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日志


3月24日

Punto de encuentro

punto de encuentro

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La pelea de mamá y papá me cogió aún muy pequeño. Mi hermana empezaba a gatear mientras, en mi caso, descubría los libros y fichas de primaria. No entendí las razones de mis padres. Cada uno tenía las suyas mientras yo, siempre me dijeron que era un cabezón, batallaba con o contra mis propias convicciones. Un niño de seis años las posee y, en ocasiones, son más fuertes a las de años posteriores pues están limpias y no se adaptan convenientemente a las circunstancias. A mi hermana y a mí nos inculcaron la política del perdón y el diálogo, por eso me costaba tanto entender aquel fin de todo. Patricia balbuceaba desde su posición en el suelo así que no le pregunté. Violant, esa niña tan odiosa del colegio, me sacaba de mis casillas. Nos peleábamos, hacíamos las paces, éramos amigos, nos peleábamos. Así desde infantil. Hoy seguimos con esa extraña amistad y nos peleamos. Mamá nos recogía a mi hermana y a mí a la salida del colegio y me hacía besar, !puagg!, a la niña. De ese modo besucón poníamos fin a la trifulca y las madres de ambos nos miraban con cara de deber cumplido. Mientras Patricia se resistía a la cuchara de la cena, mamá ponía al día a papá sobre los avances académicos de sus hijos. Era un momento de invisibilidad, hablaban de nosotros como si no estuviésemos presentes, en el caso de mi hermana algo había de eso. A mí me reventaba el repaso, no me decían ellos que no debía ser acusica. ¿ Y ellos, los adultos? Qué ganas tenía de ser mayor para hacer lo contradicho. Más tarde, él subiría a la habitación y me contaría un cuento de hadas y querubines donde todos acabarían con besos en las caras. Prefería sus historias de piratas, ésas que mamá no dejaba que me contara pues luego, decía ella, me provocaban pesadillas y sueños nerviosos. No sé a qué se refería con lo último pues soy de los que, cuando duermo, duermo. Seguí regañando con Violant y sigo aunque ella está de los más raro. Cada día nos cuesta más encontrar  juegos divertidos para ambos. Hasta saltar sobre los charcos de lluvia le ha dejado de gustar. Sus nuevos juegos no me divierten así que estamos algo distanciados. Mis padres se peleaban. Creían que no lo sabíamos porque nunca lo hacían delante nuestro. Instalados en nuestras camas, después de los cuentos, cuando nos hacían dormidos, oíamos los gritos acompañados a veces de palabras prohibidas. Nunca se lo dije pero cuando preguntaban dónde habría escuchado tal o cuál palabra era en la cama de donde venían muchas de ellas. Al día siguiente, mientras papá preparaba las meriendas y mamá repasaba con nosotros las lecciones del día, entre magdalena y magdalena, todo había vuelto a la normalidad. Creo que de noche, después de las discusiones, debía haber besos de por medio. Me encantaba verlos despedirse en la puerta de casa. Papá nos empujaba hacia el coche con la chaqueta colgando de una de sus mangas y nuestras carteras escolares al hombro, mamá ponía las cosas en su sitio, entonces él pasaba el brazo por su cuello y se besaban en la boca. A Patricia también le gustaba ese momento aunque a veces hiciéramos el burro con besos mano sobre boca imitando a nuestros padres. 

A medida que crecemos, nuestra capacidad de gritar y dar golpes cada vez más fuertes lo hace al mismo ritmo. Por eso aquella noche no pudimos dormir y Patricia lloró hasta quedar rendida en mi cuarto. Yo estaba asustado pero me hacía el valiente delante de mi hermana que vino a dormir a mi cama hasta que cesaron los cristales rotos y las palabras prohibidas. Primero subió papá a despedirse. Llevaba la gabardina del trabajo por eso supe que aquello era una despedida. Nos quería mucho, muchísimo, repetía una y otra vez con lágrimas en los ojos. Fue algo desconcertante porque mamá, después de que sonara la puerta de casa al cerrarse, apareció con una gasa manchada de sangre sobre la mejilla y un ojo muy hinchado y resultó querernos mucho, muchísimo también.

