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1月27日 No tan locosNO TAN LOCOS
El camillero que empujaba la silla de ruedas adherida por persistencia a mis posaderas era un muchacho joven, de mi edad. Por la jovialidad evidente con que desempeñaba su trabajo, éste debía resultarle grato. Izó el artilugio rodador en el que me hallaba acomodado al vehículo ambulancia utilizando la plataforma hidráulica dispuesta en la parte trasera de la furgoneta. Por medio de unos ganchos dispuestos en el suelo del vehículo, ancló la silla asegurándose de que ésta quedaba adecuadamente inmovilizada. Pregunté si todas estas maniobras eran necesarias para un trayecto de apenas un par de minutos entre el edificio de medicina general y el de traumatología, también cuestioné lo inapropiado del sistema de traslados entre las distintas dependencias del centro. - Mira tío cuando lleguemos permanece callado, no voy a permitir a ningún tarado que me joda este curro de puta madre. Tengo colegas en craneoencefálicos y, creemé, pueden hacer de tu estancia con todos esos pirados un verdadero infierno.- Mi tía me había acompañado durante la mañana, los parientes del enfermo no estaban autorizados a realizar el desplazamiento con la ambulancia. Nada más bajar en el embarcadero de ese edificio anexo me recibió con el entusiasmo propio del regreso de los astronautas tras una misión espacial. La efusividad del recibimiento fue el primer augurio del desastre. Pese al carácter pusilánime de la hermana de mi padre, era imposible llorar por un viaje de dos minutos. Pensé que se había asustado por el tiempo empleado en recorrer el centenar de metros teniendo en cuenta mi propensión a los accidentes. Pero sus lágrimas estaban provocadas por lo visto en la unidad a la que me dirigía junto a ella empujado por el simpático conductor. Estaba a punto de someterme a la misma tortura y el camillero, sabedor de lo que allí me esperaba, disfrutaba ampliamente llevándome a ese reducto, confín fortificado de la desgracia humana. Dentro del enorme edificio de diez plantas destinado a traumatogía, era la última planta la elegida para las cabezas, de esta forma se dificultaba tanto la entrada como, sobretodo, la salida. El ascensor ascendía parsimonioso desde el sótano donde se encontraba el acceso de las ambulancias hasta la décima planta. A mi tía los nervios le desataban la lengua. - Sobrino, piensa que vas a estar poco tiempo en este sitio y los médicos dicen que es el mejor lugar para tu recuperación.- El mosqueo también crecía en mi interior junto a la socarronería de uno y la inquietud de la otra. La puerta se abrió al iluminarse el número diez en el panel interior y sonó la inefable campanilla como rúbrica. Una enfermera salió del mostrador para recibirme y, pese a su poca gracia, me gustó la bienvenida besucona con la que se hizo cargo de mi destino. Todavía pude ver una gran sonrisa antes de cerrarse la puerta y dejar encerrado al conductor de la ambulancia. El ¡Ding! fue en esta ocasión de despedida. Pensé para mí: hasta nunca capullo. La enfermera cariñosa empujó la silla hasta el despacho de la jefe médico de la unidad y mi tía nos seguía compungida unos metros atrás. Antes de que la enfermera tuviese tiempo de llamar a la puerta, ésta se abrió dejando al descubierto una bata blanca con el pelo cortado a lo “garzón”. La bata también se humilló para asestarme sendos besos, a mí el lugar me parecía ciertamente agradable, quizás por eso estaba un poco más cerca del cielo en una planta décima, protector como nunca lo había sido. Aquella tela blanca resultó ser la doctora Amivilia, médico jefe de la unidad de traumatismos craneoencefálicos, esa mujer se convertiría en mi verdadero ángel de la guardia. Percibí en sus ademanes la misma intención protectora que en las mujeres de mi familia, era ella quien después de tallarme estilo mili y examinarme asistida por la auxiliar que empujaba la silla de ruedas. La comitiva avanzaba por el pasillo. Siempre son iguales esos pasadizos en todos los hospitales, y fue en ese recorrido donde empezó la derrota del ánimo. También fue en esos pasillos donde creí internarme en la antesala de los fogones de Pedro Botero. Unos seres espumantes se balanceaban en sus sillas con una cadencia constante, los individuos libres del baile de San Vito emitían unos ruidos de origen gutural mientras mostraban una deteriorada dentadura y mecían las manos con las muñecas dobladas hacia abajo a modo de saludo. La médico me llevó hasta una habitación amplia con seis enormes jaulas de hierro en su interior, me acercó a uno de esos tinglados férreos y me lo presentó como mi cama. En efecto, sobre un colchón de liliputienses se alzaban una serie de tubos metálicos y dos cancelas del mismo material flanqueaban ambos costados del somier. Las tres mujeres colaboraron para incorporarme y depositarme sobre esa cama singular. Mi cuerpo, impulsado por un resorte oculto, adoptó la forma del ovillo fetal. Desde ese momento sólo recuerdo los gritos de la doctora Amilivia a su auxiliar. - Rápido, llama a la doctora Hidalgo y que suba pitando.- No tardaría en conocer a esa doctora, era el psicólogo del hospital encargada de asistir a los enfermos. Me suministró un calmante y tras recuperar la posición normal de un yaciente me soltó una serie de frases tópicas deleznables sobre la fortuna que, según ella, había tenido por lo aparatoso del accidente. Terminaría por convivir con esa suerte maldita el resto de mi estancia en el hospital pero sólo después de varios meses aceptaría de buen grado ese golpe de fortuna, más bien se trató de un encontronazo. Cansado, narcotizado y con la sensación espantosa de estar sufriendo una humillación gratuita, comencé a despertar de lo uno y de lo otro quedando lo último como única prueba de lo sufrido. La habitación se había llenado con los ocupantes de las jaulas colindantes y las visitas de sus familiares y amigos. Con el recato oportuno de la prudencia, le decía a mi tía en un tono de voz que no llenase el resto de la estancia que llamara a mi padre y me sacara de allí. Creía, todavía tengo dudas al respecto, que aquello era otra de sus maniobras de confirmación de la posición, mucho más elevada, desde la que contemplaba a sus hijos. Las camas estaban ocupadas por seis historias desafortunadas; la primera de ellas, tomando como referencia la puerta de entrada, era un morito de las pateras. Un grupo de no se sabe cuántos se jugaron la vida cruzando el estrecho en una precaria barquita de remos y ganaron la costa y la vida. Una vez en tierra, se metieron de polizones en la caja vacía de un camión de transporte internacional con la esperanza del Norte próspero en sus brújulas. El camionero atraído por su influjo magnético enfiló su nave en esa dirección ignorando la carga de ganado humano que transportaba. La hora se le echaba encima, el reloj volaba y sus agujas rompían con estrépito la barrera del sonido. El ruido incesante de ese avanzar enfermizo apenas lograba sujetar sus párpados, éstos amenazaban con cegar el buen hacer del conductor. De aquella carnicería sólo sobrevivieron el conductor y una parte de la primera cama de la habitación del hospital. El muchacho no respondía ni al castellano, ni al francés con que las solícitas enfermeras trataban