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2月29日 Cosas de hombresCosas de hombres
![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. 2月17日 Leche maternizadaLeche maternizada
La ejecución del plan se llevó a cabo a mediados de los sesenta, del mil novecientos que los siglos pasan de su centena, aunque el proyecto se gestó después de la Segunda guerra mundial. Muchos nazis buscaron refugio en la neutral y ambigua Suiza. Con el zurrón repleto del oro esquilmado a judíos y otras minorías proscritas, fueron bien acogidos y mejor tratados. La sociedad helvética presume de convicciones morales y como siempre es de lo que carece. La dispensa es cara pero ya conocemos las gracias del todopoderoso caballero. Los alemanes, derrotados y huidos, construyeron una cárcel de cinco estrellas entre los altos picos alpinos. Al principio, fueron discretos en sus pretensiones, como la hormiga laboriosa engordaron sus reservas invernales y después de unos años habían conseguido un modesto imperio asentado en diversas actividades industriales. Entre todas las empresas, empezó a destacar en sus dividendos una dedicada a esa deliciosa mezcla de cacao, manteca y azúcar, con sutiles toques de vainilla, llamada chocolate. Bajo esa careta golosa escondieron los objetivos pérfidos de sus intenciones: la dominación del mundo. Con la misma prudencia, ampliaron el negocio de las tentaciones grasas a otros productos de la alimentación más saludables para lavar la imagen de un carácter dulzón en exceso, casi empalagoso. Pero no dejaron la principal fuente de ingresos, esa empresa todavía es hoy el rey del chocolate. A finales de los años sesenta, lanzaron la ofensiva final: la alimentación infantil. Radio, televisión, prensa escrita, acapararon todos los medios con las excelencias de su leche maternizada. Unas nibelungas, estupendas hembras de rasgos puros y generosos, lucían sus rollizos retoños alimentados, según ellas, con los productos de la multinacional suiza; leches, papillas, potitos, etc. Coparon el mercado hasta convertirse en el número uno del sector. Esas mujeres saludables aparecían en las horas de máxima audiencia apoyadas por los supuestos sabios consejos de profesionales de la pediatría, también en el ajo de la conspiración. Así surgió la primera generación de huérfanos de teta. Surgimos de un polvo y crecimos con otro, fuimos nutridos con la falacia de la leche maternizada y precisamente ésa era la pieza clave para alcanzar sus fines. El resultado es claro; una generación aborregada, fácilmente manipulable, carente de convicciones y exenta de objetivos. En esos preparados lácteos se escondían la semilla de la sumisión. Los discípulos de Mengele crearon una fórmula casi infalible, sólo el alcohol anulaba los efectos maravillosos de su creación y no es normal que la infancia tenga acceso a los jugos mágicos de Baco cuando ni tan siquiera se ha aprendido a andar. De esa carencia de ubre debe nacer mi fascinación por esos apéndices femeninos.
2月10日 La fábrica de hieloLa fábrica de hielo
Abajo, cuando el pliegue de la montaña y el valle unían sus mantos como amantes ocasionales, el suelo se alfombraba con losas planas de pizarra gris. El ascenso dejaba descarnada la piedra que iba fracturándose en un universo de chinitas sueltas y filos cortantes. Con la lluvia y el sudor del deshielo, las navajas de la pizarra redondeaban su fiereza con panzas de persona mayor. Las puntas romas, ennegrecidas por el agua precipitada en regatos hacia el río que fracturaba el valle en dos, convertía el sendero en una pista resbaladiza y difícil. Juan, Pedro y este humilde labrador de palabras éramos unos avezados artistas del resbalón, la contorsión y el arte del caer que nunca acaba de perfeccionarse por mucho golpearse contra los abismos del camino. Aunque los verdaderos héroes de esta historia se llamaron Rufo, Rocín y Mulo, nuestros burros y compañeros. Como suele ocurrir en asuntos de negocios, la idea fue una herencia del tiempo. En el pueblo siempre existió el oficio de helador, nosotros continuamos una tradición local y, a falta de documentos de consulta, hemos de suponer que algún señorito de Barcelona traspasó la idea al papel moneda. Llevar el frío y su herencia conservadora desde la montaña hasta la capital mediterránea. Nunca el pueblo albergó mente