Con todas aquellas cuerdas alrededor, me sentía como los señores del furgón de la policía. Las del carrito aprendí a burlarlas pronto, me deslizaba bajo la de arriba, la que rozaban los puntos cuadrados de mis tetas, y con las manos libres era fácil soltar las citas de las piernas. Mamá decía que iba para escapista, que es un señor muy de escaparse aunque esté con las piernas dentro de un bloque de hormigón. Patricia era un poco tonta entonces y ni se movía de la silla. Aunque, ahora pienso que era lista y por eso siempre iba sentada mientras a mí me tocaba ir colgado de la mano de mi madre por las galerías interminables del centro comercial. La niña del cochecito nunca se quejaba de los cuadrados de las tetas, dice la profesora que cuando sean mayores las niñas de clase tendrán bonitos pechos como los de nuestras mamás. Veo a mi hermana en la ducha y no imagino como cabrán esas cosas en su cuerpo por mucho que crezca. A Patricia le encantaba viajar en el coche subida en su sillita y no parecía que las cintas le molestaran. Decía mamá que en unos años podría viajar en coche subido en un cojín especial. Algunos hermanos mayores de los niños de la clase lo usaban y parecían muy orgullosos de poder montar en ellos. A mí la silla del vehículo me molestaba pero está construida contra escapistas o, al menos, eso decía mamá. El único día en que toleraba someterme a tanta ligadura era cuando íbamos a casa de Carmen, una canguro especial. Mamá nos lo contaba así y yo le dejaba contar porque sabía la verdad. Era un secreto y no podía decirle nada. Punto de encuentro se llamaba la casa de Carmen aunque en realidad ella no vivía allí. Una vez al mes, mamá nos dejaba en aquel edificio gris del ensanche. Había una placa en la fachada donde eso que llaman " logos", y que para mí son dibujos hechos por algún niño, colgaba sobre una placa blanca. Una figura de persona mayor rodeaba a un bebé pero todo dibujado por un alumno de infantil. La canguro era simpática y, además, participaba en aquel juego. Siempre nos recibía con una sonrisa y un caramelo blando que se pegaba en los dientes. Mamá nos decía lo mismo de siempre, portaros bien y haced caso a la canguro. No sé por qué, en ese momento, guiñaba el ojo a Carmen y ésta le devolví el guiño. Nunca se me dio bien eso de cerrar un solo ojo así que aquel saludo me maravillaba. No era mucho más de una sala grande con un sofá, una mesita y cuatro sillas pero la cantidad de juguetes sí era importante. Aunque se trataba de juegos perdidos, de esos a los que les faltan piezas o un brazo o una rueda si se trata de un coche. Carmen debía ser un buen canguro y por su casa, que no era su casa, pasar muchos niños. Nosotros ya lo sabíamos y por eso no prestábamos demasiada atención a los juegos rotos, mirábamos hacia la puerta. Papá aparecía pasado un rato aunque no demasiado. Traía aquella gabardina a la que ya le faltaban dos botones y las gafas caídas sobre la nariz. Mamá diría que iba hecho un desastre como siempre pero no podíamos contar nada de lo que sucediera en aquella sala, era un secreto.

