiosa y serpenteante, escalaba la montaña empeñada en descubrir cada rincón del bosque a través de constantes giros a derecha e izquierda. Por el lado umbrío, estaba protegido por el talud formado por el arañar del cortafuego en su caminar precipitado hacia el valle. Contemplando esas heridas abiertas a la vida, uno se plantea si el beneficio puede compensar el vacío dejado o si los actos loables deben permanecer impunes por los fines que persiguen.Solo, siempre solo, oteando el horizonte de puntillas por si logra ver tierra. Su aliento balsámico destruye todo rastro de vida vegetal al amparo de su sombra y la lengua aborigen de sus ancestros aleja a los animales. Condena de vida inventada, recuerdos de tierras ignotas y sueños prestados de otros árboles que no suyos. Al superar al roble, su destino se unió al de todos aquellos desplazados de su espacio o de su tiempo. Una historia de amistades estériles donde languidece la vida entre adioses y silencio. El autocar devolvía a Miguel al mismo pueblo, aquél del que una vez se despidiera para siempre en abrazos insinuados de apatía. Tras pasar el puerto de montaña, el autobús enfiló hacia el valle. El tiempo de la distancia le devolvió negro por verde, mostrando los efectos devastadores del apetito voraz del fuego malintencionado. El traje festivo del monte con su falda verde esperanza se había vestido de luto riguroso, de negra ignorancia. Sus ojos recorrieron toda aquella montaña de cenizas, partiendo de la base y siguiendo en sentido ascendente, hasta detenerse en la silueta del eucalipto recortada contra el cielo azul rabioso del estío. Su árbol había sobrevivido aferrado a una decisión, ajena a su voluntad, que le obligaba a sobrevivir pese a sus pocas ganas de hacerlo. Un temblor se deslizó por su espalda. Sintió con fuerza que algo le unía al árbol. Un vínculo secreto entre náufragos, una providencia compartida, un fin deseado, un sueño sostenido, todo para empezar cada día en el mismo punto. Se había propuesto no regresar jamás y, si ahora rompía la promesa, era por su hermana. Tras el accidente, se lo debía. Ella vivía allí y fue ella quien recogió los restos de Miguel esparcidos por el asfalto de la carretera y fue ella quien llamó a sus padres y vio al Miguel de antes de la cirugía. El camino hacia sus nuevas tribulaciones pasaba sin detenerse por aquel trozo de tierra con nombre. Pero ese viaje es otra historia y ahora la atención está acaparada por el héroe austral. El fuego avanzó impasible a la belleza devorándolo todo y convirtiendo en un amasijo de cenizas y rescoldos apagados el escenario de la huida de Miguel. Recordó como fue a parar allí en su día tras agotar la vida en innumerables porqués. Estancado en el límite del precipicio, aquel lugar le pareció un abismo adecuado. En aquella época, sólo el deporte le hacía sentir vivo, era una forma de demostrar que la mente prevalecía sobre los límites del cuerpo y de devorar aquel hálito de energía remanente. A través de aquel ejercicio físico extremo, escapaba a la barrera que había interpuesto entre él y la felicidad. Más lejos, más rápido, más fuerte, pero solo, siempre solo. Había recorrido muchas tardes partes del bosque extendido a lo largo de la superficie empinada de la montaña, en todas las direcciones posibles, con todos los sentidos imaginables. Las carreras mantenían un único denominador común, un justo medio permanente: aquel eucalipto, su árbol. Una vez alcanzado su refugio y al amparo de la sombra rectilínea del tronco, contemplaba embelesado el espectáculo dibujado a sus pies. El Gran agente forestal, por ensalmo, convertía lo contemplado en cadena perpetua. A su lado, inhalando los humores balsámicos de sus bayas junto al aroma a resina de los pinos, Miguel devoraba aquel aire cargado de medicina contra las afecciones respiratorias mientras divisaba el valle y emprendía el camino de regreso. Volver atrás es siempre descender menos cuando se utiliza la memoria. El árbol era un símbolo a medio camino, en tierra de nadie, entre la calma del espíritu de aquel instante y la realidad. También representaba la culminación del esfuerzo, el punto de no retorno. Junto al eucalipto, el camino discurría en un apacible descenso hacia el valle. La zancada se estiraba mientras el cuerpo compensaba la inercia de la velocidad en busca de equilibrio. Los minutos de subida se olvidaban con los segundos de la bajada, la pupila se acostumbraba a las sombras de la civilización mientras el eucalipto continuaba atrapado en la luz de las alturas. Miguel pudo sentirlo al poner el pie en el andén de la estación de autobuses. El pueblo aún conservaba el olor del desastre en sus calles. Las motas de ceniza se arremolinaban en las esquinas de los edificios y ascendían sostenidas por corrientes de aire para caer formando parte del asfalto. Aquella lluvia de plata, poco a poco, cubría toda la extensión del municipio de oscuros augurios. Escuchó la llamada dolorosa del monte en las carnes y, después de saludar a la hermana, partió hacia los restos del incendio consciente de lo que no volvería a ver. El fuego había descendido hasta la carretera, desde ese punto cogió la senda que escalaba la ladera hasta llegar a la altura del eucalipto. Las zapatillas iban adoptando el tono mediocre del entorno devastado por las llamas, del blanco al gris en un proceso patético de asimilación. Por suerte o por desgracia el resto de Miguel estaba en consonancia con el ambiente y, por todo cambio, acentuó un poco más su color. La hermana le puso al corriente sobre una sospechosa relación entre las demandas de madera del floreciente sector inmobiliario con la proliferación de los incendios durante todo el año. - Miguel, sabes de sobra que aquí señalar y callar se hace al mismo tiempo.- Pinos, castaños y eucaliptos sucumbieron ante la ambición de quien es incapaz de ver más allá de su propia nariz. Miguel vio al hombre asir la tea incendiaria y actuar de cuarto jinete en un baile de máscaras. Pero los árboles sólo fueron una víctima más; ardillas, conejos, corzos, jabalíes y mil animales formaron parte de la barbacoa macabra. Vio como eran asados a fuego lento. Percibió el resonar de los ecos de la agonía entre huesos y piel quemada. Conocía a las gentes del pueblo. Eran ellas quienes alentaban este tipo de suicidio favoreciendo el hoy para empequeñecer el mañana. El pastor tenía pastos para los animales, el carpintero madera para construir muebles, el tendero clientes para el negocio, el resto participa de los beneficios de la venta de la madera del bosque comunal y todos callaban. Los vecinos de aquel pueblo devoraban la vida como el fuego lo hacía con el monte y se aferraban a ella como si cada día fuera el último. Por eso él decidió ir a ese lugar la primera vez, para borrar cualquier vestigio pasado. El accidente había confirmado su error porque ese animal al cual maltrataba constantemente era el más viejo de todos. Sobreviviría mucho después del último vestigio de existencia humana en el pueblo, del mismo modo que existió miles de años antes de su primer habitante. El tiempo y cientos de batallas perdidas hicieron sabio a ese ser moribundo y sabía cuidar la memoria para conservar la vida: la Tierra perdona pero no olvida, otro código no escrito pero asumido por todos. El eucalipto se mantenía firme sobre su tronco pero estaba herido de muerte. Su aspecto recordaba a un bistec a la inglesa: vuelta y vuelta. Su aislado emplazamiento entre la pista forestal y el cortafuego, la distancia entre el árbol más próximo y la ausencia de sotobosque bajo su copa le había salvado la vida o prolongado su muerte. Empujado por la ira, Miguel miró hacia el cielo aunque, con certeza, debió bajar la vista al valle, para gritar con voz de serrín ahumado: - ¿ACASO, NO ERA SUFICIENTE CASTIGO?- Crecer en tierra extraña, alejado de los suyos, soportar el desprecio de los lugareños. Sentir como exhala la tierra a sus pies. Solo, siempre solo. Pero la maldición incrementaba sus desmanes forzando a las llamas a olvidar su camino, a sortearle entre humos. Fue testigo mudo de como moría la vida, como moría su muerte. Todo había retornado al polvo original menos él que, empalado en la corona del monte, debía dar testimonio de la gran venganza del hombre sobre el hombre. Abandonaba Miguel aquello que una vez, recordaba, fue un bosque cuando topó con una de las inoperantes aunque voluntariosas brigadas contra incendios. Entre los rostros tiznados descifró los rasgos conocidos del filósofo anarquista. En su desprecio por las instituciones, volvía a participar de una de ellas, según él, para esquilmar al estado opresor pero aquel era un momento trágico y los muertos merecían respeto. Miguel se abstuvo esta vez de discusiones idealistas para preguntar sobre el destino del árbol. Ricardo, el anarquista, detalló toda la política forestal de la Xunta y el triunfo de la raza sobre la moda. Pensaban retirar todos los eucaliptos invasores sustituyéndolos por especies autóctonas en un proceso dilatado y costoso que devolvería al pueblo parte de su patrimonio. Las máquinas empleadas en arar la tierra yerma del fuego darían buena cuenta de él, lo derribarían y trocearían para luego venderlo al intermediario de turno junto a los restos del incendio. - Terminará dónde la mayoría de ellos, en la papelera de Pontevedra. Allí nos darán sus buenos duros por el arbolito.- Tal vez, habré emborronado de desvaríos tintados las entrañas empastadas del último eucalipto.
4月8日 el carruselel carrusel
Repasando papeles viejos y fotografías archivadas con mimo en cajas de zapatos, encontré la imagen retratada del tío vivo. De esa chistera de cartón y frente al majestuoso carrusel, patizambo, surgió Enrique García García con su sonrisa mellada. Enseguida pasó ese otro, el que fue yo, a contar con voz de arrullo dentro de mi cabeza la historia de ese hombre. Durante año y medio trabajé en el parque de atracciones pobre de la ciudad. Frente a él, en la otra gran montaña, competía contra nosotros el parque rico, el de la parte alta, el del consorcio del poder. Aún estudiaba cuando empecé a trabajar en la feria y, de lunes a sábado, por las mañanas, sacaba unos dinerillos en el supermercado de unos grandes almacenes, las tardes eran para el estudio. El problema estaba los sábados cuando salía a las diez de la mañana del centro comercial y debía incorporarme al parque a las once y media. Las carreras locas por los pasillos del metro y a base de empujones ganaban aquella carrera contra el reloj. La memoria está lejos de ser una máquina infalible de alta precisión, quien piense en este sentido sin duda cae en un error, la memoria sólo es el filtro de los recuerdos. Así que los errores u omisiones de esta historia acháquenlos a un error de diseñó. En invierno, las atracciones sólo se abrían en fin de semana y jornadas feriadas. Subir hasta la montaña y pasar frío era demasiado sacrificio para la recompensa final. En verano, el parque abría todos los días y la plantilla se triplicaba. Conocí allí a Enrique y su nombre se ha grabado en mi cabeza con tanto detalle por tener, en el orden dictado por el abecedario, el primer apellido pegado al mío. Su tarjeta de fichaje estaba junto a la casilla donde residía la mía. Una cartulina colorada con nombre y apellidos, números y fechas que el calendario iba completando con los borrones ilegibles de la máquina selladora, unas manchas de tinta azulada que certificaban a la empresa tanto nuestra asistencia como existencia, aunque no la naturaleza de la misma. Todas las mañanas en que el parque abría las puertas para regocijo de los pequeños y no tan pequeños, Enrique y yo coincidíamos en el ritual sagrado de sellar nuestra entrada en la empresa. Aquel artilugio de relojero malvado devoraba la cartulina encarnada para devolverla, instantes después, herida de muerte vertiendo la sangre azul de la tinta. El compañero debía rondar la cuarentena aunque la cabeza despoblada y unos andares peculiares contribuían a no acertar de lleno con sus años. La referencia heráldica, nos llevó a compartir el puesto de trabajo. Enrique era el señor del mágico carrusel. Plaza ganada por los muchos años de servicio y por los pocos, como fue mi caso, de tantos otros en aquel ir y venir de estudiantes y buscadores de primer empleo. Con sus corceles negros y blancos de crines mecidas por la velocidad del cabalgar redondo y la fuerza de un viento paralizante, el cochecito de bomberos con sus campanas doradas tocadas insistentemente por los niños y que nosotros intentábamos ignorar, las carrozas recién salidas de un cuento cursi de princesas enamoradas y la caravana beduina con sus camellos y dromedarios, según lo jorobados que estuvieran, todos giraban y giraban con nosotros en un deambular tan absurdo en resultado como persistente en el error. Aquella era la atracción central de la zona infantil del parque de atracciones y, como el astro rey, desplegaba entorno suyo los otros mecanismos y cachivaches de diversión, siempre bajo el influjo vigilante del carrusel. Aquella zona del recinto lúdico, estaba poblada por operarios “g”: Garcías, Gallardos, González, Gómez, Garridos y se completaba con algún que otro Hernández. El jefe de personal debía tener ancestros nibelungos por su tendencia desmesurada, rayando la paranoia, por el orden, con una aquiescencia especial por el alfabético. Las taquillas, los vestuarios, las tarjetas de fichar, las nóminas, los puestos de trabajo, las vacaciones, todo se regía y debía amoldar a la estructura rígida, inflexible y permanente del abecedario. Resulta obvio apuntar que ese sistema férreo acarreaba más problemas que supuestos beneficios organizadores. Así, todas las “g” marchábamos de golpe de vacaciones dejando la zona infantil, también llamada gifantil, huérfana de manos expertas. Como amantes despechadas, las máquinas padecían la ausencia negándose a trabajar aduciendo jaquecas en forma de mil averías diferentes y ruidos descoyuntados. Aquella parte del parque era la más antigua del recinto, procedía en su mayoría de un complejo caduco desmantelado en Nueva York y vendido a la empresa catalana a precio de chatarra. Great Mountain, New York, esa era la divisa marcada en el lomo de toda la ganadería del carrusel. Ahora existen otro tipo de camellos dando vueltas en las calles de la gran metrópoli americana. Nuestra primera labor, antes de la apertura de puertas al público, era desenfundar de sus lonas cada caballo, camello o vehículo. Después, con trapo en mano y limpia todo, lustrar las crines de la yeguada pródiga en efectivos. Pasábamos la inspección técnica al coche de bomberos arrancando un brillo mate de sus campanas exhaustas y a las carrozas reales. Por fortuna disponíamos de un cierto margen desde la señal que indicaba la puesta en funcionamiento de toda la maquinaria y la llegada de los primeros clientes a esa parte dedicada a los pequeños. La avalancha del primer momento la sufrían los operarios encargados de manejar la montaña rusa con dos giros completos y tirabuzón central, auténtica atracción estrella de aquel espacio dedicado al esparcimiento lúdico. Los compañeros de la atracción central, la de las vueltas de campana, no habían sido seleccionados por ser expertos en lenguas eslavas, su mérito radicaba en apellidarse Sánchez, Serranos o Segarras. Esa elección tenía un atisbo de lógica, por lo menos la letra agraciada compartía con el cacharro mecánico la sinuosidad en su morfología. Nuestro tío, así llamábamos cariñosamente al carrusel, era cosa de nostálgicos a los que, poco a poco, se les incorporaba en goteo continuo un rosario de extraños seres de color verde, provenientes con seguridad del doble giro con tirabuzón central. Esto ocurría regularmente con el Sol ya bien alto sobre nuestra cabeza, cuando la gente se cansaba de ver el mundo del revés, las colas superaban la hora de espera, e intentaban poner un punto de coherencia en sus vidas invertidas. El número de jinetes crecía en las horas siguientes al momento de la comida, el motivo parecía estar claro. El tío vivo giraba con una rotación grácil, muy aconsejable contra las digestiones difíciles de los fritos y bocadillos grasientos de las cantinas del parque. La media de edad de nuestro público era avanzada. A los niños de hoy eso del tío vivo les parece un rollo de otro tiempo y sólo acudían arrastrados por la ensoñación infantil de sus padres. - ¡Jo! Papá ya hemos montado dos veces en este cacharro, subamos a los jets espaciales.- Pero el progenitor ensimismado en sus fantasías recuperadas exclamaba: - Venga, corred, que no nos quiten el coche de bomberos. Podremos tocar la campana durante todo el viaje. ¡Qué divertido! Verdad.