capaz de tan prodigioso ingenio, aunque a base de resbalones y esquilmaciones de patrimonios breves, fuimos nosotros, rudos, toscos pero pertinaces como nuestros mulos quienes hicimos prosperar el negocio. Como buenos convecinos del frío, aprendimos de él a guardar sus bienes. Así supimos que la paja aguantaba el hielo como protegía nuestras casas de sus durezas. Aquel señorito avispado, supo por mis antepasados de ello y diseñó un modo de traslado. Cabe suponer en el lector, al menos por su condición de tal, que imagine las menguas que el camino inflingía en tan perecedero producto. Las pérdidas sólo eran apreciadas en su justa medida o peso por nuestros castigados percherones que aliviaban el tiro de la carreta a cada milla recorrida. El camino salía del pueblo cuesta abajo, siempre buscando la compañía del río entre los arañazos practicados por vaya usted a saber quién en las paredes de aquellas fabulosas gargantas. De este modo, con la pendiente a favor, los percherones transportaban la mayor carga camino a favor. A los animales, ni a unos ni a otros, el ruido creciente del río a principios de la primavera les dejaba indiferentes. Unos tenían un comportamiento cada vez más ariscos, sobretodo los burros destinados a ascender a las cumbres, al son del aumento de caudal, había que ir engañando y distrayendo para no terminar coceado o mordido. Cuanto mayor era el rugir del agua, más intratables se volvían las fieras pues en ellas se albergaba una proporcionalidad directa entre el ruido del estruendo y el trepar más empinado. Era con los calores estivales el momento de mayor peligro. La nieve se acumulaba en perdidos vericuetos de las cumbres de difícil acceso. No era extraño que la temporada terminara con algún burro dando de comer a lobos y buitres al quedar el animal reducido a puntos imaginados en el fondo del precipicio. Nosotros, los otros animales, tampoco éramos indiferentes a ese rumor constante del agua. También a Juan y a Pedro aquel volverse largos los días como a mí les producía el cosquilleo típico de la aventura. Imagínese el lector a unos mocosos aldeanos de candil y alpargata la impresión de atravesar el territorio hasta dar con una tierra de botín, alumbrado público y retretes de loza. Era aquel ir y venir a la capital parte de nuestra iniciación a la vida o como nos sermoneaba Don Jacinto, el párroco del pueblo, la antesala del infierno que nos esperaba. Siempre imaginaba a aquel Pedro Botero, que tanta afición nos cogió según el cura, afilando su tridente mientras nosotros, los tres juntos por aquel perdido camino, sentíamos los primeros calores de su caldera. Nunca en el primer viaje de apertura de temporada, siempre solíamos aprovechar los últimos, cuando habíamos apañado lo suficiente después de rendir cuentas a los mayores, sabedores también ellos que antes recorrieron los mismos caminos, para rendir visita a la señora Engracia. A horas convenidas, eso sí, pues su clientela era fija aunque no muy distinguida, pasábamos algunos ratos entretenidos con alguna de sus chicas. Debo añadir con la experiencia del tiempo que aquellas que en un tiempo fueron nuestras damas de cabecera no pasaban de ser simples profesionales del desaliento y que hoy no daría ni un real ni por su compañía ni por sus placeres. Teníamos una lista fija de clientes a los cuales proporcionábamos el hielo. Eran de toda la vida. Generación a generación, pasaba la tradición de servidor y servido. En ocasiones, los padres pasaban a abuelos y los hijos a padres entre los señores, parece que era costumbre entre ellos vivir tantos años. El nuestro era un negocio de quintos que sólo la soltería aconsejaba mantener, más por ellas que por ellos, por nosotros perdón, que ya dicen las escrituras aquello de “quién esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Era el nuestro un negocio nocturno, no de aquellos asociados a la mala vida, de los otros, los unidos al desorden horario. Las cuevas y oquedades nos cobijaban por el día, evitando de este modo oscuro faltas de capital. Las primeras horas, hasta el mediodía el sueño y el cansar del camino mecían el sueño. El problema eran las eternas tardes estivales. Ya padres y abuelos dejaron señalada una senda de rincones sombríos junto a ríos o regatos. Matábamos así el tedio caluroso de tardes eternas, entre