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12月27日 Luz de invierno
luz de invierno
Los rayos de Sol llegaban tenues, debilitados por el tamiz de las nubes bajas, apenas gasa invisible de aquel cielo tan azul. La hora situaba la esfera solar enfrente del parabrisas. Sin gafas oscuras, cuando el rumbo del camino apuntaba directo al sur oeste, la inclinación estacional de la luz mantenía el día frío pese a su insistencia y lograba torcer la vista deslumbrada. El coche penetraba del mismo modo insinuado por el aire de la autopista. Era raro encontrar aquella vía casi desierta a las cinco de la tarde de un día cualquiera. Sí, no era aquel cualquier día, aunque me costara encontrar diferencias. Un día de Navidad a esa hora, con el invierno recién nacido, tenía aquel efecto sobre la circulación. El horizonte límpido del azul intenso, artificial cielo de lienzo, y la luz mágica reconfortaban el tono insatisfecho de aquellas fechas. Me había visto inmerso durante dos días en las celebraciones propias de las fechas persiguiendo aquel momento en que podía volver a sumergirme entre mis nadas. Era una sensación viva de regreso. Conducía admirado por la estampa cruzando miradas inoportunas con los escasos vehículos que viajaban a esas horas. La libertad de poseer tres carriles para uno, las luces del túnel luciendo en sesión privada y la barrera del peaje inclinándose a mi paso me devolvían aquella intimidad perdida durante las fiestas. Nunca fueron buenas fechas, la memoria las devolvía así, con cierto reproche. Este año también las viví aquejado de bilis. Durante años, la sombra de rencores ocultos había presidido la mesa navideña. Cuñadas dolidas, cuentas sin saldar, recelos de padres duros e hijos implacables, sonrisas forzadas, ánimos de vino y champán. Guardaba aquella navidad que año tras año iba repitiéndose como un argumento febril. Febril porque estaba en mi cabeza sólo en ella. Las cuñadas compartían la paz de la vejez conciliadora y el dolor de los muertos. Y todo lo demás era parte de un recuerdo persistente. Las conversaciones con mi padre tienen siempre ese tono de desafío, de promesa rota. No es posible la felicidad sin perdón pero nosotros, los hermanos, sus hijos, tenemos esa semilla impresa en los genes. Mi hermana superó aquellos años gracias a esa doble piel que parece protegerla. Las navidades atesoran todas las cosas pendientes y la suma de todas termina en desengaño. El ruido mecánico del intermitente acompaña la salida de la autopista. Dejo aquella vía vacía y me interno por las calles de un pueblo fantasma. Mejor, no soportaría coincidir en el callejón de la casa con un vecino y sonreír. Tampoco este año conseguí sentarme al lado de mi padre y que de mi voz surgiera un tono conciliador. La vejez le alcanzó hace unos años con dureza. Igual que él lamenta la falta de amigos, el olvido de sus amantes, aquel pacto de vida conyugal con mi madre, del mismo modo lamento yo esta incapacidad de compartir con él sus últimos años. Ya me duele ver en su entierro, cuando al fin llegue, la rabia por no haber conseguido recortar las distancias. Ya sé, la promesa de enmienda, esa próxima vez distinta que espero cada vez que voy a casa de mis padres, está ahí, esperando. Ya no hablo de perdón pues sé que en todo esto hay una parte sustancial sólo mía. Miro a mi madre encogida por los años, cada vez más lenta y torpe, con las huellas de mil batallas libradas, y siento romper los huesos por dentro. Tengo un alma ósea como el caparazón de un molusco. Cómo voy a hablar de pareja, vida en común, compartir, si todo esto me enseñó a contar hasta uno. Un uno que va repitiéndose pues, como parece claro, es único. La misma navidad, la misma pelea, la misma ingratitud. Desde la terraza del solarium contemplo el ocaso. El Sol, en estas tierras, se vuelve tímido en invierno. Viene a mi cabeza la imagen de un coche y la de su conductor. Pude recordar el rostro de todos los conductores que deshacían mi camino, hasta contar los vehículos uno a uno en aquella autopista desierta pero veía el rostro de aquel hombre. Debía tener la edad de mi padre y volvía, iba tal vez, solo en aquella berlina gris plata. No sé por qué retuve su imagen en aquel cruzarse veloz pero su cara aparecía de nuevo. Durante aquel trayecto en coche, antes de emparejarme al vehículo gris del hombre, tuve la percepción clara de que aquella había sido mi última navidad, aunque sólo aprendí a contar hasta uno. Empieza a hacer frío en la terraza, este maldito sol de invierno nunca calentará mis huesos.