de comunicarse inútilmente, incluso probaron con el cónsul marroquí pero fue en vano. Del desafortunado polizón únicamente sacaba una estúpida sonrisa babosa por respuesta. Como carecía de cualquier tipo de documentación que revelara algún dato sobre su persona las enfermeras le pusieron un ridículo nombre canino, Skiby. Usaron suero fisiológico a modo de agua bautismal. Siguiendo el orden impuesto por la puerta y frente al morito encontrábamos a la cama llamada Xavi. Éramos quintos y ambos teníamos ojos verdes aunque los suyos eran casi su único medio para la comunicación y los míos han sido condenados a la inexpresividad. El chico era de un pueblo de interior en la provincia de Girona y le gustaba la playa. Un día de verano salió dirección a la costa para aplacar la furia solar con un baño salado. Llegó a la playa e inmediatamente se despojó de la ropa arrojándola a la arena ávido del ganado refresco marino. Apenas se había alejado unos metros de la orilla cuando un extraño ataque le dejó paralizado. Los amigos que le acompañaban en ese día de playa pensaron: “ ya está Xavier haciendo el payaso, no se cansa nunca.” Cuando llegaron junto a su cuerpo la falta de oxígeno había dañado fatalmente el cerebro de la segunda cama. Entre la cama Xavi y la mía, esta vez en dirección a la ventana, se hallaba la jaula señor Antonio, un hombre mayor aunque no anciano. Su historia era la de un derrame cerebral caprichoso, sus consecuencias una demencia senil madrugadora. El hombre se escapaba al menos un par de veces a la semana porque, según él, llegaba tarde al trabajo de donde se había jubilado cinco años atrás. Su otra obsesión era irse al piso de arriba, lo más curioso es que no había piso de arriba, estábamos en el décimo piso de un edificio de diez plantas. El señor Antonio decía escuchar la música de baile sobre nuestras cabezas y oía el roce de los zapatos marcándose un chotis chulapón. Frente al abuelo bailón estaba la cama José. Como casi todos los encofradores de la construcción era gallego y más serio que el demonio. Se relacionaba poco con el resto de las camas, sólo se mostraba accesible por la tarde cuando al despertar de la siesta obligatoria llegaba la hora de las visitas. Casi siempre venía su mujer acompañada de una vecina, el trío es mala combinación para los naipes y José buscaba entre los que se enteraban de algo el cuarto jugador. Sólo participé en una de esas partidas y a través de ella me percaté del mal perder del gallego. Desde aquel día no volvió a dirigirme la palabra. El encofrador gallego subió por el andamio sin la precaución molesta del arnés de seguridad, cayó de espaldas desde una altura de seis metros golpeándose la cabeza contra el suelo. José supo que nunca volvería a trepar por una de esas estructuras metálicas donde se ganaba la vida con medio cuerpo inútil. Pero no se sentía desgraciado por ello, ahora con una buena paga podía regresar a su Pontevedra natal y ahogar en sus rías tanta morriña acumulada. Junto a esa cama gallega estaba la mía. De la sexta jaula inquisitorial voy a decir que era simplemente el señor Emilio, con esto digo mucho del mismo modo que digo muy poco. Él era el más lúcido de los seis despojos repartidos en jaulas-camas en la habitación ciento tres del hospital. Pregunté muchas veces a la doctora Hidalgo, psicólogo del centro, si toda esa gente era consciente de su transformación, de lo que habían sido y en lo que se habían convertido. Para mí esa era la auténtica tragedia, ella no sólo desconocía la respuesta sino que parecía no darle mucha importancia. Ese caballero de recio pelo blanco al que nunca apearé el tratamiento, señor Emilio y de usted, por mucho que se enfurezca y por todos las blasfemias que el cabreo expulse por su boca, era dolorosamente consciente del cambio sufrido. Como gran luchador se revelaba combatiendo furiosamente contra su poca suerte. El usted apenas reflejaba el respeto y la admiración que ese espíritu combativo me causaba y continua causándome. Al nacer, su llanto quedó ahogado por el estruendo de la guerra. Los servicios burocráticos de la Nueva España impulsados por su fiebre reguladora tuvieron a bien registrarlo, unos años después de su nacimiento, como ciudadano de Una, Grande y Libre. El señor Emilio nunca celebró su cumpleaños, el determinar una fecha concreta para la conmemoración del aniversario constituía una seria amenaza de desencadenar otra guerra civil, al menos en su casa. Por un lado estaban los partidarios de su padre defensor de tal día y, en el bando contrario, la madre con sus aliados abogaban por una mancha diferente del calendario. A él no le preocupaba el transcurrir de los años sin esa celebración aleatoria, en aquella época la diferencia podía consistir en recibir una naranja o no, le desagradaba el sabor ácido del cítrico por lo que prefería seguir sin sumar números. En su carné de identificación, desde luego, figuraba una fecha impresa, por supuesto era un requisito imprescindible para la implacable burocracia de la época. El funcionario, miembro destacado del partido, harto de las discusiones familiares optó por la tercera vía. En la casilla correspondiente a la fecha del alumbramiento, decidió poner el día catorce de Junio por ser ese día el escogido por la iglesia para santificar a Félix de Córdoba, mártir y obispo, el escribiente sentía una fervorosa devoción hacia esa figura del santoral católico, apostólico y romano. Al señor Emilio le pareció bien aunque, debido a su corta edad, no se le consultó. Siendo como era cordobés, le parecía una elección de lo más acertada. Toda esta historia barrunto que era una estratagema para desviar la pregunta impertinente sobre su edad. Había nacido en una aldea próxima a Palma del Río, cuna de grandes toreros, cuando comenzaba a ennegrecerse la piel próxima del labio superior la familia se vio obligada a emigrar como tantas otras en aquellos tiempos de penuria. Fueron a Brasil como pudieron acabar en Argentina, Chile o Venezuela, no fue una elección predeterminada. Al llegar al puerto andaluz desde donde partían los barcos hacia las Américas la primera nave en zarpar tenía ese destino y no otro. Él se hizo hombre en ese país, se casó con su negra, se refería siempre así cuando hablaba de su difunta esposa, y formó una familia en lengua portuguesa. - ¡Ay! Amigo ¡qué gran país!.