chapuzones y guerras de ahogados, también así nuestros percherones saciaban sed y panza. La vuelta, todavía medio borrachos por confundir día y noche, nos permitía aproximarnos a fondas de buen puchero. Era natural comer caliente una de tantas jornadas y las otras, el resto, tirar de embutidos casados entre hogazas. La fonda Europa era entre todas la preferida. Allí merendábamos los agraciados de la paja. Ubicada esta casa en población grande y alertados por los mayores de la pillería de aquellas tierras, sin posibles para dispendios de cuadras o postas, uno guardaba las caballerías, carro y fruslerías que aquel viajar cargaba de encargos del pueblo, mientras los otros dos gozaban de cuantos miedos y goces daba aquello de la gula. Siempre obrando con paso de compañeros, nos hateaba la dueña del mesón vituallas para aquél de nosotros que sacara entre las tres pajitas la más corta. Tenía esta mujer un conocer a primera vista pareceres de sangre. Nos decía quién era padre de cuál, incluso más allá del libro de familia. Siendo el pueblo lugar difícil para esconder secretos y traiciones, aquel señalar de la mesera trajo más de un problema. Creo yo, ahora desde la perspectiva del tiempo, que algún padre guardó con aquella señora otros asuntos además del gastronómico. Si la ida llevaba el frío de la conserva y el refrigerio a los señoritos, la vuelta traía a la montaña artículos jamás soñados entre berzas, estiércol y alpargatas. Las señoras hacían raros encargos que alguna de las criadas de las casas bien ayudaban a encontrar, suerte que aprendí rápido el arte del leer y escribir porque aquellas sirvientas, algunas que siempre hay quién rompe la norma, ni a contar con traza alcanzaban. De haber pronunciado en alto alguno de aquellos encargos íntimos, alguno de nosotros hubiese regresado en forma de estatua salina. Los señores, más recatados ellos o más dados a que fueran ellas las pecaminosas, encargaban útiles de difícil conseguir, mezclas de tabaco para pipa, libros de cuentas y alguna publicación de esas de adivinar el mundo. El párroco nos requería hostias sin consagrar, rosarios y catecismos de cuarta mano de las tiendas de viejo. También a él, pese a la amenaza del fuego eterno, cargábamos alguna plusvalía más por fastidiar que por el medrar del negociante. Poco o nada, por aquel entonces imaginar era cosa de holgazanes, presentía aquel otro abismo que la vuelta aguardaba. El regreso nos traía una mezcla contradictoria de sensaciones. Por un lado, el calor del hogar y el cariño familiar, las risas conocidas y las riñas tradicionales, por el otro, el poso amargo de aquel mundo de espejismos dejado atrás. Las últimas cuestas eran mudas, en silencio sacramental afrontábamos el empinado trecho que precedía a la curva de la peña rota donde asomaban las primeras casas del pueblo con el campanario de la iglesia de otero, Dios siempre vigía. La punta de la veleta en forma de tridente mágico indicaba el fin de nuestras aventuras, licencias y libertades, aunque existe en todo lugar sitio para el desvío. Los mulos expresaban con relinchos y rebuznos una alegría no compartida. Las bestias sabían cercano el descanso pues las expediciones salían semana sí, semana no. Era nuestro cura el último en recibir la mercancía encargada pues era el suyo un negociar convicto: “no se puede engañar al Señor, ladronzuelos”. De aquella casa, salíamos con remordimientos después de la transacción. Siendo fiel a los hechos añadiré que éstos eran de corta durada, justo hasta traspasar la puerta de la taberna de Alfredo y regar nuestros buches con aquel tinto recio y espeso fruto de unas viñas con arrojos. Aquel día el ritual fue diferente como lo serían mis siguientes días y meses. Mandome Don Jacinto esperar en la iglesia mientras él salía a cosas de curas. Dejadas algunos años atrás las obligaciones de monaguillo y sin dar muestras nunca de una devoción en ciernes ni tampoco marchita, obedecí con fastidio aquella ocurrencia. Contaba los tragos de ventaja que llevarían mis compañeros en la taberna pues era costumbre regar cada maravilla contada a un público entregado con un convite de Alfredo. Decir he, que las hazañas relatabas se volvían descabelladas con el vaivén de las jarras. Licencia había en aquella casa para el pecado aunque fura éste de pura inocencia.
