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April 20 El último eucaliptoEl último eucalipto
Arrogante y majestuoso imponía su tamaño sobre la altura regular de los Pinos. Rompía la monótona sucesión de los árboles irguiéndose por encima de ellos como un falo erecto sobre el perfil curvilíneo del campo de Venus. Coronaba Montemayor como esas cruces colocadas en un pico para recordar que Dios vigila. Nunca vi en él la presencia insidiosa de un ser superior, era el mástil de un barco corsario surcando la planicie de un mar verde en busca de aventuras. El valle menguaba de tamaño desde esa atalaya pero, al mismo tiempo, se mostraba magnífico cubierto por una alfombra persa de hierba fresca adornada por la línea azul del río que partía sus entrañas en dos. Observado y rodeado por montes que veían el valle como algo pequeño, diminuto, sentían la obligación de protegerlo del viento porque sabían que pertenecía a un plano diferente de la misma realidad, quizá la única importante, la Naturaleza. Las casas del pueblo aparecían como un archipiélago de islotes insignificantes bañados por las olas del viento sobre los tallos verdes de la hierba. Como una mano deslizándose con suavidad por una tela aterciopelada, dejaba impresos los surcos del roce de las yemas de sus dedos sobre la superficie acogedora al tacto. Desde ese punto elevado, recordaba la geografía del Océano Pacífico donde una isla es un país y dos un continente. El asfalto de las carreteras ponía el punto gris al paisaje, un escarnio para el esplendor, una rúbrica a la condición humana. Su eucalipto estaba ubicado junto a la pista forestal que, curiosa y serpenteante, escalaba la montaña empeñada en descubrir cada rincón del bosque a través de constantes giros a derecha e izquierda. Por el lado umbrío, estaba protegido por el talud formado por el arañar del cortafuego en su caminar precipitado hacia el valle. Contemplando esas heridas abiertas a la vida, uno se plantea si el beneficio puede compensar el vacío dejado o si los actos loables deben permanecer impunes por los fines que persiguen.Solo, siempre solo, oteando el horizonte de puntillas por si logra ver tierra. Su aliento balsámico destruye todo rastro de vida vegetal al amparo de su sombra y la lengua aborigen de sus ancestros aleja a los animales. Condena de vida inventada, recuerdos de tierras ignotas y sueños prestados de otros árboles que no suyos. Al superar al roble, su destino se unió al de todos aquellos desplazados de su espacio o de su tiempo. Una historia de amistades estériles donde languidece la vida entre adioses y silencio. El autocar devolvía a Miguel al mismo pueblo, aquél del que una vez se despidiera para siempre en abrazos insinuados de apatía. Tras pasar el puerto de montaña, el autobús enfiló hacia el valle. El tiempo de la distancia le devolvió negro por verde, mostrando los efectos devastadores del apetito voraz del fuego malintencionado. El traje festivo del monte con su falda verde esperanza se había vestido de luto riguroso, de negra ignorancia. Sus ojos recorrieron toda aquella montaña de cenizas, partiendo de la base y siguiendo en sentido ascendente, hasta detenerse en la silueta del eucalipto recortada contra el cielo azul rabioso del estío. Su árbol había sobrevivido aferrado a una decisión, ajena a su voluntad, que le obligaba a sobrevivir pese a sus pocas ganas de hacerlo. Un temblor se deslizó por su espalda. Sintió con fuerza que algo le unía al árbol. Un vínculo secreto entre náufragos, una providencia compartida, un fin deseado, un sueño sostenido, todo para empezar cada día en el mismo punto. Se había propuesto no regresar jamás y, si ahora rompía la promesa, era por su hermana. Tras el accidente, se lo debía. Ella vivía allí y fue ella quien recogió los restos de Miguel esparcidos por el asfalto de la carretera y fue ella quien llamó a sus padres y vio al Miguel de antes de la cirugía. El camino hacia sus nuevas tribulaciones