- Llegado a este punto mostraba una gran sonrisa pícara más explícita que las largas horas de relatos con que amenizaba el tedio hospitalario. El caso es que acabó instalado en Sao Paulo, una de las ciudades principales del continente sudamericano. Trabajó duro, como él decía, para sacar adelante a los suyos aunque nunca dejó claro cual era el oficio al que se dedicaba. Presumía del beneficio obtenido, supongo que era una forma de aderezar la coquetería con un halo de misterio. Mi inocencia me llevaba a nunca poner en duda ninguna de sus historias. Aún tengo serias dudas sobre si me contaba esas aventuras como muestra de una sincera amistad o, por el contrario, me eligió por ser el único de esa habitación con la cabeza adecuadamente despejada como para enterarme de algo. Ahora, con la perspectiva del tiempo transcurrido he llegado a la conclusión, espero que errónea, de que el motivo primordial para esa elección estaba relacionado por mi cara de pardillo. En ocasiones especiales recurríamos al personal sanitario para constatar alguno de los cuentos de Don Emilio. Nadie dudaba, fuera por sus canas o por su simpatía contagiosa era un personaje respetado por todos. Los ingresados en esa unidad disfrutábamos del privilegio increíble de confeccionar un pasado inventado por nuestros delirios. Con el escudo infalible de una mente perturbada, nadie osaba a llevarnos la contraria. Entre nosotros convivían varios miembros de la realeza, futbolistas de renombre y un auténtico gigoló beneficiario de algunas de las mejores potras nacionales. Desde luego, contábamos con la presencia imperturbable del emperador francés. La mayoría estaba más “payá” que “pacá”, pero al menos el cordobés tenía la gracia del ingenio. Don Emilio en ese país de mulatas sabrosonas sólo echaba en falta una cosa de su España: los toros. Ahora que tenía sus años, no decía cuantos, y disponía de recursos económicos, tampoco ofrecía detalles sobre ese tema, decidió tomarse unas vacaciones y regresar a su tierra. Eligió la Semana Santa andaluza pues recordaba con emoción el respeto, la admiración, y sobre todo, la pasión, con que esa tierra rendía homenaje al sacrificio que Nuestro Señor Todopoderoso sufrió para salvarnos a todos de las garras del mal. Brasil era un país básicamente católico pero aquellos negros, siempre según Don Emilio, sólo entendían de mover el culo, bien en vertical, bien en horizontal, después del carnaval en que tanto lo meneaban en un sentido y en otro, era necesario un periodo de descanso. El año elegido por el emigrante cordobés para su regreso, la Pasión de Cristo coincidía con el principio del mes de Abril, podía extender su estancia y disfrutar de la feria sevillana y, por encima de todo, visitar la Maestranza de sus amores en pleno apogeo. Dejó a sus numerosos hijos a cargo de los negocios familiares, inútil indagar sobre este tema, y partió hacia la tierra extraña en que su país de origen se había transformado tras tantos años de ausencia. - Mi país, chico,- me llamaba así – es Brasil. De España sólo conservo el pasaporte y mi amor por los toros.- Su otro amor, su negra, había fallecido dos años atrás y ése era otro motivo para realizar el viaje aplazado sine die durante tanto tiempo. Asistió a las procesiones sevillanas en una ciudad tan abarrotada como su Sao Paulo, escuchó las saetas con lágrimas en los ojos y compró el abono para la feria taurina, una contrabarrera de postín, aseguraba el bueno de Don Emilio. También regateó con un reventa el precio de una entrada para la corrida del Domingo de Resurrección. - Eso es un lujo en Sevilla, chico, y mucho más si torea Curro Romero.- Emocionado acudió a la Maestranza ese Domingo tres veces santo, dos por Dios y la tercera por Curro. Era tal su excitación tras tantos años alejado del albero y teniendo en cuenta que toreaba quien toreaba, que poco después de completado el paseíllo por parte de los diestros de aquella tarde, Don Emilio no soportó tanta alegría y sufrió un ataque de apoplejía que había de dar con sus huesos en esa habitación del hospital de Barcelona donde lo conocí. - Sabes una cosa chico, el ataque me ha dejado medio cuerpo de corcho y jamás podré hacer mover el culo a ninguna negra. Pero lo que nunca le perdonaré a Él – aquí señalaba con su dedo índice hacia arriba – es que no pudiese esperar a dejarme ver torear a Curro Romero en la Maestranza un Domingo de Resurrección.- 1月20日 El viento
Los aires de la meseta eran tímidos aunque de muchos contrastes. La ira de aquel viento fue una sorpresa. Había escuchado aquello de que en las zonas ventosas el índice de suicidios era superior a la media. Como si aquella agitación del ambiente tuviera actitudes empáticas sobre el organismo, zarandeara entrañas y hurgase en memorias renqueantes. Recordaba, aún podía, y sentía retornar contra él, en su rostro, el impacto del propio suicidio. El aire estepario era seco y cortante, nada llevaba del sabor húmedo del mar. El final era el mismo para todos los hombres, no así el número de veces. El renacimiento cíclico era una carga progresiva, se le antojó excesiva. Sería la última vez, tenía el propósito de perdurar en aquella farsa de defunción y olvidar el olor salobre de otros aires. El nombre aplazado volvió a él enseguida, pocos días después de la mudanza. La tramontana fustigó los oídos con un susurro mezclado de añoranzas. Dar pábulo a aquel sonido era admitir la certeza estadística. Coro contaba a su hijo, cuando le hablaba de él, que aquel compañero de trabajo misantrópico era la excepción a la mayoría de normas. Una anomalía en la base de los recuentos.Antes de ella, otros habían pronunciado la misma frase, con palabras distintas, con finales diferentes. Más peso en la mochila. Sin pretender estar a la altura de lo que ellos esperaban, obrando según el pico del gallo, al son de sus aires, sentía la presión de la respuesta. Nunca fue pose, lo que ellos pensaran eran naderías para él, pero tropezó en la trampa más de una vez. Recorrió la frase de Coro como si sobrevolara con un dedo el mapamundi colgado en la pared y no podía dejar de pensar que cierta verdad escondía. La verdad está construida sobre numerosas mentiras. El mar hizo de lápida muda y la fuerte brisa fue su epitafio. Asomado en la punta del pantalán, podía ver como se iban posando los enseres, ropas, retratos, su propia vida, contra la arena ondulada del fondo. Lástima que sus recuerdos supieran nadar como penas de borracho. El tránsito hacia sus muertes fue acumulando objetos y cajas de embalaje, inútil equipaje para quien no olvida. La cara sorprendida de la vendedora de la inmobiliaria por la ausencia de todo y aquella petición suya de una cama, una silla y el mapa de pared como complemento fue otra y la misma contemplada con anterioridad tantas veces. Las manos en los bolsillos serían su último equipaje. Los entierros son poco dados a la decoración de interiores. Enseguida distribuyó apliques, colgó cuadros, desplazó la cómoda al rincón sur de la habitación y desplegó sobre la cama el edredón impregnado de aquel perfume. Sintió retorcer su espinazo mientras la pituitaria lloraba. El rímel perfecto de la mujer de la agencia se hubiera estirado aprobando la distribución. En cambio, giró sobre sus zapatos de tacón alto y vio en la puerta la salvación. Pero, claro, ella no podía ver aquel imaginado orden geométrico. Equilibrista sobre una pata de la silla. Viajero con muescas en las cachas de cartón del mundo de pared. Música de tambor rítmica, obsesiva, contra la ventana. Empujaba y empujaba contra los cuarterones entreabiertos y se colaba dentro. El aire acariciaba con tacto de barba los resquicios de la tarima del suelo. Se filtraba a través de ellos revolviendo el polvo en remolinos invisibles. Aquel roce silbaba la estancia y convertía en voz lo que apenas era susurro. El hombre retuvo el tiempo entre sus dedos apretando con fuerza los puños. Luchando contra un recuerdo casi muerto, devolviendo una vida olvidada, pasada, propiedad de aquel otro, el que un día fue. Pero el nombre rebotaba contra la cola del polvo levantado, contra la cascarilla de la pintura desgarrada, contra la silla huérfana del centro de la estancia. El nombre, aquel nombre, su nombre...