- A Enrique aquellas escenas de felicidad familiar le afectaban de un modo singular: quedaba paralizado contemplando fijamente la escena hasta que el sonido escandaloso de la sirena deshacía el hechizo anunciando el final del trayecto. Nuestros corceles tenían unas proporciones gigantescas para cualquier niño. Un temporizador detenía el motor, los engranajes perdían la inercia del movimiento y terminaban por detener el giro del aparato. Sonaba la señal y entonces, como fieles escuderos, salíamos de nuestro escondite para rescatar a los pasajeros más jóvenes apeándolos de sus cabalgaduras. Él se colocaba estratégicamente. Sabía de memoria en qué lugar se detendría tal caballo y dónde la carroza de cenicienta. Siempre acudía al socorro de alguna princesita de bucles dorados retenidos por una diadema fina de colores chillones y se entretenía en exceso con las niñas obsequiándolas con un repertorio amplio de mimos y carantoñas inocentes. Pero los padres no siempre interpretaban de ese modo las atenciones prodigadas por Enrique a sus hijas. Tuvimos serios problemas al respecto pero mi cara de buen chico solía apaciguar las iras de los adultos. Un día, la cosa pasó a mayores y adquirió tintes dramáticos en los que abundaban las palabras vicioso, cerdo y pederasta, un bonito epíteto aprehendido de la televisión. El asunto se apaciguó por sí solo y mi compañero me hizo partícipe de su gran secreto. Todo el mundo guarda celosamente un pedazo de vida oculto en un rincón oscuro de la geografía humana. Si con el tiempo esta ocultación no se libera comienza a expandirse, como un cáncer, por todo el organismo atenazando al individuo. Asistí impertérrito a la historia desgarradora del secreto de Enrique: Era padre de dos niñas. Por supuesto, acto seguido sacó la cartera del bolsillo posterior del pantalón para mostrarme las fotografías de unos querubines rubios de pelo rizado, muy guapas para lo feo y calvo que resultaba mi compañero. Esa exhibición paternal me deja frío aunque sé qué debo decir, ¡Qué monada de criaturas! El padre queda satisfecho y, en mi caso, paso el trámite sin invertir mucho tiempo en la búsqueda de parecidos. El departamento de bienestar social, sólo el nombre da escalofríos, había retirado a Enrique y su señora la custodia de las niñas. Esa información, contaminada por el influjo televisivo, disparó mi imaginación hacia abusos sexuales aberrantes y otras marranadas por el estilo y daba veracidad a los improperios lanzados por los padres en el parque. Pero no, esa no era la razón del desmembramiento de esa familia. Enrique era un poco lento. Lento, poco espabilado, corto, llámenlo como quieran pero puedo afirmar que era un buen tipo. Unos días después al incidente que motivó la confesión del relato, Enrique apareció muy excitado, descartados ciertos gustos sexuales, me interesé por su estado. Con una profunda vergüenza me rogó que le llevase a casa en coche. Los dos trabajos me permitieron adquirir a un buhonero poco recomendable un corsa color oliva de sexta mano. Cuando las estancias en talleres de la periferia me lo permitían, acudía al trabajo en mi flamante bólido evitando así las agresiones del metro. La Administración que tutelaba a sus hijas había concedido un permiso especial a Enrique permitiendo a las niñas gozar de los placeres del hogar durante el fin de semana. Si no era mucha molestia y sorteando agradecimientos de por viva, llevarlo en coche le permitiría ese domingo pasar un rato más con sus hijas antes de que el lunes a primera hora fueran devueltas al centro de acogida. Vivía en un edificio humilde y destartalado del barrio del Carmelo. Subimos caminando al tercer piso por una escalera angosta descascarillada y nos detuvimos frente a la puerta “g”, esta circunstancia me hizo sospechar de una conexión entre la adquisición de la vivienda y las manías de la empresa. El piso era pequeño y oscuro, de unos cuarenta metros cuadrados, estaba impregnado de la misma esencia de col cocida que inundaba la escalera y se apoderaba de todos los rincones del edificio. Salió su esposa a recibirnos. Tras poder liberarme de su abrazo, y bien encajados sendos besos ásperos en mi cara, observé en ella ciertos rasgos asiáticos en la penumbra del pasillo. En el salón, con la ventana que daba al exterior, pude añadir más características a ese rostro. Primero pasé por el burocrático trámite de saludar y besar a las hijas del matrimonio. Puse, también por hábitos de observación, mi mano sobre la cabeza de la pequeña en un disimulo de caricia. Pensé que la mujer sería del sur y tendría una de esa cara planas que redondeaban los ojos. La sala era una ensoñación del arte kitsch. Miles de esas figuritas que uno se pregunta quién demonios comprará en las tiendas de recuerdos para turistas y guiris despistados abarrotaban el mueble de pared y el resto de estanterías. La parte superior del televisor estaba presidida por una sevillana con toro bragado con el nombre de Sevilla. No faltaba ni una referencia geográfica; las casas colgantes de cuenca, el torico turolense, el naranjito, el cobi egipcio con su Barcelona, los herculinos coruñeses, etc. No quedaba ahí la cosa pues también referían presencia monas lisas, arcos de triunfo y estatuas de la libertad. Hasta tenían junto a un teléfono rojo modelo góndola las torres gemelas, supongo que por un perturbador ejercicio premonitorio. Cada vez que en mi recorrido alucinado tocaba alguna de esas joyas del mal gusto, la mujer se apresuraba a recolocarla con cuidado de relojero en su posición original. No pude estarme de coger la rana con calavera salmantina por motivos familiares y ella se lanzó hacia mi mano con rudeza y me la arrebató para depositarla con celo en la sombra de la figura que el tiempo había dibujado sobre la madera de la balda. La situación era desconcertante aunque a ellos parecía resultarles cotidiana. Pregunté a Enrique si habían estado en todos esos sitios. Él se rió complacido. Apenas se habían movido de la ciudad, Roquetas de Mar para la luna de miel y poca cosa más. No quedó más remedio, ellos, los cuatro, permanecían callados, que preguntar por la colección del souvenir del salón. La señora trabajaba en un taller de inserción social de Cáritas, me explicó mi compañero. Además de seleccionar ropa recogían todo tipo de enseres y desechos del consumismo y aquellas figuritas iban en el contenedor de rechazo, todo aquello que, sin utilidad aparente, terminaba por ser arrojado a la basura. A su esposa le encandilaban aquellos recuerdos pues en casa de sus padres, siendo ella niña, tenía unas muñecas rusas que encajaban una dentro de otra y todas en la más grande con las que jugaba. Cada muñeca, dibujado en oro, exhibía el nombre de una ciudad de la Unión Soviética. A él tampoco le importaba la particular colección pues le hacia sentir como el Fox león de la vuelta al mundo animada. Tema aparte, aunque dentro del estilo ornamental, era el vestuario de las niñas. Desde luego no desencajaban con el conjunto pero de salir a la calle vestidas de ese modo tenían números suficientes para terminar lapidadas. La ropa, según relató Enrique, también provenía del taller de Cáritas. La doña combinaba la ropa y los colores de los vestidos de las hijas. Quedé paralizado en los calcetines de las criaturas, cada una llevaba una pieza de un color. Si una hermana lucía rojo en el pie derecho y verde en el izquierdo la otra lo alternaba al revés. Volví a preguntar por lo que creí mera extravagancia. Esta vez fue ella quien explicó la disparidad cromática. Tenía un balbuceo gutural difícil de descifrar pero la imaginación completó los vacíos. De cualquier modo, y pese a que mis dudas estaban casi disipadas, su discurso me pareció de lo más lógico. Aquella madre no quería vestir a sus hijas con la misma ropa de otro niño pues ellas tenían su propia personalidad y alternaba piezas provenientes de lotes distintos para reafirmar la autenticidad del carácter de las criaturas. Desde luego que eran únicas. La lentitud de sus movimientos, los tics nerviosos, las manos cortas con grandes dedos, las gafas de pasta gorda y lentes muy graduadas confirmaban la disminución psíquica de la mujer. El destino le había otorgado una mente rica en interiores pero escasa en recursos. Según me contó el bueno de Enrique, el estado permitía y exigía a las personas menos afortunadas el pago religioso de tasas e impuestos, para eso sí eran aptos y útiles a la sociedad pero, amigo, ser padres era diferente a estar al día con las obligaciones del contribuyente. Las niñas debían vivir aquella casa como una vacación continua. Dejando de lado el tema de las figuritas, sólo cuando interpretamos de turistas y nadie nos conoce sacamos la faceta carnavalesca. Las criaturas irradiaban felicidad en sus caras angelicales y le decían, rogando e implorando a su padre con la voz de la candidez: - Por favor, papi, no nos hagas ir mañana al cole. Déjanos quedarnos en casa con mami y contigo.- Enrique, con un esfuerzo que apenas podía contener las lágrimas, soltó una letanía a modo de lamento que sonaba a discurso bien aprendido. - Debéis ir al colegio y, así, el día de mañana os permitirán tener una familia para toda la vida. Si sacáis buenas notas será una vida plena de lunes a domingo.-
3月24日 Punto de encuentropunto de encuentro
La pelea de mamá y papá me cogió aún muy pequeño. Mi hermana empezaba a gatear mientras, en mi caso, descubría los libros y fichas de primaria. No entendí las razones de mis padres. Cada uno tenía las suyas mientras yo, siempre me dijeron que era un cabezón, batallaba con o contra mis propias convicciones. Un niño de seis años las posee y, en ocasiones, son más fuertes a las de años posteriores pues están limpias y no se adaptan convenientemente a las circunstancias. A mi hermana y a mí nos inculcaron la política del perdón y el diálogo, por eso me costaba tanto entender aquel fin de todo. Patricia balbuceaba desde su posición en el suelo así que no le pregunté. Violant, esa niña tan odiosa del colegio, me sacaba de mis casillas. Nos peleábamos, hacíamos las paces, éramos amigos, nos peleábamos. Así desde infantil. Hoy seguimos con esa extraña amistad y nos peleamos. Mamá nos recogía a mi hermana y a mí a la salida del colegio y me hacía besar, !puagg!, a la niña. De ese modo besucón poníamos fin a la trifulca y las madres de ambos nos miraban con cara de deber cumplido. Mientras Patricia se resistía a la cuchara de la cena, mamá ponía al día a papá sobre los avances académicos de sus hijos. Era un momento de invisibilidad, hablaban de nosotros como si no estuviésemos presentes, en el caso de mi hermana algo había de eso. A mí me reventaba el repaso, no me decían ellos que no debía ser acusica. ¿ Y ellos, los adultos? Qué ganas tenía de ser mayor para hacer lo contradicho. Más tarde, él subiría a la habitación y me contaría un cuento de hadas y querubines donde todos acabarían con besos en las caras. Prefería sus historias de piratas, ésas que mamá no dejaba que me contara pues luego, decía ella, me provocaban pesadillas y sueños nerviosos. No sé a qué se refería con lo último pues soy de los que, cuando duermo, duermo. Seguí regañando con Violant y sigo aunque ella está de los más raro. Cada día nos cuesta más encontrar juegos divertidos para ambos. Hasta saltar sobre los charcos de lluvia le ha dejado de gustar. Sus nuevos juegos no me divierten así que estamos algo distanciados. Mis padres se peleaban. Creían que no lo sabíamos porque nunca lo hacían delante nuestro. Instalados en nuestras camas, después de los cuentos, cuando nos hacían dormidos, oíamos los gritos acompañados a veces de palabras prohibidas. Nunca se lo dije pero cuando preguntaban dónde habría escuchado tal o cuál palabra era en la cama de donde venían muchas de ellas. Al día siguiente, mientras papá preparaba las meriendas y mamá repasaba con nosotros las lecciones del día, entre magdalena y magdalena, todo había vuelto a la normalidad. Creo que de noche, después de las discusiones, debía haber besos de por medio. Me encantaba verlos despedirse en la puerta de casa. Papá nos empujaba hacia el coche con la chaqueta colgando de una de sus mangas y nuestras carteras escolares al hombro, mamá ponía las cosas en su sitio, entonces él pasaba el brazo por su cuello y se besaban en la boca. A Patricia también le gustaba ese momento aunque a veces hiciéramos el burro con besos mano sobre boca imitando a nuestros padres. A medida que crecemos, nuestra capacidad de gritar y dar golpes cada vez más fuertes lo hace al mismo ritmo. Por eso aquella noche no pudimos dormir y Patricia lloró hasta quedar rendida en mi cuarto. Yo estaba asustado pero me hacía el valiente delante de mi hermana que vino a dormir a mi cama hasta que cesaron los cristales rotos y las palabras prohibidas. Primero subió papá a despedirse. Llevaba la gabardina del trabajo por eso supe que aquello era una despedida. Nos quería mucho, muchísimo, repetía una y otra vez con lágrimas en los ojos. Fue algo desconcertante porque mamá, después de que sonara la puerta de casa al cerrarse, apareció con una gasa manchada de sangre sobre la mejilla y un ojo muy hinchado y resultó querernos mucho, muchísimo también. Con todas aquellas cuerdas alrededor, me sentía como los señores del furgón de la policía. Las del carrito aprendí a burlarlas pronto, me deslizaba bajo la de arriba, la que rozaban los puntos cuadrados de mis tetas, y con las manos libres era fácil soltar las citas de las piernas. Mamá decía que iba para escapista, que es un señor muy de escaparse aunque esté con las piernas dentro de un bloque de hormigón. Patricia era un poco tonta entonces y ni se movía de la silla. Aunque, ahora pienso que era lista y por eso siempre iba sentada mientras a mí me tocaba ir colgado de la mano de mi madre por las galerías interminables del centro comercial. La niña del cochecito nunca se quejaba de los cuadrados de las tetas, dice la profesora que cuando sean mayores las niñas de clase tendrán bonitos pechos como los de nuestras mamás. Veo a mi hermana en la ducha y no imagino como cabrán esas cosas en su cuerpo por mucho que crezca. A Patricia le encantaba viajar en el coche subida en su sillita y no parecía que las cintas le molestaran. Decía mamá que en unos años podría viajar en coche subido en un cojín especial. Algunos hermanos mayores de los niños de la clase lo usaban y parecían muy orgullosos de poder montar en ellos. A mí la silla del vehículo me molestaba pero está construida contra escapistas o, al menos, eso decía mamá. El único día en que toleraba someterme a tanta ligadura era cuando íbamos a casa de Carmen, una canguro especial. Mamá nos lo contaba así y yo le dejaba contar porque sabía la verdad. Era un secreto y no podía decirle nada. Punto de encuentro se llamaba la casa de Carmen aunque en realidad ella no vivía allí. Una vez al mes, mamá nos dejaba en aquel edificio gris del ensanche. Había una placa en la fachada donde eso que llaman " logos", y que para mí son dibujos hechos por algún niño, colgaba sobre una placa blanca. Una figura de persona mayor rodeaba a un bebé pero todo dibujado por un alumno de infantil. La canguro era simpática y, además, participaba en aquel juego. Siempre nos recibía con una sonrisa y un caramelo blando que se pegaba en los dientes. Mamá nos decía lo mismo de siempre, portaros bien y haced caso a la canguro. No sé por qué, en ese momento, guiñaba el ojo a Carmen y ésta le devolví el guiño. Nunca se me dio bien eso de cerrar un solo ojo así que aquel saludo me maravillaba. No era mucho más de una sala grande con un sofá, una mesita y cuatro sillas pero la cantidad de juguetes sí era importante. Aunque se trataba de juegos perdidos, de esos a los que les faltan piezas o un brazo o una rueda si se trata de un coche. Carmen debía ser un buen canguro y por su casa, que no era su casa, pasar muchos niños. Nosotros ya lo sabíamos y por eso no prestábamos demasiada atención a los juegos rotos, mirábamos hacia la puerta. Papá aparecía pasado un rato aunque no demasiado. Traía aquella gabardina a la que ya le faltaban dos botones y las gafas caídas sobre la nariz. Mamá diría que iba hecho un desastre como siempre pero no podíamos contar nada de lo que sucediera en aquella sala, era un secreto. Cerca de la casa en la que vivíamos todos juntos y luego lo hicimos sólo con mamá, había un bar que se llamaba igual a la casa de Carmen. Papá nos lo contó a Patricia y a mí, en las primeras veces en que lo vimos en la sala de los juguetes. Era como un Mcdonald, una cadena de locales pero, en estos, no servían hamburguesas