pasaba sin detenerse por aquel trozo de tierra con nombre. Pero ese viaje es otra historia y ahora la atención está acaparada por el héroe austral. El fuego avanzó impasible a la belleza devorándolo todo y convirtiendo en un amasijo de cenizas y rescoldos apagados el escenario de la huida de Miguel. Recordó como fue a parar allí en su día tras agotar la vida en innumerables porqués. Estancado en el límite del precipicio, aquel lugar le pareció un abismo adecuado. En aquella época, sólo el deporte le hacía sentir vivo, era una forma de demostrar que la mente prevalecía sobre los límites del cuerpo y de devorar aquel hálito de energía remanente. A través de aquel ejercicio físico extremo, escapaba a la barrera que había interpuesto entre él y la felicidad. Más lejos, más rápido, más fuerte, pero solo, siempre solo. Había recorrido muchas tardes partes del bosque extendido a lo largo de la superficie empinada de la montaña, en todas las direcciones posibles, con todos los sentidos imaginables. Las carreras mantenían un único denominador común, un justo medio permanente: aquel eucalipto, su árbol. Una vez alcanzado su refugio y al amparo de la sombra rectilínea del tronco, contemplaba embelesado el espectáculo dibujado a sus pies. El Gran agente forestal, por ensalmo, convertía lo contemplado en cadena perpetua. A su lado, inhalando los humores balsámicos de sus bayas junto al aroma a resina de los pinos, Miguel devoraba aquel aire cargado de medicina contra las afecciones respiratorias mientras divisaba el valle y emprendía el camino de regreso. Volver atrás es siempre descender menos cuando se utiliza la memoria. El árbol era un símbolo a medio camino, en tierra de nadie, entre la calma del espíritu de aquel instante y la realidad. También representaba la culminación del esfuerzo, el punto de no retorno. Junto al eucalipto, el camino discurría en un apacible descenso hacia el valle. La zancada se estiraba mientras el cuerpo compensaba la inercia de la velocidad en busca de equilibrio. Los minutos de subida se olvidaban con los segundos de la bajada, la pupila se acostumbraba a las sombras de la civilización mientras el eucalipto continuaba atrapado en la luz de las alturas. Miguel pudo sentirlo al poner el pie en el andén de la estación de autobuses. El pueblo aún conservaba el olor del desastre en sus calles. Las motas de ceniza se arremolinaban en las esquinas de los edificios y ascendían sostenidas por corrientes de aire para caer formando parte del asfalto. Aquella lluvia de plata, poco a poco, cubría toda la extensión del municipio de oscuros augurios. Escuchó la llamada dolorosa del monte en las carnes y, después de saludar a la hermana, partió hacia los restos del incendio consciente de lo que no volvería a ver. El fuego había descendido hasta la carretera, desde ese punto cogió la senda que escalaba la ladera hasta llegar a la altura del eucalipto. Las zapatillas iban adoptando el tono mediocre del entorno devastado por las llamas, del blanco al gris en un proceso patético de asimilación. Por suerte o por desgracia el resto de Miguel estaba en consonancia con el ambiente y, por todo cambio, acentuó un poco más su color. La hermana le puso al corriente sobre una sospechosa relación entre las demandas de madera del floreciente sector inmobiliario con la proliferación de los incendios durante todo el año. - Miguel, sabes de sobra que aquí señalar y callar se hace al mismo tiempo.