( entrada dedicada a Aire, por su casa pasaron mis reyes magos.) 1月13日 La cosaLA COSA
Los domingos siempre tenían aquel aire de resaca y preludio que convertían la población en territorio de fantasmas. La cafetería Madrid era de las pocas que abrían a primera hora el día del Señor. También estaría abierto el bar de la estación de autobuses pero ese aire a alto en el camino lo convertía en último recurso. El café era vulgar y el sitio más funcional que acogedor. Los dueños hicieron sus dineros en la capital, montaron aquel negocio para mantenerse activos y rentabilizar el capital mientras llegaba la jubilación. De la ciudad, trajeron aquel hábito extraño entre los suyos de dejar hacer a los demás, de no intervenir ni querer saber todo. Por eso me gustaba el lugar. Podía sentarme con el café con leche y la prensa dominical y leer tranquilo sin interrupciones hasta que el sol desentumecía la niebla matutina. Qué si sabía la última de fulanito o me había fijado en lo raro que andaba menganito últimamente, dos semanas a lo sumo, ése está hecho de madera recia ya verás cómo nos entierra a todos. Siempre rehuía ese tipo de apuesta sobre la esperanza de vida de los ahora mis vecinos. El pueblo, siempre lo vi como tal, lo había convertido en villa el capricho de algún monarca y sus gentes rivalizaban sin muchos argumentos con los méritos de la capital de provincia para serlo. Nosotros somos villa desde el siglo trece cuando la capital eran tres pordioseros que arrancaban nabos de aquella tierra mala y se alimentaban del agua sucia en que los cocían. Supongo que el desprecio de no ser nombrados capital de provincia los había convertido en rencorosos y hasta cierto punto hostiles con el forastero. Los sábados se entregaban con furia a todo tipo de excesos, beodos, carnales y de otros tipos que son más para callarlos que para dejarlos escritos. Supongo que lo hacían para borrar las afrentas. Por eso las mañanas de domingo tenían un sabor a naufragio. Sólo los devotos rompían el silencio de las calles con sus mudas de domingo. Las autoridades municipales también estaban tocadas del aire de grandeza. Organizaban todo tipo de eventos de categoría a los que apenas iban los tres incondicionales, aparte de los obligados claro. Entre los actos absurdos que agrandaba el prestigio local estaba la feria de antigüedades. Cada tercer domingo de mes buhoneros y traperos de más o menos dudosas mañas vendían, al menos lo intentaban, mercancías históricas esquilmadas en las aldeas de la montaña a cambio de modernos colchones de muelles o el último ingenio para abrir latas. Los soportales de la plaza mayor recogían a los distinguidos profesionales. Tras pagar la cuenta y despedirme de los dueños, recogía la prensa bajo la tela del sobaquillo y me acercaba paseando hasta la plaza. Nunca compraba nada pero la mañana no brindaba vistas alternativas hasta que fueran pasadas las doce y resacosos vecinos fueran a curar sus males en las terrazas de la alameda a la hora del vermú. Del amasijo de zarrios, enseres y muebles mastodontitos sólo me llamaba la atención algunos de los objetos apilados en los anaqueles. Eran restos de otra época a los que había que imaginar su utilidad. Eso me distraía mientras esperaba que las terrazas abrieran. Estaba escondido, tapado por la talla de una virgen que el trapero decía era prerrománica y debía serlo dado su estado de conservación y una custodia oxidada. Ahora no sabría decir porqué llamó mi atención, porqué tuve aquel deseo de posesión o qué propósito sobre él desarrolló mi desmantelada cabeza. Debía tenerlo, el impulso era superior al propio deseo. El comerciante intentó distraer mi interés con no se qué joya traída allende los mares por un tío suyo indiano recién regresado. Enceguecido por el objeto, quité del medio al charlatán y cogí la pieza entre mis manos. Cuánto, era la forma de empezar el cortejo, la transacción económica, treinta mil, veinte respondí. Es suyo. Algo no iba bien. Aunque nunca hubiera comprado nada en la feria conocía el lenguaje internacional del regateo, del tira y afloja, por eso me extrañaba la facilidad del acuerdo, la docilidad del rival. Desde luego no iba a insistir en una pugna que había de costarme dinero pero me fui compra en mano con más mosqueo que satisfacción por mis dotes de avezado comprador. Tenía alquilada una casa de dos plantas que no era gran cosa pero el tiempo la había convertido en hogar. Me costó encontrar acomodo para la compra que aún llevaba en brazos entre los muebles pasados de moda que la casera almacenaba en aquella casa por un afán de no tirar nada. Probé varias posibilidades, sobre la repisa del hogar, junto al reloj de la entrada, en lo alto del mueble bar, no encajaba en ningún sitio. Empezaba a darme cuenta de lo inútil de la compra y de la habilidad del trapero para quitar de en medio un artículo sin salida alguna. Al final, ante la falta de perspectiva y la nulidad decorativa de compra y comprador terminó asentada en la balda superior que encajonaba un televisor a color de primera generación, o sea viejo, de imágenes desvaídas y sin mando a distancia. El primer indicio del infortunio que me esperaba lo tuve al día siguiente de mi excursión por la feria de antigüedades. Ocupaba una plaza interina de secretario en el ayuntamiento de tan excelsa villa. El titular, Don Cándido, venerable anciano, había caído enfermo y derrotado por los años de servicio a la localidad. En una de mis visitas a mi antecesor, éste confesó sin pena ni lágrimas que sólo esperaba que la muerte fuera rápida y pusiera fin a tanto aguantar. Los caprichos de los ediles y la escasez de recursos llevaban por un mal vivir a quien ocupara la plaza que ahora suplantaba mi persona. Pero el sueldo era bueno y mi juventud y falta de experiencia sólo calificaban la desdicha del anciano de manía senil. Además, llegué muy recomendado al pueblo, perdón villa, y el alcalde aseguraba que tras el fallecimiento inminente de Don Cándido cada día peor y medio ido de la cabeza, la plaza de secretario era mía, que él en Madrid tenía mucha mano. Repentinamente Don Cándido estaba del todo repuesto y al entrar en el ayuntamiento y abrir la puerta del despacho allí estaba ocupando el asiento que había imaginado mío para siempre. El asunto se solucionó más por