Cerca  de la casa en la que vivíamos todos juntos y luego lo hicimos sólo con mamá, había un bar que se llamaba igual a la casa de Carmen. Papá nos lo contó a Patricia y a mí, en las primeras veces en que lo vimos en la sala de los juguetes. Era como un Mcdonald, una cadena de locales pero, en estos, no servían hamburguesas ni hacían fiestas de cumpleaños con payaso incluido. Se trataba de una cadena de canguros especiales donde los padres dejaban a sus hijos mientras iban a realizar gestiones. Lo de las gestiones tiene que ver con papeles y dinero y son cosas de adultos porque, incluso a ellos, les cuesta entenderlas y otro señor más listo se las explica. Por eso van sin los hijos, para no pasar vergüenza. Y aunque el bar aquel no se parecía en nada a la supuesta casa de Carmen la explicación de papá tenía lógica. Pasábamos dos horas a tope con los cuentos de piratas y los juegos imposibles de él. Nos lanzaba sobre sus piernas y hacíamos el avión,  reíamos cada vez que lo hacía Patricia pues tenía una forma de hacerlo curiosa y contagiosa.  Carmen entraba a las dos horas justas y señalaba el reloj. Al principio, protestábamos porque queríamos estar más tiempo pero papá ya nos explicó que era como los papeles de los coches y sólo se podía estar dos horas aparcado. Él nos explicó todo, desde las reglas del juego hasta el por qué del tiempo y el lugar. Aunque sea un secreto hoy ya puedo contarlo, ni papá ni mamá pueden decirme nada, o eso creo. Mis padres seguían enfadados entre ellos y no querían verse ni que nos viéramos juntos los cuatro. Así, el juego secreto que nos contó papá consistía en verle en ese sitio y sólo allí. Tampoco a mamá podíamos contarle lo de papá, si ella descubría nuestra cita el juego acababa y nuestros encuentros también. Ella no sabía que aquella casa de la cadena de canguros servía para ver a papá. Era una especie de juego del escondite para padres y madres. Carmen estaba metida en el ajo y era la responsable de velar por las normas. A nosotros, las reglas nos obligaban a mantener el secreto y a nunca hablar de papá a mamá ni a mamá de papá o perdíamos el juego. La misión de papá era vernos sin que mamá se enterara. Nunca me quedó clara la misión de madre en todo este jaleo de normas y estrategias secretas. Parecía que, a toda costa, las reglas evitaban juntar a nuestros padres. Ellos no podían verse o perderían el juego y nosotros no podíamos decir que lo veíamos en aquella casa o acabaría la partida. En aquel juego del escondite, todos veían a todos menos los papás que no podían hacerlo. Nosotros, mi hermana y yo, tal vez por estar más acostumbrados a jugar, nunca hicimos trampas y nunca nos salimos del guión. Así, cuando Carmen señalaba su reloj papá salía por la puerta. Patricia y yo nos quedábamos esperando hasta que mamá volvía a recogernos. En el camino de vuelta a casa, íbamos callados pues nadie quería perder por hablar más de la cuenta. Por lo que luego pude rescatar de alguna conversación entre adultos, cuando usan palabras raras y bajan la voz porque así piensan que los niños no se enteran, mis papás no respetaron las normas y acabaron viéndose.

Ahora vivimos con Quico y María porque su casa está cerca de nuestro colegio. Los fines de semana y parte de las vacaciones lo hacemos con Ana y Antonio. Ellos son los abuelos, los padres de mamá y papá. Cuando nos mudamos a la casa nueva, ellos nos contaron que nuestros padres estaban en el cielo. Mamá nos decía que el cielo estaba arriba, junto a las nubes y el infierno abajo, en el centro de la tierra donde hace mucho calor. Papá nos contaba que el cielo y el infierno estaban aquí, en nuestro pueblo, en nuestra casa o en el colegio y que dependía de cómo nos portáramos para sentirnos en uno u otro lugar. Por eso siempre que llueve miro al cielo y me quedo en medio de la calle sin paraguas sintiendo como cada gota de agua va mojando la ropa, hasta notar en la piel la caricia de mamá. Y por eso sigo buscando detrás de cada esquina la silueta de papá aunque no pueda verlo porque si lo hiciera él perdería la partida.

 

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3月12日

La muerte de Lupita

la muerte de Lupita

 

                              

 

 

 