ni hacían fiestas de cumpleaños con payaso incluido. Se trataba de una cadena de canguros especiales donde los padres dejaban a sus hijos mientras iban a realizar gestiones. Lo de las gestiones tiene que ver con papeles y dinero y son cosas de adultos porque, incluso a ellos, les cuesta entenderlas y otro señor más listo se las explica. Por eso van sin los hijos, para no pasar vergüenza. Y aunque el bar aquel no se parecía en nada a la supuesta casa de Carmen la explicación de papá tenía lógica. Pasábamos dos horas a tope con los cuentos de piratas y los juegos imposibles de él. Nos lanzaba sobre sus piernas y hacíamos el avión, reíamos cada vez que lo hacía Patricia pues tenía una forma de hacerlo curiosa y contagiosa. Carmen entraba a las dos horas justas y señalaba el reloj. Al principio, protestábamos porque queríamos estar más tiempo pero papá ya nos explicó que era como los papeles de los coches y sólo se podía estar dos horas aparcado. Él nos explicó todo, desde las reglas del juego hasta el por qué del tiempo y el lugar. Aunque sea un secreto hoy ya puedo contarlo, ni papá ni mamá pueden decirme nada, o eso creo. Mis padres seguían enfadados entre ellos y no querían verse ni que nos viéramos juntos los cuatro. Así, el juego secreto que nos contó papá consistía en verle en ese sitio y sólo allí. Tampoco a mamá podíamos contarle lo de papá, si ella descubría nuestra cita el juego acababa y nuestros encuentros también. Ella no sabía que aquella casa de la cadena de canguros servía para ver a papá. Era una especie de juego del escondite para padres y madres. Carmen estaba metida en el ajo y era la responsable de velar por las normas. A nosotros, las reglas nos obligaban a mantener el secreto y a nunca hablar de papá a mamá ni a mamá de papá o perdíamos el juego. La misión de papá era vernos sin que mamá se enterara. Nunca me quedó clara la misión de madre en todo este jaleo de normas y estrategias secretas. Parecía que, a toda costa, las reglas evitaban juntar a nuestros padres. Ellos no podían verse o perderían el juego y nosotros no podíamos decir que lo veíamos en aquella casa o acabaría la partida. En aquel juego del escondite, todos veían a todos menos los papás que no podían hacerlo. Nosotros, mi hermana y yo, tal vez por estar más acostumbrados a jugar, nunca hicimos trampas y nunca nos salimos del guión. Así, cuando Carmen señalaba su reloj papá salía por la puerta. Patricia y yo nos quedábamos esperando hasta que mamá volvía a recogernos. En el camino de vuelta a casa, íbamos callados pues nadie quería perder por hablar más de la cuenta. Por lo que luego pude rescatar de alguna conversación entre adultos, cuando usan palabras raras y bajan la voz porque así piensan que los niños no se enteran, mis papás no respetaron las normas y acabaron viéndose. Ahora vivimos con Quico y María porque su casa está cerca de nuestro colegio. Los fines de semana y parte de las vacaciones lo hacemos con Ana y Antonio. Ellos son los abuelos, los padres de mamá y papá. Cuando nos mudamos a la casa nueva, ellos nos contaron que nuestros padres estaban en el cielo. Mamá nos decía que el cielo estaba arriba, junto a las nubes y el infierno abajo, en el centro de la tierra donde hace mucho calor. Papá nos contaba que el cielo y el infierno estaban aquí, en nuestro pueblo, en nuestra casa o en el colegio y que dependía de cómo nos portáramos para sentirnos en uno u otro lugar. Por eso siempre que llueve miro al cielo y me quedo en medio de la calle sin paraguas sintiendo como cada gota de agua va mojando la ropa, hasta notar en la piel la caricia de mamá. Y por eso sigo buscando detrás de cada esquina la silueta de papá aunque no pueda verlo porque si lo hiciera él perdería la partida.
3月12日 La muerte de Lupitala muerte de Lupita
Su nombre, Lupita Margarita, es bastante improbable que tuviese alguna relación con Moctezuma y de hecho no lo tenía. Para buscar el origen de ese nombre sólo alcanzo a decir: “ el secreto está en la salsa”. Era un cumplido homenaje a la comida picante del país azteca; tacos, burritos, quesadillas y, por supuesto, nachos, por compadraje mi bocado preferido, la autofagia culminada. Ambos éramos grandes aficionados a ese tipo de manjares capaces de hacer subir los colores al rostro más pálido o al carácter más frío. Cuanto mayor era la sensación de picor más aumentaba la necesidad de cerveza para aplacar al monstruo colorao. Entre la lengua de esparto y los litros de cebada salías de la taberna cocido de verdad. Aprendimos a elaborar algunos de nuestros platos favoritos pero con toques especiales, “la nouvelle cuisine mejicana”, una forma de hacerlo todo mal con la excusa del a modo mío. Pero la casa se llenaba de gente y alegría porque ese tipo de comida incandescente invita a los grandes placeres de la vida: alcohol, sexo, buena compañía y los litúrgicos efectos laxantes. Las equis, las coronitas, los soles y las negritas circulaban a raudales mientras el tequila y el mezcal esperaban pacientemente su turno con el gusano retorcido de puro gusto “no más”. Los dos trabajábamos en el supermercado del Corte Inglés y teníamos un acceso sencillo a toda una batería de productos de esa especialidad en una época en que su consumo aún no se había popularizado ni las mareas inmigrantes habían abierto nuevas vías de negocio. Ella era cajera, yo me encargaba de los productos congelados, quizá por mi carácter, y los dos juntos formamos la pareja de moda del centro entre todos los trabajadores. Ese es un título honorífico, se accede a él de modo tácito y durante el reinado debes soportar un nutrido grupo de acólitos. Otras parejas, estimuladas por las ventajas discutibles de nuestro éxito, intentaron desbancarnos del número uno en la lista de popularidad pero mantuvimos la hegemonía hasta que los dos dejamos el empleo en los grandes almacenes y poco después nuestros caminos se separaran. Ese momento de fama propició el fin de la invisibilidad, de la mía. Los rasgos de belleza genuina y una simpatía magnética la hacían una de las chicas uniformadas más codiciadas en los grandes almacenes. La cola de su caja siempre albergaba miembros masculinos del comercio interior. Como efecto inmediato a nuestra relación, apareció desde una nada profunda mi faceta visible para el resto de compañeras de trabajo y recibí la lisonja de la presa. Esa es una experiencia que los feos tendemos a imaginar. La historia le ocurrió a ella pero, fiel a mis malos hábitos, terminé apropiándome de ella. Estaba, como solía hacerlo durante las seis horas cuarenta minutos de su jornada laboral, sentada frente a la caja registradora, concentrada en el teclado. Atendía a un caballero en ese momento. Entre el quilo de naranjas y una botella de anís del mono observó un movimiento extraño en la ropa del cliente y desvió su atención hacia él. Descansaron los números negros sobre las teclas blancas. Fue una ondulación impetuosa en el bolsillo superior de la cazadora del cliente, o eso creía, pero después de varias horas con la vista fija en los números verdes del panel digital era normal comenzar con las visiones de todo tipo y las cajeras aprendían a convivir con ellas. El segundo movimiento fue más violento, el corazón de aquel tipo daba, literalmente, brincos de alegría y en cualquier momento iba a salir disparado de su pecho para impactar directamente en la cara anonadada de la dependienta. El señor se emocionaba de verdad al verla pese a que la reacción estuviese por encima de la cintura. Ella, pese a lo halagador de la situación, temía por la vida del hombre, lo veía caer a cámara lenta fulminado sobre la cinta transportadora, pasar por el escáner y divisar el panel de precios iluminado por un descomunal “ game over”. Intentó relajar al caballero con la melosidad espontánea de su voz. Con educación y buenas palabras se dirigió al señor cuyo pelo empezaba a encanecer por las sienes. - Disculpe caballero, ¿ se encuentra usted bien?.- El hombre sonrió mostrando una dentadura blanca fruto de un trabajo excelente de ortodoncia y se limitó a responder a la gallega. - Perdone señorita ¿ por qué pregunta por mi salud, tengo aspecto enfermizo? Si me he compuesto con esmero para esta cita.- La galantería trasnochada de aquel señor mayor apenas pudo enmendar la parálisis que se había apoderado de todo su cuerpo. Ella, como una Venus cualquiera, extendió su dedo índice hacia el bolsillo de las convulsiones, el que arropa al corazón, como única respuesta y nueva pregunta. El individuo soltó una sonora carcajada, un tanto histriónica, y descontrolada. La diva, ante ese acceso de felicidad, pensó: “ ahora, el tío seguro que palma”. - No te preocupes guapetona, te voy a enseñar una cosa. Mira...- El hombre se desabrochó el bolsillo animado y de allí salió un curioso animalito con aspecto de ardilla y tamaño de ratón. - ¡Ssshhhhhh! No digas nada o descubrirán a Leonor y no podremos volver. – Ella guardó silencio siguiendo las indicaciones del cliente y contraviniendo el reglamento sobre la manipulación de alimentos que prohibía la entrada de animales a cualquier recinto de ese tipo. La consigna del supermercado, algunos días, se transformaba en zoológico improvisado. Los perritos falderos era normal verlos atados a una de las perchas reservadas a los bolsos. La dueña dejaba al perro en el mostrador y la chica le entregaba un número para recogerlo a la salida. Los gatos también formaban parte habitual del proceso y la cosa se complicaba sobremanera cuando coincidían un ejemplar de cada especie al mismo tiempo. Otros animales desfilaron por la consigna en el tiempo que trabajamos en los grandes almacenes; pájaros enjaulados, algún loro con argolla, ratones domésticos, peces, tortugas, animales de los cuales sus dueños eran incapaces de separarse, los llevaban a todas partes y participaban en todas sus actividades. El caso más curioso eran las visitas de una famosa pareja de hermanos humoristas acompañados de su mono Jaimito. El primate superaba en gracia y desparpajo a sus dueños, sus carantoñas, saltos y demás monerías convocaban a casi la totalidad de trabajadores del supermercado en la consigna. Pero nuestro caballero no podía superar el trance de separarse de su ser querido ni un solo minuto, camuflando a su pequeño amigo podía comprar comida sin tener que pasar por el trauma de la separación. A continuación el hombre relató a la dependienta su historia con el roedor. - Es una ardilla coreana, son tremendamente cariñosas y es que desde la muerte de mi esposa me he sentido tan solo... la vida sin Leonor es imposible.- Naturalmente ella quedó prendada del roedor al instante. Cuando algo le producía placer arrugaba la nariz en un gesto que derribaba castillos, destruía defensas y te dejaba con el culo al aire. - Si la hubieses visto, era tan suave. Subió por mi brazo hasta el hombro se detuvo y con sus manitas delanteras se atusó el bigote toda presumida.- Me contó ella horas después con chiribitas en los ojos. Ella nunca pedía nada pero las palabras no pronunciadas son las que más dicen. En ese momento, yo pasaba a vivir para esos silencios. Me desvivía por complacer sus deseos pero no con la idea de retenerla por medio de una vida regalada, hacerla feliz era el único objetivo. Dependía completamente de ella, sólo a través de su alegría encontraba mi propia felicidad, error de juventud supongo. Como es fácil imaginar, salí al mundo en pos del maldito roedor. Desde la Plaza de Cataluña, la tienda de animales más a mano es esa que se extiende desde la plaza hasta morir entregada a los pies de Colón. Ramblas abajo fui preguntando en todos los quioscos dedicados a la venta de la vida cautiva, si miras a esos presos en sus celdas o jaulas de cristal sólo se me ocurre una cosa : born to run. Hasta el séptimo chiringuito donde pregunté, nada sabían de esos animales. El tendero de ese puesto parecía conocerlos bastante bien y me introdujo en el apasionante mundo de Chip y Chop, versión coreana. Según me contó es una raza de temporada con nula tolerancia al frío, bestias exóticas de difícil salida comercial, menos en esa temporada de cuenta atrás de la Navidad. El amable vendedor me indicó una especie de zoológico de animales singulares en un pueblo del Maresme, su especialidad, los animales exóticos, seguramente allí encontraría lo que buscaba aunque me advirtió que la extravagancia es un lujo caro. Llegué a los alrededores de Mataró para encontrar el más curioso conclave de animales variopintos, un auténtico zoo donde todos los presos estaban en venta. << Señora, ¿ el cocodrilo se lo lleva puesto o se lo envuelvo para regalo?.>> Menos mal que las ardillas tenían una pinta menos fiera que la de los anfibios antediluvianos. Un dependiente atendió a mis preguntas y me condujo a un receptáculo donde había un nutrido grupo de esos animalitos orientales trepando por un bosque simulado de corchos y árboles de plástico. Pedí al empleado que eligiese una ardilla por mí, demasiada responsabilidad para la que no estaba preparado. La responsabilidad de seleccionar un ejemplar era algo sencillo, el problema consistía en rechazar al resto. La bestia se vendía con todo un equipo de complementos; jaula enorme, nido de piel de alcornoque hueca, centrifugadora de ratas y un surtido inverosímil de comida para un estómago del tamaño de una uña. Los centímetros escapan a las leyes que relacionan directamente las proporciones con el precio y en muchas ocasiones las invierten. Tuve que desembolsar una fuerte cantidad. El vendedor había elegido una hembra y como suele pasar éstas salían más caras que los machos. Según él, en las ardillas coreanas el carácter de las hembras resulta de mayor docilidad al de los machos. Estuvo en mi casa varios días, hasta la víspera de Navidad. En aquella época, apenas paraba en casa con otra intención distinta a la de dormir y no todas las noches; las mañanas eran para la obligación, las tardes para la devoción. Bueno, jamás vi al emigrante asiático fuera del tronco de aglomerado que hacía las veces de nido, ni de noche ni de día. La presencia de alguna cáscara de pipa de girasol o de una avellana roída inducían a pensar en aquel ser peludo como en un ser todavía vivo. Llegó Nochebuena y ella recibió su regalo. Sigo conservando esa capacidad innata para la sorpresa. Después del turrón y los brindis comenzó el agasajo. Todos deseaban ver al animal pero éste continuaba refugiado en su guarida ajeno a los deseos de la familia. Introduje la mano en la jaula hasta alcanzar el nido prefabricado, lo destapé para mostrar un ovillo de lana con los colores del frente atlético. El animal permanecía acurrucado en posición fetal. Las ardillas coreanas son fieles seguidores del conjunto del Manzanares, visten un uniforme idéntico al del “pupas”. Un traje de franjas blancas y rojas adornan sus cuerpos, recorriendo a los animales desde la cabeza a la cola. Las mismas indicaciones sobre su cuidado que me había dado el vendedor se las transmití a mi compañera insistiendo en la poca disposición del roedor hacia el frío. La jaula inmensa con todos los aditamentos imaginables recordaba a la prisión lujosa de algún dictador sudamericano, se instaló frente a la estufa encendida con carácter permanente. Pero Lupita era desgraciada, nunca se le vio girar en el tambor, ni trepar por las ramas del decorado, ni roer los frutos secos desperdigados por toda la superficie, para verla tuvimos que retirar la parte superior del nido pero ella continuaba inmutable formando una bola de pelo. Estábamos fuera, de fin de semana, y la intuición femenina o alguna de esas hipersensibilidades femeninas o, por qué no, la casualidad le obligó a llamar por teléfono. Su madre, mujer de extraordinaria fortaleza, le comunicó fríamente el fallecimiento de Lupita. El animal le resultaba antipático, harta del comportamiento hermético de la ardilla decidió destapar el nido, la encontró abolillada como siempre pero fría y tiesa como un palo. Lupita yacía cadáver. La madre apagó la estufa, recogió y desinfectó la jaula, la limpió de desperdicios, rellenó las cajas de comida con los restos del comedero y guardó todo junto a la comida de los pájaros. La mano derecha asió el cuerpo sin vida, con paso decidido se dirigió a la cocina con Lupita entre sus manos. El pie presionó el pedal y la tapa se levantó por efecto del resorte. El ¡Clok! seco de la tapa del cubo de basura al cerrarse pone fin al triste y maloliente destino de Lupita, una ardilla coreana en un reino a orillas del Mediterráneo donde las crónicas cuentan que sus parientes recorrían la piel de toro en cualquier sentido saltando de rama en rama, sin tocar tierra.