la recomendación que por el deseo del alcalde en un recorte horario de mis servicios al municipio. Así que allí estaba, enterrado en aquel pueblo por un salario de media jornada que por estar donde estaba aún me permitía sobrevivir con cierta holgura. El siguiente paso de la catástrofe ocurrió a los pocos días. Entré en casa y me dirigí al salón cuando una figura oculta en la penumbra de la sala casi me da el empujón definitivo tras sufrir un patatús de padre y muy señor mío. Al recobrar el conocimiento, tenía a mi casera sobre mí, agitando una revista pasada de fecha para darme aire. Después de tomar un fermento que la mujer tenía recluido en el fondo del mueble bar, que no acabó conmigo como temía pero sí me despejó de una patada certera en el estómago, la casera anunció con voz solemne que debería abandonar la casa cuanto antes. La hija, de cuya existencia sólo conocía algunos comentarios de vieja escuchados en el despacho del ayuntamiento cuando venían a solucionar asuntos del catastro y no eran, para decirlo suave, nada a favor de la desconocida, se había separado del marido y volvía al pueblo con una carga de tres niños, qué veríamos ahora cómo iba a alimentar una pobre viuda como ella. Porque ella era vieja pero honrada y en su casa no quería a una divorciada, así que sentía mucho desprenderse de su inquilino que aparte de secretario del ayuntamiento era tan buen chico y no sé cuantas lisonjas más. Pero estaba en la calle. Instalado en un cuarto frío y mal ventilado de la única pensión de la villa llegaría el tercer aviso del desastre. La verdad es que los pocos enseres personales cabían de sobra en la habitación pero costó dios y ayuda emplazar el objeto pese a las escuetas dimensiones y distracciones de la pieza. María era una chica con un encanto cantarín que vivía en una de las pedanías perdidas entre los castaños de la montaña. La conocí en uno de los bailes de la fiesta mayor, en verano, más bien ella se dio a conocer. Tenía desparpajo y a la vista estaba experiencia con los hombres. Mi madre siempre me prevenía contra las chicas de los pueblos, mira que esas zorrillas sólo quieren cazar un muchacho lelo como tú y salir del pueblo. Nunca hice mucho caso a los consejos de mis progenitores. Tras unos meses de cortejo y algún escarceo de cama la relación parecía consolidarse. La noticia me la dio Doña Puri, regente de la pensión y mujer con mucho calor humano, una amiga suya pariente de la Enriqueta y prima a su vez de Toñi la vecina de mi María le había contado que ésta se había fugado con el Tomás, agente de ganado y mujeriego como él sólo, que ése mucho sabía de carne. Con medio trabajo, sin casa y ahora sin novia el asunto empezaba a preocuparme y tuve ciertas debilidades con el alcohol. Doña Puri me cogió una tarde por banda y se puso seria conmigo, me veía durmiendo en los sótanos municipales junto a los borrachos pasados de jarana detenidos por las fuerzas del orden público, es decir, Carlos el tartamudo único agente de la villa. Ante el panorama que me esperaba me derrumbé ante la posadera y le conté todos mis pesares entre sollozos y lágrimas. La mujer me consoló acariciando mi cabeza junto a unos pechos desbordados que casi pasan a formar parte de mis abatimientos por asfixia. Chico alguien te echó mal de ojo y para estos casos nadie como la bruixa Toxa, a mi ya me apañó algún asunto y siempre con tiento. La bruixa Toxa prestaba servicios en una cabaña escondida entre matorrales y setos reconstruidos Doña Puri me puso en contacto con la bruja que visitaba, sí como los médicos, martes y jueves y ya me había tomado cita. Del precio, que barata no era la muy bruja ya me arreglaría con ella, hasta facilidades de pago ofrecía aquella señora de lo oculto, quizás por ello. La posadera me puso al corriente de algunos chismes sobre la bruixa Toxa, no me dejara impresionar por la choza ni por la pose, que de todos era sabido que la bruja era una señora de las bien vistas allá en la capital, que buenas perras se llevaba y aquello sólo era puesta en escena, pero lo que era su trabajo lo hacía bien. Llegué a un claro del bosque siguiendo las indicaciones de Doña Puri, un grupo de aldeanos esperaban a la puerta, pedí vez y esperé. Entré en la choza apestada de humo con una mesa desvencijada y dos sillas de pino por todo mobiliario, esperaba encontrar raíces, bayas, potes con lagartijas y dientes de escorpión y un caldero al fuego. Sólo había una señora bien vestida, a la moda de la capital, que me ofreció acomodo en la silla libre. ¡Shhhh ¡ me hizo callar aunque no había abierto la boca. Sin mediar palabra entre nosotros echó las cartas, no las del tarot, baraja española. La mujer palideció, sólo alcancé a escuchar un “deshazte de la cosa” entre un balbuceo sin sentido antes que poco menos me echara de la choza a patadas, ni pagar me dejó. De nuevo en la habitación de la pensión reflexioné sin encontrar sentido a las palabras de la bruixa creyendo ser víctima de la ocurrencia local. Alcé la cabeza y mi vista tropezó con ella, allí estaba la cosa, supe que aquel objeto que nunca llegó a tener nombre era la cosa y en cierto modo había modificado mi vida hacia la catástrofe. El tercer domingo de mes era el de la semana entrante, así que espere con pánico que la cosa se estuviera quietecita hasta el séptimo día. La desgracia no se detiene nunca y Don Cándido, muy recuperado el viejo, me informó que el municipio se veía obligado a realizar un ajuste de plantilla, no sabía porqué el alcalde me tenía tanto aprecio pues él, Don Cándido, no veía en mi persona demasiado celo profesional y en lo personal me veía paradito, sin sustancia dijo el cretino. Pero el edil me ofrecía tres meses por adelantado de despido dilapidando una vez más las diezmadas arcas municipales. El domingo me levanté como siempre dando gracias a la cosa por permitirme estar vivo y realicé mi ritual dominical. Busqué entre los soportales al trapero que casi termina conmigo y no lo encontré. Pregunté al charlatán que ocupaba la parada de al lado, el Fulgencio no volverá, siempre lo habían tenido por un desgraciado, ni una acertaba el condenado, la suerte es extraña siempre esquiva hasta que te abraza. Había escuchado aquella historia que siempre explicaba de el tío de las américas, nadie le creía, pues