Su nombre, Lupita Margarita, es bastante improbable que tuviese alguna relación con Moctezuma y de hecho no lo tenía. Para buscar el origen de ese nombre sólo alcanzo a decir: “ el secreto está en la salsa”. Era un cumplido homenaje a la comida picante del país azteca; tacos, burritos, quesadillas y, por supuesto, nachos, por compadraje mi bocado preferido, la autofagia culminada. Ambos éramos grandes aficionados a ese tipo de manjares capaces de hacer subir los colores al rostro más pálido o al carácter más frío. Cuanto mayor era la sensación de picor más aumentaba la necesidad de cerveza para aplacar al monstruo colorao. Entre la lengua de esparto y los litros de cebada salías de la taberna cocido de verdad. Aprendimos a elaborar algunos de nuestros platos favoritos pero con toques especiales, “la nouvelle cuisine mejicana”, una forma de hacerlo todo mal con la excusa del a modo mío. Pero la casa se llenaba de gente y alegría porque ese tipo de comida incandescente invita a los grandes placeres de la vida: alcohol, sexo, buena compañía y los litúrgicos efectos laxantes. Las equis, las coronitas, los soles y las negritas circulaban a raudales mientras el tequila y el mezcal esperaban pacientemente su turno con el gusano retorcido de puro gusto “no más”.

Los dos trabajábamos en el supermercado del Corte Inglés y teníamos un acceso sencillo a toda una batería de productos de esa especialidad en una época en que su consumo aún no se había popularizado ni las mareas inmigrantes habían abierto nuevas vías de negocio. Ella era cajera, yo me encargaba de los productos congelados, quizá por mi carácter, y los dos juntos formamos la pareja de moda del centro entre todos los trabajadores. Ese es un título honorífico, se accede a él de modo tácito y durante el reinado debes soportar un nutrido grupo de acólitos. Otras parejas, estimuladas por las ventajas discutibles de nuestro éxito, intentaron desbancarnos del número uno en la lista de popularidad pero mantuvimos la hegemonía hasta que los dos dejamos el empleo en los grandes almacenes y poco después nuestros caminos se separaran. Ese momento de fama propició el fin de la invisibilidad, de la mía. Los rasgos de belleza genuina y una simpatía magnética la hacían una de las chicas uniformadas más codiciadas en los grandes almacenes. La cola de su caja siempre albergaba miembros masculinos del comercio interior. Como efecto inmediato a nuestra relación, apareció desde una nada profunda mi faceta visible para el resto de compañeras de trabajo y recibí la lisonja de la presa. Esa es una experiencia que los feos tendemos a imaginar.

La historia le ocurrió a ella pero, fiel a mis malos hábitos, terminé apropiándome de ella. Estaba, como solía hacerlo durante las seis horas cuarenta minutos de su jornada laboral, sentada frente a la caja registradora, concentrada en el teclado. Atendía a un caballero en ese momento. Entre el quilo de naranjas y una botella de anís del mono observó un movimiento extraño en la ropa del cliente y desvió su atención hacia él. Descansaron los números negros sobre las teclas blancas. Fue una ondulación impetuosa en el bolsillo superior de la cazadora del cliente, o eso creía, pero después de varias horas con la vista fija en los números verdes del panel digital era normal comenzar con las visiones de todo tipo y las cajeras aprendían a convivir con ellas. El segundo movimiento fue más violento, el corazón de aquel tipo daba, literalmente, brincos de alegría y en cualquier momento iba a salir disparado de su pecho para impactar directamente en la cara anonadada de la dependienta. El señor se emocionaba de verdad al verla pese a que la reacción estuviese por encima de la cintura. Ella, pese a lo halagador de la situación, temía por la vida del hombre, lo veía caer a cámara lenta fulminado sobre la cinta transportadora, pasar por el escáner y divisar el panel de precios iluminado por un descomunal “ game over”. Intentó relajar al caballero con la melosidad espontánea de su voz. Con educación y buenas palabras se dirigió al señor cuyo pelo empezaba a encanecer por las sienes.

- Disculpe caballero, ¿ se encuentra usted bien?.-

El hombre sonrió mostrando una dentadura blanca fruto de un trabajo excelente de ortodoncia y se limitó a responder a la gallega.

- Perdone señorita ¿ por qué pregunta por mi salud, tengo aspecto enfermizo? Si me he compuesto con esmero para esta cita.-

La galantería trasnochada de aquel señor mayor apenas pudo enmendar la parálisis que se había apoderado de todo su cuerpo. Ella, como una Venus cualquiera, extendió su dedo índice hacia el bolsillo de las convulsiones, el que arropa al corazón, como única respuesta y nueva pregunta. El individuo soltó una sonora carcajada, un tanto histriónica, y descontrolada. La diva, ante ese acceso de felicidad, pensó: “ ahora, el tío seguro que palma”.