Volvió el cura acompañado de Don Tomás, el maestro, y aquel dúo de pocas afinidades empezó a inquietarme. Padre había muerto durante nuestro viaje. Desde la muerte de madre nuestra relación apenas superaba el monosílabo, más por mi parte pues toca al hijo la parte del acatamiento y éste es parco en palabras. Entre los dos relataron un final sin estridencias, tan modesto y callado como fueron sus últimos años. Madre era quien mantenía a aquel hombre en el redil de lo social, sin excesos eso sí. También ella nos unía y comunicaba a los dos. Tal vez por ese recuerdo con intermediarios, acepté casi sin sorpresa el destino que padre y aquellos dos hombres trazaran para mí. En aquellos años, Dios mandaba mucho y todo era voluntad suya. Quiso apartar de mí a madre todavía andando yo en pantalón corto y morado de sabañones, y también llevarse a padre cuando a un chico comienza a sombrearle la nariz y necesita espejo para guiar. Quiso también, pensaba yo por mala conciencia por su parte, compensar tanto arrebatar con aquello que Don Jacinto llamaría don y el maestro aptitudes inteligentes. Vime ante la puerta cerrada en las bruces y la ventana entreabierta. Para los prohombres del pueblo era ese momento el que Dios reservaba al libre albedrío, pues era yo, apenas un niño crecido, quien debía tomar la opción de culebrear y colarme por la rendija de la ventana o asumir la mendicidad y caridad cristiana como sustento. De aquella conversación descubrí que madre seguía presente comenzando a entender aquel dicho de rudos campesinos de que las mujeres mandaban mucho. Con la venia de Don Jacinto, al conocer la influencia de madre en aquel trajín en fraguas en contra o junto a designios divinos sonó a cariño materno en mis oídos. Fue ella quien en el lecho de muerte hizo jurar a padre bajo no sé qué amenaza de fuego eterno que me haría hombre entre libros, lejos del arado, el estiércol y los duros fríos del invierno de la montaña. Don Tomás puso en la cabeza de mi difunta madre, en vida de ésta por supuesto, unas cualidades referentes a mí que en aquel momento caía en la cuenta de poseer. El cura era, pese a su oficio, más tendente a lo práctico y contable. La donación testamentaria del huerto del abuelo separado por muros del cementerio, permitía a la humilde parroquia ampliar su valor patrimonial, la muerte fue siempre negocio seguro. Cierta cantidad resultante de la venta de la casa, enseres incluidos, las tierras subastadas con los animales y la magnanimidad de la institución cristiana a la cual representaba, hacían posible aquel milagro que para Don Jacinto revelaba el Altísimo llevándose a un zote aldeano, picarón y ladronzuelo, a nada más y nada menos que a la senda seminarista. Debía doler al religioso aquel igualar por debajo de la divinidad. Las primeras tormentas del verano, avanzado agosto, marcaban el fin de la temporada en el negocio del hielo. Las pocas heladeras supervivientes al rigor estival, expiraban con la lluvia recalentada de la agónica estación. Con apenas dos mudas y algo de queso de las cabras montañesas en el zurrón, cogía la diligencia camino de la capital comarcal y su adusto seminario. El vértigo de aquel abismo heredado cruzó la vista con el grupo de heladores que regresaban a casa por el mismo camino en sentido opuesto poniendo fin a la temporada. Les esperaban a ellos los trabajos junto a sus padres y hermanos del invierno y aquel ver pasar los días sin prisas de quien conoce qué hará mañana. Era mi camino más oscuro y lleno de interrogantes pero eso ya es otra historia y bastante tienen vuesas mercedes con terminar ésta. Un último pensamiento previo a dejar las montañas, ya que en ese momento pasaba por ciertos designios el emplear la mente en esos menesteres, trajo unas palabras de Padre el último día que había de verlo en vida. Ahora, en este inventariar sin propósito alguno, empiezo a encontrar sentido, aunque aún en aquel instante de tanta muda sonaba a misterio insondable: “Hijo, de todas las muertes posibles, la de madre, la de los abuelos, la más dolorosa de largo es ésta. Es muerte lenta la soledad.
2月3日 A destiempo
A destiempo
- ¿Me puedes decir qué ves en este dibujo?- - Un sombrero.-
En Méjico existe una flor efímera llamada Trigridia o flor de tigre. De forma popular y muy enraizado con su acerbo y con esos personajes refraneros de filosofías prestadas, es conocida como flor de un día. Florece con la puesta de sol, al amparo de las sombras. Despierta herida de muerte al día siguiente. Sus vivos colores rojos perduran el tiempo de vivir un sueño, tiene una vida plena por tanto. La convicción de un niño de siete años tiene un recorrido parecido, tan firme como efímera en su estar. El niño que entonces era, veía en aquel señor serio de bata blanca la sabiduría sumada de la enciclopedia del salón de la casa de mis padres. Aún conservan aquellos tomos de lomos de piel perfumada con arabescos de oro. Años más tarde, desentrañada la burda manipulación, desarrollaría el mismo odio hacia él que siempre guardé hacia aquellos libros del mueble de mi infancia. Preguntar el significado de cualquier