resultó verdad. Ahora el desgraciado vivía a cuerpo de rey en uno de aquellos países llenos de mulatas y frutas raras. El tío había muerto y el Fulgencio era único heredero de una fortuna variopinta. Parece, que del cierto no lo sé, que el pariente se dedicaba a negocios de todo tipo pero que de fulanas tenía un rato. Que el Fulgencio que en su vida se había comido un colín salvo pago previo vivía ahora en un burdel lleno de negras zumbonas y además le pagaban un tributo diario y derecho de pernada. Dejé a un lado las hazañas de mi verdugo y enseñé al buhonero la cosa que me vendió el Fulgencio. Un tío suyo, el tío supongo, lo trajo de las indias pero circunstancias económicas me obligaban a venderlo. Cinco mil pesetas me dio el infeliz. El lunes dormía a pierna suelta en la pensión cuando Doña Pura entró como un vendaval en la habitación. Un telegrama, pensé en la cosa pero ya no la tenía y mi suerte debería cambiar, quizá fueran efectos colaterales y no una purga como la de Benito. Tuve miedo, una muerte o tal vez algo peor. Algún bendito en Madrid había leído mi tesis doctoral y ofrecían una beca más que generosa por profundizar en mis estudios e insinuaban una futura cátedra ante la jubilación próxima del catedrático que había sido mi mentor. Vi alejarse el pueblo, villa perdón, desde el cristal trasero del autobús, pese a la desgracia que había asolado mi vida en aquel último mes no guardaba rencor a aquel sitio. Tampoco pensaba volver a él. Sólo me quedaba clara una cosa, después de aquella experiencia siempre compraría en grandes almacenes. 1月6日 Enoc en el paraísoEnoc en el paraíso Serían cosas de la divinidad que la poblaba pero el suelo de aquel terreno se movía, y con él también lo hacía la inundación de luz y aquel derroche de colores imposibles que pintaban árboles de frutos exuberantes, pájaros con colas de fuego y seres traídos de nanas y demás cuentos de cama. Las escrituras hablaban del lugar sin acertar, aún por asomo, las diferencias entre lo terreno y lo guardado por Dios para justos, buenos y arrepentidos. Es facultad grandísima aquella del perdón y Enoc, hombre de muchas virtudes, no siempre encontró facilidad en ella, muestra está de su condición humana contra otras prebendas que discursaran lo contrario. Sin soles que surcaran cielos inexistentes, sin tímidas lunas alumbrando oscuridades, recuerden que era aquél templo de Luz, el tiempo carecía de sentido. Vivió tantos años entre los hombres antes de aparecer en el Paraíso que aprendió a medir los años con la desaparición de seres queridos. La longevidad fue por momentos tremenda en dolor porque nunca un amor sustituyó otro. Dios le puso pruebas difíciles y él, con sus momentos de duda, las debió superar, pensaba admirado ante la belleza que lo rodeaba. Tampoco había allí muerte para tensar el tiempo pues era aquella una consecuencia de esta realidad y no un fin. Con tanta novedad y sin otro referente que el para siempre jamás, estaba aturdido. A veces, intentaba pisar fuerte sobre el suelo pero la tierra del paraíso no admitía golpes. Otras, clavaba la vista al frente buscando un punto para devolverle la referencia de la distancia, pero el horizonte era plano y sinfín. Así, sólo podía tomar el vaivén como parte de aquella navegación extraña. Recordó a su madre, le había sido entregado junto a la mucha vida otro tanto de memoria, y aquellos desmayos que empezaban en simple mareo y habrían de acabar con su vida. Sobre la muerte de su madre, dijo nuestro patriarca que fue la suya suma de los males de muchas Evas. Es raro, aunque en aquella lejana época jamás hubiese mantenido una versión contraria a la de los sabios, de su madre sólo recordaba dulzura y una bondad sin quebrantos. Con la sensación hostil de la falta de permanencia en la cabeza y el revuelto en las tripas, le vienen a la cabeza las palabras que ella pronunciaba ante aquella maldición de los mareos. Decía que sentía en su cabeza la coz de quien, en un instante, percibe la totalidad del mundo por el embudo del ojo de una cerradura. Pasmado, dedicó el primer tiempo de aquel desconcierto paradisíaco a recorrer el paraje. Falto de referencias geográficos asumió su papel errante. Cada flor, cada árbol, la más insignificante brizna de hierba conjuntaba con armonía el entorno. El paisaje había sido creado con escrupuloso cuidado. No podía tachar a la paupérrima brizna de tal pues su papel en el equilibrio del cuadro era fundamental. Andaba con un cuidado de anciano, despacio, asegurando cada paso sobre aquella tierra sagrada pues sabía de la mano que diseñara aquella maravilla y sentía pesados sus pies y aniquiladores de esa belleza. Sorteaba los guijarros del camino por miedo a alterar la conjunción de aquella perfección. No tardó mucho en dar con otros privilegiados del paraíso. Sintió alivio pues el peso de la sensación se le antoja excesivo para un solo hombre. Vio y conversó con hombres y mujeres. Conservaban todos el momento álgido de su existencia terrenal, la plenitud del cuerpo y alma mortal en su forma adulta. La ausencia de formas infantiles, siendo esa primera etapa la más íntegra en recuerdos felices, estaba reservada al limbo. Echó en falta la risa del niño, el desorden de su inocencia y el desconsuelo del llanto párvulo. No puede decirse que desluciera la creación pues era ésta perfecta. Las charlas empezaban todas por la admiración a la obra divina para desembocar en historias personales. Cómo y cuándo habían resultados agraciados con el goce eterno. Todos cuantos intercambiaron con Enoc el camino de sus vidas, mostraban una actitud despreocupada, libre de toda atadura. Daba la sensación que aquellos hechos que relataran fueran por bocas de otros y ellos sólo disfrutaran de la felicidad del relato y no del contenido. No podría precisar, en calidad de tiempo, cuándo empezó a arrastrar aquella triste zozobra que le asaltó sin previo aviso. Entre los hombres, habiendo vivido tantísimos años, conoció que era el estado de decaimiento moral propio del pecador oculto en cada uno. Sólo la certeza de una fuerza superior y de la recompensa al final del camino llenaba aquella existencia terrenal de un gozo interior. Extrañaba en él la pesadez que le producía tanta maravilla y el lastre exprimido de aquellas conversaciones. Podía sentir como