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日志


5月29日

my way

 
 
My Way
 
 
ella: me siento como un sacacorchos cuando hablo contigo. Pareces fío y distante
 
yo: pues me considero un tipo de lo más cálido cuando cojo confianza. Estamos en la
 
fase previa.
 
ella: ya entiendo, eres de los que les cuesta arrancar.
 
yo: cada persona tiene su ritmo.
 
ella: cuanto más piensas menos vives.
 
yo: sólo el pensamiento me hace sentir vivo. Además, el pim, pam, pum, no es mi
 
estilo.
 
ella: Cuál es tu estilo.
 
yo: conocer, entender, comprender, compartir...
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5月21日

Celdas- cap. II- " La llegada"

                                                        La llegada

 

 

Un coche oscuro de cristales tintados, un vehículo de proporciones extrañas, algo deforme, y demasiado cuadrado para los gustos vigentes del diseño, dobló la esquina encarando el convento y levantando una nube de polvo que salpicó la pintura negra del auto de diminutas motas brillantes. Quedó estacionado  frente a la  puerta pequeña que daba acceso a las dependencias del convento y  franqueaba al gran portón del templo como una hermana pequeña. Allí, parado, parecía poseído de un aire de indecisión, midiendo si dirección y destino tendrían correspondencia. Desplegó las puertas igual que la larva convertida en mariposa. De la parte delantera, del lado del conductor, descendió un tipo corpulento enmascarado en la mirada de espejo de unas gafas de sol. Del lado del copiloto, bajó un hombre trajeado en colores oscuros, pura formalidad. Era el director del centro penitenciario que sostenía con Pedro un cierto vínculo amistoso colegiado en reclusiones. Finalmente, tras una pausa medida de puesta en escena, la puerta trasera del coche se abrió con meticulosa suavidad, de ella surgió una figura quebradiza de rostro anodino. Destacaban entre el aburrimiento de los rasgos unos ojos mitad verdes, mitad marrones, con pinceladas de gris purpúreo. La mirada vacía, perdida en sus adentros, era a su vez escrutadora, capaz de atravesar la piedra y llegar a los recovecos más escondidos del edificio. El alcaide, buen conocedor de la mirada, prefería perder la vista en cualquier detalle de musaraña a confrontarse a ella. El policía permanecía a salvo tras el azogue de las gafas.

El carcelero, aunque él prefería presentarse como director de instituciones penitenciarias, contempló la construcción industrial de un convento del siglo XXI. Carente de cualquier alusión externa al contenido, fría e imparcial, lo mismo podía ser tierra santa que un edificio consagrado al negocio  mercantil. La forma puntiaguda del portón de la capilla adyacente, pegada al convento sin solución de continuidad, era la única referencia al uso de la estructura. La orden mimaba la integración en la sociedad  de la época hasta en detalles arquitectónicos. A veces, al ver en el convento una casa más de las construcciones civiles que lo rodeaban, los hermanos creían ser Jonás en el vientre de la ballena. El director de la prisión conocía al Padre Pedro desde hacía tiempo, cuando éste ejercía de asesor espiritual de los reos almacenados en su cárcel. El alcaide dudaba que sus chicos, llamaba así a los presos a su cargo, contaran con esa faceta etérea de la personalidad. De este modo y siempre con las cartas sobre la mesa, la relación entre ambos, unidos por la guarda de los respectivos rebaños, nunca pasó de la mera cortesía profesional. Para el alcaide, los reclusos eran escoria y el cargo que desempeñaba un sacrificio necesario en una carrera de ambiciones. El Padre, antes del caso del violador, ya había recogido a algunos de sus chicos más célebres. El funcionario nunca tuvo ganas de conocer en persona la casa del prior pese la poca distancia que separaba la cárcel del convento. Había cumplido con el penoso deber de aguantar a esa gentuza durante años, así, una vez realizada la entrega, qué apechugaran otros.

Don Santiago del Pino, ése era el nombre del venerable director de la cárcel, uno de esos tipos de constitución frágil, al verlo inspiraba confianza por su apariencia inofensiva. Detrás de las lentes ovaladas de alambre estaba seguro, eran parte del disfraz. Desde chico supo poner el aspecto enclenque a trabajar en beneficio propio. Contaba con un prestigio profesional ganado a base de ingenio y maniobras subterráneas. Por sus celdas habían pasado auténticas celebridades del crimen. Los presos destacados, aquellos capaces de suscitar el interés público más allá del simple acto delictivo, debían reunir una característica principal para ser acreedores de un sitio entre sus chicos, que pudieran salir del centro penitenciario con la cara alta y limpia. Quedaba lejos de él poder seleccionar de modo directo al personal recluso pero los años de experiencia en el funcionariado le otorgaban cierto margen de maniobra.

