José Ignacio 的个人资料el funambulista日志列表留言簿更多 工具 帮助

日志


12月27日

Luz de invierno

 

luz de invierno

sol de invierno

 

 

Los rayos de Sol llegaban tenues, debilitados por el tamiz de las nubes bajas, apenas gasa invisible de aquel cielo tan azul. La hora situaba la esfera solar enfrente del parabrisas. Sin gafas oscuras, cuando el rumbo del camino apuntaba directo al sur oeste, la inclinación estacional de la luz mantenía el día frío pese a su insistencia y lograba torcer la vista deslumbrada. El coche penetraba del mismo modo insinuado por el aire de la autopista. Era raro encontrar aquella vía casi desierta a las cinco de la tarde de un día cualquiera. Sí, no era aquel cualquier día, aunque me costara encontrar diferencias. Un día de Navidad a esa hora, con el invierno recién nacido, tenía aquel efecto sobre la circulación. El horizonte límpido del azul intenso, artificial cielo de lienzo, y la luz mágica reconfortaban el tono insatisfecho de aquellas fechas. Me había visto inmerso durante dos días en las celebraciones propias de las fechas persiguiendo aquel momento en que podía volver a sumergirme entre mis nadas. Era una sensación viva de regreso. Conducía admirado por la estampa cruzando miradas inoportunas con los escasos vehículos que viajaban a esas horas. La libertad de poseer tres carriles para uno, las luces del túnel luciendo en sesión privada y la barrera del peaje inclinándose a mi paso me devolvían aquella intimidad perdida durante las fiestas. Nunca fueron buenas fechas, la memoria las devolvía así, con cierto reproche. Este año también las viví aquejado de bilis. Durante años, la sombra de rencores ocultos había presidido la mesa navideña. Cuñadas dolidas, cuentas sin saldar, recelos de padres duros e hijos implacables, sonrisas forzadas, ánimos de vino y champán. Guardaba aquella navidad que año tras año iba repitiéndose como un argumento febril. Febril porque estaba en mi cabeza sólo en ella. Las cuñadas compartían la paz de la vejez conciliadora y el dolor de los muertos. Y todo lo demás era parte de un recuerdo persistente.  Las conversaciones con mi padre tienen siempre ese tono de desafío, de promesa rota. No es posible la felicidad sin perdón pero nosotros, los hermanos, sus hijos, tenemos esa semilla impresa en los genes. Mi hermana superó aquellos años gracias a esa doble piel que parece protegerla. Las navidades atesoran todas las cosas pendientes y la suma de todas termina en desengaño.

El ruido mecánico del intermitente acompaña la salida de la autopista. Dejo aquella vía vacía y me interno por las calles de un pueblo fantasma. Mejor, no soportaría coincidir en el callejón de la casa con un vecino y sonreír. Tampoco este año conseguí sentarme al lado de mi padre y que de mi voz surgiera un tono conciliador. La vejez le alcanzó hace unos años con dureza. Igual que él lamenta la falta de amigos, el olvido de sus amantes, aquel pacto de vida conyugal con mi madre, del mismo modo lamento yo esta incapacidad de compartir con él sus últimos años. Ya me duele ver en su entierro, cuando al fin llegue, la rabia por no haber conseguido recortar  las distancias. Ya sé, la promesa de enmienda, esa próxima vez distinta que espero cada vez que voy a casa de mis padres, está ahí, esperando. Ya no hablo de perdón pues sé que en todo esto hay una parte sustancial sólo mía. Miro a mi madre encogida por los años, cada vez más lenta y torpe, con las huellas de mil batallas libradas, y siento romper los huesos por dentro. Tengo un alma ósea como el caparazón de un molusco. Cómo voy a hablar de pareja, vida en común, compartir, si todo esto me enseñó a contar hasta uno. Un uno que va repitiéndose pues, como parece claro, es único. La misma navidad, la misma pelea, la misma ingratitud.

Desde la terraza del solarium contemplo el ocaso. El Sol, en estas tierras, se vuelve tímido en invierno.  Viene a mi cabeza la imagen de un coche y la de su conductor. Pude recordar el rostro de todos los conductores que deshacían mi camino, hasta contar los vehículos uno a uno en aquella autopista desierta pero veía el rostro de aquel hombre. Debía tener la edad de mi padre y volvía, iba tal vez, solo en aquella berlina gris plata. No sé por qué retuve su imagen en aquel cruzarse veloz pero su cara aparecía de nuevo. Durante aquel trayecto en coche, antes de emparejarme al vehículo gris del hombre, tuve la percepción clara de que aquella había sido mi última navidad, aunque sólo aprendí a contar hasta uno. Empieza a hacer frío en la terraza, este maldito sol de invierno nunca calentará mis huesos. 