todos los habitantes de aquel premio disfrutaban de él, se sabían elegidos, disfrutaban la recompensa de la vía correcta. Por qué él no llegaba a ese estado de exaltación, dónde residía aquella extraña tristeza que le embargaba. Empezó a deambular sin tregua por aquel mundo de ensueño. Todo aquello se tiñó ante sus ojos de caricaturas. Encontró frío el aire y gélida la composición. Y por primera vez en su existencia, supo no ser temeroso de Dios. Creyó que sería aquella reacción propia de quien ya anduvo su camino y ya nada deparaba el mañana. Había entre aquellos que encontrara grandes pecadores que pusieron en paz sus cuentas al final de sus días. Hombres y mujeres licenciosos que en algún momento supieron corregir comportamientos y muchos otros que reverenciaran el perdón del Grandísimo a tiempo de penitencias. Halló en aquellos conversos verdadera gracia y loa por el lugar, sinceras muestras de final feliz. Tan henchidos estaban de pertenecer al paraíso que sus caras reflejaban espejos de felicidad. También había buenos hombres, personas que siempre habían sido temerosos, se daba cuenta que por primera vez sometía a juicio a sus semejantes, pero estos eran partícipes del bien de los otros mientras él no. Las andanzas relatadas eran variopintas, de pelajes palaciegos o de ruinosas chozas, de concubinas y de amores eternos, de respetos y de extravíos aunque todas en algún momento de la narración admitían momentos de flaqueza en su Fe. Desviaciones concretas de sus vidas que les llevaran a tomar sendas erróneas. Unos iniciaron apenas ese camino, otros se adentraron hasta confines lejanos. Él jamás desvió su rumbo, permaneció entre las lindes por las que serpenteaba el sendero. No le despistó el gorjeo de las aves de vivos colores ni el rumor del agua cristalina de la fuente. Tuvo sed pero siguió recto. Por qué ahora, cuando el trayecto mostraba su fin, tenía sed de aquella fuente y volvía a él el poder cromático del ave. No podía desandar el trazo de sus pasos pues era un camino sin retorno. ( Enoc, antecedentes) 1月1日 La taberna del inglésHoy, después de los años, sigo sin poder catalogar aquel hecho. Aplicando la lógica, me atrevo a atribuirlo a las lesiones cerebrales sufridas después de que mi cabeza se estampara sobre la superficie fría del volante. De ese intento por ver las cosas de cerca, saqué una dentadura millonaria en prótesis y escaso sentido del humor. La pérdida de conciencia dio vía libre al otro animal agazapado tras uno, desdoblamiento de personalidad, algo que está sin ser, llamado subconsciente. En el hospital, tras el accidente, los médicos tuvieron que suministrarme una dosis triple a la correspondiente a mi sexo y peso para sedarme. Dosis de caballo, ¡menudo colocón! Aplicando la lógica infalible de las circunstancias concretas, eliminamos la opción romántica de las visiones extracorpóreas, los opiáceos o no, me llevaron por tierras ignotas. De esos dos momentos que, por pereza o quizá por miedo, llamo sueños éste es el más inquietante:
El mar estaba bravo de agitación, arremetía con furia contra los acantilados. Yo nadaba en medio de la rebeldía adolescente de las aguas y mi cuerpo era mecido por el ímpetu del oleaje. A modo de pelele, subía y bajaba según el capricho ondulante de una mecedora descompasada. La noche, cerrada sobre ese mar negro de amargura, me sumergía en el todo infinito. Cielo y horizonte fundidos en una complicidad oscura que ocultaba cualquier vestigio de realidad, ni costa, ni más allá. Tan perdido como siempre, más extraviado que nunca. En pleno desconcierto de desasosiego, comencé a escuchar el tañido lejano de una campana. ¡Dong! ¡Dong! Dirigí el nado errante hacia ese lamento sonoro del badajo metálico. El recuerdo devuelve la sal a mi boca, retorna el tacto viscoso de las algas enredadas en mis piernas y nuevamente siento la ingravidez del vaivén de las olas como en la noche tras el primer baño de verano. La cámara adopta la posición cenital para mostrarme dos edificaciones en el borde superior del acantilado. Una construcción alargada de dos alturas con pinta de posada, tras ella, cegada su visión del precipicio se erguía una pequeña ermita. Ahora veo en el interior de esa iglesia a una señora de edad, era ella quien tocaba la campana guiándome en la ceguera negra de la noche. Volvía al plano subjetivo para contemplar el desfallecimiento de mis fuerzas y cómo el mar me acogía en sus profundidades. Todo parecía una película empeñada en su discurso narrativo, el plano subjetivaba su discurso mostrándome la visión clásica de un ahogamiento en aguas turbias de verde repletas de plantas marinas gigantescas que tienden los tentáculos vegetales hacia el cuerpo de la víctima que soy yo. Debía de estar cerca de la orilla, la mujer de la campana entró en el mar y me arrastró hasta la arena cálida de la playa. Aquí termina el sueño, si verdaderamente creemos que éstos tienen principio y fin. Debió coincidir con la descarga eléctrica del desfibrilador, despertador de corazones vagos, enfermos de la pereza de la vida. También me practicaron una traqueotomía de urgencias. Los médicos, incapaces de encontrar causas lógicas a ese conato de muerte, explicarían a mis padres que sencillamente dejé de respirar por voluntad propia: “le dio la gana y ya está”. Parada cardiorrespiratoria que dejaba el perfil del cuello como una montaña rusa; la protuberancia de la nuez y un poco más hacia abajo la hondonada de la urgencia. La visión es por sí misma espeluznante. Pasado el tiempo vi en el suplemento dominical de un diario la fotografía del lugar de mi naufragio. Existe en un recodo apartado de la costa de la muerte, en mis años gallegos jamás visité ese sitio y no recuerdo ver ningún documental sobre el mismo. Pero espero que se trate de un remanente archivado en la memoria remisa. El texto narraba la historia del lugar: la ermita la construyeron unos ingleses tras el naufragio de un barco británico en esas aguas traidoras de intenciones. Todos los años se conmemora el hecho con una misa en honor a los muertos de aquella tragedia. En el pueblo, a cuyo término municipal pertenece el emplazamiento de mis sueños, se haya el único cementerio de ahogados del mundo. Sin tumbas, ni lápidas, ni cuerpos, sólo las almas de unos cuerpos propiedad del mar.