2月29日 Cosas de hombresCosas de hombres
![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. 2月17日 Leche maternizadaLeche maternizada
La ejecución del plan se llevó a cabo a mediados de los sesenta, del mil novecientos que los siglos pasan de su centena, aunque el proyecto se gestó después de la Segunda guerra mundial. Muchos nazis buscaron refugio en la neutral y ambigua Suiza. Con el zurrón repleto del oro esquilmado a judíos y otras minorías proscritas, fueron bien acogidos y mejor tratados. La sociedad helvética presume de convicciones morales y como siempre es de lo que carece. La dispensa es cara pero ya conocemos las gracias del todopoderoso caballero. Los alemanes, derrotados y huidos, construyeron una cárcel de cinco estrellas entre los altos picos alpinos. Al principio, fueron discretos en sus pretensiones, como la hormiga laboriosa engordaron sus reservas invernales y después de unos años habían conseguido un modesto imperio asentado en diversas actividades industriales. Entre todas las empresas, empezó a destacar en sus dividendos una dedicada a esa deliciosa mezcla de cacao, manteca y azúcar, con sutiles toques de vainilla, llamada chocolate. Bajo esa careta golosa escondieron los objetivos pérfidos de sus intenciones: la dominación del mundo. Con la misma prudencia, ampliaron el negocio de las tentaciones grasas a otros productos de la alimentación más saludables para lavar la imagen de un carácter dulzón en exceso, casi empalagoso. Pero no dejaron la principal fuente de ingresos, esa empresa todavía es hoy el rey del chocolate. A finales de los años sesenta, lanzaron la ofensiva final: la alimentación infantil. Radio, televisión, prensa escrita, acapararon todos los medios con las excelencias de su leche maternizada. Unas nibelungas, estupendas hembras de rasgos puros y generosos, lucían sus rollizos retoños alimentados, según ellas, con los productos de la multinacional suiza; leches, papillas, potitos, etc. Coparon el mercado hasta convertirse en el número uno del sector. Esas mujeres saludables aparecían en las horas de máxima audiencia apoyadas por los supuestos sabios consejos de profesionales de la pediatría, también en el ajo de la conspiración. Así surgió la primera generación de huérfanos de teta. Surgimos de un polvo y crecimos con otro, fuimos nutridos con la falacia de la leche maternizada y precisamente ésa era la pieza clave para alcanzar sus fines. El resultado es claro; una generación aborregada, fácilmente manipulable, carente de convicciones y exenta de objetivos. En esos preparados lácteos se escondían la semilla de la sumisión. Los discípulos de Mengele crearon una fórmula casi infalible, sólo el alcohol anulaba los efectos maravillosos de su creación y no es normal que la infancia tenga acceso a los jugos mágicos de Baco cuando ni tan siquiera se ha aprendido a andar. De esa carencia de ubre debe nacer mi fascinación por esos apéndices femeninos.
2月10日 La fábrica de hieloLa fábrica de hielo
Abajo, cuando el pliegue de la montaña y el valle unían sus mantos como amantes ocasionales, el suelo se alfombraba con losas planas de pizarra gris. El ascenso dejaba descarnada la piedra que iba fracturándose en un universo de chinitas sueltas y filos cortantes. Con la lluvia y el sudor del deshielo, las navajas de la pizarra redondeaban su fiereza con panzas de persona mayor. Las puntas romas, ennegrecidas por el agua precipitada en regatos hacia el río que fracturaba el valle en dos, convertía el sendero en una pista resbaladiza y difícil. Juan, Pedro y este humilde labrador de palabras éramos unos avezados artistas del resbalón, la contorsión y el arte del caer que nunca acaba de perfeccionarse por mucho golpearse contra los abismos del camino. Aunque los verdaderos héroes de esta historia se llamaron Rufo, Rocín y Mulo, nuestros burros y compañeros. Como suele ocurrir en asuntos de negocios, la idea fue una herencia del tiempo. En el pueblo siempre existió el oficio de helador, nosotros continuamos una tradición local y, a falta de documentos de consulta, hemos de suponer que algún señorito de Barcelona traspasó la idea al papel moneda. Llevar el frío y su herencia conservadora desde la montaña hasta la capital mediterránea. Nunca el pueblo albergó mente capaz de tan prodigioso ingenio, aunque a base de resbalones y esquilmaciones de patrimonios breves, fuimos nosotros, rudos, toscos pero pertinaces como nuestros mulos quienes hicimos prosperar el negocio. Como buenos convecinos del frío, aprendimos de él a guardar sus bienes. Así supimos que la paja aguantaba el hielo como protegía nuestras casas de sus durezas. Aquel señorito avispado, supo por mis antepasados de ello y diseñó un modo de traslado. Cabe suponer en el lector, al menos por su condición de tal, que imagine las menguas que el camino inflingía en tan perecedero producto. Las pérdidas sólo eran apreciadas en su justa medida o peso por nuestros castigados percherones que aliviaban el tiro de la carreta a cada milla recorrida. El camino salía del pueblo cuesta abajo, siempre buscando la compañía del río entre los arañazos practicados por vaya usted a saber quién en las paredes de aquellas fabulosas gargantas. De este modo, con la pendiente a favor, los percherones transportaban la mayor carga camino a favor. A los animales, ni a unos ni a otros, el ruido creciente del río a principios de la primavera les dejaba indiferentes. Unos tenían un comportamiento cada vez más ariscos, sobretodo los burros destinados a ascender a las cumbres, al son del aumento de caudal, había que ir engañando y distrayendo para no terminar coceado o mordido. Cuanto mayor era el rugir del agua, más intratables se volvían las fieras pues en ellas se albergaba una proporcionalidad directa entre el ruido del estruendo y el trepar más empinado. Era con los calores estivales el momento de mayor peligro. La nieve se acumulaba en perdidos vericuetos de las cumbres de difícil acceso. No era extraño que la temporada terminara con algún burro dando de comer a lobos y buitres al quedar el animal reducido a puntos imaginados en el fondo del precipicio. Nosotros, los otros animales, tampoco éramos indiferentes a ese rumor constante del agua. También a Juan y a Pedro aquel volverse largos los días como a mí les producía el cosquilleo típico de la aventura. Imagínese el lector a unos mocosos aldeanos de candil y alpargata la impresión de atravesar el territorio hasta dar con una tierra de botín, alumbrado público y retretes de loza. Era aquel ir y venir a la capital parte de nuestra iniciación a la vida o como nos sermoneaba Don Jacinto, el párroco del pueblo, la antesala del infierno que nos esperaba. Siempre imaginaba a aquel Pedro Botero, que tanta afición nos cogió según el cura, afilando su tridente mientras nosotros, los tres juntos por aquel perdido camino, sentíamos los primeros calores de su caldera. Nunca en el primer viaje de apertura de temporada, siempre solíamos aprovechar los últimos, cuando habíamos apañado lo suficiente después de rendir cuentas a los mayores, sabedores también ellos que antes recorrieron los mismos caminos, para rendir visita a la señora Engracia. A horas convenidas, eso sí, pues su clientela era fija aunque no muy distinguida, pasábamos algunos ratos entretenidos con alguna de sus chicas. Debo añadir con la experiencia del tiempo que aquellas que en un tiempo fueron nuestras damas de cabecera no pasaban de ser simples profesionales del desaliento y que hoy no daría ni un real ni por su compañía ni por sus placeres. Teníamos una lista fija de clientes a los cuales proporcionábamos el hielo. Eran de toda la vida. Generación a generación, pasaba la tradición de servidor y servido. En ocasiones, los padres pasaban a abuelos y los hijos a padres entre los señores, parece que era costumbre entre ellos vivir tantos años. El nuestro era un negocio de quintos que sólo la soltería aconsejaba mantener, más por ellas que por ellos, por nosotros perdón, que ya dicen las escrituras aquello de “quién esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Era el nuestro un negocio nocturno, no de aquellos asociados a la mala vida, de los otros, los unidos al desorden horario. Las cuevas y oquedades nos cobijaban por el día, evitando de este modo oscuro faltas de capital. Las primeras horas, hasta el mediodía el sueño y el cansar del camino mecían el sueño. El problema eran las eternas tardes estivales. Ya padres y abuelos dejaron señalada una senda de rincones sombríos junto a ríos o regatos. Matábamos así el tedio caluroso de tardes eternas, entre chapuzones y guerras de ahogados, también así nuestros percherones saciaban sed y panza. La vuelta, todavía medio borrachos por confundir día y noche, nos permitía aproximarnos a fondas de buen puchero. Era natural comer caliente una de tantas jornadas y las otras, el resto, tirar de embutidos casados entre hogazas. La fonda Europa era entre todas la preferida. Allí merendábamos los agraciados de la paja. Ubicada esta casa en población grande y alertados por los mayores de la pillería de aquellas tierras, sin posibles para dispendios de cuadras o postas, uno guardaba las caballerías, carro y fruslerías que aquel viajar cargaba de encargos del pueblo, mientras los otros dos gozaban de cuantos miedos y goces daba aquello de la gula. Siempre obrando con paso de compañeros, nos hateaba la dueña del mesón vituallas para aquél de nosotros que sacara entre las tres pajitas la más corta. Tenía esta mujer un conocer a primera vista pareceres de sangre. Nos decía quién era padre de cuál, incluso más allá del libro de familia. Siendo el pueblo lugar difícil para esconder secretos y traiciones, aquel señalar de la mesera trajo más de un problema. Creo yo, ahora desde la perspectiva del tiempo, que algún padre guardó con aquella señora otros asuntos además del gastronómico. Si la ida llevaba el frío de la conserva y el refrigerio a los señoritos, la vuelta traía a la montaña artículos jamás soñados entre berzas, estiércol y alpargatas. Las señoras hacían raros encargos que alguna de las criadas de las casas bien ayudaban a encontrar, suerte que aprendí rápido el arte del leer y escribir porque aquellas sirvientas, algunas que siempre hay quién rompe la norma, ni a contar con traza alcanzaban. De haber pronunciado en alto alguno de aquellos encargos íntimos, alguno de nosotros hubiese regresado en forma de estatua salina. Los señores, más recatados ellos o más dados a que fueran ellas las pecaminosas, encargaban útiles de difícil conseguir, mezclas de tabaco para pipa, libros de cuentas y alguna publicación de esas de adivinar el mundo. El párroco nos requería hostias sin consagrar, rosarios y catecismos de cuarta mano de las tiendas de viejo. También a él, pese a la amenaza del fuego eterno, cargábamos alguna plusvalía más por fastidiar que por el medrar del negociante. Poco o nada, por aquel entonces imaginar era cosa de holgazanes, presentía aquel otro abismo que la vuelta aguardaba. El regreso nos traía una mezcla contradictoria de sensaciones. Por un lado, el calor del hogar y el cariño familiar, las risas conocidas y las riñas tradicionales, por el otro, el poso amargo de aquel mundo de espejismos dejado atrás. Las últimas cuestas eran mudas, en silencio sacramental afrontábamos el empinado trecho que precedía a la curva de la peña rota donde asomaban las primeras casas del pueblo con el campanario de la iglesia de otero, Dios siempre vigía. La punta de la veleta en forma de tridente mágico indicaba el fin de nuestras aventuras, licencias y libertades, aunque existe en todo lugar sitio para el desvío. Los mulos expresaban con relinchos y rebuznos una alegría no compartida. Las bestias sabían cercano el descanso pues las expediciones salían semana sí, semana no. Era nuestro cura el último en recibir la mercancía encargada pues era el suyo un negociar convicto: “no se puede engañar al Señor, ladronzuelos”. De aquella casa, salíamos con remordimientos después de la transacción. Siendo fiel a los hechos añadiré que éstos eran de corta durada, justo hasta traspasar la puerta de la taberna de Alfredo y regar nuestros buches con aquel tinto recio y espeso fruto de unas viñas con arrojos. Aquel día el ritual fue diferente como lo serían mis siguientes días y meses. Mandome Don Jacinto esperar en la iglesia mientras él salía a cosas de curas. Dejadas algunos años atrás las obligaciones de monaguillo y sin dar muestras nunca de una devoción en ciernes ni tampoco marchita, obedecí con fastidio aquella ocurrencia. Contaba los tragos de ventaja que llevarían mis compañeros en la taberna pues era costumbre regar cada maravilla contada a un público entregado con un convite de Alfredo. Decir he, que las hazañas relatabas se volvían descabelladas con el vaivén de las jarras. Licencia había en aquella casa para el pecado aunque fura éste de pura inocencia.