- No te preocupes guapetona, te voy a enseñar una cosa. Mira...-

El hombre se desabrochó el bolsillo animado y de allí salió un curioso animalito con aspecto de ardilla y tamaño de ratón.

- ¡Ssshhhhhh! No digas nada o descubrirán a Leonor y no podremos volver. –

Ella guardó silencio siguiendo las indicaciones del cliente y contraviniendo el reglamento sobre la manipulación de alimentos que prohibía la entrada de animales a cualquier recinto de ese tipo. La consigna del supermercado, algunos días, se transformaba en zoológico improvisado. Los perritos falderos era normal verlos atados a una de las perchas reservadas a los bolsos. La dueña dejaba al perro en el mostrador y la chica le entregaba un número para recogerlo a la salida. Los gatos también formaban parte habitual del proceso y la cosa se complicaba sobremanera cuando coincidían un ejemplar de cada especie al mismo tiempo. Otros animales desfilaron por la consigna en el tiempo que trabajamos en los grandes almacenes; pájaros enjaulados, algún loro con argolla, ratones domésticos, peces, tortugas, animales de los cuales sus dueños eran incapaces de separarse, los llevaban a todas partes y participaban en todas sus actividades. El caso más curioso eran las visitas de una famosa pareja de hermanos humoristas acompañados de su mono Jaimito. El primate superaba en gracia y desparpajo a sus dueños, sus carantoñas, saltos y demás monerías convocaban a casi la totalidad de trabajadores del supermercado en la consigna.

Pero nuestro caballero no podía superar el trance de separarse de su ser querido ni un solo minuto, camuflando a su pequeño amigo podía comprar comida sin tener que pasar por el trauma de la separación. A continuación el hombre relató a la dependienta su historia con el roedor.

- Es una ardilla coreana, son tremendamente cariñosas y es que desde la muerte de mi esposa me he sentido tan solo... la vida sin Leonor es imposible.-

Naturalmente ella quedó prendada del roedor al instante. Cuando algo le producía placer arrugaba la nariz en un gesto que derribaba castillos, destruía defensas y te dejaba con el culo al aire.

- Si la hubieses visto, era tan suave. Subió por mi brazo hasta el hombro se detuvo y con sus manitas delanteras se atusó el bigote toda presumida.- Me contó ella horas después con chiribitas en los ojos.

Ella nunca pedía nada pero las palabras no pronunciadas son las que más dicen. En ese momento, yo pasaba a vivir para esos silencios. Me desvivía por complacer sus deseos pero no con la idea de retenerla por medio de una vida regalada, hacerla feliz era el único objetivo. Dependía completamente de ella, sólo a través de su alegría encontraba mi propia felicidad, error de juventud supongo. Como es fácil imaginar, salí al mundo en pos del maldito roedor. Desde la Plaza de Cataluña, la tienda de animales más a mano es esa que se extiende desde la plaza hasta morir entregada a los pies de Colón. Ramblas abajo fui preguntando en todos los quioscos dedicados a la venta de la vida cautiva, si miras a esos presos en sus celdas o jaulas de cristal sólo se me ocurre una cosa : born to run. Hasta el séptimo chiringuito donde pregunté, nada sabían de esos animales. El tendero de ese puesto parecía conocerlos bastante bien y me introdujo en el apasionante mundo de Chip y Chop, versión coreana. Según me contó es una raza de temporada con nula tolerancia al frío, bestias exóticas de difícil salida comercial, menos en esa temporada de cuenta atrás de la Navidad. El amable vendedor me indicó una especie de zoológico de animales singulares en un pueblo del Maresme, su especialidad, los animales exóticos, seguramente allí encontraría lo que buscaba aunque me advirtió que la extravagancia es un lujo caro. Llegué a los alrededores de Mataró para encontrar el más curioso conclave de animales variopintos, un auténtico zoo donde todos los presos estaban en venta.