- Pinos, castaños y eucaliptos sucumbieron ante la ambición de quien es incapaz de ver más allá de su propia nariz. Miguel vio al hombre asir la tea incendiaria y actuar de cuarto jinete en un baile de máscaras. Pero los árboles sólo fueron una víctima más; ardillas, conejos, corzos, jabalíes y mil animales formaron parte de la barbacoa macabra. Vio como eran asados a fuego lento. Percibió el resonar de los ecos de la agonía entre huesos y piel quemada. Conocía a las gentes del pueblo. Eran ellas quienes alentaban este tipo de suicidio favoreciendo el hoy para empequeñecer el mañana. El pastor tenía pastos para los animales, el carpintero madera para construir muebles, el tendero clientes para el negocio, el resto participa de los beneficios de la venta de la madera del bosque comunal y todos callaban. Los vecinos de aquel pueblo devoraban la vida como el fuego lo hacía con el monte y se aferraban a ella como si cada día fuera el último. Por eso él decidió ir a ese lugar la primera vez, para borrar cualquier vestigio pasado. El accidente había confirmado su error porque ese animal al cual maltrataba constantemente era el más viejo de todos. Sobreviviría mucho después del último vestigio de existencia humana en el pueblo, del mismo modo que existió miles de años antes de su primer habitante. El tiempo y cientos de batallas perdidas hicieron sabio a ese ser moribundo y sabía cuidar la memoria para conservar la vida: la Tierra perdona pero no olvida, otro código no escrito pero asumido por todos. El eucalipto se mantenía firme sobre su tronco pero estaba herido de muerte. Su aspecto recordaba a un bistec a la inglesa: vuelta y vuelta. Su aislado emplazamiento entre la pista forestal y el cortafuego, la distancia entre el árbol más próximo y la ausencia de sotobosque bajo su copa le había salvado la vida o prolongado su muerte. Empujado por la ira, Miguel miró hacia el cielo aunque, con certeza, debió bajar la vista al valle, para gritar con voz de serrín ahumado: - ¿ACASO, NO ERA SUFICIENTE CASTIGO?- Crecer en tierra extraña, alejado de los suyos, soportar el desprecio de los lugareños. Sentir como exhala la tierra a sus pies. Solo, siempre solo. Pero la maldición incrementaba sus desmanes forzando a las llamas a olvidar su camino, a sortearle entre humos. Fue testigo mudo de como moría la vida, como moría su muerte. Todo había retornado al polvo original menos él que, empalado en la corona del monte, debía dar testimonio de la gran venganza del hombre sobre el hombre. Abandonaba Miguel aquello que una vez, recordaba, fue un bosque cuando topó con una de las inoperantes aunque voluntariosas brigadas contra incendios. Entre los rostros tiznados descifró los rasgos conocidos del filósofo anarquista. En su desprecio por las instituciones, volvía a participar de una de ellas, según él, para esquilmar al estado opresor pero aquel era un momento trágico y los muertos merecían respeto. Miguel se abstuvo esta vez de discusiones idealistas para preguntar sobre el destino del árbol. Ricardo, el anarquista, detalló toda la política forestal de la Xunta y el triunfo de la raza sobre la moda. Pensaban retirar todos los eucaliptos invasores sustituyéndolos por especies autóctonas en un proceso dilatado y costoso que devolvería al pueblo parte de su patrimonio. Las máquinas empleadas en arar la tierra yerma del fuego darían buena cuenta de él, lo derribarían y trocearían para luego venderlo al intermediario de turno junto a los restos del incendio. - Terminará dónde la mayoría de ellos, en la papelera de Pontevedra. Allí nos darán sus buenos duros por el arbolito.- Tal vez, habré emborronado de desvaríos tintados las entrañas empastadas del último eucalipto.
April 08 el carruselel carrusel
Repasando papeles viejos y fotografías archivadas con mimo en cajas de zapatos, encontré la imagen retratada del tío vivo. De esa chistera de cartón y frente al majestuoso carrusel, patizambo, surgió Enrique García García con su sonrisa mellada. Enseguida pasó ese otro, el que fue yo, a contar con voz de arrullo dentro de mi cabeza la historia de ese hombre. Durante año y medio trabajé en el parque de atracciones pobre de la ciudad. Frente a él, en la otra gran montaña, competía contra nosotros el parque rico, el de la parte alta, el del consorcio del poder. Aún estudiaba cuando empecé a trabajar en la feria y, de lunes a sábado, por las mañanas, sacaba unos dinerillos en el supermercado de unos grandes