Volvió el cura acompañado de Don Tomás, el maestro, y aquel dúo de pocas afinidades empezó a inquietarme. Padre había muerto durante nuestro viaje. Desde la muerte de madre nuestra relación apenas superaba el monosílabo, más por mi parte pues toca al hijo la parte del acatamiento y éste es parco en palabras. Entre los dos relataron un final sin estridencias, tan modesto y callado como fueron sus últimos años. Madre era quien mantenía a aquel hombre en el redil de lo social, sin excesos eso sí. También ella nos unía y comunicaba a los dos. Tal vez por ese recuerdo con intermediarios, acepté casi sin sorpresa el destino que padre y aquellos dos hombres trazaran para mí. En aquellos años, Dios mandaba mucho y todo era voluntad suya. Quiso apartar de mí a madre todavía andando yo en pantalón corto y morado de sabañones, y también llevarse a padre cuando a un chico comienza a sombrearle la nariz y necesita espejo para guiar. Quiso también, pensaba yo por mala conciencia por su parte, compensar tanto arrebatar con aquello que Don Jacinto llamaría don y el maestro aptitudes inteligentes. Vime ante la puerta cerrada en las bruces y la ventana entreabierta. Para los prohombres del pueblo era ese momento el que Dios reservaba al libre albedrío, pues era yo, apenas un niño crecido, quien debía tomar la opción de culebrear y colarme por la rendija de la ventana o asumir la mendicidad y caridad cristiana como sustento. De aquella conversación descubrí que madre seguía presente comenzando a entender aquel dicho de rudos campesinos de que las mujeres mandaban mucho. Con la venia de Don Jacinto, al conocer la influencia de madre en aquel trajín en fraguas en contra o junto a designios divinos sonó a cariño materno en mis oídos. Fue ella quien en el lecho de muerte hizo jurar a padre bajo no sé qué amenaza de fuego eterno que me haría hombre entre libros, lejos del arado, el estiércol y los duros fríos del invierno de la montaña. Don Tomás puso en la cabeza de mi difunta madre, en vida de ésta por supuesto, unas cualidades referentes a mí que en aquel momento caía en la cuenta de poseer. El cura era, pese a su oficio, más tendente a lo práctico y contable. La donación testamentaria del huerto del abuelo separado por muros del cementerio, permitía a la humilde parroquia ampliar su valor patrimonial, la muerte fue siempre negocio seguro. Cierta cantidad resultante de la venta de la casa, enseres incluidos, las tierras subastadas con los animales y la magnanimidad de la institución cristiana a la cual representaba, hacían posible aquel milagro que para Don Jacinto revelaba el Altísimo llevándose a un zote aldeano, picarón y ladronzuelo, a nada más y nada menos que a la senda seminarista. Debía doler al religioso aquel igualar por debajo de la divinidad. Las primeras tormentas del verano, avanzado agosto, marcaban el fin de la temporada en el negocio del hielo. Las pocas heladeras supervivientes al rigor estival, expiraban con la lluvia recalentada de la agónica estación. Con apenas dos mudas y algo de queso de las cabras montañesas en el zurrón, cogía la diligencia camino de la capital comarcal y su adusto seminario. El vértigo de aquel abismo heredado cruzó la vista con el grupo de heladores que regresaban a casa por el mismo camino en sentido opuesto poniendo fin a la temporada. Les esperaban a ellos los trabajos junto a sus padres y hermanos del invierno y aquel ver pasar los días sin prisas de quien conoce qué hará mañana. Era mi camino más oscuro y lleno de interrogantes pero eso ya es otra historia y bastante tienen vuesas mercedes con terminar ésta. Un último pensamiento previo a dejar las montañas, ya que en ese momento pasaba por ciertos designios el emplear la mente en esos menesteres, trajo unas palabras de Padre el último día que había de verlo en vida. Ahora, en este inventariar sin propósito alguno, empiezo a encontrar sentido, aunque aún en aquel instante de tanta muda sonaba a misterio insondable: “Hijo, de todas las muertes posibles, la de madre, la de los abuelos, la más dolorosa de largo es ésta. Es muerte lenta la soledad.
2月3日 A destiempo
A destiempo
- ¿Me puedes decir qué ves en este dibujo?- - Un sombrero.-
En Méjico existe una flor efímera llamada Trigridia o flor de tigre. De forma popular y muy enraizado con su acerbo y con esos personajes refraneros de filosofías prestadas, es conocida como flor de un día. Florece con la puesta de sol, al amparo de las sombras. Despierta herida de muerte al día siguiente. Sus vivos colores rojos perduran el tiempo de vivir un sueño, tiene una vida plena por tanto. La convicción de un niño de siete años tiene un recorrido parecido, tan firme como efímera en su estar. El niño que entonces era, veía en aquel señor serio de bata blanca la sabiduría sumada de la enciclopedia del salón de la casa de mis padres. Aún conservan aquellos tomos de lomos de piel perfumada con arabescos de oro. Años más tarde, desentrañada la burda manipulación, desarrollaría el mismo odio hacia él que siempre guardé hacia aquellos libros del mueble de mi infancia. Preguntar el significado de cualquier palabra era salir directo hacia los estantes y cargar con el mordisco del saber mundial comprendido entre "cla" y "eho", por mandato paterno. Cuando aquel tipo empezó a mover la cabeza de lado a lado con cara de decepción, creí que sería enviado a casa a por uno de los tomos. Por mucho que girara el dibujo en mi cabeza seguía viendo un sombrero gris. Tampoco es cierto del todo, en aquella cartulina olvidó el abuelo Pepe media cabeza. Hombre acostumbrado al mando conservó hasta la tumba la chaqueta gris, su chaleco negro abrazando el blanco de la camisa, un reloj de bolsillo con cadena de plata que guardaba en el compartimento secreto del chaleco y aquel tocado gris de fieltro con una cinta de seda negra sobre el ala. Nunca quiso abandonar el uniforme de la jerarquía impuesta por sus amos los marqueses. El hombre insistía y el niño porfiaba, " es un sombrero". La negativa del hombre guardaba la sospecha de que, a veces, es mejor no saber. El conocimiento no siempre satisface al sediento. Ni más libres, ni más interesantes, ni siquiera listos, sólo una puerta abierta a un nuevo desierto. Más sed. Sentado frente a su reluciente bata, balanceaba con nerviosismo los pies que colgaban de la silla sin tocar el suelo y repasaba la sala de espera de aquel extraño edificio. Ahora encajaban las caras de asombro de los niños que esperaban al otro lado de la puerta turno junto a sus padres. Los ojos redondísimos como platos, los labios muy gruesos entreabiertos, hilillos de saliva colgaban de algunos de ellos y una voz gutural fuerte, sin duda producto del susto. A mis siete años algo sabía de esa raza. Hasta tenían un enorme país estepario que recorrían sobre caballos peludos, eran los mejores jinetes del mundo. Aunque no llegaba a entender por qué en su gentilicio había insulto. A Pedro se le resistía la tabla del tres, pasó directamente a la del cinco que tiene truco. Cuando se enredaba en los treses tristes, el resto de la clase coreábamos aquello de "mongui, mongui, mongui...", hasta que Juana, la profe, nos mandaba callar. Vamos que ser de aquel lugar lejano era poco menos que ser tonto de remate. Pero yo veía un sombrero y aquel hombre sabio decía que no lo era y me habían puesto en la sala junto a ellos. ¿ Sería yo también un excelente jinete y me cantarían a mí el "mongui, mongui" de Pedro? Los pies del altímetro de la cabina marcaban su aparición. Con larga capa y con aquel ensortijado pelo rubio aparecía en el límite de la conciencia. Antoine de Saint-Exupéry, desde la posición elevada del avión, esperaba ese momento. Sabía que él aparecería con sus aires principescos. Era un acuerdo entre ambos, la simbiosis del parásito. La forma lógica del personaje cobraba vida sólo a través de Antoine, y el piloto necesitaba de la magia del niño para escribir su mejor obra. La fuerza magnética de la tierra absorbía la creación. Del mismo modo en que sentía el peso del cuerpo, la imaginación, allí abajo, permanecía agazapada dentro de él. Arriba, justo cuando la escasez del oxígeno hacia explotar su cabeza, el pensamiento escapaba de la cárcel cerebral. El principito llegó a susurrarle tantas historias que lo creyó real y un día decidió entrar en ese otro mundo que le brindaba. La tripulación de un vuelo de reconocimiento enemigo, tras ser capturada después de ser derribado el avión en que viajaban, comentó haber visto en extraño espejismo un niño raro acompañado de un piloto aliado andando por encima de las nubes. El impacto contra el suelo provocó aquel delirio, dirían los médicos que los reconocieron cumpliendo con la convención de Ginebra. Jamás imaginó Antoine ni su personaje que alguna de sus historias fuera a utilizarse como instrumento de tortura infantil. ¿ De verdad no ves la boa constrictor que se ha comido al elefante? Me dijo el hombre de la bata blanca mientras el niño que entonces era, perplejo, añadía, un sombreo, es un sombrero. Ahora, no recuerdo por qué surgió aquel recuerdo infantil en la conversación con mi madre. Ella comenzó a llorar. No guardaban mis palabras reproche alguno y me sorprendí ante su reacción. Mi única intención era saber el dictamen médico tras aquella zafia valoración psicológica. Creía ella que no recordaba nada de todo aquello, que la visita a la extraña clínica y la sala de espera llena de niños subnormales, término de la época, habían desaparecido en el limbo de la infancia. Dio sin pedirlas y sin querer escucharlas unas explicaciones con sabor a disculpa entre lágrimas. Hablaba mal con siete años, mal y poco, cuatro palabras prácticas para la supervivencia y, además, mojaba la cama todas las noches. La idea fue de mi padre y ella acató debido al complejo que le causaba su propia incultura cuando él le recordaba su destino entre fogones. El hombrecillo de la bata les recomendó paciencia. A su hijo no le pasaba nada y, por supuesto, no era deficiente. Habló de los ritmos de desarrollo, de parámetros comunes en la mayoría de niños y de un pequeño grupo que, sin causa que la ciencia pudiera explicar, hacían las cosas a destiempo.
1月27日 No tan locosNO TAN LOCOS
El camillero que empujaba la silla de ruedas adherida por persistencia a mis posaderas era un muchacho joven, de mi edad. Por la jovialidad evidente con que desempeñaba su trabajo, éste debía resultarle grato. Izó el artilugio rodador en el que me hallaba acomodado al vehículo ambulancia utilizando la plataforma hidráulica dispuesta en la parte trasera de la furgoneta. Por medio de unos ganchos dispuestos en el suelo del vehículo, ancló la silla asegurándose de que ésta quedaba adecuadamente inmovilizada. Pregunté si todas estas maniobras eran necesarias para un trayecto de apenas un par de minutos entre el edificio de medicina general y el de traumatología, también cuestioné lo inapropiado del sistema de traslados entre las distintas dependencias del centro. - Mira tío cuando lleguemos permanece callado, no voy a permitir a ningún tarado que me joda este curro de puta madre. Tengo colegas en craneoencefálicos y, creemé, pueden hacer de tu estancia con todos esos pirados un verdadero infierno.- Mi tía me había acompañado durante la mañana, los parientes del enfermo no estaban autorizados a realizar el desplazamiento con la ambulancia. Nada más bajar en el embarcadero de ese edificio anexo me recibió con el entusiasmo propio del regreso de los astronautas tras una misión espacial. La efusividad del recibimiento fue el primer augurio del desastre. Pese al carácter pusilánime de la hermana de mi padre, era imposible llorar por un viaje de dos minutos. Pensé que se había asustado por el tiempo empleado en recorrer el centenar de metros teniendo en cuenta mi propensión a los accidentes. Pero sus lágrimas estaban provocadas por lo visto en la unidad a la que me dirigía junto a ella empujado por el simpático conductor. Estaba a punto de someterme a la misma tortura y el camillero, sabedor de lo que allí me esperaba, disfrutaba ampliamente llevándome a ese reducto, confín fortificado de la desgracia humana. Dentro del enorme edificio de diez plantas destinado a traumatogía, era la última planta la elegida para las cabezas, de esta forma se dificultaba tanto la entrada como, sobretodo, la salida. El ascensor ascendía parsimonioso desde el sótano donde se encontraba el acceso de las ambulancias hasta la décima planta. A mi tía los nervios le desataban la lengua. - Sobrino, piensa que vas a estar poco tiempo en este sitio y los médicos dicen que es el mejor lugar para tu recuperación.- El mosqueo también crecía en mi interior junto a la socarronería de uno y la inquietud de la otra. La puerta se abrió al iluminarse el número diez en el panel interior y sonó la inefable campanilla como rúbrica. Una enfermera salió del mostrador para recibirme y, pese a su poca gracia, me gustó la bienvenida besucona con la que se hizo cargo de mi destino. Todavía pude ver una gran sonrisa antes de cerrarse la puerta y dejar encerrado al conductor de la ambulancia. El ¡Ding! fue en esta ocasión de despedida. Pensé para mí: hasta nunca capullo. La enfermera cariñosa empujó la silla hasta el despacho de la jefe médico de la unidad y mi tía nos seguía compungida unos metros atrás. Antes de que la enfermera tuviese tiempo de llamar a la puerta, ésta se abrió dejando al descubierto una bata blanca con el pelo cortado a lo “garzón”. La bata también se humilló para asestarme sendos besos, a mí el lugar me parecía ciertamente agradable, quizás por eso estaba un poco más cerca del cielo en una planta décima, protector como nunca lo había sido. Aquella tela blanca resultó ser la doctora Amivilia, médico jefe de la unidad de traumatismos craneoencefálicos, esa mujer se convertiría en mi verdadero ángel de la guardia. Percibí en sus ademanes la misma intención protectora que en las mujeres de mi familia, era ella quien después de tallarme estilo mili y examinarme asistida por la auxiliar que empujaba la silla de ruedas. La comitiva avanzaba por el pasillo. Siempre son iguales esos pasadizos en todos los hospitales, y fue en ese recorrido donde empezó la derrota del ánimo. También fue en esos pasillos donde creí internarme en la antesala de los fogones de Pedro Botero. Unos seres espumantes se balanceaban en sus sillas con una cadencia constante, los individuos libres del baile de San Vito emitían unos ruidos de origen gutural mientras mostraban una deteriorada dentadura y mecían las manos con las muñecas dobladas hacia abajo a modo de saludo. La médico me llevó hasta una habitación amplia con seis enormes jaulas de hierro en su interior, me acercó a uno de esos tinglados férreos y me lo presentó como mi cama. En efecto, sobre un colchón de liliputienses se alzaban una serie de tubos metálicos y dos cancelas del mismo material flanqueaban ambos costados del somier. Las tres mujeres colaboraron para incorporarme y depositarme sobre esa cama singular. Mi cuerpo, impulsado por un resorte oculto, adoptó la forma del ovillo fetal. Desde ese momento sólo recuerdo los gritos de la doctora Amilivia a su auxiliar. - Rápido, llama a la doctora Hidalgo y que suba pitando.