El camino serpentea polvoriento y plagado de requiebros a través de un terreno desolado salpicado de raquíticos matorrales verde ocre, únicos vestigios de vida en territorio lunar. Las rocas acaparan el paisaje que vierte su extensión en el precipicio de los acantilados. Disipada la nube de polvo se esclarecen los edificios como en un sueño despertado, los había visto en las fotografías del diario pero antes los atisbé en las nieblas febriles del hospital. Los edificios alzan sus piedras sobre un balcón privilegiado con vistas a un Atlántico remansado e infinito. La construcción es de tiempo pretérito, piedra sobre piedra desafiando la ley de la gravedad con remiendos de factura moderna. El techado impecable coronado por la paella parabólica, el entorno cuidado de poyos y balaustradas metálicas que impide la caída a las aguas espumosas del Océano pero otorga posibilidades al suicida abundante en las zonas abiertas al viento azote de caracteres volubles y perturbados por borrascas de alta presión. Aparco el coche junto a otros dos que ocupan el aparcamiento de la taberna reconvertida en alojamiento de turismo rural. El salitre ensancha mis fosas nasales con la corrosión propia del cloruro. Una fuerza misteriosa me ha perseguido empujándome a este lugar para ahora preguntarme ¿para qué? Un estrecho camino recién engravillado, aún sin asentar, afila sus piedras en las suelas del calzado que transmite sensaciones de faquir. Una decena de pasos separa los vehículos estacionados de la entrada del establecimiento hotelero. Tras la puerta, se abre el universo marinero patroneado por un adusto personaje con el rostro ajado propio de sus orígenes profesionales. Detrás de la barra de bar en forma de quilla vigila mis movimientos como lo haría con un escualo. El recinto es escaso en espacio y dos mesas completan el mobiliario. Una puerta corredera da paso al pequeño comedor donde una familia de pareja con dos niños se dispone a dar cuenta de los alimentos del almuerzo. Me aproximo al patrón para informarme por la posibilidad de coger habitación para esa noche. El hombre, con un gesto entre aburrido y despectivo, señala a la familia como únicos huéspedes, parece que esa época del año no es propicia para el negocio. Después de rellenar las fichas con la desgana de los actos protocolarios, me conduce por una empinadísima escalera al piso superior reservado a las cuatro habitaciones del hostal. Los muebles han sido acomodados con calzador; la cama justa, el armario mínimo y la cómoda, son el mobiliario de ese camarote donde he de hacer noche. - Humilde pero limpio- es toda la conversación del individuo. Deshago la bolsa y me pliego para entrar en el aseo escondido tras la puerta situada entre el armario y la cómoda. Ya adecentado bajo con la intención de satisfacer la algarabía de mis tripas. Paso delante del bar para dirigirme al comedor. La estancia es sorprendentemente acogedora desentonando con la sobriedad general. El hogar alberga un fuego que vuelve cálido el comedor, las paredes están cubiertas de maderas multicolores quebradas irregularmente con nombres variopintos escritos en ellas. La familia ha abandonado el cuarto lo cual es un aliciente para tener una buena digestión. Tomo asiento en la mesa resguardada junto al calor de la chimenea y espero. De la puerta del otro extremo del comedor sale una mujer de rostro afable y carnes generosas maquillada por la vida natural. Sólo hay una opción para comer, no tardo en decidirme y la mujer desanda el camino para regresar de inmediato con mi comida. Termino y pido un café a la cocinera, le ruego que tome asiento, la tertulia es el momento indispensable de la comida, las palabras son el mejor digestivo conocido y la curiosidad el apetito más voraz. Insto a mi interlocutora a que relate la historia del lugar, cosa que parece agradarle intensamente. La casa la construyó su bisabuela que era inglesa. El bisabuelo era un marinero inglés, su barco naufragó en esas aguas traidoras infestadas de muerte. Su mujer decidió coger a su hija de corta edad para partir tras la estela dejada por su marido en su último y más largo viaje. Jamás se recuperó ningún cuerpo de la tripulación y la bisabuela decidió construir aquella casa junto a la ermita con la esperanza de que el mar le devolviera a su esposo. Durante muchos años se dedicó a recorrer los acantilados en esa búsqueda inútil del desamparo. De esa época son las tablas que tapizan la pared, trozos de barcas arrojadas por el mar contra las rocas del destino. También la mujer, la antepasada, auxiliaba a las víctimas de nuevos naufragios creando una leyenda todavía viva entre los marineros de la zona. En este momento de la historia apasionante de aquella inglesa desdichada su descendencia bajó el tono de voz y arrimó su silla a la mía para susurrarme: - Muchos años después de muerta ha habido víctimas de naufragios que han jurado que una mujer les rescataba de las aguas del océano. Yo ni entro ni salgo pero es lo que cuentan.- La mujer de rostro afable terminó su historia contando como la inglesa utilizaba la campana de la ermita los días de fuerte temporal para alertar a los barcos de la cercanía del acantilado. Evité confundir a la señora con la historia de mi sueño, aunque a una buena historia es necesario responder con la recíproca. La libertad del aire apaciguó el ánimo despistado ante la extrañeza del relato. Erré mis pasos por la senda esculpida, a modo de escalera, sobre la roca viva del desfiladero que en su descenso peligroso conducía a la arena blanca de la playa, donde el mar rizaba su vómito efervescente. Tumbado en el lecho de la piedra miniaturizada pasé el resto de la tarde, amodorrado con la luz decaída del ocaso. Las primeras luces de la noche me arrancaron de la ensoñación voluntaria del alma errante. Las respuestas se multiplicaban en preguntas cero de nada y la risa malévola del relojero solapaba cualquier otro pensamiento yermo en contenido. Tuve que subir gateando el camino por falta de luz y temor al traspiés traspié que me obligaría a comenzar el camino, el de ascenso o el de la vida-muerte. El bar parecía preñado de conversaciones humanas, salía de sus ventanas la luz acogedora de los tránsfugos de las tinieblas. Las mesas estaban ocupadas por botellas de cervezas aliviadas de su contenido, una decena de tipos conversaban alentados por el espíritu etílico. Algo de extraño había en el ambiente, no era capaz de atrapar al duende nacido para confundir las conciencias atribuladas. Con una cerveza en la manos me incorporé a las palabras de aquellos individuos, contaban una historia que era la mía, la de todos. Ellos también fueron empujados por la necesidad curiosa del conocimiento, eran excesos de tiempo. Sus rostros carecían de rasgos definitorios y la expresión anodina del tedio parecía emparentarles genéticamente como miembros de una misma familia. Yo tenía la cara parecida a las suyas, la mía siempre fue igual de irreal y ellos bromeaban con su nueva fisonomía. Todos llevaban años vagando por la zona presos de la inglesa que un día les rescató. Se reunían cada anochecer en la taberna para buscar respuestas. Nunca llegaban a ninguna solución y perjuraban como aquella era la última vez que tomaban cerveza en la taberna pero, al día siguiente, regresaban para asistir, otra vez, a la última puesta de Sol en la casa de la inglesa. En la zona todo el mundo la conocía así, aunque su verdadero nombre era...del inglés pues fue construida en memoria de éste. Me miraba y me veía en ellos, recorriendo cada día el mismo bucle del tiempo. Aquel viaje por fin me daba respuestas, al menos una, yo tenía la rueda que mueve las agujas de mi destino y era el único receptor del mensaje susurrado por la inglesa en una noche de fuerte temporal. Ellos prefieren apurar sus vidas encerrados en sueños, cárceles de oro, vivir así es morir la vida cada día. |
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