almacenes, las tardes eran para el estudio. El problema estaba los sábados cuando salía a las diez de la mañana del centro comercial y debía incorporarme al parque a las once y media. Las carreras locas por los pasillos del metro y a base de empujones ganaban aquella carrera contra el reloj. La memoria está lejos de ser una máquina infalible de alta precisión, quien piense en este sentido sin duda cae en un error, la memoria sólo es el filtro de los recuerdos. Así que los errores u omisiones de esta historia acháquenlos a un error de diseñó. En invierno, las atracciones sólo se abrían en fin de semana y jornadas feriadas. Subir hasta la montaña y pasar frío era demasiado sacrificio para la recompensa final. En verano, el parque abría todos los días y la plantilla se triplicaba. Conocí allí a Enrique y su nombre se ha grabado en mi cabeza con tanto detalle por tener, en el orden dictado por el abecedario, el primer apellido pegado al mío. Su tarjeta de fichaje estaba junto a la casilla donde residía la mía. Una cartulina colorada con nombre y apellidos, números y fechas que el calendario iba completando con los borrones ilegibles de la máquina selladora, unas manchas de tinta azulada que certificaban a la empresa tanto nuestra asistencia como existencia, aunque no la naturaleza de la misma. Todas las mañanas en que el parque abría las puertas para regocijo de los pequeños y no tan pequeños, Enrique y yo coincidíamos en el ritual sagrado de sellar nuestra entrada en la empresa. Aquel artilugio de relojero malvado devoraba la cartulina encarnada para devolverla, instantes después, herida de muerte vertiendo la sangre azul de la tinta. El compañero debía rondar la cuarentena aunque la cabeza despoblada y unos andares peculiares contribuían a no acertar de lleno con sus años. La referencia heráldica, nos llevó a compartir el puesto de trabajo. Enrique era el señor del mágico carrusel. Plaza ganada por los muchos años de servicio y por los pocos, como fue mi caso, de tantos otros en aquel ir y venir de estudiantes y buscadores de primer empleo. Con sus corceles negros y blancos de crines mecidas por la velocidad del cabalgar redondo y la fuerza de un viento paralizante, el cochecito de bomberos con sus campanas doradas tocadas insistentemente por los niños y que nosotros intentábamos ignorar, las carrozas recién salidas de un cuento cursi de princesas enamoradas y la caravana beduina con sus camellos y dromedarios, según lo jorobados que estuvieran, todos giraban y giraban con nosotros en un deambular tan absurdo en resultado como persistente en el error. Aquella era la atracción central de la zona infantil del parque de atracciones y, como el astro rey, desplegaba entorno suyo los otros mecanismos y cachivaches de diversión, siempre bajo el influjo vigilante del carrusel. Aquella zona del recinto lúdico, estaba poblada por operarios “g”: Garcías, Gallardos, González, Gómez, Garridos y se completaba con algún que otro Hernández. El jefe de personal debía tener ancestros nibelungos por su tendencia desmesurada, rayando la paranoia, por el orden, con una aquiescencia especial por el alfabético. Las taquillas, los vestuarios, las tarjetas de fichar, las nóminas, los puestos de trabajo, las vacaciones, todo se regía y debía amoldar a la estructura rígida, inflexible y permanente del abecedario. Resulta obvio apuntar que ese sistema férreo acarreaba más problemas que supuestos beneficios organizadores. Así, todas las “g” marchábamos de golpe de vacaciones dejando la zona infantil, también llamada gifantil, huérfana de manos expertas. Como amantes despechadas, las máquinas padecían la ausencia negándose a trabajar aduciendo jaquecas en forma de mil averías diferentes y ruidos descoyuntados. Aquella parte del parque era la más antigua del recinto, procedía en su mayoría de un complejo caduco desmantelado en Nueva York y vendido a la empresa catalana a precio de chatarra. Great Mountain, New