 Aparicio Astorga podía definirse como el gran primer fracaso en la brillante carrera de don Santiago. No había podido doblegar el carácter ingrato del violador por los mecanismos habituales, tampoco logró que el preso pasara por las ayudas médicas disponibles en la prisión ni cayera en la trampa farmacológica que le tendió. Una vez en libertad, Aparicio continuaría por el mismo camino que le había llevado a estar encerrado entre rejas. Otra violación. Eso no podía ocurrir, ahora no. El cargo tan anhelado durante años quedaría vacante al finalizar el año con la jubilación del titular. La carrera para ocupar ese puesto había comenzado y él contaba con varios cuerpos de ventaja sobre otros candidatos.

La Fe, menuda entelequia y menudo negocio, pensaba el alcaide contemplando la fachada gris del edificio. Tal vez, esa atmósfera de fantasía oculta tras el muro obrara el milagro y Aparicio Astorga, acostumbrado también a una visión particular, tuviera una inclinación a sentirse como en casa rodeado de ejemplares de la misma especie. El puesto, que por naturaleza y justicia le correspondía, la posibilidad real de acceder a él, pasaba por el convento. La indiferencia demostrada por Aparicio durante los años de reclusión rehuyendo los beneficios en la reducción de la condena que otorgaba participar en las actividades educativas y terapéuticas ofrecidas por la institución había desconcertado a su director. En las cortas entrevistas mantenidas con el preso durante aquellos años, el carcelero salía convencido del desprecio del violador hacia unas leyes y normas que no entendían aquello que condenaban. Si bien, en los años que el condenado había pasado en el penal nunca dio muestras de indisciplina, tampoco lo había hecho de lo contrario, como si nada de todo aquello fuera con él. Siempre sumido en un estado de duermevela, apartado del resto de reclusos por ese código tácito asumido entre ellos que convierte al violador en el más odiado entre los odiados, Aparicio sólo se relacionó con don Santiago por motivos burocráticos y con el sacerdote del centro. Al parecer el preso encontraba un extraño deleite en soliviantar al cura bajo el amparo del secreto de confesión.

El director todavía recordaba aquel día, lejano ya, en que frente al corcho del tablón de anuncios y con la arrogancia que da la baja estatura, iba memorizando todos aquellos nombres impresos en la lista tras el suyo para algún día restregarles aquel número uno de opositor. Tras unos comienzos difíciles en la función pública, teniendo que lamer los traseros de varios jefes  endiosados, vio en la política la clave del éxito que perseguía. En aquella época ya llevaba aquel “del” acuestas sobre el que tanto se llegó a especular. Nunca se pudo demostrar si provenía de una genealogía lucida o, dado lo artero del personaje, era cosecha propia aquella coquetería en el patronímico. Las celdas que gobernaba habían visto pasar a la alta alcurnia del delito, los guantes blancos y las manos negras de mayor calado popular, de ellos aprendió a moverse en terrenos pantanosos sin caer en los errores que les habían llevado a la cárcel y la forma de salir limpio de la ciénaga. En su haber figuraban grabados en letras de oro  la corrección aparente de individuos jalonados por el conjunto de la sociedad como incorregibles, alguno de ellos se contaban ahora entre los postulantes a la Orden del Padre Pedro.

El señor Astorga era distinto, se movía en parámetros diferentes a la mayoría, distintos a toda razón o defecto humano común, con el desinterés más absoluto que sólo podía provenir del desarraigo, una especie de convicción que lo alejaba de cualquier vínculo. La fama, que tanto perturbara a alguno de los personajes asilados en el convento, y verdadera obsesión de don Santiago, nada significaba para el violador.

El agente Salcedo, el tercer pasajero del coche, era una compañía conveniente para, contra toda costumbre, acompañar al convicto a su nueva morada. Don Santiago se sabía cobarde y vulnerable en lo físico. El policía, hombre de acción y parco en palabras, infundía en el carcelero un sentimiento de paz segura. Era un profesional que llevaba su propio código tatuado en el corazón y actuaba siempre de acuerdo a esa mancha impregnada en tinta. El alcaide no incluiría a Salcedo entre sus correligionarios, de hecho conocía la aversión que le producía su persona pero, al margen de antipatías o sobretodo conocedor de ellas, requería sus servicios cada vez con mayor frecuencia. La obediencia debida junto al carácter fundamentalista del agente aseguraba un acatamiento ciego de las órdenes más allá del propio deber. De la leyenda negra que rodeaba al policía prefería no saber nada. Aparicio despertaba en Salcedo un sentimiento de repugnancia. Por deformación profesional o por mera empatía, del mismo modo que ocurría entre la población reclusa, también para el agente, que llevaba la custodia de las rejas como auténtica penitencia en vida, el delito contra la libertad sexual de las mujeres le producía un asco especial. Aparicio no era quisquilloso en cuanto al trato procurado a cualquiera, era generoso y repartía odio sin distinciones.