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

12月23日

Las dos puertas

                            "LAS DOS PUERTAS"


puertas La casa de Tomás Requejo era igual que las demás. Un conjunto uniforme y compacto de terrones de azúcar que daban forma propia al barrio en medio del café con leche del resto de la ciudad. Aquellas casitas blancas con el color tierra por sombrero vertiendo a dos aguas habían sobrevivido al hormigón, al asfalto, al hombre y hasta al tiempo. Había que buscar las causas de ese resistir en varios factores: la capilla antigua que daba eje a los radios del barrio y sobretodo a la diminuta talla románica albergada en su interior. Popularmente conocida por la virgen chica, aquel trozo de madera pinturrajeado por los trazos rotundos de un párvulo, procesaba de un fervor desproporcionado a tan escaso tamaño. De esa fe podemos extraer distintas conclusiones.  Primero, que la fe no responde a  razones de proporciones e incluso de belleza, porque lo que se dice bonita pues, para que nos vamos a engañar, nunca lo había sido. Pero cada año como atraídos por una cualidad magnética que escapaba a un primer ojo, también al segundo, una muchedumbre encolerizada se reunía en torno a la imagen con muestras de demencia colectiva. el caso es que "la chica" como se la conociía en la intimidad había obrado el milagro y conservaba el barrio muy próximo a sus orígenes, algún alcalde osado colocó en su día farolas de alumbrado público, y la expansión inmobiliaria había frenado su apetito ante aquel territorio sagrado. Para ser justos, y este es un caso de justicia, muchas de las casitas blancas pertenecían a lo más granado de la sociedad urbanita y tener una posesión aunque pequeña tan cercana a "la chica" daba mucho prestigio. Desde luego no eran los ricos los habitantes habituales del vecindario pues habían emigrado a las lujosas urbanizaciones del extraradio. La familia Requejo pertenecía al exclusivo club de los que parten el bacalao y conservaba su casita desde no se sabe cuantas generaciones como testimonio del rancio abolengo del que tanto se pavoneaban ante el común de los mortales. Tomás Requejo nació un 22 de julio, pero no uno cualquiera. El día en que venía al mundo, un hombre muy raro con cabeza de peces de colores y cuerpo de saltamontes daba un pequeño paso para un solo hombre pero un enorme avance para la humanidad. Un Jesús Hermida casi imberbe se lo contaba desde Giuston al resto del país y la gente se agolpaba ante los todavía contados televisores frente a los escaparates de las tiendas de electrodomésticos. Aunque los conocidos siempre decían que Tomás, desde pequeño, tenía un carácter un poco lunático, este sólo acertaba a aquella coincidencia en el calendario para justificar semejante afirmación. En todas las familias hay voces discordantes, individuos que escapan al guión ya escrito o prescrito por Don dinero que fue siempre poderosos caballero. Así que cuando "el rana", como era conocido Tomás desde los tiempos de la primera enseñanza entre sus compañeros de mocos, el señor Requejo gustaba de decir con tono resignado en las reuniones de padres del colegio: - qué le vamos a hacer: el niño nos ha salido rana -. Pues bien cuando el rana comunicó a la familia su intención de mudarse a la casita blanca los parientes  no puudieron menos que respirar con una gran sensación de alivio. En cierto modo apartaban a aquel especímen atrapado entre los eslabones evolutivos del escogido círculo de amistades entre los que discurrían sus vidas. Tomás no era retrasado, al menos en su más estricto significado, como mucho se le podría calificar como rezagado, tonto  o lelo.
Tomás se consideraba un artista polifacético, poeta pintor y músico. La casita le daba oportunidad de desarrollar todo su genio creativo lejos de miradas curiosas y de oídos poco educados que no soportaban todo el aluvión de sonidos extridentes que el rana arrancaba cada tarde a su violín de segunda mano porque a Tomás, ¡qué curioso!, le volaban sus instrumentos para gran sorpresa suya y descanso de los demás.

