III- El Programa
El curioso plan de reinserción conventual -cloroformo social, gustaba recrearse el carcelero refiriéndose al asunto- contribuyó de modo decidido a la rehabilitación del convento. Avaló el crédito para reconstruir el edificio cuanto éste era sólo proyecto de ruina y desahucio, sirvió de base financiera para emprender una renovada acción evangélica y era el sustento financiero de la orden. El Padre Pedro era buen conocedor de la importancia del programa. Para él, aquella misión regeneradora de presos, había sido una prueba más a su Fe.
El hermano Miguel fue el primer condenado en llegar. Todos esperaban que su estancia en el convento fuera empleada como mera estación de tránsito para regresar al mundo de las altas financias y la política –a la política en definitiva, Pedro no distinguía hoy en día una de otra-. De eso hacía ya cuatro años. El éxito reconfortó a Pedro y decepcionó al Sr. Del Pino quien tenía en el fracaso seguro de aquella idea arcaica puestas expectativas para el control del tirón popular de aquellos, sus chicos, en beneficio propio.
El hermano Gabriel tenía una hoja curricular diferente. La misma mayoría que tácitamente lo impulsó al terrorismo de estado unos años antes de su entrada en prisión, le sometería luego a lapidamiento en plaza pública, televisiva se entiende. Epidemia tuerce testas previa, solaz respuesta acusadora después. No juzguéis y no seréis juzgados los libros sagrados siempre tan en boga, Pedro no dejaba de admirarse por ello. El entonces político y hoy hermano poco sabía de armas y tiros en la nuca, sirvió a la causa común asumiendo el papel de muñeco de paja. El niño Pedro recuerda aquellas sesiones dobles de cine de pueblo, tardes de domingo: el sendero de piedras amarillas, brujas cardinales, un muñeco de paja, espantapájaros acaso, un corazón ausente. El hermano Gabriel llevaba años junto a ellos, Pedro sufría por él cada día y él seguía buscando.
Aquellos dos casos corroboraban las posibilidades del programa y el empeño que el sacerdote había puesto en su éxito. Las palabras que a continuación pronunciara el alcaide las sintió hirientes, resquebrajando algo íntimo bajo la piel, puñalada trapera:
- Padre, asuma sus responsabilidades. Otra reincidencia como la del que ustedes llaman hermano Rafael, será por lo cantante del tipo, recuerde orquestada desde el interior de estos muros, y podemos olvidarnos de todo.
- El hermano Rafael tuvo un momento de debilidad, un volver a las andadas. No olvide Sr. Del Pino que todo eso también forma parte del hombre, de todos los hombres.
Al hermano Rafael le perseguía su fama. Entiéndase con este término un conocimiento casi universal de las veleidades del personaje. Pese a ese saber, ya dentro del convento logró burlarse de todos y de cuanta precaución se hubiera establecido al ingresar en el cónclave. Es justo decir que pocas cortapisas puso Pedro en el camino. El Padre creía en el sagrado don del libre albedrío. Así, fácil habría de resultarle al hermano ganar la confianza de los frailes hasta, títulos notariales en mano, trapichear con los terrenos del convento. Un poco de azar, acaso intervención divina, destaparía las maniobras a tiempo y el asunto quedó en susto. Las autoridades civiles y las eclesiásticas replantearon la vigencia o no del programa.
- Recuerde bien esto que voy a decirle- continuó hablando el carcelero sin rebajar el tono- la violación, aun sin pasar de intento, deja rastro. Contamina cuanto le rodea. Los presos lo saben bien. Por eso debemos aislarlos, pero no sólo de los demás reclusos, también de ellos mismos. El control debe ser riguroso y el aislamiento estricto. Comprende lo que le digo…
El religioso entendía de sobra e intentaba no hacerlo. Aquel seglar fariseo pretendía asumir atribuciones, dar instrucciones, e indicar directrices en aquella su comunidad sin ningún derecho y, peor si cabe, sin ninguna condición para ello. Pedro dio por terminada la charla recurriendo a la proximidad horaria de los oficios – la plegaria es la salvación, una vez más se confirma -. Aguardaron el regreso de Aparicio, Joaquín y el agente Salcedo en silencio tenso. Reunido al fin el grupo se darían la mano, un gesto protocolario que habría de emplazarles para mejor ocasión. El trío se demoraba y el ambiente iba cargándose de un aire espeso de arenisca, la luz adquirió el tono ocre propio de las tormentas de verano, olor a forja de hierro. Los dos advirtieron el resplandor lejano de un rayo y los golpes en la puerta les parecieron la consecuencia lógica al deslumbramiento previo.