- No tardaría en conocer a esa doctora, era el psicólogo del hospital encargada de asistir a los enfermos. Me suministró un calmante y tras recuperar la posición normal de un yaciente me soltó una serie de frases tópicas deleznables sobre la fortuna que, según ella, había tenido por lo aparatoso del accidente. Terminaría por convivir con esa suerte maldita el resto de mi estancia en el hospital pero sólo después de varios meses aceptaría de buen grado ese golpe de fortuna, más bien se trató de un encontronazo. Cansado, narcotizado y con la sensación espantosa de estar sufriendo una humillación gratuita, comencé a despertar de lo uno y de lo otro quedando lo último como única prueba de lo sufrido. La habitación se había llenado con los ocupantes de las jaulas colindantes y las visitas de sus familiares y amigos. Con el recato oportuno de la prudencia, le decía a mi tía en un tono de voz que no llenase el resto de la estancia que llamara a mi padre y me sacara de allí. Creía, todavía tengo dudas al respecto, que aquello era otra de sus maniobras de confirmación de la posición, mucho más elevada, desde la que contemplaba a sus hijos. Las camas estaban ocupadas por seis historias desafortunadas; la primera de ellas, tomando como referencia la puerta de entrada, era un morito de las pateras. Un grupo de no se sabe cuántos se jugaron la vida cruzando el estrecho en una precaria barquita de remos y ganaron la costa y la vida. Una vez en tierra, se metieron de polizones en la caja vacía de un camión de transporte internacional con la esperanza del Norte próspero en sus brújulas. El camionero atraído por su influjo magnético enfiló su nave en esa dirección ignorando la carga de ganado humano que transportaba. La hora se le echaba encima, el reloj volaba y sus agujas rompían con estrépito la barrera del sonido. El ruido incesante de ese avanzar enfermizo apenas lograba sujetar sus párpados, éstos amenazaban con cegar el buen hacer del conductor. De aquella carnicería sólo sobrevivieron el conductor y una parte de la primera cama de la habitación del hospital. El muchacho no respondía ni al castellano, ni al francés con que las solícitas enfermeras trataban de comunicarse inútilmente, incluso probaron con el cónsul marroquí pero fue en vano. Del desafortunado polizón únicamente sacaba una estúpida sonrisa babosa por respuesta. Como carecía de cualquier tipo de documentación que revelara algún dato sobre su persona las enfermeras le pusieron un ridículo nombre canino, Skiby. Usaron suero fisiológico a modo de agua bautismal. Siguiendo el orden impuesto por la puerta y frente al morito encontrábamos a la cama llamada Xavi. Éramos quintos y ambos teníamos ojos verdes aunque los suyos eran casi su único medio para la comunicación y los míos han sido condenados a la inexpresividad. El chico era de un pueblo de interior en la provincia de Girona y le gustaba la playa. Un día de verano salió dirección a la costa para aplacar la furia solar con un baño salado. Llegó a la playa e inmediatamente se despojó de la ropa arrojándola a la arena ávido del ganado refresco marino. Apenas se había alejado unos metros de la orilla cuando un extraño ataque le dejó paralizado. Los amigos que le acompañaban en ese día de playa pensaron: “ ya está Xavier haciendo el payaso, no se cansa nunca.” Cuando llegaron junto a su cuerpo la falta de oxígeno había dañado fatalmente el cerebro de la segunda cama. Entre la cama Xavi y la mía, esta vez en dirección a la ventana, se hallaba la jaula señor Antonio, un hombre mayor aunque no anciano. Su historia era la de un derrame cerebral caprichoso, sus consecuencias una demencia senil madrugadora. El hombre se escapaba al menos un par de veces a la semana porque, según él, llegaba tarde al trabajo de donde se había jubilado cinco años atrás. Su otra obsesión era irse al piso de arriba, lo más curioso es que no había piso de arriba, estábamos en el décimo piso de un edificio de diez plantas. El señor Antonio decía escuchar la música de baile sobre nuestras cabezas y oía el roce de los zapatos marcándose un chotis chulapón. Frente al abuelo bailón estaba la cama José. Como casi todos los encofradores de la construcción era gallego y más serio que el demonio. Se relacionaba poco con el resto de las camas, sólo se mostraba accesible por la tarde cuando al despertar de la siesta obligatoria llegaba la hora de las visitas. Casi siempre venía su mujer acompañada de una vecina, el trío es mala combinación para los naipes y José buscaba entre los que se enteraban de algo el cuarto jugador. Sólo participé en una de esas partidas y a través de ella me percaté del mal perder del gallego. Desde aquel día no volvió a dirigirme la palabra. El encofrador gallego subió por el andamio sin la precaución molesta del arnés de seguridad, cayó de espaldas desde una altura de seis metros golpeándose la cabeza contra el suelo. José supo que nunca volvería a trepar por una de esas estructuras metálicas donde se ganaba la vida con medio cuerpo inútil. Pero no se sentía desgraciado por ello, ahora con una buena paga podía regresar a su Pontevedra natal y ahogar en sus rías tanta morriña acumulada. Junto a esa cama gallega estaba la mía. De la sexta jaula inquisitorial voy a decir que era simplemente el señor Emilio, con esto digo mucho del mismo modo que digo muy poco. Él era el más lúcido de los seis despojos repartidos en jaulas-camas en la habitación ciento tres del hospital. Pregunté muchas veces a la doctora Hidalgo, psicólogo del centro, si toda esa gente era consciente de su transformación, de lo que habían sido y en lo que se habían convertido. Para mí esa era la auténtica tragedia, ella no sólo desconocía la respuesta sino que parecía no darle mucha importancia. Ese caballero de recio pelo blanco al que nunca apearé el tratamiento, señor Emilio y de usted, por mucho que se enfurezca y por todos las blasfemias que el cabreo expulse por su boca, era dolorosamente consciente del cambio sufrido. Como gran luchador se revelaba combatiendo furiosamente contra su poca suerte. El usted apenas reflejaba el respeto y la admiración que ese espíritu combativo me causaba y continua causándome. Al nacer, su llanto quedó ahogado por el estruendo de la guerra. Los servicios burocráticos de la Nueva España impulsados por su fiebre reguladora tuvieron a bien registrarlo, unos años después de su nacimiento, como ciudadano de Una, Grande y Libre. El señor Emilio nunca celebró su cumpleaños, el determinar una fecha concreta para la conmemoración del aniversario constituía una seria amenaza de desencadenar otra guerra civil, al menos en su casa. Por un lado estaban los partidarios de su padre defensor de tal día y, en el bando contrario, la madre con sus aliados abogaban por una mancha diferente del calendario. A él no le preocupaba el transcurrir de los años sin esa celebración aleatoria, en aquella época la diferencia podía consistir en recibir una naranja o no, le desagradaba el sabor ácido del cítrico por lo que prefería seguir sin sumar números. En su carné de identificación, desde luego, figuraba una fecha impresa, por supuesto era un requisito imprescindible para la implacable burocracia de la época. El funcionario, miembro destacado del partido, harto de las discusiones familiares optó por la tercera vía. En la casilla correspondiente a la fecha del alumbramiento, decidió poner el día catorce de Junio por ser ese día el escogido por la iglesia para santificar a Félix de Córdoba, mártir y obispo, el escribiente sentía una fervorosa devoción hacia esa figura del santoral católico, apostólico y romano. Al señor Emilio le pareció bien aunque, debido a su corta edad, no se le consultó. Siendo como era cordobés, le parecía una elección de lo más acertada. Toda esta historia barrunto que era una estratagema para desviar la pregunta impertinente sobre su edad. Había nacido en una aldea próxima a Palma del Río, cuna de grandes toreros, cuando comenzaba a ennegrecerse la piel próxima del labio superior la familia se vio obligada a emigrar como tantas otras en aquellos tiempos de penuria. Fueron a Brasil como pudieron acabar en Argentina, Chile o Venezuela, no fue una elección predeterminada. Al llegar al puerto andaluz desde donde partían los barcos hacia las Américas la primera nave en zarpar tenía ese destino y no otro. Él se hizo hombre en ese país, se casó con su negra, se refería siempre así cuando hablaba de su difunta esposa, y formó una familia en lengua portuguesa. - ¡Ay! Amigo ¡qué gran país!.- Llegado a este punto mostraba una gran sonrisa pícara más explícita que las largas horas de relatos con que amenizaba el tedio hospitalario. El caso es que acabó instalado en Sao Paulo, una de las ciudades principales del continente sudamericano. Trabajó duro, como él decía, para sacar adelante a los suyos aunque nunca dejó claro cual era el oficio al que se dedicaba. Presumía del beneficio obtenido, supongo que era una forma de aderezar la coquetería con un halo de misterio. Mi inocencia me llevaba a nunca poner en duda ninguna de sus historias. Aún tengo serias dudas sobre si me contaba esas aventuras como muestra de una sincera amistad o, por el contrario, me eligió por ser el único de esa habitación con la cabeza adecuadamente despejada como para enterarme de algo. Ahora, con la perspectiva del tiempo transcurrido he llegado a la conclusión, espero que errónea, de que el motivo primordial para esa elección estaba relacionado por mi cara de pardillo. En ocasiones especiales recurríamos al personal sanitario para constatar alguno de los cuentos de Don Emilio. Nadie dudaba, fuera por sus canas o por su simpatía contagiosa era un personaje respetado por todos. Los ingresados en esa unidad disfrutábamos del privilegio increíble de confeccionar un pasado inventado por nuestros delirios. Con el escudo infalible de una mente perturbada, nadie osaba a llevarnos la contraria. Entre nosotros convivían varios miembros de la realeza, futbolistas de renombre y un auténtico gigoló beneficiario de algunas de las mejores potras nacionales. Desde luego, contábamos con la presencia imperturbable del emperador francés. La mayoría estaba más “payá” que “pacá”, pero al menos el cordobés tenía la gracia del ingenio. Don Emilio en ese país de mulatas sabrosonas sólo echaba en falta una cosa de su España: los toros. Ahora que tenía sus años, no decía cuantos, y disponía de recursos económicos, tampoco ofrecía detalles sobre ese tema, decidió tomarse unas vacaciones y regresar a su tierra. Eligió la Semana Santa andaluza pues recordaba con emoción el respeto, la admiración, y sobre todo, la pasión, con que esa tierra rendía homenaje al sacrificio que Nuestro Señor Todopoderoso sufrió para salvarnos a todos de las garras del mal. Brasil era un país básicamente católico pero aquellos negros, siempre según Don Emilio, sólo entendían de mover el culo, bien en vertical, bien en horizontal, después del carnaval en que tanto lo meneaban en un sentido y en otro, era necesario un periodo de descanso. El año elegido por el emigrante cordobés para su regreso, la Pasión de Cristo coincidía con el principio del mes de Abril, podía extender su estancia y disfrutar de la feria sevillana y, por encima de todo, visitar la Maestranza de sus amores en pleno apogeo. Dejó a sus numerosos hijos a cargo de los negocios familiares, inútil indagar sobre este tema, y partió hacia la tierra extraña en que su país de origen se había transformado tras tantos años de ausencia. - Mi país, chico,- me llamaba así – es Brasil. De España sólo conservo el pasaporte y mi amor por los toros.- Su otro amor, su negra, había fallecido dos años atrás y ése era otro motivo para realizar el viaje aplazado sine die durante tanto tiempo. Asistió a las procesiones sevillanas en una ciudad tan abarrotada como su Sao Paulo, escuchó las saetas con lágrimas en los ojos y compró el abono para la feria taurina, una contrabarrera de postín, aseguraba el bueno de Don Emilio. También regateó con un reventa el precio de una entrada para la corrida del Domingo de Resurrección. - Eso es un lujo en Sevilla, chico, y mucho más si torea Curro Romero.- Emocionado acudió a la Maestranza ese Domingo tres veces santo, dos por Dios y la tercera por Curro. Era tal su excitación tras tantos años alejado del albero y teniendo en cuenta que toreaba quien toreaba, que poco después de completado el paseíllo por parte de los diestros de aquella tarde, Don Emilio no soportó tanta alegría y sufrió un ataque de apoplejía que había de dar con sus huesos en esa habitación del hospital de Barcelona donde lo conocí. - Sabes una cosa chico, el ataque me ha dejado medio cuerpo de corcho y jamás podré hacer mover el culo a ninguna negra. Pero lo que nunca le perdonaré a Él – aquí señalaba con su dedo índice hacia arriba – es que no pudiese esperar a dejarme ver torear a Curro Romero en la Maestranza un Domingo de Resurrección.- 1月20日 El viento
Los aires de la meseta eran tímidos aunque de muchos contrastes. La ira de aquel viento fue una sorpresa. Había escuchado aquello de que en las zonas ventosas el índice de suicidios era superior a la media. Como si aquella agitación del ambiente tuviera actitudes empáticas sobre el organismo, zarandeara entrañas y hurgase en memorias renqueantes. Recordaba, aún podía, y sentía retornar contra él, en su rostro, el impacto del propio suicidio. El aire estepario era seco y cortante, nada llevaba del sabor húmedo del mar. El final era el mismo para todos los hombres, no así el número de veces. El renacimiento cíclico era una carga progresiva, se le antojó excesiva. Sería la última vez, tenía el propósito de perdurar en aquella farsa de defunción y olvidar el olor salobre de otros aires. El nombre aplazado volvió a él enseguida, pocos días después de la mudanza. La tramontana fustigó los oídos con un susurro mezclado de añoranzas. Dar pábulo a aquel sonido era admitir la certeza estadística. Coro contaba a su hijo, cuando le hablaba de él, que aquel compañero de trabajo misantrópico era la excepción a la mayoría de normas. Una anomalía en la base de los recuentos.Antes de ella, otros habían pronunciado la misma frase, con palabras distintas, con finales diferentes. Más peso en la mochila. Sin pretender estar a la altura de lo que ellos esperaban, obrando según el pico del gallo, al son de sus aires, sentía la presión de la respuesta. Nunca fue pose, lo que ellos pensaran eran naderías para él, pero tropezó en la trampa más de una vez. Recorrió la frase de Coro como si sobrevolara con un dedo el mapamundi colgado en la pared y no podía dejar de pensar que cierta verdad escondía. La verdad está construida sobre numerosas mentiras. El mar hizo de lápida muda y la fuerte brisa fue su epitafio. Asomado en la punta del pantalán, podía ver como se iban posando los enseres, ropas, retratos, su propia vida, contra la arena ondulada del fondo. Lástima que sus recuerdos supieran nadar como penas de borracho. El tránsito hacia sus muertes fue acumulando objetos y cajas de embalaje, inútil equipaje para quien no olvida. La cara sorprendida de la vendedora de la inmobiliaria por la ausencia de todo y aquella petición suya de una cama, una silla y el mapa de pared como complemento fue otra y la misma contemplada con anterioridad tantas veces. Las manos en los bolsillos serían su último equipaje. Los entierros son poco dados a la decoración de interiores. Enseguida distribuyó apliques, colgó cuadros, desplazó la cómoda al rincón sur de la habitación y desplegó sobre la cama el edredón impregnado de aquel perfume. Sintió retorcer su espinazo mientras la pituitaria lloraba. El rímel perfecto de la mujer de la agencia se hubiera estirado aprobando la distribución. En cambio, giró sobre sus zapatos de tacón alto y vio en la puerta la salvación. Pero, claro, ella no podía ver aquel imaginado orden geométrico. Equilibrista sobre una pata de la silla. Viajero con muescas en las cachas de cartón del mundo de pared. Música de tambor rítmica, obsesiva, contra la ventana. Empujaba y empujaba contra los cuarterones entreabiertos y se colaba dentro. El aire acariciaba con tacto de barba los resquicios de la tarima del suelo. Se filtraba a través de ellos revolviendo el polvo en remolinos invisibles. Aquel roce silbaba la estancia y convertía en voz lo que apenas era susurro. El hombre retuvo el tiempo entre sus dedos apretando con fuerza los puños. Luchando contra un recuerdo casi muerto, devolviendo una vida olvidada, pasada, propiedad de aquel otro, el que un día fue. Pero el nombre rebotaba contra la cola del polvo levantado, contra la cascarilla de la pintura desgarrada, contra la silla huérfana del centro de la estancia. El nombre, aquel nombre, su nombre...