 

 

El sonido eléctrico del timbre zascandileó en el aire enclaustrado del convento, recorrió imperioso los pasillos y creció en el silencio expectante de la espera. El repiqueteo multiplicado en el eco de las estancias bramó como el ruido de una estampida de animales salvajes acechados ante la presencia de un temor vago. Los quehaceres quedaron abandonados mientras los pasillos se llenaban de excitación. Una letanía ronca empezó a resonar en las cabezas de algunos hermanos,…el mal se hizo hombre y habitó entre nosotros. Los temores de aquellos días se materializaron en el ¡ringgggg! de la puerta. Nadie se atrevía a llegar hasta ella y convertirse en aquél que franqueara la entrada a lucifer. Sólo Pedro albergaba esperanzas con respecto a Aparicio. Con la ayuda de Dios, lucharía para elevar a aquel hermano desde el pozo de su caída hacia Él.

El abad apareció tras la puerta ataviado con la vestimenta talar que los hermanos de la orden lucían exclusivamente en el interior de los conventos. Don Santiago conocía a un Pedro paisano, ante el hábito experimentó una sensación de merma. El atoramiento pudo con él, el atuendo lo confundía y la sorpresa lo llevó a un acto impulsivo, de esos que se guardan en la memoria como moneda de cambio, se inclinó buscando en la mano del Padre un anillo inexistente. Pedro, hombre despierto, apresó al vuelo la mano fría y sudorosa del director cortando de cuajo la reverencia y adornando el gesto conciliador con la expresión risueña de los espíritus puros. Un toque carmesí cubrió la cara del carcelero, sumido en una sensación olvidada, casi infantil, incapaz de articular palabra, presentó a Aparicio con un gesto nervioso de los ojos. Un apretón de manos cálido, firme y seco, dado en la corta distancia unió al monje con el violador por primera vez. El tercer componente del trío le sonaba de algo al Padre, de visitas a la cárcel, cuando se dedicaba a aliviar las conciencias de los presos. No recordaba el nombre pero era una de los policías del centro penitenciario. Hubo un momento de vacilación en el que nadie parecía reaccionar. Más acostumbrado a la sorpresa el primero en hacerlo fue el delincuente que ejerció de maestro de ceremonias.

 

-         Padre, le presento al agente Salcedo, duro defensor de las ley y el orden, cosas en las que no sólo cree, además, milita.

-         Encantado de conocerlo Padre- contestó el policía ignorando el sarcasmo de Aparicio- he oído hablar mucho de usted.

-         Espero qué para bien. Pero no se queden ahí, pasen. Continuaremos hablando en el despacho que el invierno parece venir con prisas.

 

El grupo ascendió en fila por la escalera que conducía al primer piso. El abad encabezaba la marcha, siempre abriendo caminos, quién orienta al guía, la intuición o acaso esa raíz de higuera del conocimiento capaz de hallar agua en donde no la hay. El agente cerraba el ascenso tras Aparicio sin sacarle ojo de encima. Se detuvieron en el rellano, frente a un pasillo eterno con puertas distribuidas a ambos lados del espacio angosto. Al fondo, en el refectorio, una nube de casullas se dispersó ante la aparición de la comitiva. Pedro dio unos leves golpes en la primera puerta del corredor y entró el primero. Era una estancia espaciosa con una mesa de nogal noble en el centro respaldada por una ventana alta que bañaba de luz la habitación. En un rincón, junto al sofá granate de recibir visitas, el resplandor de una pantalla de ordenador encajaba en los renglones escritos el perfil de un hombre. Los dedos del personaje flotaban furiosos sobre el teclado, incapaces de seguir el ritmo de las ideas, golpeaban con rabia las teclas.

 

-         Les presento al hermano Joaquín, mi sobrino. Él también es un acogido como tú, Aparicio.-Bueno, exactamente como tú no, pensaba Pedro mientras terminaba con las presentaciones. Invitó al sobrino a enseñar al señor Astorga y al agente Salcedo el resto del convento. El alcaide y él despacharían todo el trámite burocrático del traslado.