                                                                                                        

 l l l


Al estar la casa casi todo el año cerrada, la familia la había aprovechado de trastero o desván, el pozo de las cosas inútiles. El rana vio en todo el cachibacheo una oportunidad a dar rienda suelta a su potencial creativo y se negó en rotundo a que le acondicionaran la casita para - hacerle la vida más cómoda -. Sólo exigió al patrimonio familiar que colocaran una segunda puerta en la fachada principal y única del inmueble. Como estaban bastantes hartos de él y deseosos de quitárselo de en medio la familia accedió sin rechistar. Hay que decir que para ampliar la capacidad del improvisado trastero y a modo de garaje  se habían eliminado los tabiques interiores por lo cual la segunda puerta conduciría exactamente al mismo lugar que la primera. Por lo de tonto, no discutieron con él ni intentaron hacerle entrar en razón, tampoco preguntaron el motivo de tan extraña petición.

    l l l

puerta
El día en que Tomás Requejo se mudó a la casita blanca junto a la virgen chica, aquel era el único terrón en todo el barrio que contaba con dos puertas. Una, la primigenia, la auténtica, era de contrachapado con alma de cartón ondulado y estaba pintada de color verde como todas en el vecindario. La otra, la segunda, Tomás exigió que fuera de las blindadas con láminas de acero tras la piel de madera, con aldaba y pomo dorado y además de color rojo.
Cuando el cerrajero terminó de instalar la puerta ya no pudo más y reventó por la boca toda su curiosidad ante lo que para él era una insensatez mayúscula y se dirigió a Tomás para preguntar:
- Perdone señor - empezó prudente el cerrajero desconocedor de las peculiaridades del rana- no habría sido más normal colocar la puerta blindada donde estaba la verde y ahorrarse buena parte de todo este dispendio.
- Mire buen hombre, las cosas acaban por coger parte de la forma de ser de sus dueños y yo como me conozco que ya van siendo muchos años la quiero adaptar desde un principio a mi forma de ser.
- Pero dos puertas que conducen a un mismo sitio es cosa de tontos - parecía que el operario empezaba a adivinar algo de aquel embrollo.
- Para nada caballero. - Tomás resopló haciendo un gran esfuerzo.- la puerta verde es para entrar y salir, para el día a día. La otra, la roja, es la más importante porque es para quedarse dentro.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

12月13日

el funambulista

                                   funambulista

El primer paso es el más difícil. Dejar atrás la plataforma de madera e internarse por el girado horizonte lineal de la cuerda. El pie de avance recibe el tacto curvo de las venas del acero entrelazado. El segundo movimiento es el más peligroso. El otro pie abandona el confort de la madera y vuela hacia el cable. Es en ese momento cuando saboreo el sabor metálico del miedo. Por un instante noto el estremecimiento de cada uno de mis músculos. Ya estoy en el aire. Soy el Moisés de un pueblo sin referencias. Dos o tres pasos hacia el centro, el tambaleo es sólo parte del espectáculo. Es allá arriba donde siento la seguridad del riesgo. No hay red. Alcanzo el centro y la cuerda vence su rectitud, saca barriga. Y viene la imagen del cuadro, de su cuadro. El abrazo de otro ángel. No soy yo, sé que nunca tendré alas y ella vuela a demasiada altura. Un salto sin cabriola. El impacto del cuero ajado de la zapatilla me devuelve a la realidad del equilibrio. El cable vibra recuperando la panza. Los pies castigados aún son capaces de transmitir las ondas del movimiento. El susto del público va diluyendo el eco de los gritos. Ahora veo la foto del salón, el mismo sofá, el mismo sillón. Las dos eligieron los mismos muebles y yo a las dos. Siento el vértigo del demiurgo juguetón que se empeña en tirar de mi cuerpo hacia abajo. La genuflexión sirve para recuperar el aliento entre saltos. La tela toca el acero a la altura de la rodilla. Veo el anillo que sostiene el puente entre las dos. Fue de gira en Aquitania cuando ella gritó entre las cabezas chafadas del público: “todo es una farsa, el equilibrio es imposible…” Y ella desde el anillo oculto por las sombras del foco le replicaba a ella: “¡Viva la entelequia!”. Este es el momento crucial del espectáculo. El movimiento lento, recuperar la posición de firme combinando el impulso final de la pirueta.
Y mientras veo como se aleja el cable y lamento cada salto que no di, antes de impactar contra el suelo, cada vez más pequeñas, continuo viéndolas.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