( entrada dedicada a Aire, por su casa pasaron mis reyes magos.) 1月13日 La cosaLA COSA
Los domingos siempre tenían aquel aire de resaca y preludio que convertían la población en territorio de fantasmas. La cafetería Madrid era de las pocas que abrían a primera hora el día del Señor. También estaría abierto el bar de la estación de autobuses pero ese aire a alto en el camino lo convertía en último recurso. El café era vulgar y el sitio más funcional que acogedor. Los dueños hicieron sus dineros en la capital, montaron aquel negocio para mantenerse activos y rentabilizar el capital mientras llegaba la jubilación. De la ciudad, trajeron aquel hábito extraño entre los suyos de dejar hacer a los demás, de no intervenir ni querer saber todo. Por eso me gustaba el lugar. Podía sentarme con el café con leche y la prensa dominical y leer tranquilo sin interrupciones hasta que el sol desentumecía la niebla matutina. Qué si sabía la última de fulanito o me había fijado en lo raro que andaba menganito últimamente, dos semanas a lo sumo, ése está hecho de madera recia ya verás cómo nos entierra a todos. Siempre rehuía ese tipo de apuesta sobre la esperanza de vida de los ahora mis vecinos. El pueblo, siempre lo vi como tal, lo había convertido en villa el capricho de algún monarca y sus gentes rivalizaban sin muchos argumentos con los méritos de la capital de provincia para serlo. Nosotros somos villa desde el siglo trece cuando la capital eran tres pordioseros que arrancaban nabos de aquella tierra mala y se alimentaban del agua sucia en que los cocían. Supongo que el desprecio de no ser nombrados capital de provincia los había convertido en rencorosos y hasta cierto punto hostiles con el forastero. Los sábados se entregaban con furia a todo tipo de excesos, beodos, carnales y de otros tipos que son más para callarlos que para dejarlos escritos. Supongo que lo hacían para borrar las afrentas. Por eso las mañanas de domingo tenían un sabor a naufragio. Sólo los devotos rompían el silencio de las calles con sus mudas de domingo. Las autoridades municipales también estaban tocadas del aire de grandeza. Organizaban todo tipo de eventos de categoría a los que apenas iban los tres incondicionales, aparte de los obligados claro. Entre los actos absurdos que agrandaba el prestigio local estaba la feria de antigüedades. Cada tercer domingo de mes buhoneros y traperos de más o menos dudosas mañas vendían, al menos lo intentaban, mercancías históricas esquilmadas en las aldeas de la montaña a cambio de modernos colchones de muelles o el último ingenio para abrir latas. Los soportales de la plaza mayor recogían a los distinguidos profesionales. Tras pagar la cuenta y despedirme de los dueños, recogía la prensa bajo la tela del sobaquillo y me acercaba paseando hasta la plaza. Nunca compraba nada pero la mañana no brindaba vistas alternativas hasta que fueran pasadas las doce y resacosos vecinos fueran a curar sus males en las terrazas de la alameda a la hora del vermú. Del amasijo de zarrios, enseres y muebles mastodontitos sólo me llamaba la atención algunos de los objetos apilados en los anaqueles. Eran restos de otra época a los que había que imaginar su utilidad. Eso me distraía mientras esperaba que las terrazas abrieran. Estaba escondido, tapado por la talla de una virgen que el trapero decía era prerrománica y debía serlo dado su estado de conservación y una custodia oxidada. Ahora no sabría decir porqué llamó mi atención, porqué tuve aquel deseo de posesión o qué propósito sobre él desarrolló mi desmantelada cabeza. Debía tenerlo, el impulso era superior al propio deseo. El comerciante intentó distraer mi interés con no se qué joya traída allende los mares por un tío suyo indiano recién regresado. Enceguecido por el objeto, quité del medio al charlatán y cogí la pieza entre mis manos. Cuánto, era la forma de empezar el cortejo, la transacción económica, treinta mil, veinte respondí. Es suyo. Algo no iba bien. Aunque nunca hubiera comprado nada en la feria conocía el lenguaje internacional del regateo, del tira y afloja, por eso me extrañaba la facilidad del acuerdo, la docilidad del rival. Desde luego no iba a insistir en una pugna que había de costarme dinero pero me fui compra en mano con más mosqueo que satisfacción por mis dotes de avezado comprador. Tenía alquilada una casa de dos plantas que no era gran cosa pero el tiempo la había convertido en hogar. Me costó encontrar acomodo para la compra que aún llevaba en brazos entre los muebles pasados de moda que la casera almacenaba en aquella casa por un afán de no tirar nada. Probé varias posibilidades, sobre la repisa del hogar, junto al reloj de la entrada, en lo alto del mueble bar, no encajaba en ningún sitio. Empezaba a darme cuenta de lo inútil de la compra y de la habilidad del trapero para quitar de en medio un artículo sin salida alguna. Al final, ante la falta de perspectiva y la nulidad decorativa de compra y comprador terminó asentada en la balda superior que encajonaba un televisor a color de primera generación, o sea viejo, de imágenes desvaídas y sin mando a distancia. El primer indicio del infortunio que me esperaba lo tuve al día siguiente de mi excursión por la feria de antigüedades. Ocupaba una plaza interina de secretario en el ayuntamiento de tan excelsa villa. El titular, Don Cándido, venerable anciano, había caído enfermo y derrotado por los años de servicio a la localidad. En una de mis visitas a mi antecesor, éste confesó sin pena ni lágrimas que sólo esperaba que la muerte fuera rápida y pusiera fin a tanto aguantar. Los caprichos de los ediles y la escasez de recursos llevaban por un mal vivir a quien ocupara la plaza que ahora suplantaba mi persona. Pero el sueldo era bueno y mi juventud y falta de experiencia sólo calificaban la desdicha del anciano de manía senil. Además, llegué muy recomendado al pueblo, perdón villa, y el alcalde aseguraba que tras el fallecimiento inminente de Don Cándido cada día peor y medio ido de la cabeza, la plaza de secretario era mía, que él en Madrid tenía mucha mano. Repentinamente Don Cándido estaba del todo repuesto y al entrar en el ayuntamiento y abrir la puerta del despacho allí estaba ocupando el asiento que había imaginado mío para siempre. El asunto se solucionó más por la recomendación que por el deseo del alcalde en un recorte horario de mis servicios al municipio. Así que allí estaba, enterrado en aquel pueblo por un salario de media jornada que por estar donde estaba aún me permitía sobrevivir con cierta holgura. El siguiente paso de la catástrofe ocurrió a los pocos días. Entré en casa y me dirigí al salón cuando una figura oculta en la penumbra de la sala casi me da el empujón definitivo tras sufrir un patatús de padre y muy señor mío. Al recobrar el conocimiento, tenía a mi casera sobre mí, agitando una revista pasada de fecha para darme aire. Después de tomar un fermento que la mujer tenía recluido en el fondo del mueble bar, que no acabó conmigo como temía pero sí me despejó de una patada certera en el estómago, la casera anunció con voz solemne que debería abandonar la casa cuanto antes. La hija, de cuya existencia sólo conocía algunos comentarios de vieja escuchados en el despacho del ayuntamiento cuando venían a solucionar asuntos del catastro y no eran, para decirlo suave, nada a favor de la desconocida, se había separado del marido y volvía al pueblo con una carga de tres niños, qué veríamos ahora cómo iba a alimentar una pobre viuda como ella. Porque ella era vieja pero honrada y en su casa no quería a una divorciada, así que sentía mucho desprenderse de su inquilino que aparte de secretario del ayuntamiento era tan buen chico y no sé cuantas lisonjas más. Pero estaba en la calle. Instalado en un cuarto frío y mal ventilado de la única pensión de la villa llegaría el tercer aviso del desastre. La verdad es que los pocos enseres personales cabían de sobra en la habitación pero costó dios y ayuda emplazar el objeto pese a las escuetas dimensiones y distracciones de la pieza. María era una chica con un encanto cantarín que vivía en una de las pedanías perdidas entre los castaños de la montaña. La conocí en uno de los bailes de la fiesta mayor, en verano, más bien ella se dio a conocer. Tenía desparpajo y a la vista estaba experiencia con los hombres. Mi madre siempre me prevenía contra las chicas de los pueblos, mira que esas zorrillas sólo quieren cazar un muchacho lelo como tú y salir del pueblo. Nunca hice mucho caso a los consejos de mis progenitores. Tras unos meses de cortejo y algún escarceo de cama la relación parecía consolidarse. La noticia me la dio Doña Puri, regente de la pensión y mujer con mucho calor humano, una amiga suya pariente de la Enriqueta y prima a su vez de Toñi la vecina de mi María le había contado que ésta se había fugado con el Tomás, agente de ganado y mujeriego como él sólo, que ése mucho sabía de carne. Con medio trabajo, sin casa y ahora sin novia el asunto empezaba a preocuparme y tuve ciertas debilidades con el alcohol. Doña Puri me cogió una tarde por banda y se puso seria conmigo, me veía durmiendo en los sótanos municipales junto a los borrachos pasados de jarana detenidos por las fuerzas del orden público, es decir, Carlos el tartamudo único agente de la villa. Ante el panorama que me esperaba me derrumbé ante la posadera y le conté todos mis pesares entre sollozos y lágrimas. La mujer me consoló acariciando mi cabeza junto a unos pechos desbordados que casi pasan a formar parte de mis abatimientos por asfixia. Chico alguien te echó mal de ojo y para estos casos nadie como la bruixa Toxa, a mi ya me apañó algún asunto y siempre con tiento. La bruixa Toxa prestaba servicios en una cabaña escondida entre matorrales y setos reconstruidos Doña Puri me puso en contacto con la bruja que visitaba, sí como los médicos, martes y jueves y ya me había tomado cita. Del precio, que barata no era la muy bruja ya me arreglaría con ella, hasta facilidades de pago ofrecía aquella señora de lo oculto, quizás por ello. La posadera me puso al corriente de algunos chismes sobre la bruixa Toxa, no me dejara impresionar por la choza ni por la pose, que de todos era sabido que la bruja era una señora de las bien vistas allá en la capital, que buenas perras se llevaba y aquello sólo era puesta en escena, pero lo que era su trabajo lo hacía bien. Llegué a un claro del bosque siguiendo las indicaciones de Doña Puri, un grupo de aldeanos esperaban a la puerta, pedí vez y esperé. Entré en la choza apestada de humo con una mesa desvencijada y dos sillas de pino por todo mobiliario, esperaba encontrar raíces, bayas, potes con lagartijas y dientes de escorpión y un caldero al fuego. Sólo había una señora bien vestida, a la moda de la capital, que me ofreció acomodo en la silla libre. ¡Shhhh ¡ me hizo callar aunque no había abierto la boca. Sin mediar palabra entre nosotros echó las cartas, no las del tarot, baraja española. La mujer palideció, sólo alcancé a escuchar un “deshazte de la cosa” entre un balbuceo sin sentido antes que poco menos me echara de la choza a patadas, ni pagar me dejó. De nuevo en la habitación de la pensión reflexioné sin encontrar sentido a las palabras de la bruixa creyendo ser víctima de la ocurrencia local. Alcé la cabeza y mi vista tropezó con ella, allí estaba la cosa, supe que aquel objeto que nunca llegó a tener nombre era la cosa y en cierto modo había modificado mi vida hacia la catástrofe. El tercer domingo de mes era el de la semana entrante, así que espere con pánico que la cosa se estuviera quietecita hasta el séptimo día. La desgracia no se detiene nunca y Don Cándido, muy recuperado el viejo, me informó que el municipio se veía obligado a realizar un ajuste de plantilla, no sabía porqué el alcalde me tenía tanto aprecio pues él, Don Cándido, no veía en mi persona demasiado celo profesional y en lo personal me veía paradito, sin sustancia dijo el cretino. Pero el edil me ofrecía tres meses por adelantado de despido dilapidando una vez más las diezmadas arcas municipales. El domingo me levanté como siempre dando gracias a la cosa por permitirme estar vivo y realicé mi ritual dominical. Busqué entre los soportales al trapero que casi termina conmigo y no lo encontré. Pregunté al charlatán que ocupaba la parada de al lado, el Fulgencio no volverá, siempre lo habían tenido por un desgraciado, ni una acertaba el condenado, la suerte es extraña siempre esquiva hasta que te abraza. Había escuchado aquella historia que siempre explicaba de el tío de las américas, nadie le creía, pues resultó verdad. Ahora el desgraciado vivía a cuerpo de rey en uno de aquellos países llenos de mulatas y frutas raras. El tío había muerto y el Fulgencio era único heredero de una fortuna variopinta. Parece, que del cierto no lo sé, que el pariente se dedicaba a negocios de todo tipo pero que de fulanas tenía un rato. Que el Fulgencio que en su vida se había comido un colín salvo pago previo vivía ahora en un burdel lleno de negras zumbonas y además le pagaban un tributo diario y derecho de pernada. Dejé a un lado las hazañas de mi verdugo y enseñé al buhonero la cosa que me vendió el Fulgencio. Un tío suyo, el tío supongo, lo trajo de las indias pero circunstancias económicas me obligaban a venderlo. Cinco mil pesetas me dio el infeliz. El lunes dormía a pierna suelta en la pensión cuando Doña Pura entró como un vendaval en la habitación. Un telegrama, pensé en la cosa pero ya no la tenía y mi suerte debería cambiar, quizá fueran efectos colaterales y no una purga como la de Benito. Tuve miedo, una muerte o tal vez algo peor. Algún bendito en Madrid había leído mi tesis doctoral y ofrecían una beca más que generosa por profundizar en mis estudios e insinuaban una futura cátedra ante la jubilación próxima del catedrático que había sido mi mentor. Vi alejarse el pueblo, villa perdón, desde el cristal trasero del autobús, pese a la desgracia que había asolado mi vida en aquel último mes no guardaba rencor a aquel sitio. Tampoco pensaba volver a él. Sólo me quedaba clara una cosa, después de aquella experiencia siempre compraría en grandes almacenes. 