palabra era salir directo hacia los estantes y cargar con el mordisco del saber mundial comprendido entre "cla" y "eho", por mandato paterno. Cuando aquel tipo empezó a mover la cabeza de lado a lado con cara de decepción, creí que sería enviado a casa a por uno de los tomos. Por mucho que girara el dibujo en mi cabeza seguía viendo un sombrero gris. Tampoco es cierto del todo, en aquella cartulina olvidó el abuelo Pepe media cabeza. Hombre acostumbrado al mando conservó hasta la tumba la chaqueta gris, su chaleco negro abrazando el blanco de la camisa, un reloj de bolsillo con cadena de plata que guardaba en el compartimento secreto del chaleco y aquel tocado gris de fieltro con una cinta de seda negra sobre el ala. Nunca quiso abandonar el uniforme de la jerarquía impuesta por sus amos los marqueses. El hombre insistía y el niño porfiaba, " es un sombrero". La negativa del hombre guardaba la sospecha de que, a veces, es mejor no saber. El conocimiento no siempre satisface al sediento. Ni más libres, ni más interesantes, ni siquiera listos, sólo una puerta abierta a un nuevo desierto. Más sed. Sentado frente a su reluciente bata, balanceaba con nerviosismo los pies que colgaban de la silla sin tocar el suelo y repasaba la sala de espera de aquel extraño edificio. Ahora encajaban las caras de asombro de los niños que esperaban al otro lado de la puerta turno junto a sus padres. Los ojos redondísimos como platos, los labios muy gruesos entreabiertos, hilillos de saliva colgaban de algunos de ellos y una voz gutural fuerte, sin duda producto del susto. A mis siete años algo sabía de esa raza. Hasta tenían un enorme país estepario que recorrían sobre caballos peludos, eran los mejores jinetes del mundo. Aunque no llegaba a entender por qué en su gentilicio había insulto. A Pedro se le resistía la tabla del tres, pasó directamente a la del cinco que tiene truco. Cuando se enredaba en los treses tristes, el resto de la clase coreábamos aquello de "mongui, mongui, mongui...", hasta que Juana, la profe, nos mandaba callar. Vamos que ser de aquel lugar lejano era poco menos que ser tonto de remate. Pero yo veía un sombrero y aquel hombre sabio decía que no lo era y me habían puesto en la sala junto a ellos. ¿ Sería yo también un excelente jinete y me cantarían a mí el "mongui, mongui" de Pedro? Los pies del altímetro de la cabina marcaban su aparición. Con larga capa y con aquel ensortijado pelo rubio aparecía en el límite de la conciencia. Antoine de Saint-Exupéry, desde la posición elevada del avión, esperaba ese momento. Sabía que él aparecería con sus aires principescos. Era un acuerdo entre ambos, la simbiosis del parásito. La forma lógica del personaje cobraba vida sólo a través de Antoine, y el piloto necesitaba de la magia del niño para escribir su mejor obra. La fuerza magnética de la tierra absorbía la creación. Del mismo modo en que sentía el peso del cuerpo, la imaginación, allí abajo, permanecía agazapada dentro de él. Arriba, justo cuando la escasez del oxígeno hacia explotar su cabeza, el pensamiento escapaba de la cárcel cerebral. El principito llegó a susurrarle tantas historias que lo creyó real y un día decidió entrar en ese otro mundo que le brindaba. La tripulación de un vuelo de reconocimiento enemigo, tras ser capturada después de ser derribado el avión en que viajaban, comentó haber visto en extraño espejismo un niño raro acompañado de un piloto aliado andando por encima de las nubes. El impacto contra el suelo provocó aquel delirio, dirían los médicos que los reconocieron cumpliendo con la convención de Ginebra. Jamás imaginó Antoine ni su personaje que alguna de sus historias fuera a utilizarse como instrumento de tortura infantil. ¿ De verdad no ves la boa constrictor que se ha comido al elefante? Me dijo el hombre de la bata blanca mientras el niño que entonces era, perplejo, añadía, un sombreo, es un sombrero. Ahora, no recuerdo por qué surgió aquel recuerdo infantil en la conversación con mi madre. Ella comenzó a llorar. No guardaban mis palabras reproche alguno y me sorprendí ante su reacción. Mi única intención era saber el dictamen médico tras aquella zafia valoración psicológica. Creía ella que no recordaba nada de todo aquello, que la visita a la extraña clínica y la sala de espera llena de niños subnormales, término de la época, habían desaparecido en el limbo de la infancia. Dio sin pedirlas y sin querer escucharlas unas explicaciones con sabor a disculpa entre lágrimas. Hablaba mal con siete años, mal y poco, cuatro palabras prácticas para la supervivencia y, además, mojaba la cama todas las noches. La idea fue de mi padre y ella acató debido al complejo que le causaba su propia incultura cuando él le recordaba su destino entre fogones. El hombrecillo de la bata les recomendó paciencia. A su hijo no le pasaba nada y, por supuesto, no era deficiente. Habló de los ritmos de desarrollo, de parámetros comunes en la mayoría de niños y de un pequeño grupo que, sin causa que la ciencia pudiera explicar, hacían las cosas a destiempo.
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