12月6日

Letra y fuego

 

mar de noche

 
 
 
Letra y fuego
 
 
El círculo de arena y fuego apenas dibujaba una minúscula aureola de luz entre la oscuridad cerrada de la noche y la playa desierta. Al fondo, un mar de ida y vuelta. Reflejos de luces de la ciudad escondida sobre la espalda de espuma. Las casas iluminadas, las farolas encendidas del paseo, el resplandor lejano de la gavia del campanario de la iglesia y los recuerdos, todos mecidos y desencajados en el azogue nervioso del horizonte marino. En la arena, de espaldas al paseo, una figura recortada por la fogata. En el envés, una cara que no existe porque nadie la mira juega con las sombras chinescas de la oscuridad.

La idea fue de ella. Ahora era mía, ella ya no estaba. De hecho, en el momento de llegar se estaba yendo como la lengua blanca del oleaje en la orilla. Otra noche, no ésta que es sólo mía, en medio de una de sus vueltas, aunque ahora pienso que quizás fuera ida, volvió a mí con una carta en la mano y lágrimas en la sonrisa. Le advertí sobre aquella manía tan mía de poner en el papel aquello que debía permanecer libre en el aire, y sus funestas consecuencias, antes de leer. Ella me miró con ojos bizcos, reflexionó, lanzó mil sapos por hacer más difícil aquel echarse para atrás, orgullo herido. Lo que esté aquí escrito ahora te pertenece a ti, pero cuando lo abra ya no será de nadie y el papel será su cárcel, y de algún modo también la tuya, le dije. Ella sonrió con cierto enigma, escondía algo, me lanzó una patada a la espinilla, comprendí. Luego, cuando hayas leído, si acaso la quemamos. ¡Oh¡, no la carta es mía y yo haré, respondí. Me moría de ganas de abrazarla, de volver a estar junto a ella, de acariciar sus silencios e imaginar, pero me hacía el difícil. Deshice el sello de su saliva seca, creí que volvía a juntarla con la mía, y leí.
Malditas sean las palabras porque ahora son las cadenas de mis sentimientos, habría de sermonearme una morena fiera hace pocos días, muchos desde que leyera la maldita carta. La verdad es que yo quería, amaba si esta palabra pasada de moda se me permite decir, cuando ella apareció sobre en mano. La guardé con la excusa de tener un trazo real de memoria y olvidé. Ella se fue de nuevo meses más tarde, o volvió vaya usted a saber.

Esta noche, sólo mía, de arena y fuego, playa desierta, frío mes de noviembre, los veraneantes de vuelta en sus casas pensando en navidades y montañas nevadas y yo consumido por un tiempo también de ida y vuelta, también solo pues es playa desierta, desnuda. Junto las dos cartas con una mano y en la otra adivino el mechero. Noche cerrada, reflejos lejanos bailando entre las olas, la llama del mechero indecisa por el viento salado de la brisa marina. Enciendo un cigarrillo.

Noche nerviosa de esperanzas y sueños cumplidos, los niños se agitan por un día remolón que tarda demasiado en llegar. Padres vigilando el silencio de los cuartos infantiles, asomándose a las puertas con mañas de ladrón. Noche de reyes magos, ilusión y felicidad dibujada en caras de niños, los que son  y los que fueron y ya no volverán a ser. Otra vez solo, ahora en casa, escribo aquello que debe permanecer en el aire. Unos zapatos viejos junto a la ventana, un cuenco con agua para los camellos y polvorones para pajes y reyes. La carta acaba sostenida entre ambos zapatos mientras intento conciliar un sueño tardío. Pero no despierto. No, aún no. Sigo dormido mientras me asomo al salón y veo el cuenco lleno de agua, los alfajores revenidos y el sobre amarillento de la carta inclinada entre los zapatos cubiertos de polvo. Todo junto a la ventana.

Y ahora, en la noche fría, entierro el cigarrillo en la arena. Sostengo dos cartas en una mano y el mechero en la otra. Enciendo. La llama ilumina, el papel se ennegrece, primero con sabor a pergamino, a tiempo pasado, luego es lumbre, fuego que devora letras, tiempo que borra todos los fuegos, fuegos que son memoria. El papel se arruga y vuelve negro. La noche negra acoge al negro papel y se funden junto al vaivén del mar. Aquello que debe permanecer en el aire vuelve al aire.
 
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.