York, esa era la divisa marcada en el lomo de toda la ganadería del carrusel. Ahora existen otro tipo de camellos dando vueltas en las calles de la gran metrópoli americana. Nuestra primera labor, antes de la apertura de puertas al público, era desenfundar de sus lonas cada caballo, camello o vehículo. Después, con trapo en mano y limpia todo, lustrar las crines de la yeguada pródiga en efectivos. Pasábamos la inspección técnica al coche de bomberos arrancando un brillo mate de sus campanas exhaustas y a las carrozas reales. Por fortuna disponíamos de un cierto margen desde la señal que indicaba la puesta en funcionamiento de toda la maquinaria y la llegada de los primeros clientes a esa parte dedicada a los pequeños. La avalancha del primer momento la sufrían los operarios encargados de manejar la montaña rusa con dos giros completos y tirabuzón central, auténtica atracción estrella de aquel espacio dedicado al esparcimiento lúdico. Los compañeros de la atracción central, la de las vueltas de campana, no habían sido seleccionados por ser expertos en lenguas eslavas, su mérito radicaba en apellidarse Sánchez, Serranos o Segarras. Esa elección tenía un atisbo de lógica, por lo menos la letra agraciada compartía con el cacharro mecánico la sinuosidad en su morfología. Nuestro tío, así llamábamos cariñosamente al carrusel, era cosa de nostálgicos a los que, poco a poco, se les incorporaba en goteo continuo un rosario de extraños seres de color verde, provenientes con seguridad del doble giro con tirabuzón central. Esto ocurría regularmente con el Sol ya bien alto sobre nuestra cabeza, cuando la gente se cansaba de ver el mundo del revés, las colas superaban la hora de espera, e intentaban poner un punto de coherencia en sus vidas invertidas. El número de jinetes crecía en las horas siguientes al momento de la comida, el motivo parecía estar claro. El tío vivo giraba con una rotación grácil, muy aconsejable contra las digestiones difíciles de los fritos y bocadillos grasientos de las cantinas del parque. La media de edad de nuestro público era avanzada. A los niños de hoy eso del tío vivo les parece un rollo de otro tiempo y sólo acudían arrastrados por la ensoñación infantil de sus padres. - ¡Jo! Papá ya hemos montado dos veces en este cacharro, subamos a los jets espaciales.- Pero el progenitor ensimismado en sus fantasías recuperadas exclamaba: - Venga, corred, que no nos quiten el coche de bomberos. Podremos tocar la campana durante todo el viaje. ¡Qué divertido! Verdad.- A Enrique aquellas escenas de felicidad familiar le afectaban de un modo singular: quedaba paralizado contemplando fijamente la escena hasta que el sonido escandaloso de la sirena deshacía el hechizo anunciando el final del trayecto. Nuestros corceles tenían unas proporciones gigantescas para cualquier niño. Un temporizador detenía el motor, los engranajes perdían la inercia del movimiento y terminaban por detener el giro del aparato. Sonaba la señal y entonces, como fieles escuderos, salíamos de nuestro escondite para rescatar a los pasajeros más jóvenes apeándolos de sus cabalgaduras. Él se colocaba estratégicamente. Sabía de memoria en qué lugar se detendría tal caballo y dónde la carroza de cenicienta. Siempre acudía al socorro de alguna princesita de bucles dorados retenidos por una diadema fina de colores chillones y se entretenía en exceso con las niñas obsequiándolas con un repertorio amplio de mimos y carantoñas inocentes. Pero los padres no siempre interpretaban de ese modo las atenciones prodigadas por Enrique a sus hijas. Tuvimos serios problemas al respecto pero mi cara de buen chico solía apaciguar las iras de los adultos. Un día, la cosa pasó a mayores y adquirió tintes dramáticos en los que abundaban las palabras vicioso, cerdo y pederasta, un bonito epíteto aprehendido de la televisión. El asunto se apaciguó por sí solo y mi compañero me hizo partícipe de su gran secreto. Todo el mundo guarda