12月23日 Las dos puertas "LAS DOS PUERTAS"
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12月13日 el funambulistaEl primer paso es el más difícil. Dejar atrás la plataforma de madera e internarse por el girado horizonte lineal de la cuerda. El pie de avance recibe el tacto curvo de las venas del acero entrelazado. El segundo movimiento es el más peligroso. El otro pie abandona el confort de la madera y vuela hacia el cable. Es en ese momento cuando saboreo el sabor metálico del miedo. Por un instante noto el estremecimiento de cada uno de mis músculos. Ya estoy en el aire. Soy el Moisés de un pueblo sin referencias. Dos o tres pasos hacia el centro, el tambaleo es sólo parte del espectáculo. Es allá arriba donde siento la seguridad del riesgo. No hay red. Alcanzo el centro y la cuerda vence su rectitud, saca barriga. Y viene la imagen del cuadro, de su cuadro. El abrazo de otro ángel. No soy yo, sé que nunca tendré alas y ella vuela a demasiada altura. Un salto sin cabriola. El impacto del cuero ajado de la zapatilla me devuelve a la realidad del equilibrio. El cable vibra recuperando la panza. Los pies castigados aún son capaces de transmitir las ondas del movimiento. El susto del público va diluyendo el eco de los gritos. Ahora veo la foto del salón, el mismo sofá, el mismo sillón. Las dos eligieron los mismos muebles y yo a las dos. Siento el vértigo del demiurgo juguetón que se empeña en tirar de mi cuerpo hacia abajo. La genuflexión sirve para recuperar el aliento entre saltos. La tela toca el acero a la altura de la rodilla. Veo el anillo que sostiene el puente entre las dos. Fue de gira en Aquitania cuando ella gritó entre las cabezas chafadas del público: “todo es una farsa, el equilibrio es imposible…” Y ella desde el anillo oculto por las sombras del foco le replicaba a ella: “¡Viva la entelequia!”. Este es el momento crucial del espectáculo. El movimiento lento, recuperar la posición de firme combinando el impulso final de la pirueta. 12月6日 Letra y fuegoLetra y fuego
El círculo de arena y fuego apenas dibujaba una minúscula aureola de luz entre la oscuridad cerrada de la noche y la playa desierta. Al fondo, un mar de ida y vuelta. Reflejos de luces de la ciudad escondida sobre la espalda de espuma. Las casas iluminadas, las farolas encendidas del paseo, el resplandor lejano de la gavia del campanario de la iglesia y los recuerdos, todos mecidos y desencajados en el azogue nervioso del horizonte marino. En la arena, de espaldas al paseo, una figura recortada por la fogata. En el envés, una cara que no existe porque nadie la mira juega con las sombras chinescas de la oscuridad. La idea fue de ella. Ahora era mía, ella ya no estaba. De hecho, en el momento de llegar se estaba yendo como la lengua blanca del oleaje en la orilla. Otra noche, no ésta que es sólo mía, en medio de una de sus vueltas, aunque ahora pienso que quizás fuera ida, volvió a mí con una carta en la mano y lágrimas en la sonrisa. Le advertí sobre aquella manía tan mía de poner en el papel aquello que debía permanecer libre en el aire, y sus funestas consecuencias, antes de leer. Ella me miró con ojos bizcos, reflexionó, lanzó mil sapos por hacer más difícil aquel echarse para atrás, orgullo herido. Lo que esté aquí escrito ahora te pertenece a ti, pero cuando lo abra ya no será de nadie y el papel será su cárcel, y de algún modo también la tuya, le dije. Ella sonrió con cierto enigma, escondía algo, me lanzó una patada a la espinilla, comprendí. Luego, cuando hayas leído, si acaso la quemamos. ¡Oh¡, no la carta es mía y yo haré, respondí. Me moría de ganas de abrazarla, de volver a estar junto a ella, de acariciar sus silencios e imaginar, pero me hacía el difícil. Deshice el sello de su saliva seca, creí que volvía a juntarla con la mía, y leí. Malditas sean las palabras porque ahora son las cadenas de mis sentimientos, habría de sermonearme una morena fiera hace pocos días, muchos desde que leyera la maldita carta. La verdad es que yo quería, amaba si esta palabra pasada de moda se me permite decir, cuando ella apareció sobre en mano. La guardé con la excusa de tener un trazo real de memoria y olvidé. Ella se fue de nuevo meses más tarde, o volvió vaya usted a saber. Esta noche, sólo mía, de arena y fuego, playa desierta, frío mes de noviembre, los veraneantes de vuelta en sus casas pensando en navidades y montañas nevadas y yo consumido por un tiempo también de ida y vuelta, también solo pues es playa desierta, desnuda. Junto las dos cartas con una mano y en la otra adivino el mechero. Noche cerrada, reflejos lejanos bailando entre las olas, la llama del mechero indecisa por el viento salado de la brisa marina. Enciendo un cigarrillo. Noche nerviosa de esperanzas y sueños cumplidos, los niños se agitan por un día remolón que tarda demasiado en llegar. Padres vigilando el silencio de los cuartos infantiles, asomándose a las puertas con mañas de ladrón. Noche de reyes magos, ilusión y felicidad dibujada en caras de niños, los que son y los que fueron y ya no volverán a ser. Otra vez solo, ahora en casa, escribo aquello que debe permanecer en el aire. Unos zapatos viejos junto a la ventana, un cuenco con agua para los camellos y polvorones para pajes y reyes. La carta acaba sostenida entre ambos zapatos mientras intento conciliar un sueño tardío. Pero no despierto. No, aún no. Sigo dormido mientras me asomo al salón y veo el cuenco lleno de agua, los alfajores revenidos y el sobre amarillento de la carta inclinada entre los zapatos cubiertos de polvo. Todo junto a la ventana. Y ahora, en la noche fría, entierro el cigarrillo en la arena. Sostengo dos cartas en una mano y el mechero en la otra. Enciendo. La llama ilumina, el papel se ennegrece, primero con sabor a pergamino, a tiempo pasado, luego es lumbre, fuego que devora letras, tiempo que borra todos los fuegos, fuegos que son memoria. El papel se arruga y vuelve negro. La noche negra acoge al negro papel y se funden junto al vaivén del mar. Aquello que debe permanecer en el aire vuelve al aire. ![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. |
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