<< Señora, ¿ el cocodrilo se lo lleva puesto o se lo envuelvo para regalo?.>>

Menos mal que las ardillas tenían una pinta menos fiera que la de los anfibios antediluvianos. Un dependiente atendió a mis preguntas y me condujo a un receptáculo donde había un nutrido grupo de esos animalitos orientales trepando por un bosque simulado de corchos y árboles de plástico. Pedí al empleado que eligiese una ardilla por mí, demasiada responsabilidad para la que no estaba preparado. La responsabilidad de seleccionar un ejemplar era algo sencillo, el problema consistía en rechazar al resto. 

La bestia se vendía con todo un equipo de complementos; jaula enorme, nido de piel de alcornoque hueca, centrifugadora de ratas y un surtido inverosímil de comida para un estómago del tamaño de una uña. Los centímetros escapan a las leyes que relacionan directamente las proporciones con el precio y en muchas ocasiones las invierten. Tuve que desembolsar una fuerte cantidad. El vendedor había elegido una hembra y como suele pasar éstas salían más caras que los machos. Según él, en las ardillas coreanas el carácter de las hembras resulta de mayor docilidad al de los machos.

Estuvo en mi casa varios días, hasta la víspera de Navidad. En aquella época, apenas paraba en casa con otra intención distinta a la de dormir y no todas las noches; las mañanas eran para la obligación, las tardes para la devoción. Bueno, jamás vi al emigrante asiático fuera del tronco de aglomerado que hacía las veces de nido, ni de noche ni de día. La presencia de alguna cáscara de pipa de girasol o de una avellana roída inducían a pensar en aquel ser peludo como en un ser todavía vivo. Llegó Nochebuena y ella recibió su regalo. Sigo conservando esa capacidad innata para la sorpresa. 

Después del turrón y los brindis comenzó el agasajo. Todos deseaban ver al animal pero éste continuaba refugiado en su guarida ajeno a los deseos de la familia. Introduje la mano en la jaula hasta alcanzar el nido prefabricado, lo destapé para mostrar un ovillo de lana con los colores del frente atlético. El animal permanecía acurrucado en posición fetal. Las ardillas coreanas son fieles seguidores del conjunto del Manzanares, visten un uniforme idéntico al del “pupas”. Un traje de franjas blancas y rojas adornan sus cuerpos, recorriendo a los animales desde la cabeza a la cola. Las mismas indicaciones sobre su cuidado que me había dado el vendedor se las transmití a mi compañera insistiendo en la poca disposición del roedor hacia el frío. La jaula inmensa con todos los aditamentos imaginables recordaba a la prisión lujosa de algún dictador sudamericano, se instaló frente a la estufa encendida con carácter permanente. Pero Lupita era desgraciada, nunca se le vio girar en el tambor, ni trepar por las ramas del decorado, ni roer los frutos secos desperdigados por toda la superficie, para verla tuvimos que retirar la parte superior del nido pero ella continuaba inmutable formando una bola de pelo.

Estábamos fuera, de fin de semana, y la intuición femenina o alguna de esas hipersensibilidades femeninas o, por qué no, la casualidad le obligó a llamar por teléfono. Su madre, mujer de extraordinaria fortaleza, le comunicó fríamente el fallecimiento de Lupita. El animal le resultaba antipático, harta del comportamiento hermético de la ardilla decidió destapar el nido, la encontró abolillada como siempre pero fría y tiesa como un palo. Lupita yacía cadáver. La madre apagó la estufa, recogió y desinfectó la jaula, la limpió de desperdicios, rellenó las cajas de comida con los restos del comedero y guardó todo junto a la comida de los pájaros. La mano derecha asió el cuerpo sin vida, con paso decidido se dirigió a la cocina con Lupita entre sus manos. El pie presionó el pedal y la tapa se levantó por efecto del resorte. El ¡Clok! seco de la tapa del cubo de basura al cerrarse pone fin al triste y maloliente destino de Lupita, una ardilla coreana en un reino a orillas del Mediterráneo donde las crónicas cuentan que sus parientes recorrían la piel de toro en cualquier sentido saltando de rama en rama, sin tocar tierra.

 

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