 

Los dos superiores se sentaron frente a frente separados por la mesa. El eclesiástico ocupó el sillón de cuero con respaldo alto y rígido, la piel acollada con tachuelas en la madera formaba dibujos de fantasía geométrica. Don Santiago ocupó el otro lado de la mesa, cegado por la dureza del día filtrada a través del ventanal, sólo distinguía la voz del monje. Volvió a asaltarle la minusvalía, regresaba a los años de colegio, la confesión de los jueves, el cura del otro lado, la voz, el castigo, contrición, no sé cuántos padrenuestros, no sé cuántas avemarías, perdón, pecado original.

 

-         Joaquín es hijo de mi hermana Elena, un chico estupendo aunque algo confuso. El año pasado terminó la carrera de informática con notas excelentes, de los primeros de la promoción. Las ofertas de trabajo le llovían por todos lados pero el chico sufrió una crisis de identidad. Algo en su cabeza hizo ¡clic! Pidió mi ayuda y ya lleva diez meses entre nosotros poniendo cada día a prueba una fe renqueante. De todas formas sus conocimientos informáticos son una auténtica bendición para la orden y un ahorro importante para una comunidad modesta como la nuestra con tantos proyectos en marcha como escasos recursos. ¿Sabe lo más curioso del caso?- Santiago negó con la cabeza mientras miraba de reojo el reloj- Tenía novia, una relación de cuatro años, una chica maravillosa, simpática, guapa y, la dejó, abandonó todo aquello de repente. El cambio ha sido radical pero en él está su única salida y en Él- levantó los brazos- su única oferta para salir. Aparicio será su piedra de toque, una reválida de donde, al margen del resultado, Joaquín saldrá ganando. Estarán juntos, aprendiendo y guiando al otro, para al final ganarse a sí mismos.

-          Padre, esa idea es una temeridad, un desafío al desastre y, perdone que se lo diga, no son nuestras simples vidas las que están en juego.- No podía ser. Aquel fraile loco, se estaba riendo de él en su cara. O no había entendido bien, y era tipo de buenas entendederas, o aquel pingüino pretendía poner como guía del mismísimo diablo a un mojigato imberbe y asustadizo. Estaban demasiadas cosas en juego, aquel cura era imbécil o se lo hacía. Quedaba claro que no entendía el peso de los naipes de aquella mano.- Destrozará a su sobrino como hizo con tantas mujeres. Usted será el responsable de cuanto ocurra en adelante pero yo pagaré sus errores. Dudo qué sea consciente de la trascendencia del juego ni de la contribución sustancial que el programa de reinserción supone para las arcas porosas de la orden. Dónde irían sus proyectos, qué pasaría con los hermanos, qué se haría de su fe…

-         Mire, señor Del Pino- el Padre tiraba de tratamiento para guardar distancias- los temores son compartidos y soy consciente de todo lo que está en juego, de lo mío, de lo él y hasta de lo de usted.- El aire gélido empañó la superficie encerada de la mesa.

 
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5月13日

Celdas- cap. I- " Vísperas"

Este es el primer capítulo de "Celdas", un proyecto inconcluso que viaja por la cabeza con el ánimo de la resaca marina. 

   

I                                              -            I    Vísperas

 

 

Un, dos, tres, cuatro, los dedos de la mano de Pedro, niño, apuntan los números bajo una frazada áspera y pesada. BBBRRRUUUNNNGGG, ruge el cielo, se escurre arena entre las tablas del sobrado y cae en la cama. El niño sabe que esta vez no son las ratas, las ha oído marchar hace rato sobre su cabeza, antes que el resplandor burlara los mil huecos de la madera e iluminara la habitación. Ovillado bajo el espeso pelaje de las mantas, vuelve a encenderse la noche. Puede ver la jofaina en el rincón bajo la imagen traidora del espejo que chivatea su escondite, el armario y la mesita coronada con un ramo de flores secas bajo la ventana, un Cristo crucificado mira hacia abajo sobre el cabezal de la cama. Un, dos, tres, BBBRRRUUUNNNGGG, la tormenta avanza. Tres quilómetros lo separan de ella si las cuentas de Pepito son reales, no tiene demasiada fe en su amigo que siempre fue un zote con los números, desde primer curso copió sus cuadernos de cálculo, que sólo le interesa saber cuántas ovejas guarda el rebaño o las fanegas de trigo qué esconde el campo del palomar, qué lo otro son calenturas de sabio dice el amigo de regreso a casa sorteando las boñigas frescas plantadas aquí y allá en las calles del pueblo. BBBRRRUUUNNNGGG, ni un sólo dedo le da tiempo a estirar, la tormenta atrapa la casa, estremecida parece encogerse entre el fuego del relámpago y el estruendo del trueno. La tarima del techo bailotea entrechocando las tablas, un alud de tierra cae sobre el rebujo de Pedro y mantas. El niño está dentro del reloj de arena de Don Mariano, el maestro de escuela, con el cual mide el final de un ejercicio. ¡Tiempo! chillará con la caída del último grano, la tormenta pasa, la noche oscura, las manos sobre el pupitre, un, dos, tres… por la mañana se verán las heridas de los árboles tronchados por los rayos, mañana tendremos las notas del examen,… cuatro, BBBRRRUUUNNNGGG.