celosamente un pedazo de vida oculto en un rincón oscuro de la geografía humana. Si con el tiempo esta ocultación no se libera comienza a expandirse, como un cáncer, por todo el organismo atenazando al individuo. Asistí impertérrito a la historia desgarradora del secreto de Enrique: Era padre de dos niñas. Por supuesto, acto seguido sacó la cartera del bolsillo posterior del pantalón para mostrarme las fotografías de unos querubines rubios de pelo rizado, muy guapas para lo feo y calvo que resultaba mi compañero. Esa exhibición paternal me deja frío aunque sé qué debo decir, ¡Qué monada de criaturas! El padre queda satisfecho y, en mi caso, paso el trámite sin invertir mucho tiempo en la búsqueda de parecidos. El departamento de bienestar social, sólo el nombre da escalofríos, había retirado a Enrique y su señora la custodia de las niñas. Esa información, contaminada por el influjo televisivo, disparó mi imaginación hacia abusos sexuales aberrantes y otras marranadas por el estilo y daba veracidad a los improperios lanzados por los padres en el parque. Pero no, esa no era la razón del desmembramiento de esa familia. Enrique era un poco lento. Lento, poco espabilado, corto, llámenlo como quieran pero puedo afirmar que era un buen tipo. Unos días después al incidente que motivó la confesión del relato, Enrique apareció muy excitado, descartados ciertos gustos sexuales, me interesé por su estado. Con una profunda vergüenza me rogó que le llevase a casa en coche. Los dos trabajos me permitieron adquirir a un buhonero poco recomendable un corsa color oliva de sexta mano. Cuando las estancias en talleres de la periferia me lo permitían, acudía al trabajo en mi flamante bólido evitando así las agresiones del metro. La Administración que tutelaba a sus hijas había concedido un permiso especial a Enrique permitiendo a las niñas gozar de los placeres del hogar durante el fin de semana. Si no era mucha molestia y sorteando agradecimientos de por viva, llevarlo en coche le permitiría ese domingo pasar un rato más con sus hijas antes de que el lunes a primera hora fueran devueltas al centro de acogida. Vivía en un edificio humilde y destartalado del barrio del Carmelo. Subimos caminando al tercer piso por una escalera angosta descascarillada y nos detuvimos frente a la puerta “g”, esta circunstancia me hizo sospechar de una conexión entre la adquisición de la vivienda y las manías de la empresa. El piso era pequeño y oscuro, de unos cuarenta metros cuadrados, estaba impregnado de la misma esencia de col cocida que inundaba la escalera y se apoderaba de todos los rincones del edificio. Salió su esposa a recibirnos. Tras poder liberarme de su abrazo, y bien encajados sendos besos ásperos en mi cara, observé en ella ciertos rasgos asiáticos en la penumbra del pasillo. En el salón, con la ventana que daba al exterior, pude añadir más características a ese rostro. Primero pasé por el burocrático trámite de saludar y besar a las hijas del matrimonio. Puse, también por hábitos de observación, mi mano sobre la cabeza de la pequeña en un disimulo de caricia. Pensé que la mujer sería del sur y tendría una de esa cara planas que redondeaban los ojos. La sala era una ensoñación del arte kitsch. Miles de esas figuritas que uno se pregunta quién demonios comprará en las tiendas de recuerdos para turistas y guiris despistados abarrotaban el mueble de pared y el resto de estanterías. La parte superior del televisor estaba presidida por una sevillana con toro bragado con el nombre de Sevilla. No faltaba ni una referencia geográfica; las casas colgantes de cuenca, el torico turolense, el naranjito, el cobi egipcio con su Barcelona, los herculinos coruñeses, etc. No quedaba ahí la cosa pues también referían presencia monas lisas, arcos de triunfo y estatuas de la libertad. Hasta tenían junto a un teléfono rojo modelo góndola las torres gemelas, supongo que por un perturbador ejercicio premonitorio. Cada vez que