1月6日 Enoc en el paraísoEnoc en el paraíso Serían cosas de la divinidad que la poblaba pero el suelo de aquel terreno se movía, y con él también lo hacía la inundación de luz y aquel derroche de colores imposibles que pintaban árboles de frutos exuberantes, pájaros con colas de fuego y seres traídos de nanas y demás cuentos de cama. Las escrituras hablaban del lugar sin acertar, aún por asomo, las diferencias entre lo terreno y lo guardado por Dios para justos, buenos y arrepentidos. Es facultad grandísima aquella del perdón y Enoc, hombre de muchas virtudes, no siempre encontró facilidad en ella, muestra está de su condición humana contra otras prebendas que discursaran lo contrario. Sin soles que surcaran cielos inexistentes, sin tímidas lunas alumbrando oscuridades, recuerden que era aquél templo de Luz, el tiempo carecía de sentido. Vivió tantos años entre los hombres antes de aparecer en el Paraíso que aprendió a medir los años con la desaparición de seres queridos. La longevidad fue por momentos tremenda en dolor porque nunca un amor sustituyó otro. Dios le puso pruebas difíciles y él, con sus momentos de duda, las debió superar, pensaba admirado ante la belleza que lo rodeaba. Tampoco había allí muerte para tensar el tiempo pues era aquella una consecuencia de esta realidad y no un fin. Con tanta novedad y sin otro referente que el para siempre jamás, estaba aturdido. A veces, intentaba pisar fuerte sobre el suelo pero la tierra del paraíso no admitía golpes. Otras, clavaba la vista al frente buscando un punto para devolverle la referencia de la distancia, pero el horizonte era plano y sinfín. Así, sólo podía tomar el vaivén como parte de aquella navegación extraña. Recordó a su madre, le había sido entregado junto a la mucha vida otro tanto de memoria, y aquellos desmayos que empezaban en simple mareo y habrían de acabar con su vida. Sobre la muerte de su madre, dijo nuestro patriarca que fue la suya suma de los males de muchas Evas. Es raro, aunque en aquella lejana época jamás hubiese mantenido una versión contraria a la de los sabios, de su madre sólo recordaba dulzura y una bondad sin quebrantos. Con la sensación hostil de la falta de permanencia en la cabeza y el revuelto en las tripas, le vienen a la cabeza las palabras que ella pronunciaba ante aquella maldición de los mareos. Decía que sentía en su cabeza la coz de quien, en un instante, percibe la totalidad del mundo por el embudo del ojo de una cerradura. Pasmado, dedicó el primer tiempo de aquel desconcierto paradisíaco a recorrer el paraje. Falto de referencias geográficos asumió su papel errante. Cada flor, cada árbol, la más insignificante brizna de hierba conjuntaba con armonía el entorno. El paisaje había sido creado con escrupuloso cuidado. No podía tachar a la paupérrima brizna de tal pues su papel en el equilibrio del cuadro era fundamental. Andaba con un cuidado de anciano, despacio, asegurando cada paso sobre aquella tierra sagrada pues sabía de la mano que diseñara aquella maravilla y sentía pesados sus pies y aniquiladores de esa belleza. Sorteaba los guijarros del camino por miedo a alterar la conjunción de aquella perfección. No tardó mucho en dar con otros privilegiados del paraíso. Sintió alivio pues el peso de la sensación se le antoja excesivo para un solo hombre. Vio y conversó con hombres y mujeres. Conservaban todos el momento álgido de su existencia terrenal, la plenitud del cuerpo y alma mortal en su forma adulta. La ausencia de formas infantiles, siendo esa primera etapa la más íntegra en recuerdos felices, estaba reservada al limbo. Echó en falta la risa del niño, el desorden de su inocencia y el desconsuelo del llanto párvulo. No puede decirse que desluciera la creación pues era ésta perfecta. Las charlas empezaban todas por la admiración a la obra divina para desembocar en historias personales. Cómo y cuándo habían resultados agraciados con el goce eterno. Todos cuantos intercambiaron con Enoc el camino de sus vidas, mostraban una actitud despreocupada, libre de toda atadura. Daba la sensación que aquellos hechos que relataran fueran por bocas de otros y ellos sólo disfrutaran de la felicidad del relato y no del contenido. No podría precisar, en calidad de tiempo, cuándo empezó a arrastrar aquella triste zozobra que le asaltó sin previo aviso. Entre los hombres, habiendo vivido tantísimos años, conoció que era el estado de decaimiento moral propio del pecador oculto en cada uno. Sólo la certeza de una fuerza superior y de la recompensa al final del camino llenaba aquella existencia terrenal de un gozo interior. Extrañaba en él la pesadez que le producía tanta maravilla y el lastre exprimido de aquellas conversaciones. Podía sentir como todos los habitantes de aquel premio disfrutaban de él, se sabían elegidos, disfrutaban la recompensa de la vía correcta. Por qué él no llegaba a ese estado de exaltación, dónde residía aquella extraña tristeza que le embargaba. Empezó a deambular sin tregua por aquel mundo de ensueño. Todo aquello se tiñó ante sus ojos de caricaturas. Encontró frío el aire y gélida la composición. Y por primera vez en su existencia, supo no ser temeroso de Dios. Creyó que sería aquella reacción propia de quien ya anduvo su camino y ya nada deparaba el mañana. Había entre aquellos que encontrara grandes pecadores que pusieron en paz sus cuentas al final de sus días. Hombres y mujeres licenciosos que en algún momento supieron corregir comportamientos y muchos otros que reverenciaran el perdón del Grandísimo a tiempo de penitencias. Halló en aquellos conversos verdadera gracia y loa por el lugar, sinceras muestras de final feliz. Tan henchidos estaban de pertenecer al paraíso que sus caras reflejaban espejos de felicidad. También había buenos hombres, personas que siempre habían sido temerosos, se daba cuenta que por primera vez sometía a juicio a sus semejantes, pero estos eran partícipes del bien de los otros mientras él no. Las andanzas relatadas eran variopintas, de pelajes palaciegos o de ruinosas chozas, de concubinas y de amores eternos, de respetos y de extravíos aunque todas en algún momento de la narración admitían momentos de flaqueza en su Fe. Desviaciones concretas de sus vidas que les llevaran a tomar sendas erróneas. Unos iniciaron apenas ese camino, otros se adentraron hasta confines lejanos. Él jamás desvió su rumbo, permaneció entre las lindes por las que serpenteaba el sendero. No le despistó el gorjeo de las aves de vivos colores ni el rumor del agua cristalina de la fuente. Tuvo sed pero siguió recto. Por qué ahora, cuando el trayecto mostraba su fin, tenía sed de aquella fuente y volvía a él el poder cromático del ave. No podía desandar el trazo de sus pasos pues era un camino sin retorno. ( Enoc, antecedentes) 1月1日 La taberna del inglésHoy, después de los años, sigo sin poder catalogar aquel hecho. Aplicando la lógica, me atrevo a atribuirlo a las lesiones cerebrales sufridas después de que mi cabeza se estampara sobre la superficie fría del volante. De ese intento por ver las cosas de cerca, saqué una dentadura millonaria en prótesis y escaso sentido del humor. La pérdida de conciencia dio vía libre al otro animal agazapado tras uno, desdoblamiento de personalidad, algo que está sin ser, llamado subconsciente. En el hospital, tras el accidente, los médicos tuvieron que suministrarme una dosis triple a la correspondiente a mi sexo y peso para sedarme. Dosis de caballo, ¡menudo colocón! Aplicando la lógica infalible de las circunstancias concretas, eliminamos la opción romántica de las visiones extracorpóreas, los opiáceos o no, me llevaron por tierras ignotas. De esos dos momentos que, por pereza o quizá por miedo, llamo sueños éste es el más inquietante:
El mar estaba bravo de agitación, arremetía con furia contra los acantilados. Yo nadaba en medio de la rebeldía adolescente de las aguas y mi cuerpo era mecido por el ímpetu del oleaje. A modo de pelele, subía y bajaba según el capricho ondulante de una mecedora descompasada. La noche, cerrada sobre ese mar negro de amargura, me sumergía en el todo infinito. Cielo y horizonte fundidos en una complicidad oscura que ocultaba cualquier vestigio de realidad, ni costa, ni más allá. Tan perdido como siempre, más extraviado que nunca. En pleno desconcierto de desasosiego, comencé a escuchar el tañido lejano de una campana. ¡Dong! ¡Dong! Dirigí el nado errante hacia ese lamento sonoro del badajo metálico. El recuerdo devuelve la sal a mi boca, retorna el tacto viscoso de las algas enredadas en mis piernas y nuevamente siento la ingravidez del vaivén de las olas como en la noche tras el primer baño de verano. La cámara adopta la posición cenital para mostrarme dos edificaciones en el borde superior del acantilado. Una construcción alargada de dos alturas con pinta de posada, tras ella, cegada su visión del precipicio se erguía una pequeña ermita. Ahora veo en el interior de esa iglesia a una señora de edad, era ella quien tocaba la campana guiándome en la ceguera negra de la noche. Volvía al plano subjetivo para contemplar el desfallecimiento de mis fuerzas y cómo el mar me acogía en sus profundidades. Todo parecía una película empeñada en su discurso narrativo, el plano subjetivaba su discurso mostrándome la visión clásica de un ahogamiento en aguas turbias de verde repletas de plantas marinas gigantescas que tienden los tentáculos vegetales hacia el cuerpo de la víctima que soy yo. Debía de estar cerca de la orilla, la mujer de la campana entró en el mar y me arrastró hasta la arena cálida de la playa. Aquí termina el sueño, si verdaderamente creemos que éstos tienen principio y fin. Debió coincidir con la descarga eléctrica del desfibrilador, despertador de corazones vagos, enfermos de la pereza de la vida. También me practicaron una traqueotomía de urgencias. Los médicos, incapaces de encontrar causas lógicas a ese conato de muerte, explicarían a mis padres que sencillamente dejé de respirar por voluntad propia: “le dio la gana y ya está”. Parada cardiorrespiratoria que dejaba el perfil del cuello como una montaña rusa; la protuberancia de la nuez y un poco más hacia abajo la hondonada de la urgencia. La visión es por sí misma espeluznante. Pasado el tiempo vi en el suplemento dominical de un diario la fotografía del lugar de mi naufragio. Existe en un recodo apartado de la costa de la muerte, en mis años gallegos jamás visité ese sitio y no recuerdo ver ningún documental sobre el mismo. Pero espero que se trate de un remanente archivado en la memoria remisa. El texto narraba la historia del lugar: la ermita la construyeron unos ingleses tras el naufragio de un barco británico en esas aguas traidoras de intenciones. Todos los años se conmemora el hecho con una misa en honor a los muertos de aquella tragedia. En el pueblo, a cuyo término municipal pertenece el emplazamiento de mis sueños, se haya el único cementerio de ahogados del mundo. Sin tumbas, ni lápidas, ni cuerpos, sólo las almas de unos cuerpos propiedad del mar.
El camino serpentea polvoriento y plagado de requiebros a través de un terreno desolado salpicado de raquíticos matorrales verde ocre, únicos vestigios de vida en territorio lunar. Las rocas acaparan el paisaje que vierte su extensión en el precipicio de los acantilados. Disipada la nube de polvo se esclarecen los edificios como en un sueño despertado, los había visto en las fotografías del diario pero antes los atisbé en las nieblas febriles del hospital. Los edificios alzan sus piedras sobre un balcón privilegiado con vistas a un Atlántico remansado e infinito. La construcción es de tiempo pretérito, piedra sobre piedra desafiando la ley de la gravedad con remiendos de factura moderna. El techado impecable coronado por la paella parabólica, el entorno cuidado de poyos y balaustradas metálicas que impide la caída a las aguas espumosas del Océano pero otorga posibilidades al suicida abundante en las zonas abiertas al viento azote de caracteres volubles y perturbados por borrascas de alta presión. Aparco el coche junto a otros dos que ocupan el aparcamiento de la taberna reconvertida en alojamiento de turismo rural. El salitre ensancha mis fosas nasales con la corrosión propia del cloruro. Una fuerza misteriosa me ha perseguido empujándome a este lugar para ahora preguntarme ¿para qué? Un estrecho camino recién engravillado, aún sin asentar, afila sus piedras en las suelas del calzado que transmite sensaciones de faquir. Una decena de pasos separa los vehículos estacionados de la entrada del establecimiento hotelero. Tras la puerta, se abre el universo marinero patroneado por un adusto personaje con el rostro ajado propio de sus orígenes profesionales. Detrás de la barra de bar en forma de quilla vigila mis movimientos como lo haría con un escualo. El recinto es escaso en espacio y dos mesas completan el mobiliario. Una puerta corredera da paso al pequeño comedor donde una familia de pareja con dos niños se dispone a dar cuenta de los alimentos del almuerzo. Me aproximo al patrón para informarme por la posibilidad de coger habitación para esa noche. El hombre, con un gesto entre aburrido y despectivo, señala a la familia como únicos huéspedes, parece que esa época del año no es propicia para el negocio. Después de rellenar las fichas con la desgana de los actos protocolarios, me conduce por una empinadísima escalera al piso superior reservado a las cuatro habitaciones del hostal. Los muebles han sido acomodados con calzador; la cama justa, el armario mínimo y la cómoda, son el mobiliario de ese camarote donde he de hacer noche. - Humilde pero limpio- es toda la conversación del individuo. Deshago la bolsa y me pliego para entrar en el aseo escondido tras la puerta situada entre el armario y la cómoda. Ya adecentado bajo con la intención de satisfacer la algarabía de mis tripas. Paso delante del bar para dirigirme al comedor. La estancia es sorprendentemente acogedora desentonando con la sobriedad general. El hogar alberga un fuego que vuelve cálido el comedor, las paredes están cubiertas de maderas multicolores quebradas irregularmente con nombres variopintos escritos en ellas. La familia ha abandonado el cuarto lo cual es un aliciente para tener una buena digestión. Tomo asiento en la mesa resguardada junto al calor de la chimenea y espero. De la puerta del otro extremo del comedor sale una mujer de rostro afable y carnes generosas maquillada por la vida natural. Sólo hay una opción para comer, no tardo en decidirme y la mujer desanda el camino para regresar de inmediato con mi comida. Termino y pido un café a la cocinera, le ruego que tome asiento, la tertulia es el momento indispensable de la comida, las palabras son el mejor digestivo conocido y la curiosidad el apetito más voraz. Insto a mi interlocutora a que relate la historia del lugar, cosa que parece agradarle intensamente. La casa la construyó su bisabuela que era inglesa. El bisabuelo era un marinero inglés, su barco naufragó en esas aguas traidoras infestadas de muerte. Su mujer decidió coger a su hija de corta edad para partir tras la estela dejada por su marido en su último y más largo viaje. Jamás se recuperó ningún cuerpo de la tripulación y la bisabuela decidió construir aquella casa junto a la ermita con la esperanza de que el mar le devolviera a su esposo. Durante muchos años se dedicó a recorrer los acantilados en esa búsqueda inútil del desamparo. De esa época son las tablas que tapizan la pared, trozos de barcas arrojadas por el mar contra las rocas del destino. También la mujer, la antepasada, auxiliaba a las víctimas de nuevos naufragios creando una leyenda todavía viva entre los marineros de la zona. En este momento de la historia apasionante de aquella inglesa desdichada su descendencia bajó el tono de voz y arrimó su silla a la mía para susurrarme: - Muchos años después de muerta ha habido víctimas de naufragios que han jurado que una mujer les rescataba de las aguas del océano. Yo ni entro ni salgo pero es lo que cuentan.- La mujer de rostro afable terminó su historia contando como la inglesa utilizaba la campana de la ermita los días de fuerte temporal para alertar a los barcos de la cercanía del acantilado. Evité confundir a la señora con la historia de mi sueño, aunque a una buena historia es necesario responder con la recíproca. La libertad del aire apaciguó el ánimo despistado ante la extrañeza del relato. Erré mis pasos por la senda esculpida, a modo de escalera, sobre la roca viva del desfiladero que en su descenso peligroso conducía a la arena blanca de la playa, donde el mar rizaba su vómito efervescente. Tumbado en el lecho de la piedra miniaturizada pasé el resto de la tarde, amodorrado con la luz decaída del ocaso. Las primeras luces de la noche me arrancaron de la ensoñación voluntaria del alma errante. Las respuestas se multiplicaban en preguntas cero de nada y la risa malévola del relojero solapaba cualquier otro pensamiento yermo en contenido. Tuve que subir gateando el camino por falta de luz y temor al traspiés traspié que me obligaría a comenzar el camino, el de ascenso o el de la vida-muerte. El bar parecía preñado de conversaciones humanas, salía de sus ventanas la luz acogedora de los tránsfugos de las tinieblas. Las mesas estaban ocupadas por botellas de cervezas aliviadas de su contenido, una decena de tipos conversaban alentados por el espíritu etílico. Algo de extraño había en el ambiente, no era capaz de atrapar al duende nacido para confundir las conciencias atribuladas. Con una cerveza en la manos me incorporé a las palabras de aquellos individuos, contaban una historia que era la mía, la de todos. Ellos también fueron empujados por la necesidad curiosa del conocimiento, eran excesos de tiempo. Sus rostros carecían de rasgos definitorios y la expresión anodina del tedio parecía emparentarles genéticamente como miembros de una misma familia. Yo tenía la cara parecida a las suyas, la mía siempre fue igual de irreal y ellos bromeaban con su nueva fisonomía. Todos llevaban años vagando por la zona presos de la inglesa que un día les rescató. Se reunían cada anochecer en la taberna para buscar respuestas. Nunca llegaban a ninguna solución y perjuraban como aquella era la última vez que tomaban cerveza en la taberna pero, al día siguiente, regresaban para asistir, otra vez, a la última puesta de Sol en la casa de la inglesa. En la zona todo el mundo la conocía así, aunque su verdadero nombre era...del inglés pues fue construida en memoria de éste. Me miraba y me veía en ellos, recorriendo cada día el mismo bucle del tiempo. Aquel viaje por fin me daba respuestas, al menos una, yo tenía la rueda que mueve las agujas de mi destino y era el único receptor del mensaje susurrado por la inglesa en una noche de fuerte temporal. Ellos prefieren apurar sus vidas encerrados en sueños, cárceles de oro, vivir así es morir la vida cada día. |
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