 

 

Pedro ha dejado muchas huellas sobre los caminos de arena. El niño de pueblo, inseparable de Pepito, es ahora el Padre Pedro y el papel que sostiene con mano temblorosa es el resplandor del relámpago, anuncio de la cercana tormenta. El cónclave reunido en el refectorio del convento está inquieto. Aquella reunión rompe la monotonía necesaria para la paz del espíritu. El Padre bebe un poco de agua. La voz clara de la hora temprana llega directa a los hermanos y penetra hondo. Da lectura a la misiva llegada hace unos días desde la prefectura de la Orden.

 

... el próximo día 23 del mes entrante, se incorporará a vuestra comunidad Aparicio Astorga, un preso bajo las prerrogativas del tercer grado. Dada tu experiencia en casos anteriores y la demostrada diligencia demostrada en ellos, hemos elegido la casa que regentas con dignidad para albergar al hermano hasta que complete su deuda con la sociedad. Esperamos que para esa fecha, estén dispuestas todas las medidas necesarias para acoger dentro de la familia cristiana, a la cual pertenecemos todos, a éste nuestro hermano. Dejamos las razones de los preparativos en tus manos, confiamos en tu saber hacer. Te recordamos que el deber de asilo es una de nuestras máximas y debemos mantenernos firmes en ellas para ser fieles con nosotros mismos. El Señor guiará  tus pasos, cada escollo superado fortalece el espíritu y aclara el camino hacia la Gloria.

Sobre Aparicio, nada que añadir a lo que ya conoces. Él ha elegido nuestra Orden para cumplir con su condena dentro del plan acordado con Justicia. Ha rechazado cualquier tipo de ayuda psiquiátrica durante la reclusión. El arrepentimiento anida lejos de él pero algo lo mueve hacia el cambio. Ésa es la misión que se nos encomienda, debemos guiarlo hacia la Luz. El resto será Voluntad del Señor…  

Para la mayoría de los hermanos, el nombre de Aparicio Astorga era un capricho más de la genealogía, un juego de nombres y apellidos conjugado por la divina providencia. Para unos pocos, esa combinación de iniciales primas era un vago recuerdo, como los nombres casi perdidos de  compañeros de recreo. Para los menos, era un asunto de hemeroteca. La cabeza humana, por efectos del tiempo, termina siendo una colección desordenada de diarios viejos.

El nombre de Aparicio Astorga había saltado a la prensa algunos años atrás, tras ser detenido por la policía. Fue la primera detención emitida casi en directo por la televisión. El abundante material audiovisual del suceso llenó portadas de periódicos y encabezó numerosos informativos televisivos de las cadenas públicas. Las autoridades pretendían con ello aliviar la psicosis desatada por los actos cometidos por el delincuente durante años.

-  De la peor calaña.- Sonreía el jefe de policía, ruborizado por la presencia de las cámaras tras el apresamiento. Años después, el defensor de la ley se desenvolvería como pez en el agua frente a los medios de comunicación.

La ciudad, ese enorme amasijo de hierro, hormigón, asfalto, polución y carne, sobretodo carne, se cubría de un manto espeso con cada nuevo delito del personaje. EL miedo se apoderó de ella como una plaga bíblica. Aunque las víctimas de Aparicio eran mujeres, ellos tampoco escapaban al temor, de raíz infantil, a la oscuridad. Con cada nueva mujer violada, la ciudad se encogía como un animal asustado. Ellas eran asaltadas en los amplios portales del barrio gobernado por la rígida geometría, y los sociólogos –erre que erre- que aquello no podía estar sucediendo en una estructura tan ordenada, pero ellos sólo sabían de estadísticas y el destino nada entendía de números. Mientras, ellas seguían cayendo bajo el ímpetu de una fuerza que iba más allá  del  deseo, de una complejidad más fiera, brutal.