en mi recorrido alucinado tocaba alguna de esas joyas del mal gusto, la mujer se apresuraba a recolocarla con cuidado de relojero en su posición original. No pude estarme de coger la rana con calavera salmantina por motivos familiares y ella se lanzó hacia mi mano con rudeza y me la arrebató para depositarla con celo en la sombra de la figura que el tiempo había dibujado sobre la madera de la balda. La situación era desconcertante aunque a ellos parecía resultarles cotidiana. Pregunté a Enrique si habían estado en todos esos sitios. Él se rió complacido. Apenas se habían movido de la ciudad, Roquetas de Mar para la luna de miel y poca cosa más. No quedó más remedio, ellos, los cuatro, permanecían callados, que preguntar por la colección del souvenir del salón. La señora trabajaba en un taller de inserción social de Cáritas, me explicó mi compañero. Además de seleccionar ropa recogían todo tipo de enseres y desechos del consumismo y aquellas figuritas iban en el contenedor de rechazo, todo aquello que, sin utilidad aparente, terminaba por ser arrojado a la basura. A su esposa le encandilaban aquellos recuerdos pues en casa de sus padres, siendo ella niña, tenía unas muñecas rusas que encajaban una dentro de otra y todas en la más grande con las que jugaba. Cada muñeca, dibujado en oro, exhibía el nombre de una ciudad de la Unión Soviética. A él tampoco le importaba la particular colección pues le hacia sentir como el Fox león de la vuelta al mundo animada. Tema aparte, aunque dentro del estilo ornamental, era el vestuario de las niñas. Desde luego no desencajaban con el conjunto pero de salir a la calle vestidas de ese modo tenían números suficientes para terminar lapidadas. La ropa, según relató Enrique, también provenía del taller de Cáritas. La doña combinaba la ropa y los colores de los vestidos de las hijas. Quedé paralizado en los calcetines de las criaturas, cada una llevaba una pieza de un color. Si una hermana lucía rojo en el pie derecho y verde en el izquierdo la otra lo alternaba al revés. Volví a preguntar por lo que creí mera extravagancia. Esta vez fue ella quien explicó la disparidad cromática. Tenía un balbuceo gutural difícil de descifrar pero la imaginación completó los vacíos. De cualquier modo, y pese a que mis dudas estaban casi disipadas, su discurso me pareció de lo más lógico. Aquella madre no quería vestir a sus hijas con la misma ropa de otro niño pues ellas tenían su propia personalidad y alternaba piezas provenientes de lotes distintos para reafirmar la autenticidad del carácter de las criaturas. Desde luego que eran únicas. La lentitud de sus movimientos, los tics nerviosos, las manos cortas con grandes dedos, las gafas de pasta gorda y lentes muy graduadas confirmaban la disminución psíquica de la mujer. El destino le había otorgado una mente rica en interiores pero escasa en recursos. Según me contó el bueno de Enrique, el estado permitía y exigía a las personas menos afortunadas el pago religioso de tasas e impuestos, para eso sí eran aptos y útiles a la sociedad pero, amigo, ser padres era diferente a estar al día con las obligaciones del contribuyente. Las niñas debían vivir aquella casa como una vacación continua. Dejando de lado el tema de las figuritas, sólo cuando interpretamos de turistas y nadie nos conoce sacamos la faceta carnavalesca. Las criaturas irradiaban felicidad en sus caras angelicales y le decían, rogando e implorando a su padre con la voz de la candidez: - Por favor, papi, no nos hagas ir mañana al cole. Déjanos quedarnos en casa con mami y contigo.- Enrique, con un esfuerzo que apenas podía contener las lágrimas, soltó una letanía a modo de lamento que sonaba a discurso bien aprendido. - Debéis ir al colegio y, así, el día de mañana os permitirán tener una familia para toda la vida. Si sacáis buenas notas será una vida plena de lunes a domingo.-
April 05 Contra la censura |
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