La policía, desconcertada, buscaba a tientas a un criminal esquematizado en el carboncillo del dibujante sobre las cuartillas de un cuaderno de papel grueso. El hábitat de Aparicio era la oscuridad, así que las asaltadas apenas podían emborronar el papel de pareceres; -me parece que así-, -o me parece que asá-.  Aquel tren circulaba a tal velocidad que la carbonilla entraba en los ojos de las pasajeras regalando imágenes grotescas distorsionadas por las lágrimas: para unas era un ser monstruoso de proporciones mitológicas; rostro partido de boxeador, manos curtidas, cola y aliento azufrado. Otras aseguraban que se trataba de un chico joven, delgado y de tez pálida, un alfeñique de apariencia inofensiva, -mira que me lo decía mi madre, no te fíes nunca de ninguno, las apariencias engañan, qué razón tenía la buena mujer-. Allí donde la ciudad ensancha sus calles y el plano se vuelve cuadrícula, las fuerzas del orden agitaban el aire gris de la urbe en su ir y venir, el paso femenino era pura angustia y Aparicio sumaba violaciones a un ábaco particular.

El entonces comisario Juárez de hizo cargo del caso. En aquella época, si la policía ponía las garras sobre uno, a éste le caía un buen marrón. Aunque la escuela del comisario era bastante más gris, de un tipo de enseñanza que nunca se olvida del todo. Además, el tal Juárez era un afamado cazador, amante de los placeres, dudosos para muchos y evidentes para la minoría, de las artes cinegéticas. Esta afición le había resultado de gran utilidad en el desempeño de la labor profesional, sabía seguir el rastro del animal como nadie y, si era preciso, facilidades al margen, no dudaba con el gatillo. Los tiempos eran otros, el acoso y derribo había quedado impreso en las retinas de los agentes veteranos pero aires nuevos gobernaban el Cuerpo. Un pacto de silencio, de borrón y cuenta nueva, había transformado a los agentes de más antigüedad en monitos bien amaestrados que, negando siempre la mayor, permanecerían ciegos, sordos y mudos ante un pasado que, por interés personal, se esforzaban en ignorar.

El comisario, como cetrero profesional que era, decidió soltar un señuelo para cobrar la pieza codiciada. Entre los suyos, eligió una paloma engalanada de los atributos que, para el halcón, eran tentación fatal. Cuando el Sol mitigaba sus furias y las sombras salían a la superficie bajo el amparo de la luz difusa del atardecer, la tórtola emprendía un vuelo inocente por las calles anchas del barrio acechado. La subinspectora comenzaba el turno de noche disfrazada de elegante traje chaqueta de corte esmerado y armada de sendos tacones italianos que alargaban unas piernas bien torneadas por el ejercicio hasta lo insoportable. El gorjeo quebrado del cimbel sedujo al milano, la más cruel de las aves de presa, con su canto hipnótico. Decía Juárez que el pájaro era de gustos refinados.

Para el ojo avizor, el vuelo alegre y despreocupado, algo descarado, del ave pacificadora escondía algo inquieto bajo el plumaje gris jaspeado del paño, pero… era tan bella. Obró con toda la cautela que le permitía aquel bullir dentro de él, el ímpetu de aquella fuerza imponía  determinación sobre otras voluntades. Desde el puesto, escondido en una densa arboleda, oteó la cadencia de movimientos de la víctima. Con sangre en la boca, calculó el momento adecuado para acometer sobre ella. Arqueó el cuerpo hacia atrás, hizo retroceder sus alas permitiendo el avance de las patas e hincó las garras sobre la piel suave de la mujer policía, en el interior de otro de esos inmensos portales del barrio burgués. El señuelo, pese a saberse observado por ojos no permitidos, fue sorprendido por el azor y los guardias de aquel coto urbano  apenas llegaron a ver un rastro de plumas sueltas para lanzarse atemorizados hacia el portal. La palomita se debatía contra una fuerza superior a negros conocimientos en artes marciales, sucumbía ante la acometida de un mal sobrehumano cuando irrumpieron en la escalera los compañeros que debían protegerla. Demasiado tarde para apartar una carga que la subinspectora debería soportar el resto de los días. El cazador cazado y la víctima, víctima.

Durante años, las manos sudorosas de Aparicio Astorga recorrerían el cuerpo de la subinspectora, su cara volvería a impregnarse de la saliva arenosa del violador, y sentiría el aliento fétido junto al oído cantando un bisbiseo interminable. Las depresiones causadas por ese poder inabarcable, serían motivo de periodos intermitentes de baja laboral hasta poner punto y final a una prometedora carrera dentro del Cuerpo Nacional de Policía. Invalidez permanente, con ese dictamen sentenciaría la comisión médica que había de juzgar el caso. Eso y una medalla por cumplir con un deber que era vocación y sustento al mismo tiempo, ¡ah!, y una palmadita en la espalda, fue toda la recompensa por el sacrificio. Las noches blancas en compañía de  un demonio propio eran una pena añadida al gran dolor de verse forzada a abandonar la profesión amada. La peor desgracia es una felicidad interrumpida, si nunca llegas a conocer ese estado de dicha difícilmente podrás añorarla y esperar que un buen día se presente ante nuestra puerta es cosa de ingenuos. Para ella, haber participado en la detención del criminal era de los escasos consuelos a los que recurrir en el tiempo del insomnio. Sí, el monstruo estaba a buen recaudo, no podía destruir la vida de otras mujeres como había echo con la suya, pero y el dolor, quién se hacía cargo del dolor. Aquella medalla de mierda pesaba como una losa, la guardó en la cajita roja con el fondo recubierto de terciopelo azul en que le había sido entregada, la introdujo con brusquedad en el molde de la huella, y ¡Clac!, la confinó al fondo de algún cajón de donde no volvería a salir nunca.  

Pedro, cabeza de aquella comunidad, pudo ver el reflejo del relámpago en las caras de los hermanos, pocos por el momento, capaces de relacionar el nombre del delincuente con la naturaleza del delito. Sabía que pronto todos serían conocedores de los antecedentes penales de Aparicio. Evitó hablar o dar más información sobre el violador. Lo hizo por temor. Aun escogiendo con cuidado las palabras, los gestos o silencios podían traicionar sentimientos provocados por la valoración personal del personaje, dando al traste con la cátedra del ejemplo. Por las noches, encogido en el catre de la celda, podía sentir el contar nervioso de los hermanos y el silencio engañoso de la calma que precede al trueno. Conocía bien a sus discípulos y los años de estudio del sacerdote sobre la condición humana le permitían ciertos juegos de habilidad. La fe haría el resto.

Desde ese día, intentó preparar a los hermanos, amortiguar los posibles efectos de aquella presencia. Recurrió a todo tipo de estrategias. Desde el púlpito recordó que sólo a Él le correspondía juzgar, el dedo a modo de pararrayos quedaba lejos de tanta altura. Profundizó sobre la misión que les había sido encomendada, aquel reconducir almas, enseñar el camino a la Verdad. Los esfuerzos del Padre parecían estériles y a medida que se aproximaba la fecha una sensación extraña se iba haciendo cada día más palpable en el convento. En un gesto desesperado, gastó una de esas balas que se guardan por un por si acaso, quién esté libre de pecado que lance la primera piedra.

La culpa era suya. El hecho de que él gobernara aquella casa era una de las razones principales para la llegada de Aparicio. Pedro había desempeñado la labor evangélica para la cual había sido escogido, según él, por una gracia inmerecida, en instituciones penitenciarias durante años. Cerca de los presos participó de ese trocito de verdad oculto en cada hombre y de cuya suma, encajando las piezas de un enorme rompecabezas, se obtiene esa gran verdad llamada mundo. Como asesor espiritual de los convictos aprendió a englobar todas las facetas humanas en una sola: el hombre. Por ello no mostró sorpresa alguna cuando el jefe provincial de la Orden le hizo llegar aquella propuesta del Ministerio del Interior por la cual el convento acogería casos especiales de individuos en situación de tercer grado. Serían personajes ilustres condenados a la fama, en unos caos deseada, en otros añadida, para ellos la calle podía ser más peligrosa que cualquier patio de prisión. La vida religiosa siempre ha sido un refugio excelente para la paz, la regeneración y, sobretodo, para el olvido. La presión de los medios de comunicación los destrozaría, necesitaban de aquella transición extraterrena.

Entre las filas de fieles que Pedro había ido recogiendo por esa prerrogativa peculiar del tercer grado  negociada entre los ministerios de Justicia e Interior y los prebostes de la Orden, los muros de esa casa consagrada acogían, en un número reducido, algunos célebres personajes de la vida pública caídos y condenados por sus faltas. Banqueros relegados por sus actos de avaricia conspiradoras a meros muñecos de paja, constructores convertidos en políticos o en presidentes de clubes de fútbol con afán mercenario. Políticos que, más allá de las funciones propias del cargo, asumieron al mismo tiempo el papel de juez y verdugo, confundiendo la separación de poderes con cosas del pasado. Dentro del pacto, la orden exigió que cualquier maniobra publicitaria permaneciera fuera del proyecto o la propia comunidad de religiosos saldría de él. Los acogidos pasarían la prueba diaria de ser uno más entre hermanos, participando de los quehaceres mundanos de la casa, y si ellos querían, también de los divinos. Serían despojados del nombre civil y vestirían la casulla reglamentaria para experimentar el anonimato del individuo bajo el tacto de la tela burda.

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5月1日

nocilla dream

la cabeza, esa gran olvidada por la incapacidad humana de su entendimiento, tiene sus mecanismos cóncavos y convexos de destrucción de la realidad. El nervio óptico recibe la información y luego entra en escena el laberinto de los espejos de feria. En el parque de atracciones del Tibidabo, arte retro puesto a disposición del ocio moderno, existe una sala llena de espejos que convierten el reflejo en una colección de yoes absurdos. Qué es más raro, la distorsión de la imagen o el proceso definitorio de cada uno de nosotros sobre quienes somos. Mientras iba recorriendo las estanterias llenas de libros de la tienda saltó ante mis ojos. El título me sonaba, de algún modo su presencia se había incrustado en mi cabeza, sin saber el cuándo o cómo de la información. Quizás por eso opté por la compra, necesito ese materialismo literario, así derrumbo el castillo de naipes de la imaginación. Lo puedo tocar, sentir, oler su ruido de pergamino, acariciar el tacto de filo de las páginas. Como sólo ese amor difuso por las palabras une nuestros destinos, une y separa como la gran muralla, te mando esta bitácora llamada Nocilla Dream, Agustín Fernández Mallo su autor. Es una propuesta diferente escrita bajo la perspectiva de una belleza extraña. Como muestra un botón:
 
" ...Cuando ya no pudo más, sentada en el capó del Mustang se echó a llorar. Se repasaba los labios en el retrovisor y la maquilladora le avisa, ¡Salimos al aire  en 1 minuto!
Nevada TV hace el especial Prostitución en carretera. Acercan el micro y le preguntan, ¿De qué cosa te sientes más orgullosa, Sherry? El amor es un trabajo difícil, contesta, amar es es lo más difícil que he hecho en toda mi vida."




aunque tú no lo sepas

Aunque preguntaste no insististe. Esa falta aparente, recalco esa palabra, de ansiedad por saber hizo pasar el tema como extravagancia ambigua de un tipo más dado a la elocubración que a las fantasias de ninfas y faunos. Aun siendo ambas ficticias, sólo una de ellas es creadora...
Primero, el último párrafo del libro de Carmen Amoraga " Algo tan parecido al amor" y después la poesía de Luis García Montero que sirve de rúbrica a la novela:
 
" Me dijo que era difícil saberlo, porque la realidad aislada pierde su significado. Me dijo que tratar de descubrir qué es la verdad es complicado cuando sólo eres capaz de ver una parte de las cosas que suceden, la tuya. Me dijo que era como si leyeras por partes el poema más hermoso del mundo. Ni lo más horrible ni lo más bonito, me dijo, tienen sentido sin el hilo que les une, que les da forma. Por eso, me dijo, hay tantas realidades, aunque casi ninguna era buena del todo salvo la que ella acababa de descubrir: todos, me dijo, todos merecemos un poco de felicidad. Y entonces, dejé de tener ganas de llorar."
 
 

Como la luz de un sueño,

que no raya en el mundo pero existe,

así he vivido yo,

iluminando

esa parte de ti que no conoces,

la vida que has llevado junto a mis pensamientos.

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto

cruzar la puerta sin decir que no,

pedirme un cenicero, curiosear los libros,

responder al deseo de mis labios

con tus labios de whisky,

seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado

en la cama, sin prisa, muchas tardes,

esta cama de amor que no conoces,

la misma que se queda

fría cuando te marchas.

Aunque tu no lo sepas te inventaba conmigo,

hicimos mil proyectos, paseamos

por las ciudades que te gustan

recordamos canciones, elegimos renuncias,

aprendiendo los dos a convivir

entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario

o en la noche de un bar por mi sorpresa.

Así he vivido yo, como la luz de un sueño

que no recuerdas cuando te despiertas.

 

LUIS GARCÍA MONTERO

Aunque tú no lo sepas